¿Por qué Peña sigue arriba en las encuestas?

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Alejandro De Coss

 

El periodo de campañas presidenciales ha estado marcado, principalmente, por la creciente oposición al candidato del PRI, Enrique Peña Nieto (EPN), y el incremento constante del cauce de escándalos, muestras de incompetencia e incapacidad para responder a las crisis por parte del candidato y su equipo. Los sucesos que arrancaron en la Ibero el 11 de mayo sólo fueron el inicio. Siguió la constitución del movimiento #YoSoy12, impulsado por las descalificaciones priistas, que no se han detenido, y refuerzan el carácter anti-EPN del mismo (por representar una vocación antidemocrática, retrógrada, autoritaria y de unidad nacional traducida como ausencia del disenso auténtico). Además, las acusaciones que Jenaro Villamil hizo en 2007, acerca de la colusión (con contratos de por medio) entre el candidato y Televisa, encontraron eco en el diario inglés The Guardian, que ha defendido con integridad y suficiencia sus reportajes, los cuales señalan no únicamente cómo EPN fue creado a través de la promoción mediática en la programación de la televisora, sino también que Vicente Fox fraguó una estrategia –pagada– de difamación a la figura de Andrés Manuel López Obrador en 2005-2006. Para rematar todo ello, una demanda en contra de gente cercana al candidato fue hecha en Estados Unidos. La razón: un fraude que implica 56 millones de dólares de extrañísima procedencia (Israel, Siria, etc.). Los deslindes priistas han sido insuficientes, especialmente si consideramos la probidad del sistema judicial estadounidense. Ello sin soslayar las pruebas de acarreo, compra de votos, intimidación, mentira y agresión que el PRI ha ejecutado durante la campaña. A pesar de ello, el candidato sigue arriba en todas las encuestas, y se perfila como el potencial ganador.

Existen dos respuestas tentativas para este problema. La primera es la que señala que todas las encuestas, excepto las que no le son tan favorables al candidato del PRI, están compradas. En esta teoría caben, sin ser obligadas para quien considera verdadero lo que recién afirmé, los llamados al fraude anticipado y las absoluta inutilidad del Instituto Federal Electoral (IFE) y demás instancias públicas encargadas de verificar la legitimidad y legalidad del proceso electoral. Ésta es una visión que no suscribo. Sin negar que pueda tener razón, o una perspectiva tergiversada sobre un hecho real, la considero demasiado simplista, excesivamente conspiratoria y absolutamente insuficiente para explicar por qué EPN sigue arriba en las encuestas. Tomando una decisión que desagradaría a Guillermo de Ockham, debo de decantarme por la explicación más compleja, que considera más variables e interrelaciones entre las mismas. Tal vez otro de los cambios que debemos acometer sea el de cuestionar la epistemología de inspiración medieval.

Dejando de lado los decursos filosóficos, resta entonces responde a la pregunta que da origen a este artículo, sin caer en la primera hipótesis que he mencionado. Si no es una compra de encuestas, un fraude orquestado desde el IFE o una conspiración transnacional la que busca imponer a EPN, ¿qué es? Creo que existen dos conjuntos de factores por analizar. El primero es, justamente, la innegable colusión entre poderes fácticos en México y el candidato del PRI (y a escala internacional). El segundo es el factor psicosocial, que expondré en posterior momento

El sistema bajo el cual el PRI gobernó por 70 años este país no fue estático. Se fundamentó en la dinámica de los acuerdos cupulares y corporativos. El presidente era un individuo que se veía obligado a tratar con poderes fácticos como los sindicatos, las confederaciones campesinas, los grupos de empresarios, las organizaciones criminales, la televisora hegemónica y demás instancias. El poder del presidente consistía en, por un lado, contar con el apoyo de estos grupos y, por otro, otorgarles concesiones que le permitieran actuar de forma aparentemente omnipotente. Con la llegada del PAN a la presidencia, esta lógica se rompió (de ninguna forma de manera total) en el nivel federal. Sin embargo, sigue siendo patente en el nivel estatal. Pensando en la particularidad de EPN, me remito a mencionar únicamente el pacto que el ex-gobernador tuvo (y su sucesor mantiene) con las organizaciones de transportistas del Estado de México. En la campaña presidencial, dicha lógica se impone. Lo demuestran su cercanía con Elba Esther Gordillo (inalterada a pesar del simulacro de rompimiento que significa Gabriel Quadri), la presencia de Mario Marín, Ulises Ruiz y Carlos Salinas, entre otros, detrás de su candidatura, o las suspicacias informadas concernientes a los 56 millones de dólares que antes mencioné. Mención aparte merece la acusación sobre la colusión entre las televisoras y el candidato, foco de las críticas del #YoSoy132, de los reportajes de Villamil y The Guardian y de mucho del descontento popular. Éstos serían algunos de los nuevos acuerdos cupulares del candidato, muy parecidos a los antiguos: los medios, los empresarios, los sindicatos, y otros tantos que no pueden afirmarse con toda certeza.

Este aparato de acuerdos es poderosísimo, más allá de lo político y lo económico. Refiriéndome específicamente al caso de las televisoras, puedo afirmar con certeza que ha sido la psique colectiva del mexicano el lugar en el cual se ha intentado construir la imagen de EPN, y el regreso del PRI, como la opción más adecuada para México hoy. La alternancia ha sido amarga para el país. Más allá de la excesivamente celebrada estabilidad macroeconómica (existente e importante, pero irrelevante en sí misma), hemos sido testigos y víctimas (sin excluir a algún victimario) del incremento exponencial de la violencia, con más de 60,000 muertos en una guerra sin plan, sin fin y sin sentido. Hemos visto cómo el crecimiento económico, además de mediocre, no ha representado una disminución de la desigualdad, sino lo contrario. Los privilegios no han terminado, como Elba Esther o Romero Deschamps cínicamente demuestran. El trato del Estado y sus recursos como botín no desapareció, y como ejemplo están los casos de Néstor Moreno en Comisión Federal de Electricidad o los hermanos Bribiesca Sahagún en el gobierno de Fox. El hartazgo es generalizado, y ha sido lo que se ha capitalizado a través de la construcción mediática del candidato. Desligándolo del hecho de que muchos de los grandes problemas y abusos de las administraciones panistas tienen un origen en el modo de gobernar del PRI (y sobre todo del representado por De La Madrid, Salinas y Zedillo), se ha presentado al candidato como la bandera de un nuevo partido (que en la práctica actúa igual que el anterior). Este candidato, rostro fresco, se promete como el constructor de un nuevo México, sin que sepamos cómo lo hará, o de qué forma lo logrará si no se propone romper con ninguna de las prácticas que han dado origen a la actual situación de decadencia y crisis profunda que se vive en el país.

El rostro agradable juega con la nostalgia y el terror. Aludiendo a un pasado mejor, en donde «al menos vivíamos en paz», se omite mencionar que fueron los acuerdos cupulares priistas los que empoderaron al narcotráfico económicamente, la negligencia frente al tráfico de armas la que los dotó de parque, y la imposibilidad de mantener la disciplina en un ejército empobrecido y desmoralizado la que llevó, por ejemplo, a la creación de «Los Zetas». Se omite también mencionar que fue el PRI, a través de Salinas, el que firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que obliteró al campo mexicano, subordinó a la industria nacional y articuló como inferior a México en la región norteamericana (salvo, claro, por su muy pequeña clase propietaria). Como parte de esas omisiones, se plantea EPN profundizar el TLCAN o continuar con la militarización del país (a través del modelo colombiano, tan criticado por su falta casi absoluta a los derechos humanos), sin que alguno de sus jóvenes correligionarios y simpatizantes se oponga tajantemente. La amnesia generalizada, fundamentada en el terror y la nostalgia del pasado mejor, es una herramienta muy poderosa.

Innegable es que ambos elementos se interrelacionan. Los acuerdos con los medios dan una cobertura favorable a EPN, que se refleja en una percepción generalizada de la bondad del candidato frente a la debacle panista. El movimiento #YoSoy132 y otras expresiones y críticas transmitidas a través de Internet no pueden llegar muy lejos en un país en el que menos del 30 por ciento de las familias tiene una computadora. A ello debemos sumar el factor propagandístico de las encuestas. No debemos olvidar que la estadística es una técnica que, dadas las preguntas correctas y la metodología adecuada, puede sustentar casi toda afirmación. En este caso, sostengo que no es que las encuestas estén compradas (sin que pueda por supuesto negar la posibilidad tajantemente), sino que sus muestreos, las horas y lugares de aplicación y los contenidos de las preguntas, reflejan a una población, de entrada desinformada, y además añorante del mito del pasado mejor.

A ello debemos sumar el rol activo en el apoyo a EPN de sectores altamente educados de la juventud nacional, caso que conozco con mayor cercanía. No puedo desechar que el mecanismo del miedo, la nostalgia y la promesa de la recuperación de la estabilidad perdida incidan en ellos. Sin embargo, sería inocente de mi parte percibir que es todo lo que ahí opera. Sin lugar a dudas el mecanismo de negociación, supuesta meritocracia (que en el papel suele convertirse en nepotismo) y la entrega de lo que popularmente es llamado «hueso» (algún puesto, alguna coordinación, alguna oferta futura de empleo y prosperidad) son también elementos poderosos a considerar. A lo aquí dicho, debe sumársele la realidad imperante en los sexenios panistas, cuando la presencia de sectores conservadores social y éticamente, educados en escuelas privadas, en su mayoría adherentes a la teoría neoliberal de la economía (convertida en Credo y Verdad), cooptó las altas esferas gubernamentales, creando como respuesta obvia coaliciones más amplias, opuestas a éstas, de las cuales algunas fueron creadas y/o capitalizadas por el PRI.

Como hipótesis concluyente, considero que EPN se mantiene arriba en las encuestas por seis factores interrelacionados:

1) La construcción mediática de un candidato, fundamentada en la estética, el ocultamiento de sus relaciones con sectores priistas ligados a obscuros pasajes de la historia reciente de México, y, en última instancia, la omisión absoluta de esta historia reciente.

2) La persistencia de la memoria de un mítico pasado de paz, estabilidad, crecimiento y seguridad, que omite episodios como Tlatelolco, el Jueves de Corpus, Aguas Blancas, Acteal, Atenco o la siempre presente desigualdad nacional, lo cual redunda en un nostálgico deseo de las fantásticas épocas de gloria del PRI contenidas en la historiografía oficial.

3) La operación del aparato corporativo del PRI, que sigue casi intacto en los estados que gobierna, y que se ha asegurado de promover y construir la candidatura de EPN de forma exitosa (no exenta de críticas y oposición abierta).

4) La poca penetración de las críticas y los movimientos opositores a la restauración priista en el grueso de la población, dado su carácter eminentemente digital, en un país con baja penetración de Internet.

5) Una innegable cobertura mediática positiva, especialmente patente en Televisa, los diarios de la Organización Editorial Mexicana, y otros medios abiertamente afines al candidato, apuntalada por la existencia de encuestas «a modo», que no reflejan de forma suficiente la percepción ciudadana del proceso electoral y los contendientes en el mismo.

6) La imposibilidad de los candidatos opositores de construir campañas que apelen al votante indeciso. Josefina Vázquez Mota sumida en la mediocridad, y con un discurso monótono, poco atractivo e incapaz de romper con la negativa impronta del sexenio de Calderón. Andrés Manuel López Obrador, desmarcándose aún de forma insuficiente de los fantasmas mediáticos del 2006, que además han sido explotados de nuevo, a últimas fechas, por el PRI y el PAN.

A menos de 15 días de la elección, el escenario es turbulento. Día a día parecen acumularse pruebas y razones suficientes para que EPN no sea elegido presidente. Día a día también las encuestas nos dicen que esto no está sucediendo. Aunado a ello, se multiplican señalamientos sobre anomalías en la distribución de las boletas electorales, su foliación y almacenamiento. El IFE permanece impasible, dejando dudas abiertas y claras sobre su capacidad para ofrecer certidumbre en un proceso electoral que sucede a otro, sumamente convulso y plagado de irregularidades. Esta postura sólo abona al discurso del fraude, y no logra canalizar muchas inquietudes legítimas.

En última instancia, esta elección es para el ciudadano el momento de afirmar la existencia de una conciencia histórica que de sentido al estado actual de crisis nacional. Sin lugar a duda, los medios y otros poderes fácticos actúan en contra de esta decisión. Sin embargo, pareciera que la información crítica generada en redes sociales aún puede permear al grueso de la población. Esfuerzos de recuperación de los espacios públicos, como marchas y actividades culturales, abonan a ello. Además, la huella de la ilegitimidad de la elección del 2006 ha movilizado a amplios sectores ciudadanos a fungir como observadores electorales, bien sea como parte de algún partido, o bajo iniciativas de la sociedad civil. De todo ello, deduzco, aún no hay un definitivo resultado a la elección. Lo turbio de la presentación mediática del proceso deja espacio para la duda, y será únicamente el 2 de julio cuando la certeza pueda volver a la escena política nacional.

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Alejandro De Coss es licenciado en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Apasionado de la filosofía, tiene un diplomado para comprobar su devoción. Actualmente explora los laberintos de la burocracia desde la Secretaría de Energía, aunque (no tan) secretamente sueñe con futuros ensayísticos y literarios.

 

Revista cultural

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