¡Rebase por la izquierda!

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Joaquín Guillén Márquez

I

Por alguna extraña razón nunca he sido fanático de los carros. No tengo recuerdos en mi infancia que incluyan coches de juguete. Vaya, ni siquiera accidentes vergonzosos. Suelo comportarme bien en los automóviles de mis familiares y amigos. Mi excusa es (como dice cierto personaje televisivo que odio) que soy demasiado evolucionado para manejar. Obviamente no es así. Al contrario, manejar parece una ciencia complicada que merece mucho respeto. Tanto que ni quiero aprender; y si es que llega a darse la situación, quiero hacerlo en Inglaterra para no ser conductor en otras partes del mundo.

Dos veces lo intenté. La primera tenía alrededor de 15 años, me llevaron a practicar a un campo en las afueras de Tlacotalpan, Veracruz –el origen de mi lado Guillén. Mi papá fue mi Chewbacca y yo era un mal Han-Solo (uno que nunca diría un «I know» como respuesta a una verdadera confesión de amor). Nuestro Halcón Milenario era un Ikon gris. Di vueltas y vueltas y vueltas. No me detuve. Sólo giré el volante hacia la izquierda y el carro paterno giró sobre su mismo eje hasta que me quitaron las llaves en un acto agresivo de desconfianza. No le guardo resentimiento: le agradezco. No sé si el espíritu de Tommy Vercetti se apropió de mí en el volante.

La segunda fue poco después. Mi madre, que escuchó la historia de mi fallido intento, dijo un «no puedes ser tan malo» que aún ahora resuena en mí y le pidió a su pareja que me enseñara a manejar en un Topaz que tenía tantas cicatrices como su dueño. Una tarde, después de la preparatoria, me anunciaron que era la hora de empezar mis clases de manejo. Escogieron la calle en la que vivo para no salirme con sorpresas y no causar desastres. La pista era larga y recta. El único obstáculo era Tommy Vercetti, mi aparente Tyler Durden. De éste sí recuerdo que era manual. Prendí el carro (no recuerdo cómo, no lo volvería a hacer) y empecé a cambiar de velocidades. Primera, segunda, tercera. Íbamos rapidísimo en un lugar donde la velocidad está penada por los vecinos. Escuché varios «frena» a los que no hice caso. Si algo aprendí jugando Mario Kart es que no puedo frenar si quiero puntos. Lo que pasó después fue predecible. Antes de chocar al final de la calle, me arrebataron las llaves, en otro, y más grande, acto de agresiva desconfianza. No volvieron a considerarme como sujeto de aprendizaje.

II

C. fue parte importante de mi vida. Ella fue mi novia hasta que se dio cuenta que conmigo estaba condenada a ser conductora o pasajera en el metro. Creo que tenía cierta atracción por los carros. Su familia compró uno para ella cuando cumplió 17 años con la promesa de que aprendería a manejar. Le emocionaba la idea de transportarse con tanta facilidad. Yo no tenía objeciones, pero me molestaba un poco cierto aire de superioridad que algunos ven en los conductores. Con frecuencia me sentía juzgado por eso. Ese carro, verde metálico si no mal recuerdo, terminó rematado por asuntos que sólo ella sabe.

Pese a eso, C. nunca dejó su filia automovilística. En una de sus discusiones sentimentales, llegó a decirme que a ella le gustaría salir con una persona que supiera andar en moto o que, mínimo, tuviera carro. En otra ocasión, en un reencuentro de la primaria, su amor imposible de la infancia la llevó a su casa, no sin que él hiciera gala de la velocidad del coche. Nunca supe qué modelo era y sinceramente no me interesa, aunque me lo imagino con una pose de mirrey insoportable. De esos que quieren ir al antro, wey. Cortamos meses después. No sé qué fue el detonante. En mi fantasía veíamos Transformers. Yo observaba a Megan Fox, ella a Bumblebee. Megan Fox no es una actriz que considere hermosa, pero seguro C. sí veía en Bumblebee al carro que yo no tendré, nunca me ha gustado el amarillo.

III

La pareja ideal, la que nos venden, cambia dependiendo de las edades. En mi adolescencia temprana no era necesario usar transporte para ser considerado un prospecto. Podíamos ir al cine más cercano o tomar un café. Las cervezas no entraban en el plan. Ahora un carro no es fundamental, pero sí es un extra poderoso: si mi vida fuera un RPG, un transporte privado me daría +20 en «sex appeal» y +5 en «speed». No he sufrido rechazos universitarios por no tener un carro y presiento que mis cercanos no dejarán de quererme por eso, pero es indudable que ser conductor tiene sus ventajas.

Salí con R. un par de veces. La segunda fuimos al centro en su carro. Fue una tarde linda, de esas que uno no quisiera perderse. Le comenté a un amigo y su expresión debió ser la primera señal de que mi relación no iba a buen puerto. Él dijo que estaba fuera de mi liga. Que si fuera fútbol, yo sería los Toros Neza de la liga de ascenso y ella, el América; aunque suba de categoría y me mida con los grandes, es probable que vuelva a bajar. Salí con R. un par de veces. No pasó nada más.

IV

Encuentro una ironía de la vida ser una persona que disfrute el sonido del silencio y estar condenado a ser usuario del transporte público, principalmente del metro. El metro es uno de esos lugares que parecen estar en una dimensión donde no reinan las leyes de la física. El tiempo se vuelve un misterio y hay más personas de las que la lógica puede comprender. Creo que hay más fantasmas que personas en los vagones. Eso no me asusta, me humaniza. Me da el tiempo de leer, que ya es un viaje, mientras me muevo. Sí, tiene sus defectos, llega a ser insoportable. Sin embargo, al final viene la recompensa de la caminata. De esas que a Baudelaire le gustaban, y que nos permiten experimentar la carne de la ciudad.

Viajar en un coche probablemente sea más cómodo, pero también más frívolo. No hay espacio (ni tiempo suficiente) para la contemplación. No odio a los carros ni a los conductores, sólo no congeniamos. Me divierte tropezarme y estoy seguro que no me reiría si chocara. Quizá no me quejaría tanto con un carro y podría escribir un ensayo acerca de las ventajas que tiene manejar, mis éxitos amorosos y lo cansado que es caminar.

 Lo cierto es que no siento el deseo de manejar. Si pudiera, lo haría en Inglaterra. Sólo ahí, para acostumbrarme y no manejar en otras partes del mundo. Hay cierto idilio con la figura del flâneur. Me considero fan de Salvador Novo y Jorge Ibargüengoitia; me gusta «andar a pie», como con redundancia decimos. Lo disfruto. Pasear, me repite Novo, es dar pasos… y de esos nadie puede quitarme las llaves.

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Joaquín Guillén Márquez (Ciudad de México, 1990) es estudiante de Literatura inglesa en la UNAM. Ha colaborado en La Jornada Semanal, Tierra Adentro, Palabras Malditas, Hermano Cerdo, Replicante, Punto en línea, entre otros. Es editor en Cuadrivio.

Revista cultural

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