Curiosidad sin límites: Santiago Betancur

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Pedro Madrid Urrea

 

Burbujas, círculos, ondas. Psicodelia. Sintetizadores entremezclados con imágenes que referencian las formas de vida más simples, y a la vez complejas, de este universo. Todo un viaje místico con la ciencia y el arte como combustible, para descubrir lo que está presente en los pensamientos, obsesiones, decisiones y sueños del artista. Su arte es más que arte. No son sólo trazos en lienzos, ni imágenes aleatorias. Es la mezcla perfecta que nace de la curiosidad de un niño con espíritu aventurero, que buscaba encuentros con la luz en los inicios del nuevo siglo. Ese niño, Santiago Betancur, fue creando una obsesión a partir del manantial de colores y formas en constante cambio de las burbujas. Quedó atrapado. Y esa obsesión, convertida en objeto de investigación y experimentación, hizo que él uniera el arte y la ciencia con un hilo transparente que pocos pueden tocar.

Aquellos círculos son un estudio basado en las morfologías, para comprender la perfección de las esferas, polígonos, espirales y otras formas que traen a la mente todas aquellas cuestiones presentes en la vida humana en forma de círculos: un embrión, como forjador de vida; un ojo, como el contacto con un mundo de colores; las burbujas, formas fractales del universo, como objeto de estudio de físicos teóricos adeptos a los multiversos. Pero Santiago piensa que es pura perfección: desde donde se mire.

En un momento de su vida, viviendo en Medellín, decidió dar un salto en su carrera. ¿Se sentía estancado? ¿Se sentía aburrido? Quién sabe. Lo importante fue que logró arriesgarse, salir de su zona de confort –su trabajo como fotógrafo comercial–, golpeó las reglas del mercado y se lanzó hacia un lugar con reales oportunidades para el arte. Pese a no aceptar las reglas del mercado, buscó una ciudad que pudiese servir de puente entre compradores y creadores, expositores, galerías y galeristas. Sufrió dichas consecuencias del exilio, de dejar a su Medellín del arte sin plataformas para llegar a la micro Latinoamérica de Estados Unidos: Miami. Allí es posible pensar en tener éxito, pues la ciudad del sol empezó a gestar hace algún tiempo espacios para artistas inmigrantes con la recuperación del otrora peligroso Distrito de Wynwood.

Llegar a una nueva ciudad con una escena en crecimiento no es fácil. Pero él, empecinado en mostrarse como un artista íntegro y lleno de matices, logró algo que pocos de sus compatriotas han hecho: ser laureado por un cortometraje en uno de los principales países productores de cine. Bubbles, como se titula el corto, es el viaje, la experiencia psicodélica libre de toda sustancia. Para él, sólo es necesaria una disposición a vivir experiencias intensas y percibir frecuencias vibrantes. Los alucinógenos son el agua, el jabón y la luz, vistos desde la cercanía del ojo curioso. Ese trabajo fue aplaudido por el uso de fuentes naturales en oposición a la fórmula común de los efectos especiales y su empalagoso resultado. Una obra guerrilla style, sin sobrecostos ni elevados presupuestos, y una verdadera revolución experimental en tiempos de tecnología. Se ganó una nominación por mejor película experimental en el Miami Short Film Festival, sin siquiera considerarse a sí mismo como un director de cine, pues todo lo que hace es arte, sea cual sea el vehículo para lograrlo.

Y al igual que la ciencia y las burbujas, la pintura (expresión clásica de las artes plásticas) también ha sido vehículo para su obra. Su fuente de motivación son la inquietud, las preguntas sin respuesta y la crítica. ¿Cómo? Armado con pinceles, logró crear una obra de fuertes trazos y colores oscuros: Soldier and Boy, un retrato críptico, enigmático, sobre un soldado que regresa de la guerra. El soldado, perturbado, carga a su hijo tras volver del horror miserable que solamente puede causar el acto más primitivo y salvaje, la guerra. Este trabajo surgió como una forma de protestar por la presencia de la cultura armamentista estadounidense en un espacio destinado –supuestamente– para el arte en Miami. Soldier es una reflexión en la que ahondará más, ahora enfocado en las problemáticas del karma del conflicto armado en Colombia.

Al igual que una esponja, Santiago absorbe todo lo que lo impresiona, para después reinterpretarlo reproduciendo esa conmoción en el espectador. Absorbe referentes de la anatomía humana, de los gestos, las formas del universo y del esplendor y drama de nuestra especie –la fe, el temor, la mística, la locura, la ironía–, lo absurdo. La evasión de lo profundo. Ese aliciente lo mueve a mostrar el rostro humano de forma pavorosa, transfigurada, alejada de la visual estética de belleza occidental, para que los retratos hablen de la barbarie y de los temores como alimento de nuestros monstruos internos. Toda esa monstruosidad es parte de su obra Clarity of the Disturbed, que «cuenta con un viaje al subconsciente» con sarcasmo como forma de representar la mística y el animal humano. Cuernos, narices de payaso y caras sonrientes; la animalidad de una pareja desnuda contrastada por lo claroscuro; la figura socialmente aceptada de un Jesús perturbado, sangrante, como símbolo de la santidad, pues este personaje histórico –como muchas otras figuras iconográficas– recibe todo el peso de la egolatría dictatorial que no acepta las manifestaciones de la bondad humana.

Clarity, Bubbles, Soldier, y todo su trabajo, son una bofetada contra lo tradicional. Santiago no es un artista tradicional. Es solitario, pese a contar con un grupo de amigos artistas; ama la soledad y en ocasiones se aísla en busca de concentración, pero debate constantemente sobre fenómenos y acontecimientos de arte con sus colegas. Muy adentro, añora lo que vivía en su Medellín. Pero esa añoranza es apenas un sentimiento de tantos que rondan por una cabeza creativa. No busca patriotismos ni enarbolar banderas, pero sí respeta la obra del bogotano Federico Uribe, quien con lápices crea magníficas esculturas, y quien usa objetos comunes para lograr instalaciones sorprendentes. Federico es, para Santiago, un fuerte competidor colombiano en la larga carrera del arte contemporáneo.

Santiago Betancur asume su trabajo como una profesión de tiempo completo, con grandes cantidades de horas extra y sin remuneración inmediata. Toda una pesadilla para el más beligerante de los sindicalistas. Aunque eso es parte del proceso, pues es un imperativo el crear un nombre a través del trabajo constante, saber que el artista no piensa directamente en la remuneración económica, pues todos toman –implícitamente– votos de pobreza como dementes que se alejan de la concepción industrial de productividad –donde no hay cabida para la imaginación–, creando una obra consistente en el tiempo y el espacio. Santiago tiene el ojo puesto en el futuro, pisando fuerte mientras recuerda las sensaciones que de niño le generaron las obras de grandes artistas colombianos como las del maestro Pedro Nel, Rodrigo Arenas y Luis Caballero. Estos reencuentros con su origen lo han llevado a retomar una pintura con características divergentes, como en épocas de estudiante, dejando de lado otros periodos con temáticas más marcadas por lo reiterativo y lo monótono.

Si Wynwood crece y si Miami logra convertirse en una ciudad de arte, es muy probable que Santiago –al igual que su compatriota Federico–, logre los aplausos y el reconocimiento que se merece: por artista, por científico loco, por curioso, por crítico, por ser parte de un legado que comenzó con los humanos prehistóricos en oscuras cuevas.

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Pedro Madrid Urrea. Periodista y escribidor con licencia para enseñar y dos novelas sin publicar.

Revista cultural

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