Una novela sobre van Gogh

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Ilustración de Valeria Hernández

Irving Stone, Anhelo de vivir: la vida de Vincent van Gogh, traducción de Margarita Pinto G, México, Diana, 415 pp.

No eres feo, Vincent. Al contrario, eres hermoso. Has torturado y atormentado tu pobre cuerpo en el cual está envuelta tu alma, pero no has podido dañar a ésta. Es tu alma la que amo. Y cuando tu cuerpo esté destruido por tu trabajo apasionado…, tu alma seguirá existiendo…

Miguel Cabrera «Sómacles»

Para Aníbal, una de las épocas predilectas en el año era el intersticio que templada y frescamente se presenta entre las postrimerías del verano y el suave inicio del otoño, ese tiempo delicioso que le da a los días el cariz de un bosquejo impresionista; el cielo con su intenso color cerúleo alimonado o las nubes con sus cirros y sus altos cúmulos que, salpicados bellamente en torno al sol rojizo del ocaso, iluminan con infinita tristeza a los almendros y a los pinos. Desde joven, su padre le inculcó el hábito de la caminata; solía hacer paseos por la tarde, justo cuando el camino de cipreses le hacía gozar con vehemencia y animosidad, el paisaje encendido y de fiera melancolía. Es cierto que vivía alejado del ambiente citadino tanto como la campiña le insuflaba inspiraciones que, por ventura, capturaba en los movimientos resueltos, casi mecánicos de su pluma. Escribía sus memorias.

Así como en la mitología griega las tres moiras, Átropos, Láquesis y Cloto, determinan los canales de la vida tanto por extensión como por sino, así la rueca y musa Clío me ha hilvanado y guiado por los raíles de esta vida, trenzando las hebras, medido mi propia temporalidad, disponiéndose próximamente a anunciarme el momento justo cuando las voces de mi espíritu terrestre tengan que devolverse al universo, tanto más que las adelfas y nenúfares que florecen en mi alma por cuanto la labor fatídica de aquellas tres irreductibles personalidades que tengan que sajar el hilo de mi vida, vean en este ofrecimiento propio, el cuidado y la paciencia de la que he dispuesto en mi trabajo.

Por ello, en este día, quisiera recordar con renovado ardor, a propósito de la novela Anhelo de vivir de Irving Stone, la memoria de un gran hombre que se ha instalado en la conciencia artística y noble de los seres humanos, la del incomprendido, intempestivo y bello de corazón: Vincent van Gogh. La personalidad hosca y delirante del artista neerlandés se refleja débilmente en la novela del norteamericano, quien retrata de manera plástica los posibles diálogos del artista con sus allegados. Según Gilles Deleuze, hay en la creación pictórica una síntesis de espacio y tiempo, siendo una de sus características principales el delirio caótico-catastrófico al cual se circunscribe el pintor. ¿No es cierto que el acontecimiento diagrama-color de Van Gogh es tanto más significativo y privilegiado cuánto más el universo pueda desagregarse en torno a la subjetividad del artista, perderse en la posesión creacional de una cosmogénesis? Es el potentado de la irracionalidad, el iracundo Vincent que procrea su universo comulgando con su propio cataclismo personal. Pese a esta escasa fidelidad en la narración del delirio auténtico en la efigie del neerlandés, el escritor nos logra aleccionar con una brillante descripción objetiva del ambiente intelectual de finales del siglo XIX, al describir con precisión el advenimiento de las nuevas corrientes postimpresionistas de la época.

Al escribir, Aníbal lograba hacerle frente a los dueños del hipogeo de la memoria, de la necesaria temporalidad siempre presente y gerundia, la que se empeña en someras discusiones, meras logomaquias que no llevan a ninguna parte y que, en cambio, sí desean conducir a la fugacidad. De no haber sido por las místicas cronoclíadas, este trotamundos ahora envejecido, de frente surcada y prominente, que gustaba de escrutar los rasgos de la sociedad, no hubiera logrado la loable tarea de acercarse y permanecer menos alejado de la comprensión de esa extraña raza de los homo-sapiens-demens-demens o simplemente «xilodemens», como les decía de cariño, y Van Gogh era uno de esos casos decimonónicos que auguraban tanto la génesis del relativismo como el frenesí desbordado que hoy en día nos abraza con malicia; de ahí la necesidad de Aníbal por pintar con las letras, de colorear con la amplia luminosidad de las palabras los atisbos de inmortalidad en la experiencia estética, de incitar al encuentro de los hombres con los hombres mismos.

Desde los maravillosos cuadros de Charles-François Daubigny, Camille Corot, Alfred Sisley, pasando por el puntillismo de Georges Pierre Seurat, hasta la obra de Henri Fantin-Latour y Pierre-Auguste Renoir, Stone tiene el mérito de lograr un agenciamiento que gira y fluye vibrando en sí mismo alrededor de la policromía y la historia del arte, un libro que inspira no tanto por su prosa como por los dotes delirantes que del artista neerlandés era objeto, pues la locura necesita no menos de la falta de razón, no menos del arranque creacional que de la voluntad primigenia por hacer una diferencia en el archivo artístico.

Subí las escaleras de mi casa y entré por la claraboya al desván, una enorme mesa de cerezo y varias sillitas desperdigadas en la estancia hacían del recinto una especie de museo donde resonaba un eco fantasmagórico del cual escribiré en otra ocasión. Por un rincón y semiescondida, una puerta alta y estrecha conducía en caracol al habitáculo más alto de la casa de donde, bien recuerdo, se alcanzaban a distinguir las casitas campestres, ora aquí, ora allá, salpicadas en estrecha complicidad con el horizonte. El atardecer era fresco por lo que salí portando a manera de estola una bufanda de paño negro. En lo alto, las nubes tamizaban los rayos del sol, teñiendo el cielo con púrpuras y anaranjados. Imaginé a Vincent en su continuo trajinar por los campos, con sus botas desgastadas y llevando a cuestas el trípode y sus lienzos recién terminados; una vida de constante escollo y dificultades ominosas. En ese momento no me resultó nada extraño que los florilegios poéticos que Clío tuvo a bien prestarme, hablaran de esa frase que ahora crea resonancias continuas en mi mente: «del dolor nace la belleza».

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Miguel Cabrera (Ciudad de México, 1987) es estudiante de la licenciatura Economía y Matemáticas Aplicadas en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). Pertenece al consejo editorial de Cuadrivio, cuyo blog administra.

Revista cultural

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