La importancia de llamarse Ernesto (o ser honesto) y ser político

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Carlos Roque

 

Cada vez que platico con algún conocido, familiar o amigo sobre la situación de inseguridad y pobreza que atraviesa el país, me cubre un sentimiento de malestar que probablemente conocen. Es una sensación de tristeza combinada muchas veces con odio. Siempre llena de silencios breves y congojas. En cada charla sobre este tema hay alguna conclusión que varía de persona en persona. Sin embargo, algo que me queda claro es que, mientras unos aguantan y esperan «a ver qué pasa»; otros inician o mantienen sus luchas para mejorar la situación. El problema es que siempre me quedan las mismas dudas: ¿Qué pasa si la violencia se sostiene? ¿Qué tan cerca estamos de perder el control o de resolver la situación? ¿Quién es el responsable y qué se debe hacer?

De alguna forma todos somos responsables de la violencia que vivimos. Pero esta colaboración no tendría el mismo nombre si unos no fueran más responsables que otros. En la mayoría de las reflexiones que he leído respecto al problema de inseguridad en México se repiten conclusiones sobre la necesidad de «regenerar el tejido social». También es común escuchar que «todos somos parte del problema y de la solución», y que este «no es un problema que se pueda resolver de forma simple». Estas ideas comienzan a permear en nuestra vida cotidiana. Y la verdad es que todas son muy ciertas. Si entendemos lo que implica el tema de la seguridad, sabremos que es algo complejo y multidimensional. Sobre esto podemos realizar varias acciones y revisar propuestas como las que recientemente publicó la UNAM al respecto. Pero la idea que quiero compartir aquí es que, todo el horror  que nos ha obligado a comenzar a debatir y entender el tema de la seguridad, es producto de una situación y de decisiones políticas que no debieron haberse dado de la forma en que se dieron. Y si bien hay ciertos indicios para abordar el problema de forma distinta, la clase política no ha respondido eficazmente, ni a las demandas de la sociedad, ni a la realidad que vive el país.

Lo único positivo de la decisión de Felipe Calderón al iniciar la guerra contra el narcotráfico, fue que la falta de una estrategia estructurada y delimitada, precipitó la violencia que hoy nos obliga a encontrar soluciones más allá de volver a lo que teníamos antes. Nos han obligado a no tener otra opción que la de mejorar nuestros sistemas de seguridad pública e impartición de justicia, lo cual es necesario. Pero no al costo que ha tenido y sigue teniendo en nuestra sociedad. Movimientos como el de Javier Sicilia y otros personajes que representan a una sociedad mexicana afectada por la violencia, son la prueba de un proceso de cambio que describe Héctor Sejenovich. Y aunque él lo aplica al tema ambiental, lo mismo se puede decir en el tema de la seguridad en México. En donde se llega a un punto en que los problemas

[…] son percibidos por parte de la población según su historia y su cultura. Y se generan movimientos sociales y movimientos teóricos que luchan por generar cambios y soluciones. Todo esto promueve políticas del Estado que tratan de morigerar los problemas, o de solucionarlos. Que lo consigan o no, depende del tipo de problema, de la importancia relativa de todas las partes y de la dinámica de este sistema (2011).

En su mayoría, el título de esta colaboración es un capricho. Pero lo justifico al decir que un grupo específico de la sociedad no le ha dado la importancia necesaria al tema para reaccionar ante la violencia. Ese grupo es la clase política mexicana. La única relación que veo entre los políticos mexicanos y la obra de Oscar Wilde, es que podría calificar a la mayoría de ellos como “bunburistas” siniestros. Si recordamos La importancia de llamarse Ernesto (o ser honesto), traducción de The Importance of Being Earnest, el protagonista (Jack Worthing, cuyo verdadero nombre es Ernest Worthing) y su amigo (Algernon Moncrieff, quien en algún punto de la comedia se hace pasar por Ernest) evaden algunos compromisos sociales al fingir ser otras personas, dependiendo de dónde se encuentren y con quién. Debido a esta práctica, Algernon llama bunburist a Jack. La trama es bastante interesante y se las recomiendo ampliamente. Creo que es muy divertido experimentar con la personalidad y pretender ser alguien más. Sin embargo, esta experimentación es un lujo que un servidor público no debe aplicar en su trabajo, menos en nuestro contexto actual.

Guillermo Fadanelli, al hablar de la legalización, me aclaró la gran omisión de nuestros políticos en este tema:

[…] el cúmulo de crímenes, muertes absurdas, degradación, corrupción que provoca la prohibición irracional de estas drogas es tan considerable que quien solapa esa prohibición comienza a volverse cómplice y promotor de estos lamentables hechos. Creo que en el futuro se valorará o se juzgará duramente a quienes pudiendo buscar soluciones alternativas a una guerra sin sentido (quiero decir soluciones como legalizar, ordenar, regular la producción de sustancias que de todas maneras van a ser consumidas) han preferido mantener el estado de cosas a toda costa. No es justo acusar a una autoridad por intentar cumplir las leyes, pero sí culpar a los legisladores que no crean leyes acordes a la realidad de su tiempo. (2011).

Por varias razones personales y profesionales, en los últimos meses he tenido oportunidad y necesidad de revisar un poco de lo que se está haciendo en México sobre el problema de la violencia e inseguridad. Mi versión de las cosas es precisamente lo que comparto aquí: A pesar de que se están incorporando nuevos enfoques al tema (ver por ejemplo, los proyectos del Catálogo SUBSEMUN 2011, donde se adoptan proyectos de prevención social de la violencia y la delincuencia, cuya lógica está basada en el concepto de seguridad ciudadana, el cual es más amplio que el de seguridad pública), hace falta un esfuerzo mucho mayor por legislar y concretar decisiones que podrían traer cambios necesarios para disminuir la violencia y mejorar la seguridad pública e impartición de justicia.

            La conclusión que puedo hacer al respecto es que la realidad ha superado los resultados que nuestros políticos han podido lograr para reducir la situación de violencia. Y para esto no hace falta más que voluntad política ­- Si bien es verdad que para erradicar el problema es necesario un proceso de democratización, de equilibrio de poderes, de rendición de cuentas y otros cambios sustanciales necesarios en el sistema político y en la sociedad mexicana. Y que estas características son necesarias para enfrentar a los cárteles de la droga (si esto se determina como una prioridad nacional) con una estrategia integral y consultada con el poder legislativo, judicial y con la sociedad mexicana – eso no significa que no podemos exigir que los esfuerzos se enfoquen realmente en lograr consensos necesarios para lograr cambios, ya que de otra forma, estamos evadiendo responsabilidades y cayendo en el mismo juego que siempre sirve a otros intereses. Termino con el mismo Fadanelli, quien nos recuerda que

[…] detrás de tanta muerte de personas concretas, sea a causa de una revolución o de una guerra, se encuentra siempre una mala teoría o, si se quiere, una teoría no comprendida o interpretada de mala manera […] A veces esto no es consecuencia nada más de una mala teoría sino de personas o instituciones que aprovechan estas teorías para obtener beneficios. (2011).

La importancia de ser político en México, radica en que los menos honestos (earnest, en inglés), son los que toman las decisiones más importantes en nuestra sociedad.

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Carlos Roque (@croquepineda) es internacionalista y estudiante de gestión pública aplicada. Asistente y miembro de la Cátedra de investigación en comunicación, globalización y estudios culturales del ITESM Campus Guadalajara. Sus líneas de investigación son: Políticas públicas y sustentabilidad, profesionalización de las OSC, y Gobernanza urbana. Es colaborador de Rescatemos Guadalajara A.C. en el área de incidencia. Nació en Zihuatanejo y al menos debe ir a la playa cuatro veces al año.

Revista cultural

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