Lang Lang: una lección musical

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Lang Lang

Camila Paz Paredes

El pasado sábado 25 de mayo, el pianista chino Lang Lang ofreció una clase magistral a tres de los mejores pianistas jóvenes de México en el Centro Cultural Roberto Cantoral, creado por la marca Telefónica S.A. –como lo indica su aspecto completamente «empresarial». Esta clase magistral fue producto de la alianza establecida entre Lang Lang y Telefónica (grupo dueño de Movistar en España y Latinoamérica, de O2 en Reino Unido, Irlanda, Alemania, Republica Checa y Eslovaquia, y de Vivo en Brasil) desde junio de 2011, cuando el pianista chino de ahora 31 años se volvió «Embajador mundial» de la empresa de telefonía. Cosa extraña en el mundo de la música clásica, pero no en la trayectoria de Lang Lang, quien podría ser considerado ‒para muchos, de forma despectiva– como una estrella pop del piano clásico.

Según la Revista Time, Lang Lang es una de las cien personas más influyentes del mundo. Esto no se debe ni sólo ni fundamentalmente a su talento como intérprete, sino a la orientación de su carrera: se presentó en la ceremonia inaugural de las Olimpiadas de Beijing en 2008, participa constantemente en programas de televisión, ha tocado en la Casa Blanca, llevó la séptima Sonata para piano de Prokofiev al soundtrack de Gran Turismo 5 y, en fin, hasta tiene un modelo especial de tenis Adidas.

Aunque a los melómanos de «alta cultura» les moleste este polvo mundano sobre los campos puros de la música clásica, hay que reconocer que Lang Lang es un intérprete excelente. No tiene caso enlistar todos los premios que ha ganado (desde los cinco años), los teatros y salas de concierto de importancia mundial en los que se ha presentado ni los excelentes músicos con los que ha compartido el escenario. Basta con escucharlo en vivo –desgraciadamente, sus grabaciones también tienden al sonido comercial.

En esta clase magistral, fue Lang Lang quien dedicó su atención a tres pianistas mexicanos: Pablo Suaste, de 19 años, Dana Rodríguez, de 13, y Daniela Liebman, de 10 –ambas niñas, ganadoras del concurso que las llevó a compartir un concierto con Lang Lang en Berlín (otro evento de Telefónica). Pablo tocó el Scherzo No. 1 de Chopin, Dana presentó el primer movimiento de la Sonata No. 1 de Beethoven, y Daniela, el Impromptu No. 1 de Chopin y el Estudio No. 6 de Moskovsky. Uno por uno, fueron dirigidos y corregidos por el célebre pianista.

Lang Lang tiene un buen humor y una energía inagotables. Vestido con un traje brillante y una camiseta casual, con su peinado pop (los pelos parados), todo lo recibió con notable modestia y alegría –incluso las composiciones que algunas jóvenes víctimas del «efecto Lang Lang» le entregaron con la esperanza de que pudiera interpretarlas; y él respondía: «¿Tú lo compusiste? ¡Genial! ¡Muchas gracias!».

La clase fue intensa, pero Lang Lang lo hacía todo divertido: actuaba la forma en que el Scherzo de Pablo tropezaba en un tempo demasiado irregular ‒tropezando él mismo mientras cantaba la melodía‒, sustituía los adornos de la Sonata de Dana por risas, para aligerar el humor de la pieza, y dirigía moviendo brazos y manos a la pequeña Daniela, quien se extendía y encorvaba abriendo los ojos, como hechizada por su director.

Lang Lang no estaba ahí para compartir ningún secreto o para mostrar una pedagogía novedosa, sin embargo consiguió algo importante: hizo que los pianistas y profesores presentes recordaran que la música no es una mecánica de dedos. Enseñar y aprender a tocar el piano depende de comprender esto.

En general, la educación tradicional en México gravita en torno a la ejecución musical y no a la interpretación. Como consecuencia, se sustituye el sentido auditivo, fundamental para la creación del arte sonoro, por la capacidad mecánica de las manos. Se enfatiza el entrenamiento técnico, la capacidad de tocar con precisión y rapidez, y se olvida el desarrollo del oído interno, del sentido musical: la capacidad de imaginar música en vez de pensar coordenadas en el teclado. Muchos problemas de ejecución podrían resolverse si el pianista trabajara en imaginar frases enteras, carácter y discurso musical en los sonidos que produce. Se dice que un estudiante debe practicar tantas horas diarias como pueda y repetir una y otra vez los pasajes hasta que le salgan sin errores. Luego, al final, viene el trabajo interpretativo de dar vida emocional a la pieza. Quizá el tiempo de trabajo pudiera reducirse y rindiera mejores frutos si el estudiante se dedicara a saber qué debe y quiere escuchar cuando toca –si no tiene imaginación musical, jamás podrá oír una nota sin buscarla en el teclado, ni podrá leer frases en una partitura, convertida en un mapa que le indica qué tecla presionar en qué momento.

«Imagina lo que quieres oír antes de tocarlo» fue la primera indicación que Lang Lang hizo a Pablo, quien se dejaba ir sobre el teclado, seguro de conocer el Scherzo que tocaba velozmente. «¿Por qué tan rápido? No escucho la melodía», insistía el maestro. Ante el Beethoven de Dana Rodríguez, Lang Lang enfatizó: «No tiene sentido del humor. Es la Primera Sonata de Beethoven: ¡está llena de bromas!», y tocó la primera sección, evidentemente juguetona. ¿Por qué Dana no le ponía humor? Probablemente por estar atenta a los aspectos de ejecución, limpios y en su lugar. Lang Lang felicitó a Daniela, la más pequeña, por «los momentos en que realmente sucede algo» y le dio indicaciones para obtener un sonido más «brillante y lleno». ¿Técnica? No, oído.

Esto no quiere decir que el buen pianista toque por pura emoción; la música, como todo el arte, requiere un trabajo duro, constante y disciplinado, «un balance entre corazón, mente y agallas». «Sólo cuando sabes exactamente lo que estás haciendo, puedes dejarte ir», dijo Lang Lang; y uno no sabe lo que hace mecánicamente (la memoria de dedos se desploma con el tiempo o con los nervios), ni siquiera sólo por la teoría –conociendo armonía, tonalidad, modulaciones‒, hay que saberlo de oído: poder escuchar las voces y su dinámica, la fuerza de los bajos, las texturas; poder imaginarlas para que se produzcan. En esto consiste el desarrollo del sentido musical y, en esencia, el disfrute que el intérprete puede vivir y hacer vivir a través de su instrumento.

Ésta fue la lección de Lang Lang, quien insiste en que «la música es un lenguaje universal». Yo agregaría, refiriéndome a los intérpretes: para quien sabe escucharla. Después de todo, dijo Lang Lang, «no queremos pianistas que sólo sepan tocar el piano… queremos comunicadores que sepan transmitir los mensajes que llenan la música».

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Camila Paz Paredes (1989) estudia sociología en la UNAM. Es subdirectora de Cuadrivio.

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