A un mes de las elecciones: ¿en dónde estamos parados?

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Alejandro De Coss

 

Una condición anómala, que en la teoría pareciera lógica, ha irrumpido con fuerza en la contienda electoral del 2012: la participación y crítica ciudadana. Movilizada y amplificada (un tanto como realidad y otro tanto como ilusión mediática) por las redes sociales y el acceso a cantidades antes impensables de información, la ciudadanía recuerda que en algún pasaje de la Constitución dice que la soberanía reside originalmente en el pueblo. Sin explotar aún a fondo tan poderosa afirmación legal, parece seguro decir, hoy, que las elecciones serán definidas por los ciudadanos críticos, y no así por la desinformación, el clientelismo, las costumbres electorales o la simple y llana apatía. Ello sin duda es benéfico para la construcción de una democracia participativa, que considere en sus procesos de toma de decisiones los intereses y las voluntades del ciudadano como individuo y de la ciudadanía como colectividad en permanente construcción.

Este proceso de politización de la vida pública no está exento de matices. Sería falso pensar que la totalidad de la población ha tomado las elecciones como un problema central, no únicamente en la coyuntura presente, sino en el futuro próximo (con el fantasma de un sexenio de mediocre crecimiento económico, nulo desarrollo social y una violenta tragedia que lleva una cuenta de más de 60,000 muertos detrás) del país. Sin duda –y de ello pueden dar cuenta las encuestas–, es en los segmentos más educados e informados de la población en donde el voto crítico, de abstención, nulidad o alternancia, se ubican. Por supuesto, sería también una falsedad peligrosa considerar que todo voto de continuidad es desinformado o ignorante. Juegan intereses particulares, de grupo y de clase, además de firmes convicciones, en el caso al que hago alusión.

En su faceta más crítica, la ciudadanía llega a ver en el PRI una inexistente solución y una peligrosa regresión; en el PAN el apoyo a una necia continuidad de una guerra sin pies ni cabeza y en el PRD el riesgo de la llegada de una izquierda obsoleta, que no responde a los retos del presente siglo. Incluso, hay quien cuestiona activamente el sistema mismo, la dinámica de juego de alternancia entre partidos y la imposibilidad de los mismos de transformar aquello que representan. En forma paralela, y de manera por demás notoria y relevante, las críticas se han centrado sobre el candidato del PRI, Enrique Peña Nieto. Las malas respuestas a las crisis mediáticas, iniciadas por el ya tratado tema de los 131 de la Ibero, el claro convencimiento de la utilidad de la represión y la violencia como herramienta política, mostrado por su visión del tema de Atenco, o las múltiples escenas de agresión organizada que se han visto en las manifestaciones opositoras que ocurren en sus mítines se han reflejado en un descenso notable del candidato en las encuestas y, sobre todo, en la opinión pública. Pareciera indudable que la caída de Peña Nieto no cesará, como antes parecía inexorable su victoria. Lección dura para el priismo: ya no es 1975, sino el 2012.

Si bien las críticas se han centrado en el candidato del PRI, la situación de Josefina Vázquez Mota en el PAN dista de ser envidiable. Abandonada desde el inicio por Felipe Calderón, quien tenía en Ernesto Cordero a su candidato, se enfrentó a un proceso electoral federal con un partido dividido y debilitado. Durante el transcurso de su campaña, esta falta de apoyo ha sido notable. Las adhesiones de Manuel Espino y Vicente Fox (quien la llamo «mi presidenta» y le besó la mano hace unos meses) a la campaña de Peña Nieto han sido duros golpes a su candidatura (y probablemente también para la del priista). Si a ello le sumamos una campaña gris, con una candidata que no logra transmitir seguridad y fuerza, y que a últimas fechas sólo puede aludir al sentimentalismo como herramienta de campaña, parece certero decir que el PAN pasará al menos otro sexenio lejos de Los Pinos. En ello, sin embargo, queda un amargo sabor de boca: ha sido muy poco cuestionado el presidente saliente, responsable último de la tragedia nacional que nos embarga; cínicamente se ha ufanado de ello. Ha sido cobarde y timorata Josefina, sin desmarcarse de la carencia de estrategia en la ciega guerra que ha convertido a México en un país bañado en sangre. El PAN cavó su propia tumba, pero la justicia aún no ha llegado.

Andrés Manuel López Obrador (AMLO) se ha levantado de forma innegable. Un discurso más moderado que el de 2006, la creación de cuadros y bases a nivel nacional a través del Movimiento Regeneración Nacional (MORENA) y el hartazgo con la política ejecutada desde el PRI y el PAN han sido algunas de sus fortalezas. Pareciera posible pensar, a un mes de la elección, que el candidato de las izquierdas puede alcanzar a Enrique Peña Nieto. Este elemento, hasta hacía poco impensable, ha dado un giro a la elección. No obstante, AMLO está lejos de ser un inmaculado candidato en ruta directa a la presidencia. La presencia de elementos como Manuel Bartlett en su coalición, las dudas que ha suscitado la actuación del que sería su secretario de Energía, Adolfo Hellmund, en la supuesta colecta de fondos para el candidato de la izquierda, en dudosas y obscuras condiciones (sin que exista un desmarque definitivo de por medio) han sido, entre otras, críticas que, a menudo rápidamente disipadas, se le han hecho a López Obrador. Más que ver en ello únicamente un «complot» de la oligarquía, es importante notar que pueden ser críticas certeras, y que es necesario que el candidato ejerza un profundo y sincero ejercicio de autocrítica si es que quiere hacer efectiva la posibilidad de su victoria. Tal vez ahí se ubique la más grande deficiencia de AMLO como candidato.

El ciudadano, pues, se enfrenta a un escenario de incertidumbre. En ello encuentro yo una potencialidad valiosa de transformación democrática para este país. El hecho de que la victoria anunciada de Peña Nieto se haya visto cuestionada hasta sus bases, y que un candidato por encima de otros se alce como posible vencedor, es un aliciente para la participación ciudadana. Si a ello le sumamos las iniciativas de organización juvenil que han venido desenvolviéndose con gran velocidad, y aun en medio de mucha indefinición, así como las organizaciones sociales en crítica y resistencia, como el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad o las autonomías comunitarias (Cherán, la Montaña de Guerrero, etc.), el escenario político es de gran dinámica y poderosa voluntad transformadora. En ello no debe estar exento el ejercicio electoral.

Si bien suscribo la noción de que el PRI es el regreso del autoritarismo más brutal que conoce este país, y que significaría un retroceso notable para la incipiente democracia mexicana, no puedo únicamente por eso imponer como dictado final de esta breve columna una invitación a votar por el candidato que más se le acerca: AMLO. Lo que sí deseo hacer es compartir el hecho de que considero esencial no renunciar al ejercicio electoral como herramienta de acción política (que dista mucho de ser la única o la más eficiente). Creo que, con la gran disponibilidad de información que existe para quienes tienen acceso a internet, es posible tomar una posición crítica, razonada y razonable, útil y honesta, frente al ejercicio electoral. Considero además que verdaderamente existen divergencias entre las propuestas, las personalidades y los objetivos de un candidato u otro. Ambos deben ser objeto de crítica. Sólo de un ejercicio de ese tipo puede surgir una decisión que responda a la elección de la opción que represente un paso adelante en la búsqueda de una sociedad más democrática, justa y equitativa. Esa elección es individual, pero ha de tener la mente puesta en la construcción comunitaria. El tiempo de recuperar la idea de que el bien común es tal, y no una extensión del egoísta bien propio. Esto no se decidirá en las elecciones, pero no puede soslayarlas. A un mes del día en que depositaremos (o no) una serie de boletas en varias urnas, es menester mantenernos informados, críticos y autocríticos, y saber que lo político es algo que creamos con la acción y no una imposición foránea.

¡Hasta la próxima!

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Alejandro De Coss es licenciado en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Apasionado de la filosofía, tiene un diplomado para comprobar su devoción. Actualmente explora los laberintos de la burocracia desde la Secretaría de Energía, aunque (no tan) secretamente sueñe con futuros ensayísticos y literarios.

Revista cultural

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