El dilema afgano

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Ramsés LV

Decir, a estas alturas, que la guerra en Afganistán está perdida, que Estados Unidos invadió tierras afganas pretextando la lucha contra el terrorismo pero ocultando sus verdaderos móviles (la conexión de los ricos yacimientos del Mar Caspio con la acomodaticia Pakistán) o que, de alguna manera, Afganistán representa en el siglo XXI lo que Vietnam en 1973, es tan común que apenas si vale la pena detenerse en ello. Menos cómodo y ordinario resulta decir que Estados Unidos no debería  retirarse inmediatamente de Afganistán y que, de no ocurrir un viraje prodigioso en el campo de batalla, los efectos de la campaña militar en Afganistán podrían ser catastróficos.

Estados Unidos invadió Afganistán en octubre de 2001 como respuesta al amparo que el régimen talibán brindó a Osama Bin Laden y la red terrorista Al Qaeda. En la aventura bélica le siguieron Gran Bretaña y una amplia coalición internacional encarnada en las tropas de la OTAN. A pesar de los éxitos iniciales, la coalición occidental perdió rápidamente el control. Los talibanes, expulsados del gobierno, se refugiaron en la frontera con Pakistán (que abarca las inhóspitas provincias de Bajaur, Mohmad, Kyber, Orakzai, Kurram y Waziristán Norte y Sur), donde se fortalecieron gracias a la complacencia de los servicios de inteligencia pakistanís, y junto con Al Qaeda y grupos integristas como Haqqani (que también hicieron de esa línea fronteriza su refugio y centro de operaciones), han emprendido una feroz contraofensiva para recuperar el control de Afganistán.

Estados Unidos no logró capturar a Bin Laden ni desmantelar a Al Qaeda (en la actualidad, los altos mandos militares estadounidenses ni siquiera saben dónde se encuentra el temido líder saudí); tampoco consiguió reconstruir el tejido social afgano ni garantizar el relevo de un gobierno civil democrático y eficiente. Por el contrario, hizo de Afganistán el infierno de sangre y balas que fue durante la intervención soviética y la guerra civil, y, además de fracturar su alianza con Europa y la OTAN, avivó el odio que los pakistanís, impotentes ante los bombardeos de aviones no tripulados en su frontera, sienten hacia Estados Unidos. Pese a todo, la Casa Blanca ha sido incapaz de elaborar una estrategia sensata que mitigue estos penosos resultados. Barack Obama ha dicho que las tropas estadounidenses (secundadas por la OTAN) comenzarán a retirarse el año entrante con la finalidad de conferir el control de Afganistán a las autoridades locales en 2014. ¿Hasta dónde esta decisión es la más acertada? ¿Realmente Estados Unidos puede comenzar la retirada en 2011?

Puede, pero, como dijimos al principio de esta nota, no debería hacerlo. En marzo de 2009, un par de meses después de asumir la presidencia, Obama presentó una nueva estrategia para reconducir la guerra en Afganistán –a la que calificó como una contienda «necesaria». La estrategia, denominada «Af-Pak», agrupaba a Afganistán y Pakistán en un solo bloque (de ahí el nombramiento de Richard Holbrooke como representante especial), y, entre otras cosas, enfatizaba en la necesaria cooperación de las autoridades pakistanís para contener a Al Qaeda y los talibanes y en la protección de la población civil afgana frente a la violencia de los integristas. Los resultados iniciales fueron tan desalentadores que en junio, a instancias de Robert Gates (secretario de Defensa), Mike Mullen (presidente del Estado Mayor Conjunto) y David Patraeus (jefe del Comando Central y artífice intelectual de la nueva estrategia), Obama relevó a David McKiernan y colocó al general Stanley McChrystal como encargado de las operaciones en Afganistán. McChrystal, un lobo de la contrainsurgencia que se anotaba el mérito de haber capturado a Saddam Hussein en 2003, representaba un cambio de estrategia: no más tácticas signadas por la guerra contra el terrorismo y la infértil persecución de Osama Bin Laden. En adelante, las tropas estadounidenses echarían mano del antídoto empleado históricamente –sin mucho éxito, hay que decirlo– contra las guerrillas tercermundistas: la contrainsurgencia.

Pero, nuevamente, los desencuentros y tropiezos aventajarían a los buenos resultados. McChrystal solicitó un refuerzo de 40 mil nuevos soldados al que Obama, presionado por el Pentágono y la oposición republicana, accedió poco después, aunque moderadamente: 30 mil nuevos elementos que serían dosificados a lo largo del último tramo de 2009 y buena parte 2010, además del traslado de tropas emplazadas en Irak. Irritado por las vacilaciones de la Casa Blanca, McChrystal se quejaría de la falta de recursos en un informe en el que admitía el recrudecimiento de la violencia (2009 fue el año más violento desde la invasión en 2001) y el incremento de las bajas estadounidenses como resultado de la intensificación de la lucha contra la insurgencia. El informe, que se filtraría a la prensa estadounidense, sería únicamente la antesala de las declaraciones que McChrystal dejaría caer en Londres y Eslovaquia más tarde, durante las reuniones del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos y de ministros de defensa de la OTAN, respectivamente, y que harían del conocimiento universal la tesis sobre la falta de recursos y la necesidad de intensificar las maniobras de hostigamiento contra los talibanes. La Casa Blanca, enfurecida, aguardaría pacientemente el curso de los acontecimientos, limitándose al regaño que Obama propinó a McChrystal en Copenhague un día después de la reunión en Eslovaquia a bordo del Air Force One.

La estrategia de McChrystal, que procuraba ataques minuciosamente planificados para reducir al mínimo la muerte de civiles, y la desarticulación de la insurgencia integrista mediante la negociación con los líderes talibanes «moderados» y el acorralamiento y ulterior aniquilación de las milicias talibanes con golpes militares fulminantes en bastiones rebeldes, pareció rendir frutos. Para marzo de 2010, tras la exitosa ofensiva de las tropas aliadas en el sur de Afganistán, comenzó a hablarse de una ofensiva veraniega decisiva en Kandahar (uno de los más sólidos baluartes talibanes), aderezada con la promesa de Hamid Karzai, presidente de Afganistán, de profundizar el proceso de reconciliación nacional, que no era otra cosa que la ya mentada cooptación de líderes insurgentes. En los meses posteriores, los talibanes, y la misma sociedad afgana, habituada al miedo y a la obediencia ciega a sus autoridades tribales, demostrarían una vez más por qué su país ha sido llamado, en más de una ocasión, el «cementerio de los imperios»: las victorias occidentales de principios de año pasaron a ser una anécdota más en la guerra; los talibanes contraatacaron con tirria y asestaron duros golpes a la moral de los aliados, ofuscadas por los mortíferos ataques suicidas a blancos civiles y bases de la OTAN, y azuzaron, nuevamente, el clamor de quienes en Europa y Estados Unidos piden que se ponga punto final a una guerra que parece no ir a ningún lado.

Desesperado o resignado (o ambas cosas), Stanley McChrystal, entrevistado por Rolling Stone, se burló públicamente de algunos funcionarios (entre ellos, Richard Holbrooke, Joe Biden y James Jones), afirmó sentirse decepcionado por lo mal preparado que estaba Obama para manejar asuntos como el de Afganistán y expresó sus dudas acerca del éxito militar de Estados Unidos y sus aliados en la guerra afgana. Previsiblemente, la Casa Blanca le exigió disculpas, lo acusó de insubordinación y aceptó su dimisión (presentada el 23 de junio) y su solicitud de ser dado de baja del servicio activo en el ejército. El barco se hacía agua: unas semanas después de la dimisión de McChrystal, el portal de Wikileaks publicó cerca de 90 mil folios militares estadounidenses clasificados que revelaban los atropellos cometidos por Estados Unidos y la OTAN durante sus operaciones encubiertas, nombres de informantes secretos de los aliados y datos que dejaron pocas dudas sobre el fracaso que es (y será) Afganistán.

El general David Patraeus ha asumido el mando de las tropas aliadas y estadounidenses en Afganistán, pero las diferencias de la cúpula castrense con la Casa Blanca, lejos de desaparecer, se multiplican. Tanto Patraeus como James Conway (comandante del Cuerpo de Marines) y Bill Coldwell (encargado de las labores de adiestramiento de las tropas de seguridad afganas) han criticado los proyectos de repliegue y le han pedido a Obama que flexibilice su plan de comenzar la retirada en julio de 2011. Obama se ha negado rotundamente y se ha mantenido firme en su decisión. ¿Por qué? Como se ha visto, la situación en Afganistán es tan delicada y el avance de los talibanes tan contundente que pensar siquiera en abandonar Afganistán es un auténtico despropósito. A diferencia de Irak (que, no obstante el tono triunfal de Washington, se encuentra en un estado lamentable), el gobierno local (encabezado por Karzai desde 2004) no sólo es corrupto e ineficiente, sino que, simple y sencillamente, no existe más allá de Kabul; las fuerzas de seguridad afganas, supuestas garantes del orden futuro, son irrisorias y llevará muchos años adiestrarlas y equiparlas, y la amenaza de la insurgencia, diseminada en todo el territorio, no se cierne únicamente sobre Afganistán, sino también sobre Pakistán, como demostraron los talibanes el año pasado, cuando se apoderaron de Mingora, la capital del valle de Swat, a un centenar de kilómetros de Islamabad, haciendo temblar al mundo entero por el peligro que supondría que un grupo extremista como el talibán se hiciera de las armas nucleares con que cuenta Pakistán o atizara el conflicto histórico que mantiene esta nación con la India, también poseedora de arsenal nuclear.

Estados Unidos no debería retirarse de Afganistán en el corto plazo –como, según parece, tampoco debió emprender la retirada en Irak. ¿Por qué Obama insiste en hacerlo? Las respuestas son varias. Las más importantes, quizá, tienen que ver, por un lado, con la necesidad de Obama de enderezar el camino al interior de Estados Unidos, donde su autoridad se ha visto seriamente dañada tras la aplicación del plan anticrisis, la aprobación de la reforma sanitaria, la tragedia del Golfo de México y la impugnación de la Ley Arizona. Los republicanos y los ultraconservadores concentrados en el Tea Party han arremetido con fuerza y su avance luce incontenible rumbo a las elecciones intermedias de noviembre, en las que Obama podría ser reducido, por anticipado, a la condición de «patito cojo» si los demócratas son avasallados en las urnas. La promesa de abandonar Afganistán y de poner fin pronto a la guerra significaría, tal vez, un punto a favor del presidente y del Partido Demócrata. Por otro lado, esas importantes respuestas tienen que ver con la confusión más burda y preocupante. Es probable que Obama y sus asesores piensen que salir de Afganistán es la única solución viable: Bush fracasó, McKiernan fracasó, McChrystal fracasó. ¿Por qué no emular a Richard Nixon y dar por terminada una guerra desgastante y perniciosa? La Casa Blanca, como atestiguan los reclamos de los militares, no encuentra la manera de reconducir la campaña militar en Afganistán ni confía en las opciones que el Pentágono le ofrece –mucho menos en la cooperación de la OTAN, que desde hace tiempo abandonó a Estados Unidos a su suerte. Volvamos entonces a la cuestión planteada anteriormente: ¿la decisión de emprender la retirada en julio de 2011 es la mejor que pudo haber tomado la administración Obama? Sería fácil responder que no. Haciendo acopio de todo lo dicho y de la desorientación que también aqueja a los militares estadounidenses, ya no sería tan sencillo decir que no: ¿con qué otra opción cuenta Washington? En los corredores del poder estadounidense no parece haber respuestas consistentes.

Nada está dicho, desde luego. En los siguientes meses Obama puede cambiar de parecer o alguno de sus estrategas militares puede presentar una estrategia plausible para combatir a la insurgencia afgana y allanar el camino para una retirada a mediano plazo. O puede suceder, también, que Estados Unidos se rinda y opte por una solución al estilo soviético: abandonar Afganistán cabizbajo y con el rabo entre las patas, dejando tras de sí a una sociedad herida, física, moral  y psicológicamente destrozada, con la palestra dispuesta para una cruenta guerra civil entre las diferentes facciones que integran la insurgencia y el integrismo islámicos y con el riesgo de que el conflicto encienda Pakistán y arroje combustible sobre Irak. Las hordas antiimperialistas saltarían de gusto al ver a un Estados Unidos humillado, ideal para sus proclamas y panfletos de pizarrón universitario; pero quienes más gozarían de esta desbandada –eso sí, con sus reservas– serían Rusia, China e Irán. Putin, Xu Jintao y los ayatolás tendrían ante sí la prueba irrefutable de que el poderío militar de Estados Unidos está en decadencia y de que, al fin, el multiprofetizado nuevo orden mundial (el «orden multipolar», dice la jerga internacionalista) les ha abierto las puertas del único reducto que se les había negado hasta entonces: el de las armas y los recursos naturales estratégicos en el Medio Oriente. Habría, efectivamente, una recomposición del sistema internacional, pero dudo que esa recomposición, repujada en ametralladoras, helicópteros de alta precisión y minas antipersonales, satisfaga a alguien. Sea cual sea el desenlace del conflicto en Afganistán, sólo una cosa es segura: los afganos seguirán muriendo y padeciendo las barbaridades de regímenes como el talibán, víctimas de un aciago destino al que las desmedidas ambiciones de las grandes potencias y de unos cuantos empresarios multimillonarios parecen haberlos condenado.

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Ramsés LV (Ciudad de México, 1986) es director de Cuadrivio.

Revista cultural

5 comentarios

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  2. Odell Bartholic

    1 Septiembre, 2010 at 11:32

    I really like what you write here, very refreshing and smart. One thing though, I’m running Firefox on Debian and parts of your layout pieces are a little broken. I realize it’s not a popular setup, but it is still something to keep an eye on. Just giving you a heads up.

  3. drusila

    1 Septiembre, 2010 at 16:34

    Gracias por brindarnos esta síntesis y aguda reflexión. En verdad que no había pensado que una retirada pudiera ser inconveniente. Y menos que los ojitos de las otras potencias estuvieran brillosos de felicidad por este hecho. No sólo es lamentable que los sedientos de poder se disputen esa parte del mundo, sino además que arrasen de manera brutal con las personas.

    • Ramsés-LV

      2 Septiembre, 2010 at 8:15

      Gracias a ti por leer y comentar. Es un gusto compartir ideas y opiniones sobre esta clase de hechos que, a pesar de acontecer en lugares remotos, nos conciernen a todos. A propósito de polémicas y pugnas entre militares y civiles en Estados Unidos, encontré la versión en español del reportaje de Rolling Stone sobre McChrystal. Va el linK: http://www.rollingstone.es/specials/view/exclusiva-el-general-fuera-de-control

      Está muy bueno. Brilla por esa franqueza groserota (pero inexistente en México, por desgracia) que caracteriza a los militares gringos.

      ¡Saludos!

  4. Frania

    22 Septiembre, 2010 at 0:02

    Disfruté esta lectura. Excelente reflexión Ramsés.

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