Recursos naturales y competencia interestatal: las materias primas como un factor de conflicto

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César B. Martínez Álvarez

Entre mediados del siglo XVII y principios del XIX (incluso hasta mediados de siglo en las regiones extraeuropeas), como explican Charles Tilly (Coercion, Capital and European States) y Barrington Moore, el origen de la potencia militar, la capacidad de coerción y el desarrollo de las instituciones estatales fueron la tierra y los metales preciosos. Los monarcas europeos necesitaban tasar a cada vez más pueblos y villas para satisfacer sus necesidades de defensa frente a otros reinos; debido a que la agricultura era la actividad económica por excelencia, se requería de más territorio, en ausencia de innovaciones tecnológicas de importancia. Así se explican conflictos como la Guerra de Sucesión Austriaca. Por otro lado, el descubrimiento de colonias de explotación minera, como Nueva España o Perú, alteró el equilibrio del poder europeo y alimentó la ambición de los rivales de España y Portugal; la Guerra de Sucesión Española tuvo como una de sus causas principales la disputa por el control de los recursos naturales americanos. Fuera de Europa, cuando los núcleos poblacionales habían cubierto cierta extensión territorial, era frecuente que buscaran expandirse más allá de las fronteras de su jurisdicción; éste fue el origen de los expansionismos estadunidense, ruso, japonés y afrikáner. De esta manera, este recurso escaso y el aumento en su demanda fueron una variable explicativa en el desarrollo de rivalidades y conflictos entre Estados.

Con el advenimiento de la Revolución Industrial la producción manufacturera, el crecimiento del mercado interno y el aprovechamiento de recursos naturales como el carbón (que abundaba en todas las primeras economías industriales europeas) se volvieron los elementos esenciales en la creación de poder y riqueza para los Estados. El abastecimiento de la gran mayoría de ellos no dependió, en las etapas iniciales, del exterior; esto coincidió con una etapa excepcionalmente pacífica en las relaciones entre las grandes potencias: entre 1815 y 1890 fueron raros los conflictos interestatales; de hecho, la mayoría de las guerras fueron civiles (Revoluciones de 1830 y 1848), mientras que las internacionales (unificaciones de Alemania e Italia) tuvieron fuertes componentes internos.

No obstante, el descubrimiento y la explotación de colonias ultramarinas dio paso a una nueva forma de crear poder y riqueza, que se basaba en la obtención de mercados cautivos (por ejemplo India, Sudáfrica, Canadá o Argelia), de donde, además, se obtenían ciertas materias primas (es la etapa de auge de la economía de enclaves). Los puntos de fricción entre las potencias se incrementaron (incidente de Fachoda, la carrera por conquistar África y el dominio de China), lo que se convertiría en una de las causas de la Gran Guerra. De esta manera, cuando los recursos básicos para la creación de riqueza y poder dejaron de estar exclusivamente dentro de las fronteras de los centros políticos y militares del mundo (Europa), se intensificó el conflicto, producto de las disputas por su obtención.

A partir del fin de la segunda Guerra Mundial, la estabilidad bipolar dio paso a dos formas no antagónicas de creación de riqueza y poder entre las potencias; la primera de ellas fue la de la Unión Soviética, que se basó en el uso extensivo de los recursos naturales del país y en la industrialización forzada, así como en el establecimiento de un régimen imperial frente al resto de los países comunistas europeos. Por otro lado, Estados Unidos y el bloque occidental basaron su desarrollo, como menciona Eric Hobsbawm, en la mezcla entre un sistema liberal de comercio y la intervención del Estado en la economía. La recuperación industrial de Alemania, Japón y Gran Bretaña se sustentó en el uso del carbón, el acero y el petróleo barato y de fácil acceso. La abundancia relativa de estos recursos naturales en cada uno de las potencias (las dos dominantes y el resto de las medianas) y la oferta casi ilimitada de hidrocarburos hizo que la competencia y el conflicto político en el mundo poco tuvieran que ver con la manera en que se creaban la riqueza y el poder.

En contraste, los patrones de desarrollo económico y potencia militar en la era de la globalización se basan, en buena medida, en la innovación tecnológica (que da sustento a la productividad industrial) y un sistema de comercio eficiente (cuya piedra angular es la red de transporte global); una de las bases que sustenta la economía mundial es la especialización en la producción de ciertos bienes y servicios, que tiene como condición esencial la capacidad de abastecerse del resto que no produce determinado país. Entre 1950 y 2000, por ejemplo, el consumo energético anual creció 8%, lo que ha tensado al máximo la relación entre una oferta cada vez más limitada y una demanda en expansión constante.

Ha ocurrido una situación similar con otras materias primas, como los granos de consumo básico, minerales estratégicos (coltán, uranio y cobalto) e, incluso, los recursos hídricos. Al igual que en el caso de la tierra y los metales preciosos en el XVIII y las colonias en el XIX, se trata de fuentes imprescindibles de creación de riqueza y poder; la oferta regular de petróleo, por ejemplo, es vital para mantener el ritmo de crecimiento económico y abasto al sector militar en todo el mundo. De manera análoga a lo que ocurría en aquellas épocas con otros recursos de base, en la actualidad los yacimientos más importantes de hidrocarburos y minerales y las zonas de producción de alimentos básicos han dejado de coincidir, poco a poco, con los centros más importantes de demanda.

Por ejemplo, China es, desde 2003, un país importador neto de petróleo, y depende cada vez más de la venta de trigo y arroz de América Latina y Asia; India enfrenta una situación muy parecida, mientras que Estados Unidos necesita cada vez más del crudo extranjero para satisfacer sus necesidades internas. Esta distribución mundial de la riqueza de recursos naturales transforma aspectos centrales de la seguridad nacional de las grandes potencias; hasta hace muy pocos años, la seguridad energética y alimentaria de los países más poderosos del mundo era una cuestión esencialmente interna; hoy por hoy, el incremento extraordinario en el consumo de esos bienes estratégicos lleva a que esos Estados busquen asegurar sus fuentes de abastecimiento por todos los medios posibles, incluyendo la explotación de los recursos extranjeros; debido a que son fuentes de riqueza necesariamente escasas, se deduce la presencia de una competencia por su control. Al igual que la tierra, el oro y las colonias en siglos pasados, la capacidad de explotación de petróleo, gas natural, cultivos básicos, minerales estratégicos y agua será la fuente de riqueza en las décadas siguientes y el origen de más de un conflicto. Más allá del poder, se encuentra en juego la viabilidad de las sociedades industriales modernas.

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César B. Martínez Álvarez (México, 1989). Es estudiante de Relaciones Internacionales en El Colegio de México.

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