Librar la otra guerra

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Daniel Tovar

 

Hace casi ya dos meses, el escritor noruego Aslak Sira Myhre –quien dirige la Casa de Literatura en Oslo- se preguntaba si, después de lo sucedido en su país el 22 de julio de este año,[1] los líderes de Europa y Estados Unidos comenzarían a librar «una guerra contra el creciente extremismo de derecha, contra la islamofobia y el racismo».[2] La respuesta, como él y nosotros lo sabemos, es un desolador «no». Si para algo ha servido la «guerra contra el terrorismo» a nivel global, ha sido para mantener y exacerbar las dicotomías civilización-barbarie, civilidad-terror, buenos-malos, etc., que tan bien funcionan a los gobiernos para mantener la disciplina sobre sus poblaciones y justificar, a través de la creación constante e incesante del «enemigo» y la «amenaza», medidas de seguridad al interior de sus territorios e invasiones y ataques militares al exterior.[3]

            En algunos casos, la división dicotómica y maniquea de los sujetos y la realidad, ha funcionado también para silenciar a la crítica que tiene como objeto de escrutinio las acciones de ciertos Estados. Cuando algunos estadounidenses criticaron o se opusieron a la guerra contra Afganistán primero e Irak después, fueron acusados e identificados como «antiestadounidenses», o como cómplices del «terrorismo», lo que permitió el debilitamiento de esas voces dentro de los círculos públicos y de opinión más importantes en Estados Unidos.  Lo paradójico es que estas voces pueden ser acusadas de todo menos de ser «antiestadounidenses», en tanto defienden a través del disenso y el desacuerdo la dignidad de su pueblo al no tomar parte de una guerra; tampoco pueden ser señalados como «cómplices del terrorismo», porque es precisamente lo que están combatiendo, otra forma de terrorismo: el terrorismo de Estado.[4]

            Otro caso paradigmático de censura es el de la crítica al Estado de Israel, sobre el que quiero hacer énfasis. Cuando algunos han levantado su voz en contra de las acciones militares de este gobierno, son acusados inmediatamente de «antisemitismo», o bien de justificar, a través de la oposición al Estado de Israel, todas las acciones de cierto grupo de «extremistas». El ejercicio retórico que opera es el siguiente: todo aquél que critique al Estado de Israel por sus acciones, se vuelve cómplice de las acciones de cierto grupo de personas y, por tanto, está en contra de los judíos como pueblo, entonces puede ser puesto en el bando de los «malos», del lado de aquellos que históricamente han deseado y trabajado por la extinción del pueblo judío.  O bien, todo aquél que apoye, por ejemplo, el reconocimiento pleno de un Estado palestino –como sucede constantemente en manifestaciones de solidaridad alrededor del mundo-  está necesariamente en contra del Estado de Israel y, por tanto, en contra del pueblo judío. Tal forma de pensamiento opera, sin lugar a dudas, sobre premisas falsas y peligrosas.

            Hay que hacer una clara diferencia entre el Estado de Israel en particular y el pueblo judío en general, esto es, de Israel como Estado y de Israel como pueblo. Los enunciados de arriba se sostienen en la certeza de que el pueblo judío y el Estado de Israel son lo mismo, o bien que el Estado de Israel representa a todo el pueblo judío, lo que no es verdad. Existen judíos alrededor del mundo que no se identifican con el Estado de Israel y cuya relación con tal entidad es casi nula. Por otro lado, aun dentro de aquellos judíos que se sienten ligados al Estado de Israel alrededor del mundo y dentro del propio territorio israelí, existen quienes reprueban las acciones militares de su gobierno y han apostado por un Estado plural y secular. Tal es el caso de numerosas asociaciones civiles y de pensadores de la talla de Albert Memmi y Martin Buber. Por tanto, cuando se critican los asesinatos sistemáticos y las violaciones de derechos humanos que el Estado de Israel lleva a cabo en algunos territorios, no se está diciendo que sea el pueblo judío -Israel como pueblo- el que comete actos de terrorismo en contra de una población, sino que es un aparato gubernamental controlado por un grupo pequeño de personas (judíos entre ellos) y apoyado por otras, el que comete tales barbaridades. En palabras de la filósofa judía Judith Butler:

«Una cosa es oponerse a Israel bajo su forma y prácticas actuales o, incluso, plantear preguntas críticas sobre el propio sionismo, y otra muy diferente es oponerse a los “judíos” o temer a los “judíos” o presumir que todo “judío” comparte la misma opinión, que todos están a favor de Israel, identificados con Israel o representados por Israel».[5]

            La acusación de antisemitismo puede tener lugar debido a que aquellos que la ejercen aceptan irreflexiva e irresponsablemente premisas equivocadas y tergiversaciones de la realidad tales como las señaladas arriba -que Israel como Estado e Israel como pueblo son lo mismo, o que lo uno representa a lo otro. La peligrosidad del asunto radica en que no sólo las aceptan sino que las reproducen hasta el cansancio, de tal manera que se puede llegar a condenar acciones justas y concebirlas como erróneas o, en el caso contrario, justificar acciones reprobables por el bien del «pueblo judío». Una sanción por parte de Naciones Unidas al Estado de Israel puede, por ejemplo, ser concebida como un complot mundial (sic) para terminar con el pueblo judío, mientras que un ataque desmedido del ejército israelí a combatientes palestinos puede ser concebido como una «legítima defensa» y no ser en lo absoluto condenado.  De nuevo, la retórica aquí ocupa una posición poderosa en la función de censura, ya que

«…la crítica no se toma por su valor nominal, sino que se le atribuye un sentido oculto que no coincide con lo que afirma explícitamente. De este modo, la denuncia explicita permanece inaudible, pues lo que se escucha es el enunciado oculto que se afirma por debajo del explicito».[6]

            Es decir, no solamente se ahoga al pensamiento crítico señalándolo y colocándolo en un territorio ajeno a la realidad y la cordura, sino que se le asfixia con la indiferencia de sus dichos, o bien con la relativización y malinterpretación de sus intenciones.

            Además, la presunta defensa del «pueblo judío» -muchas veces sostenida por los grupos conservadores y de extrema derecha tanto en Estados Unidos como en América Latina- que acusa de antisemitismo y blasfemia a todo aquél que disienta, no solamente es peligrosa en tanto no es capaz de presentar una visión mesurada ante las acciones atroces e inhumanas del Estado de Israel, sino que fomenta sin concesiones la islamofobia al presentar a todos aquellos que profesan tal religión –ligada en su pensamiento a los territorios de Oriente Medio, otra percepción que habría que someter a examen- como un «peligro» para los valores y las normas de convivencia occidentales, permitiendo, justificando y hasta ejerciendo su exclusión. Reproduciendo, conscientemente o no, la división del mundo señalada arriba y todo lo que eso conlleva. En estos casos, se ignora que el Islam es una religión tan polifacética como el cristianismo o el judaísmo, con distintas prácticas, corrientes y modos de pensar que hacen imposible su reducción a una serie de normas y patrones –mucho menos a caricaturizaciones como aquella que dice que «todos son terroristas». Se confunde la defensa de la fe con la supresión del derecho a vivir y convivir de los otros.

            La acusación de antisemitismo no solamente disuelve la crítica sino que impone una carga ética y social a aquellos a quienes se les señala como traidores o blasfemos. Especialmente si son judíos o en alguna manera están relacionados con el pueblo de Israel. Tal acusación, a decir de Butler, produce «un clima de temor por medio del uso táctico de un juicio atroz con el que ninguna persona progresista querría identificarse».[7]

            Es decir, en el caso de quienes se sienten ligados al Estado de Israel como expresión de una comunidad, al expresar su posición ética y política como crítica, denunciando las acciones de su Estado, saben que pueden ser acusados y apartados. Se impone así un dilema: optar por el silencio para recibir el beneplácito o evitar el dedo acusador de ciertos grupos, o bien denunciar asumiendo los costos sociales que esto pueda traer. Además, aquellos que defienden ciegamente las acciones del Estado de Israel considerándolo como la expresión de la «voluntad de Dios», aquellos que defienden a los judíos fundamentalistas que detentan el poder en Israel, por suponer que son ellos los herederos de la tradición judía y que al apoyarlos están cumpliendo con un mandato de las Escrituras, al silenciar la crítica acusándola de traición, no hacen más que negar y resistir la «misión profética» de las voces de denuncia.[8] Los que tal hacen se asemejan a los antiguos príncipes de Israel que acusaron al profeta Jeremías de no buscar la paz del pueblo sino el mal. Que optaron por meter al profeta en una cisterna llena de cieno antes que atender a sus palabras.

            A la pregunta de Aslak Sira Myhre que citábamos al principio habrá que responder más allá del lamentable «no». Habrá que responder con acciones que nos involucren a todos en la medida de nuestras posibilidades. Porque de lo que se trata es de «…cambiar las condiciones de recepción»,[9] es decir, de transformar las maneras de pensamiento fundadas en premisas falsas que alientan el racismo y la islamofobia, comenzando por nosotros mismos. Se trata de librar otra guerra, una de trincheras epistémicas que detenga el derramamiento de sangre, la discriminación y la exclusión del Otro.

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I. Daniel Tovar @idanielth (Ciudad de México, 1989) es egresado de la licenciatura en Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional Autónoma de México y director de la revista Escenarios XXI. Es miembro del consejo editorial de Cuadrivio.



[1] Ver, entre otras fuentes: «Terror en Oslo», La Jornada, 23 de julio 2011; «Suman 91 muertos por ataques en Oslo» El Universal, 23 de julio 2011.

[2] Aslak Sira Myhre, «Norway attacks: Norway’s tragedy must shake Europe into acting on extremism», The Guardian, 24 julio 2011.

[3] Toda la política moderna (sean regímenes «democráticos» o «totalitarios»)  se sustenta, según lecturas a partir del concepto de lo político de Carl Schmitt y Walter Benjamin, en dicha lógica. La guerra como defensa, como ejercicio de sobrevivencia, será así la culminación del carácter moderno del movimiento de la política, y la exclusión-inclusión del «otro» -a través de le excepción- la constante de la creación de soberanía y reafirmación del poder constituyente. Tal vez sea Giorgio Agamben el filósofo contemporáneo que mejor ha articulado las reflexiones schmittianas y benjaminianas, y que puede ofrecer la mirada más aguda y el pensamiento más potente al respecto. Ver Giorgio Agamben, Homo Sacer: el poder soberano y la nuda vida I. Traducción y notas de Antonio Gimeno Cuspinera. Pre-Textos, Valencia, 1998, 268p., Giorgio Agamben, Estado de excepción: Homo sacer, II, I. Traducción de Antonio Gimeno Cuspinera, Pre-Textos, Valencia, 2004, 135p. y Giorgio Agamben, El reino y la gloria: para una genealogía teológica de la economía y del gobierno. Homo sacer II, 2. Traducción de Antonio Gimeno Cuspinera, Pre-Textos, Valencia, 2008, 244p.

En este sentido, la historia del siglo XX parece ser la más aleccionadora de la época moderna. La Guerra Fría (cuya lógica antecede a la «guerra contra el terrorismo») por ejemplo, se sustentaría sobre la identificación del enemigo político (los «comunistas» de un lado, los «burgueses» del otro) como amenaza a la sobrevivencia de la comunidad como proyecto utópico, como mundo soñado. Ver al respecto Susan Buck-Morss, Mundo soñado y catástrofe: la desaparición de la utopía de masas en el Este y el Oeste. A. Machado Libros, Madrid. 2004, 395p.

[4] Sobre el terrorismo internacional ejercido desde el Estado, particularmente desde los gobiernos de los Estados Unidos e Israel, véase Noam Chomsky, Piratas y emperadores. Terrorismo internacional en el mundo de hoy. Traducción de Jordi Vidal. Byblos, España, 2004, 373 p.

[5] Judith Butler. Vida precaria. El poder del duelo y la violencia. Traducción de Fermín Rodríguez. Paidós, México-Buenos Aires, 2006, pp. 158-159.

[6] Ibid. pp. 137-8

[7] Ibid. p. 154

[8] Enrique Dussel, glosando algunos pasajes de la obra de Emmanuel Lévinas, uno de los pensadores judíos más importantes de la centuria pasada, identifica la misión de los filósofos en el siglo XXI como un posible equivalente a la misión profética de crítica y denuncia. Se trata de una «comunidad ética» que enfrenta a la política con una «crítica mesiánica», escatológica. Una comunidad «que puede tener», apunta Dussel, «en mi comprensión arquitectónica de la ética, una función política, pero no como política, sino como profética. Cuando los profetas (críticos éticos principalmente negativos), critican en el antiguo Israel a los reyes, cumplen una función política, pero como profetas…» Enrique Dussel, «Lo político en Lévinas (Hacia una filosofía política “critica”)», La lámpara de Diógenes, año/vol., 3, núm. 6, BUAP, México, 2002 pp-3-20.

[9] Judith Butler, op. cit, 139.

Revista cultural

1 comentario

  1. Lorena Rodriguez

    8 Octubre, 2011 at 0:05

    …”el Islam es una religión tan polifacética como el cristianismo o el judaísmo, con distintas prácticas, corrientes y modos de pensar que hacen imposible su reducción a una serie de normas y patrones”…Creo esta frase lo resume todo, y para ello hay que tener un criterio amplio pues en este mundo hay muchas costumbres y tradiciones, es dificil tener el conocimiento de todas pero podemos TENER RESPETO , siempre y cuando no afecten a terceros.

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