¿Basta con indignarse?

Por  |  1 Comentario

Julio Alejandro De Coss Corzo

Una palabra resuena con fuerza en el mundo como sinónimo de la oposición al sistema y de la certeza de que las cosas no pueden seguir igual: «¡Indignaos!» En torno a ella, movimientos de «indignados» suceden por igual en España que en Estados Unidos. Estos presentan algunas características que les hacen radicalmente distintos de otros que antes han acontecido. En un primer momento, podemos definir su especificidad de forma negativa: no cuentan con una organización jerárquica definida; no se encuentran constreñidos al campo de acción de partidos políticos, sindicatos u otras formas de ejercicio político institucionalizado; no tienen un objetivo político claro; no se encuentran limitados por conceptos socioeconómicos como clase o grupo social; y no se encuentran absolutamente determinados por las condiciones políticas locales, sino que actúan en este nivel, impulsados por una lógica global. En gran medida su estructura responde a la de aquello a lo que se oponen: la globalización económica capitalista. Si ésta opera bajo esquemas flexibles, localmente diferenciados pero con una dinámica global, ellos lo hacen también. Si la economía capitalista global se encuentra interconectada en nodos productivos que operan en tiempo real y de forma coordinada y a menudo autogestiva, de la misma forma lo hacen ellos. Es posible afirmar que la indignación es una primera respuesta ante el embate fortísimo de la globalización sobre las vidas individuales y la existencia colectiva de la especie humana y que actúa bajo la misma lógica de deslocalización productiva e interconexión permanente que la propia globalización; de la misma manera, «la indignación» utiliza creativamente las herramientas tecnológicas desarrolladas por el capitalismo, como Internet (a través de las redes sociales), y las percepciones ontológicas comunes a la cultura que la globalización entraña.

Los movimientos sociales acontecidos en Túnez y Egipto no corresponden a esta estructura de «indignación». Si bien presentan similitudes importantes, sobre todo en el uso de tecnología digital, hay diferencias sustanciales que obligan a separarlos. De forma breve, es posible afirmar que la forma de las protestas que se presentan en Occidente responde a las condiciones estructurales del capitalismo avanzado que ahí se presentan. Con base en la percepción ontológica que obtienen de dichas condiciones, hay un número importante de críticas que los movimientos de indignación efectúan contra el mencionado sistema, en primer lugar contra la desigualdad. En Estados Unidos, el lema del movimiento Occupy Wall Street (OWS) es «somos el 99%»; el 1% restante acumuló en 2006 el 18.8% de la riqueza de ese país. En el resto del mundo, las condiciones se presentan de forma similar. No nos encontramos, pues, ante un problema nacional o local: la desigualdad imperante es un rasgo estructural del sistema capitalista global, y esto es precisamente uno de los diagnósticos y una de las consignas de los diversos movimientos de indignados que existen alrededor del mundo.

Pero las críticas no se detienen ahí. De forma más precisa, y con una directa relación con el problema de la desigualdad, uno de los principales temas de las protestas es la desregulación y la especulación que imperan en los mercados financieros globales. En este juego de estadística y planeación financiera no sólo se mueven capitales que son difíciles de imaginar, sino vidas enteras, arrojadas a la miseria, a la hambruna y a otras condiciones pandémicas. Además, y de manera clara, tras la crisis económica que comenzó en 2008 y que sigue profundizándose, se ha mostrado que el interés de los Estados no es representar y obtener legitimidad a través de la satisfacción de las necesidades de la población, sino a través del rescate y el mantenimiento de las instituciones financieras y bancarias que colapsaron como resultado del juego de especulación hipotecaria que estuvo, en un primer momento, detrás del colapso. Dicha situación parecería deslegitimar al Estado, que no se presenta como el depositario de una imaginaria soberanía popular, sino de una real soberanía de las empresas transnacionales. Algunos teóricos, como Michael Hardt y Antonio Negri, sostienen que dicha función es resultado del desarrollo propio del sistema mundial, y que la teoría política ha fallado en capturar la función del Estado como garante de las prebendas del poder históricamente. Acaso los movimientos globales de indignación han podido capturar esa realidad sociopolítica antes que muchos teóricos y analistas, que a menudo parecen empleados por el mismo poder que les oprime.

Los movimientos amplían su protesta a problemas globales que en sus efectos trascienden las divisiones tradicionales de clases sociales y, en sus orígenes y causas, están determinados por la producción económica capitalista y, por ende, por aquellos que lo sostienen con fines lucrativos y de dominación. El cambio climático es sin lugar a dudas uno de los estandartes más notorios de los movimientos, no sólo de indignados, sino de altermundismo en lo general. Es bien sabido que la transformación de los climas en la Tierra es un proceso natural que ha ocurrido a lo largo del tiempo en distintos intervalos, pero es innegable que hay un componente antropogénico decisivo en el estadio actual del proceso de cambio climático. Como apuntan los estudios que desde las ciencias naturales y la sociología se han efectuado al respecto –Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), Ulrich Beck, etc.–, es el progreso del sistema productivo capitalista el que ha acelerado, profundizado y convertido en un riesgo global la transición climática contemporánea. En el centro de la indignación se encuentra también la hipoteca del futuro de la especie por causa de un sistema que no ha concebido la realidad de la limitación, no sólo de los recursos, sino también de la capacidad finita del planeta, como un sistema que se autorregula para soportar una población creciente con demandas consumistas aparentemente infinitas.

La mercantilización de la vida, proceso que acompaña de manera necesaria al del consumo ilimitado, es otro de los ejes en torno a los cuales la indignación levanta su voz. El acceso a los servicios de salud, a la educación y a la seguridad social es progresivamente retirado de grandes capas de la población como resultado de la privatización de los mismos. Aquí claramente se expone una de las demandas más urgentes de los indignados: que cesen de socializarse las pérdidas y privatizarse las ganancias. De igual forma, es importante considerar que la privatización de la educación, además de significar para gran parte de la población que accede a la misma deudas que se convierten en un lastre que ha de arrastrarse por años, está diseñada para funcionar también como un método de formación de expertos dedicados a sostener el status quo. Detrás de los procesos de privatización no se encuentra, en ningún momento, una intención que no sea la de fortalecer el esquema de desigualdad que caracteriza al sistema mundial actual.

A lo largo del mundo es posible escuchar, articuladas de distintas formas, estas críticas al sistema. El 15 de octubre de 2011, una protesta global fue propuesta y articulada. Con distintos números en la convocatoria, distintas características locales y diversas consignas culturalmente definidas, los indignados externaron su furia contra un sistema que funciona para el sostenimiento de sí mismo, incluso a expensas de los sujetos que le sostienen a través de su trabajo productivo y su consumo constante. Un sistema que progresivamente distribuye la riqueza de forma más dispar, empujando a muchos a la miseria y a pocos a la opulencia. Un sistema contra el que sin duda hay que estar indignado. La pregunta inicial entonces cobra sentido y se vuelve necesaria: ¿basta con indignarse?

La indignación es una emoción, como apunta Zygmunt Bauman en su reciente artículo aparecido en el diario El País. En la medida en que no existan puentes conceptuales que permitan articular la crítica, no sólo en demandas, sino en creación política organizada, no habrá ninguna posibilidad de que la indignación se convierta en pensamiento para la acción. Indignarse no basta. Si es verdad que los movimientos que operan bajo la lógica estatal están rebasados por las dinámicas opresoras del sistema, entonces abogar por una reconfiguración de la lucha nacional es inútil. También lo es negar el componente de clase en la explotación que el sistema capitalista ejerce en la actualidad. Recuperando a Slavoj Žižek, puedo sugerir que, lejos de suponer que el proletariado está terminado porque la clase obrera industrial ha perdido su empuje como actor revolucionario, es necesario proponer que su conceptualización se amplíe, tomando como explotación no únicamente la que Marx propuso, sino la que se constituye a través de la expropiación de la sustancia humana, de la hiperindividualización y la hipoteca de un futuro posible en aras del sostenimiento de un sistema que se fundamenta en la explotación para lograr mantener una lógica de lucro y expansión ilimitada. El concepto aquí es un arma poderosa. Si asumimos que conformamos una comunidad en el sentido de que estamos siendo explotados por el mismo sistema, nuevos caminos para la creación de alternativas políticas son posibles. En la medida en que nos asumamos como individuos abandonados a y determinados por las fuerzas del sistema, seguiremos siendo incapaces de proponer y construir oposiciones verdaderas. Indignarse no basta, pero muestra que detrás de las aparentes y reales diferencias, existe un enemigo común que puede ser combatido ya no con la revolución armada, sino con la de las conciencias. A través de este proceso, que actúa contra la ideología que pretende presentarse como ineludible mediante los mecanismos del mercado, lo que nos es dicho imposible puede convertirse en posible. A través de la recuperación de la creación comunitaria, como proceso correlativo al del reconocimiento de la contraparte opresora, la educación gratuita, el acceso universal a la salud, y tantas otras demandas, pueden ser mejor abordadas y las soluciones pueden ser generadas. Por supuesto, yo no tengo las respuestas. Seguir el marco programático definido por un individuo atenta contra la idea de comunidad que aquí he defendido; sin embargo, el carecer completamente de un marco inmoviliza cualquier protesta y la arriesga a quedar marginada de las posibilidades de transformación social. Esa labor no podrá ser planeada y programada, sino que se desarrollará en el marco de los procesos que ya se han iniciado definitivamente con los movimientos globales de indignación. El cuándo esto sucederá, sin embargo, es labor para la adivinación, y esa es una charlatanería de la cual me niego a formar parte. Propongo, pues, que las ideas que tenemos para transformar este mundo las llevemos a la discusión, las fortalezcamos con el diálogo y el consenso y las construyamos a la par que reconstruimos el sentido de la comunidad y la cooperación en un mundo desgarrado por la individualización y la competencia: la revolución no se creará en un texto.

_________________

Alejandro De Coss es licenciado en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Apasionado de la filosofía, tiene un diplomado para comprobar su devoción. Actualmente explora los laberintos de la burocracia desde la Secretaría de Energía, aunque (no tan) secretamente sueñe con futuros ensayísticos y literarios.

Revista cultural

1 comentario

  1. Pedro Parés Freites

    30 Noviembre, 2011 at 21:48

    Sugiero leer con atención esta interesante y muy actual reflexión del internacionalista mexicano Alejandro De Coss acerca de los movimientos mundiales de indignados y ocupantes. Comparto la necesidad de pensar y debatir públicamente ideas y acciones de transformación colectiva y sostenible,que nos permitan superar las perversiones, desigualdades y depredaciones del capitalismo en fase de globalización imperialista, para que podamos fortalecer los movimientos sociales con base en diálogo, consenso y praxis perseverante, “a la par de que reconstruimos el sentido de comunidad y la cooperación en un mundo desgarrado por la individualización y la competencia”. Es una prolongada y exigente gesta de transformaciones revolucionarias sólo posibles con el creciente protagonismo consciente de nuestros pueblos, cada vez más activas mayorías sociales, el 99%…

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *