A state is born? Naciones Unidas y el doloroso parto del Estado palestino

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Jaime Vigna

A lo largo de casi 100 años, diferentes generaciones han sido testigos de la evolución de una violenta confrontación en la lejana y compleja región del Medio Oriente, la cual, hasta el día de hoy, parece no tener solución. Este enfrentamiento ha perdurado a través tanto de profundas transformaciones económicas, geográficas y políticas en la región, como de radicales cambios sistémicos que han transformado por completo la dinámica internacional. El llamado conflicto árabe-israelí se ha convertido en un permanente recordatorio de la prevalencia de los intereses políticos y económicos, sobre los afanes y la perenne retórica de alcanzar la paz y la seguridad internacional. En el próximo mes de septiembre el conflicto regresará al centro de los reflectores cuando la Autoridad Nacional Palestina (ANP) acuda al seno de la Asamblea General para proponer el reconocimiento del Estado Palestino y su ingreso a la Organización de las Naciones Unidas (ONU). La utopía de alcanzar una solución para el intrincado conflicto nuevamente se encuentra deambulando en el aire.

El conflicto árabe-israelí tiene sus orígenes a finales del siglo XIX, cuando se conformó el movimiento sionista, cuyo objetivo primordial era la conformación de un «hogar nacional» para el pueblo judío. Tras analizar diversas opciones (que incluían desde Argentina hasta territorios africanos como el Congo), los líderes sionistas concluyeron que Palestina, entonces provincia del Imperio otomano, era el lugar más adecuado para la consolidación de este proyecto. Tomada esta decisión, el sionismo comenzó una eficaz movilización a nivel internacional para la obtención de recursos y apoyos políticos para su causa. El primer gran respaldo que recibió fue en 1917, a través de la famosa Declaración Balfour, por parte del entonces poderosísimo Imperio británico. Los británicos serían los aliados más importantes del movimiento y el brazo ejecutor de la política sionista en Palestina hasta el año de 1939.

Tras el fin de la Primera Guerra Mundial, la Sociedad de Naciones (la organización internacional creada con el fin de evitar otra guerra con dimensiones mundiales) acordó implantar un régimen de mandatos en los territorios que fueron provincias del recién desintegrado Imperio otomano y designar a una potencia para que los «guiara» hasta que pudiesen conformarse como estados independientes. Gran Bretaña, apoyada por el intenso cabildeo sionista, recibió el papel de potencia mandataria para la región de Palestina. Hasta 1939 Gran Bretaña apoyó abiertamente al sionismo, otorgando importantes concesiones al movimiento y permitiendo la llegada masiva de inmigrantes judíos. Sin embargo, tras el comienzo de una masiva rebelión de palestinos en 1936 y ante el inminente inicio de la Segunda Guerra Mundial (y la posibilidad de que los palestinos se acercaran a las potencias del Eje), Gran Bretaña cambiaría su tradicional política palestina y afectaría al eje rector de las ambiciones sionistas en la región: su política migratoria.

Frente a esta situación, el movimiento se alejaría de Gran Bretaña y enfocaría su atención al país con la comunidad judía más importante y poderosa a nivel internacional: Estados Unidos. A pesar de reticencias iniciales por parte de ciertos sectores (del Departamento de Estado, por ejemplo), las fuertes presiones y la favorable coyuntura internacional –los judíos estaban siendo exterminados en Europa– permitieron que Estados Unidos fuese abrigando de manera cada vez más abierta el proyecto sionista. Sería Harry Truman el primer presidente estadounidense que, motivado por razones internas –las elecciones que se llevarían a cabo ese año– y externas –el temor de que la Unión Soviética se involucrara en el problema palestino–, expresaría por primera vez, a finales de 1946, un apoyo claro y decidido a la conformación de un Estado judío. A partir de ese momento, la superpotencia se convertiría en el aliado incondicional del proyecto sionista en la región de Palestina.

En medio de esta coyuntura, Gran Bretaña, desgastada por la guerra e incapacitada para detener las fuertes tensiones entre árabes y judíos durante su mandato,[1] decidió dejar en manos de la recién creada Organización de las Naciones Unidas (ONU) la resolución del llamado «problema palestino». Esta decisión dio inicio a una larga y compleja relación entre el conflicto y la Organización. Tras un fuerte cabildeo, en 1947 la Asamblea General aprobó una resolución que recomendaba a Gran Bretaña la partición del territorio palestino y la creación de dos estados: uno árabe y uno judío. Tras aprobarse la resolución, una coalición de países árabes declararía la guerra a los judíos en el territorio palestino, dando inicio al primer conflicto bélico entre árabes e israelíes. Gran Bretaña abandonaría el territorio poco tiempo después y, tal como estipulaba la resolución, Israel declaró su independencia en 1948. La coalición de países árabes sería derrotada en 1949 por un Israel que nacía a la vida independiente notablemente fortalecido y con más territorio del que le había asignado originalmente la resolución de Naciones Unidas. Por el contrario, el Estado palestino nacería dividido y fragmentado y durante las siguientes décadas continuaría perdiendo territorio frente a un Israel en constante proceso de expansión. Nuevos choques se desarrollarían de manera constante durante los siguientes años, involucrando no sólo a Israel y los territorios palestinos, sino a los demás países de la región (Siria, Líbano, Egipto, Jordania, Irak, Irán, Turquía, Arabia Saudita) y a las grandes potencias mundiales (Estados Unidos, Unión Soviética, Francia, Gran Bretaña).

Como ya se mencionó con anterioridad, prácticamente desde su formación, la ONU ha estado involucrada en la confrontación. En la actualidad la Organización cuenta con una serie de organismos enfocados exclusivamente a tratar de resolver las consecuencias del conflicto (por ejemplo, en materia de refugiados) y sus dos principales órganos, la Asamblea General y el Consejo de Seguridad, han emitido decenas de resoluciones relacionadas con el tema.[2] Las resoluciones más controvertidas han provocado una movilización generalizada de Israel, los países árabes y sus respectivos aliados con la finalidad de presionar a los estados miembros a que orientasen su voto de acuerdo con sus respectivos intereses. Los países latinoamericanos, entre ellos México,[3] han sido objeto recurrente de estas presiones.

La votación por el reconocimiento del Estado palestino abre un nuevo capítulo dentro de la compleja relación entre la Organización y el conflicto. La Autoridad Nacional Palestina (ANP) anunció desde hace unos meses que llevaría en septiembre a la sesión plenaria de la Asamblea General una propuesta de resolución reconociendo la existencia de un Estado palestino (con las fronteras definidas en 1967, con Jerusalén Este como su capital) y solicitando su ingreso a la Organización. Como la Asamblea General necesita la recomendación del Consejo de Seguridad para poder votar la admisión de un nuevo miembro, el objetivo real de esta resolución es presionar al Consejo para que emita dicha recomendación. La ANP también solicitará, en caso de no obtener la aprobación del Consejo, pasar del estatus que actualmente tiene de observador, al de Estado no miembro.

La movilización internacional ante tal decisión no se ha hecho esperar. De acuerdo con el periódico inglés The Guardian, Israel ha enviado instrucciones a sus embajadas para que cabildeen con los gobiernos, atraigan la atención de la prensa hacia sus posturas, movilicen a las comunidades judías locales y, en caso de ser necesario, soliciten visitas de oficiales israelíes. El primer ministro Benjamín Netanyahu y el canciller Avigdor Lieberman también han hecho constantes señalamientos criticando la inviabilidad de la propuesta palestina. Por su parte, los palestinos, encabezados por Mahmud Abbas, líder de la ANP, también se han movilizado alrededor del mundo en busca de apoyos para su causa,[4] al igual que organismos regionales como la Liga Árabe.

Aunque es prácticamente un hecho que la resolución será aprobada por la Asamblea General (hasta el mes pasado ciento veintitrés países habían reconocido la existencia del Estado palestino, entre ellos China, Rusia, Brasil y Argentina), también es innegable que muy probablemente Estados Unidos vetará la recomendación del Consejo. Barack Obama ya ha externado abiertamente su desacuerdo ante el proyecto palestino y, ante la abierta polarización que enfrenta la sociedad estadounidense, parece que no tendrá más opción que mantenerse fiel a una postura que históricamente ha tenido aprobación y consistencia. Tras el veto estadounidense, la coyuntura no parece ser favorable para las ambiciones palestinas. La crisis ha mermado la posibilidad de obtener apoyos de las potencias europeas y la Primavera árabe, lejos de resultar beneficiosa, ha resultado perniciosa para el proyecto, ya que ha neutralizado a algunos potenciales aliados –como Siria– quienes se encuentran, por el momento, concentrados en los asuntos que ocurren en su interior. Por lo tanto, sin estos apoyos, muy difícilmente se podrá presionar a Estados Unidos para que cambie su posición al respecto y, sin el ingreso formal de Palestina a Naciones Unidas, muy difícilmente habrá repercusiones reales en el equilibrio de fuerzas o se podrá coadyuvar efectivamente a la solución del conflicto.

No obstante, la ANP todavía tiene una carta por jugar. Líderes palestinos han señalado que, en caso de veto en el Consejo, van a cabildear por activar la resolución 377 conocida como «Unidad por la Paz». Esta resolución otorga a la Asamblea facultades para examinar asuntos que amenacen la paz y seguridad internacional y dirigir a los miembros recomendaciones para adoptar medidas colectivas en caso de que el Consejo se encuentre paralizado. Aunque ésta nunca se ha aplicado en algún caso similar, los palestinos ya amenazaron con que la utilizarían. Esta estrategia podría ser una batalla pérdida más, sin embargo, si algo ha aprendido el pueblo palestino es a lidiar con batallas perdidas.


[1] En especial estos últimos se convirtieron en un severo problema para los británicos ya que llevaban a cabo agresivos y recurrentes ataques terroristas en contra de sus instalaciones y su personal.

[2] Estas resoluciones han abarcado desde el reconocimiento de la existencia del Estado de Israel hasta señalamientos igualando el sionismo con el racismo, pasando por la emisión de múltiples condenas a la política de asentamientos israelíes y a los ataques perpetrados por ambos grupos.

[3] México es particularmente sensible a las presiones del lobby sionista estadounidense, como demostró el boicot turístico de 1975 tras la votación a favor en la Asamblea General de la resolución que calificaba al sionismo como una forma de racismo.

[4] Por ejemplo, en el caso de México, la canciller Patricia Espinosa recibió la visita, el 19 de julio del presente año, de la embajadora palestina, Randa Alnabulsi, a quien reiteró su apoyo a la solución de dos estados, así como al establecimiento de un Estado palestino soberano. Días antes, el 14 de julio, Espinosa había recibido la visita del primer ministro adjunto israelí, Dan Meridor. También durante esta reunión la canciller externó al representante israelí su apoyo a la consolidación de un Estado palestino.

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Jaime Vigna Gómez (Ciudad de México, 1987). Estudió la licenciatura en Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la UNAM. Es un ferviente fanático del cine, la literatura y la pintura. Ama conocer y entender. Sueña con vivir en un departamento sin paredes.

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