El diablo blanco: en una causa justa

Por  |  0 Comentarios

 

oalleyn002p1

Cuauhtémoc Flores Ríos

 

No hace falta recurrir al diablo para entender el mal.

El mal pertenece al drama de la libertad humana.

                                                                                                     Rudiger Safranski[i]

 

 

En la tragedia, tratar el tema de la venganza es una de las vías para analizar sus mecanismos y describir sus distintos aspectos y todo aquello que puede desencadenar. La venganza es una concepción errónea de la justicia que lleva a quien la busca a dañar al oponente para conseguir la retribución que cree merecer y que puede llevarlo hasta a buscar en la inmediatez del derramamiento de sangre una compensación al sufrimiento.

¿Qué se necesita como móvil de la venganza en la tragedia? Que la realización de la justicia parezca imposible al que se siente injuriado.[2] Sólo buscarla a toda costa lleva a los personajes a sobrepasar el límite de cuanto se debe hacer para conseguirla, y esta extralimitación no es del todo comprendida por los individuos que actúan movidos por ella.

La búsqueda de justicia en la vindicación, en el caso de la obra que ahora nos ocupa, El diablo blanco de John Webster, está ligada a dos nociones fundamentales en la correcta comprensión de lo que es la justicia: al buscarla existe la posibilidad de sobrepasar el umbral en el que el mal comienza y –como ya se ha mencionado– ciertas formas de hacerse justicia caen en la categoría de lo ilegítimo. Sin embargo, en esta tragedia el esquema en donde se desarrollan dichos elementos no se presenta de una manera explícita con un héroe perfectamente consciente de lo que pueden llegar a acarrear sus actos, sino que la sanción que merecen proviene de distintos personajes que desempeñan el papel de jueces de la acción que intervienen como un coro que lanza amonestaciones sobre todo lo que va ocurriendo, y si bien no tienen la calidad moral del héroe sobre quien comentan, sí reconocen la grandeza de la fuerza vindicativa que lo impulsa e incluso tratan de señalarla con la fluidez del reconocimiento.[3]

La obra, que lleva como subtítulo «La tragedia de Paulo Giordano Orsini, duque de Bracciano, con la vida y muerte de Vittoria Corombona, la famosa dama veneciana», puede ser sintetizada como la historia de la pasión del duque de Bracciano por Vittoria Accoramboni, pero esto sólo a grandes rasgos, puesto que en su transcurso los personajes son empleados para dar forma a la metáfora en la que Webster utiliza más hábilmente sus recursos literarios.

Al parecer, la obra se enfrentó a la mala recepción del público, y Webster, como respuesta, abogó por la libertad en la dramaturgia, que no necesariamente tiene que ajustarse a los moldes establecidos. «No es necesario o casi posible […] conservar la antigua majestad y el esplendor de los poemas dramáticos y darle gusto al vulgo»,[4] diría el propio autor. Pero como fuera que pensara Webster, quizá al final la falta de aceptación de su obra entre el público se debiera más que a otra cosa a que, con una singularidad en los diálogos y en los aspectos técnicos destinados a hacer posible la acción, se trata de una pieza teatral que parece estar más destinada a la lectura que a la escenificación.

Desde el inicio de la obra nos es anticipado su final en el que todo el encubrimiento y la hipocresía son puestos al descubierto; el conde Ludovico ha caído en desgracia y en ese estado llega a la conclusión de que la justicia no siempre castiga a quienes debería, sino que quien se apodera de ella es quien decide el nivel de error y desviación de quienquiera al que le sea conveniente juzgar.

El reconocimiento de que el castigo es el resultado de la injusta administración de justicia es la consideración fatalista que los personajes encontrarán a fuerza de sometimiento sentimental, pues si bien la pieza, a partir de la escena segunda, acto I, llega a tomar tintes cómicos por momentos,[5] ese tono ligero pronto ha de sufrir los efectos del desengaño al revelarse las intenciones personales de los personajes, animadas por una ambición desmedida que ha llegado a ser parte indisociable de su actitud frente a los otros.[6]

Esta desmesura es resultado de una relajación de aquellos vínculos religiosos que llevan a buscar la virtud y la redención, y su resultado es el pecado desembocando en la violencia; aunque ésta no surja tanto del relajamiento de  tales vínculos, porque «en realidad, toda la violencia del teatro isabelino no tiene nada que ver con una disolución de las normas morales; por el contrario, [existe y se expresa] precisamente porque dichas normas son [demasiado] férreas».[7] Sin embargo, en la obra es el clima de laxitud moral lo que hace que los personajes no teman la corrección futura.

El actitud de desengaño  se intensifica con el personaje de Flamíneo, quien es primariamente el alcahuete de Bracciano y cuyas verdaderas determinaciones son expuestas cuando su madre lo increpa al enterarse de ellas; pero en su falta de sentido de justicia, Flamíneo no se retrae, por el contrario, considera a sus actos justos y se siente estar en un estatus superior, aunque esto suponga el desprecio de su dignidad y la convicción de que su forma de comportamiento es el único camino fiable en su posición:

Y ahora que a mi ascenso se le abre una senda tan clara y despejada, ¿crees que voy a mantener pálida la frente con la leche que me diste? Pues nada de eso, que voy a armar y fortificar mi rostro con un vino vigoroso que impida toda vergüenza o sonrojo.[8]

La disposición de la trama es así dispuesta por las posiciones que van tomando los personajes, que no creen a su causa injusta, aunque sólo esté determinada por sus ambiciones. Es de esta inconsciencia de los males que se provoca al pretender hacerse justicia de donde viene el título de la obra: El diablo blanco; con el término «diablo»[9] se señala a las empresas que surgen de una visión desfigurada de lo que se cree merecer.

En cuanto a «blanco», resulta difícil interpretar su inclusión en el título, pues en ningún momento se mencionan las dos palabras juntas; pero bien podría estar ahí por tratarse convencionalmente del color que simboliza la antítesis del mal. Entonces tendríamos una alusión a la posible y conflictiva unión de la pureza con el crimen y con ella la pregunta de si puede una causa ser justa aunque ésta lleve a quien la ostenta a valerse de medios aversivos.

Flamíneo está consciente de todo ello y por eso mismo es quien lleva el mando de la acción en las partes cómicas y, en las autoconfesiones de purgación, es quien reconoce que la maldad es producto de él mismo y de quienes le han rodeado y por eso recomienda confiar en la fortuna y no en el destino. No es coincidencia que T.S. Eliot haya citado sus palabras en La tierra baldía[10] para negar le existencia del sentido.

El primer acto con el que se cruza el umbral de la maldad en la obra es un homicidio. Para llevar a cabo sus objetivos, Bracciano (con ayuda) se abre paso para estar con Vittoria sin ningún obstáculo. La falta de reconocimiento de los límites en los que el mal comienza es lo que impulsa a los personajes a la venganza: consideran su acción justa. Y sólo es su mayor sensibilidad lo que permite ver a aquellos cuyo momento final es la toma de consciencia cuán injustos han sido.

Flamíneo lo sabe y lo ignora; es él quien primero es acusado, es también el primero en cometer asesinato sin razón directa: mata a su hermano por no poder argumentar en contra de su virtud, pues el hermano menor, si bien pobre, prefiere no continuar con la secuencia de crímenes animados por la ambición. La madre (Cornelia) al haber tomado conocimiento de todo ello cae en la locura, mientras Flamíneo no le da importancia alguna.

El  proceso de ascesis que posteriormente guía los pasos de Flamíneo le sirve para desentrañar las concepciones a las que ha llegado, y como sus objetivos eran tan sólo guiados por apariencias, alcanza a ver la verdad sólo en la medida en que sus mecanismos de engaño van perdiendo eficacia. Es en este desentrañamiento de la injusticia en el que la obra da muestras de una originalidad notable. Pero también el pasaje en el que muere el personaje carece de antecedentes: «No me importa quiénes fueran antes que yo, ni quiénes han de seguirme, no, sólo en mí mismo está mi principio y mi fin.[11] Pues cuando levantamos la vista hacia las alturas celestiales confundimos un conocimiento con otro».

La justicia pertenece a quien adquiera el compromiso de cumplirla, mejor dicho, a quien tome para sí la tarea de retribuir a los demás por todo lo que han hecho, o se han visto obligados a hacer, por eso, someramente, la justicia ha sido definida por Aristóteles como dar a cada quien lo que le corresponde;[12] aunque en la tragedia es ante todo un problema moral y no uno social. De allí que cada personaje se vea encaminado a acceder por su cuenta al sentimiento o sufrimiento de la justicia.

Ludovico y Flamíneo, que distan de poder ser considerados héroes trágicos,[13] fueron los primeros en anticipar la desilusión que vendría, pero también el castigo que sufren de poder ver descarnadamente la realidad al final hace también las veces de recompensa y de motivo por el que sentirse contentos. Afirma Ludovico: «A pesar de todo me enorgullezco de poder decir que ésta ha sido obra de mi persona […] Descanso al fin: yo fui el autor de este cuadro de muerte y nocturnidad, y a fe mía que de todas mis pinturas ésta es la obra maestra».

Sólo Giovanni, hijo de Bracciano, joven que bien puede considerarse como el reflejo de la virtud, y que trata de demostrar que ésta puede ser natural en el hombre, resalta por permanecer ajeno a la corrupción[14] (cargo de deseo y ambición) de los demás personajes. Es él quien después de enterarse de lo acaecido vuelve a estimular en los demás la búsqueda de la justicia:

¡Mi tío convertido en asesino! A prisión con ellos, y que sean sometidos a tortura. Todos los que hayan tenido parte en esto conocerán el sabor de nuestra justicia. Tan cierto como que deseo ir al paraíso celestial.[15]

La mención de este «sabor» hace plantearse si la justicia necesita del castigo para su realización ¿En qué medida el castigo es síntoma del bien y puede excluir del todo al mal? ¿Quién merece el castigo? Giovanni recalca la paradoja del bien: si se plantea establecer la justicia por medio del castigo, se necesita de los mismos principios generadores de dolor que ha aplicado el infractor para pagarle con la misma moneda.

El diablo blanco es estimulante aún en nuestros días porque identifica los supuestos que pueden llegar a quebrantar el orden en el intento de restablecerlo, como el principio del bien, y aún así seguir con la plena convicción de no estar errando. Si se hace el mal en la obra es porque sus personajes han extralimitado sus aspiraciones.

BIBLIOGRAFÍA

T.S. Eliot, «La tierra baldía», en Cuatro cuartetos, México, Fontamara, 2011.

Rudiger Safranski, El mal o el drama de la libertad, España, Tusquets, 2000.

George Steiner, La muerte de la tragedia, México, FCE, Siruela, 2012.

E.M.W. Tillyard, La cosmovisión isabelina, México, FCE, 1984.

John Webster, El diablo blanco, disponible en: <http://artelope.uv.es/biblioteca/textosEMOTHE/EMOTHE0148_ElDiabloBlanco.php>. Consultado el día 8 de octubre de 2014.

NOTAS

[i] El mal o el drama de la libertad.

[2] George Steiner, La muerte de la tragedia.

[3] Por ejemplo, Flamíneo, personaje al que refiero en partes posteriores.

[4] Citado por George Steiner en La muerte de la tragedia, p. 30.

[5] El problema de las apariencias y los triángulos amorosos se presta más a la utilización de este tono. Podemos ejemplificar su uso con el hecho planteado en la obra de que Bracciano esté casado con Isabella pero quiera a Vittoria; Isabella quiere recuperar el amor de su esposo, mas Ludovico busca el de Isabella. Marcello no quiere perder a Vittoria, por lo que recurre a otros métodos, aunque lo único que logra es quedar como un ingenuo. Y finalmente podemos señalar que Zanca está enamorada de Flamíneo y después de Francisco.

[6] Cierto es que hay personajes a los que no puede serle atribuida estrictamente esta afirmación, pero trataré sobre ellos más adelante.

[7] Tillyard, Cosmovisión isabelina, p.18.

[8] Acto I, escena segunda.

[9] Algunas veces la obra es traducida como El demonio blanco, sin que esto genere problema alguno.

[10] Acto V, escena sexta. Corresponde a una estrofa de Lo que dijo el trueno: «Contraerán nuevo matrimonio antes de que los gusanos empiecen a horadar vuestras mortajas, antes de que las arañas cubran vuestros epitafios con el fino tejido de sus telas», y se convierte en: «Cosa que no ha de hallarse en nuestros obituarios/Ni en las memorias tejidas por la benéfica araña».

[11] Nuevamente, no está de más señalar que es así como T.S. Eliot inicia los Cuatro cuartetos.

[12] Definición que coincide con la de Ulpiano.

[13] En éste sí se podría incluir a Marcello (hermano menor de Flamíneo).

[14] Cornelia también sería de un parecer similar al de Giovanni, pero ella continúa engañándose sobre la realidad de los hechos, lo que la hace caer en locura.

[15] Acto V, escena sexta.

 

 

 

 

____________________

 Cuauhtémoc Flores Ríos (Zacatecas, 1994), estudiante de Letras y estudiante de Derecho en la Universidad Autónoma de Zacatecas “Francisco García Salinas” obteniendo altas calificaciones académicas en ambas carreras; participaciones y/o asistencias en: II Coloquio Internacional “Personajes controversiales de la Nueva España en la narrativa mexicana contemporánea” celebrado en marzo de 2013 en la ciudad de Zacatecas, Zacatecas, México; 2° ciclo de conferencias de Hermenéutica y literatura impartidas por Nathanial Gardner y Arnulfo Herrera Curiel en junio de 2013 en la ciudad de Zacatecas, Zacatecas, México; Curso “Todo lo que quería saber sobre el arte contemporáneo y no se atrevió a preguntarlo. Consideraciones intempestivas sobre la urgencia de los acontecimientos”, impartido por Fernando Castro Flórez en el auditorio del Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez en la ciudad de Zacatecas, Zacatecas, México; taller de “Guión cinematográfico” impartido por Claudia Garibaldi, en la Unidad Académica de Letras, impartido en diciembre de 2013; Taller de Apreciación de Cine impartido dentro del marco de la Segunda MUNACIFRE realizada en mayo de 2010.

Revista cultural

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *