Nota musical: crónica en clave de sol

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Rolando Ramiro Vázquez Mendoza

Son cuatros los escenarios que se levantan sobre el terreno inmenso de la Ciudad Deportiva, y son alrededor de setenta y dos horas en las que, además de ser deportiva, se transforma en una ciudad musical.

El camino hacia la entrada es una pesada travesía por ignorar qué es lo que te confiscarán los distintos filtros de aparente seguridad. Escucho, a un lado, una pareja susurrando las objetos a esconder, casi no se perciben las palabras, pero las miradas nerviosas y las pequeñas bolsas de papel que introducen en sus tenis delatan a unos chicos que están más a la derecha, mientras que a una mujer joven le quitan su pequeña dotación de dulces y filtro solar, en tanto que llega mi turno de ser cateado, violando todo terreno íntimo de privacidad. Así es cada uno de los días cuando llegas al Vive Latino.

Hilos de gente que caminan y se ramifican en vertientes que desembocan en alguno de los escenarios. La pena y la melancolía cantada por Enrique Bunbury, ese hondo dolor que ahora le duele ya no permea el ambiente, pero queda un ligero eco del querer infinito que se pensaba siempre sería igual, casi un murmullo de lo que fue el cierre del viernes 23.

Hoy, sábado 24, confluyen a mitad del camino, no sólo gente y vendedores de cerveza —de eso hay en todos lados— sino la euforia iniciada el viernes y su camino en aumento, rumbo al ápice, junto a la música de Tanke y un balanceo con El Columpio Asesino, a cada paso más cerca del escenario principal con ímpetu de bailar toda la noche, aunque para ésta falten más de cuatro horas.

Pocos han sido los días nublados que acompañan el caluroso ambiente de un solo cuerpo multitudinario que brinca y baila y canta y grita y grita cada vez más fuerte para exaltar la música y el grupo parado en el escenario. Una ola de viento refresca ese calor, al tiempo que otra de surf hace temblar el Foro Sol. Chicas ye-ye bailando sobre los hombros de luchadores enmascarados, provocando un terremoto de sudor y de hormonas mientras ellas y ellos y todos gritan a coro ¡cojamos ya! —¡Ya, ya, ya, ya!—, en tanto que todo parece volverse una vehemente orgía, una seductora invitación como la puesta en escena de los Drama Queers, con chicas y chicos bailando desnudos la tarde del viernes. La tercera presentación concluye, pero el día apenas comienza.

Se ven caras desconcertantes, algunas cansadas. A mi derecha un hombre quema su porro, observa ensimismado a la señora desmayada que el personal de seguridad lleva cargando rumbo a la ambulancia. Son casi cinco y media y un colorido público grita a la entrada de Los Caligaris, agita sus globos y a lo largo del concierto los dejan sueltos sobre la masa de cabezas y manos; éstos se mezclan con globocondones que terminan ponchados al final de cada espectáculo. En las gradas aplauden y se besan, quéreme así, yo a vos te quiero, le dice un chico a su novia sosteniendo su cabeza, ambos con una playera de colores argentinos.

Va caminando —y bailando— por entre el público, mirando a muchachas y muchachos, una larga víbora de personas al cuarto para las siete, en compañía del Instituto Mexicano del Sonido. Monografías de niños drogándose, imágenes de políticos y protestas del 68 desfilan hasta las últimas palabras del IMS, una reapropiación de viejos discursos, tan viejos, quizá —pero no por ellos olvidados y ausentes— como los cavernícolas que brincan con Los Infierno en otra de las pistas.

La noche se avecina, la penumbra traída por las nubes se va volviendo más oscura. Algunas estrellas se vislumbran al igual que cierta desesperación en la concurrencia por la tardanza del antepenúltimo grupo. Carla Morrison canta al lado de Juan Manuel Torreblanca, quien ayer, en el viernes nocturno, tocó sorpresivamente con toda su agrupación una selección de su reciente disco Bella Época. En otro escenario vemos a El Haragán y Compañía, que elogia la mariguana, mientras Foster The People, por fin, consciente a los espectadores, quienes corean al final, con unos despistados mariachis, «Pumped up kicks».

El segundo día se avecina al cierre, el tan esperado por miles y miles. Los lanudos integrantes de The Wookies empalman, en horarios, sus peludos rostros con las melodías delirantes de Descartes a Kant, en tanto que una enorme multitud baila las canciones de Kasabian.

A las diez y media, los integrantes de Hocico, posterior al acto de intérpretes en penacho que tocan un preámbulo con danza y cascabeles, hacen brincar a varios cientos de personas con una música estridente y ciertamente alucinante. Cerca de ahí, en el escenario vecino, casi toda la gente se ha acumulado en gradas y pista. Se ve muy poco espacio hasta enfrente, pero lo inesperado parece suceder al centro, en un pequeño escenario dispuesto en medio del enrome circuito. Columnas gigantes de luz, que perforan el infinito ennegrecido, rodean en círculo la planta metálica que se eleva unos metros. Gritos, aplausos, ovaciones y empieza: ¡Papa, ru papa, eu eo! ¡Papa, ru papa, eu eo! Miles siguen. Entre alaridos de felicidad se demuestran que el amor es bailar, que la vida es un gran baile y el mundo un salón. ¡Papa, ru papa, eu eo! ¡Papa, ru papa, eu eo! Rubén Albarrán saluda a sus compañeros músicos para iniciar una interpretación de fragmentos de otras composiciones… Soy transparente, me puedes oler muy bien, no tengo voz para decirlo, por eso vengo y te lo escribo, he deshonrado a mis principios… Ya voy cayendo por un espiral y ahora sí, ya te mandé clonar… No me gusta la coke, no me gusta la coke, ¡stop!… Castígame, sé que me he portado mal, diviértete, sé que gozas y me gusta… Y continuaron con varias más. Así, el gran inicio del final del día se abría paso entre tan gente que durante un año esperó el Vive Latino, mientras yo recordaba el murmullo de la presentación de Niña. Pensaba, efectivamente, esta noche es para siempre…

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Rolando Ramiro Vázquez Mendoza (Ciudad de México, 1990) estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM y ha colaborado en Palabras Malditas Cuadrivio.

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