La niña cautiva de Coyoacán

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Despedimos el año con la inauguración de «Tiene la noche un cuento», columna en la que, mes con mes, Eduardo Cerdán reflexionará sobre el desarrollo y estado del cuento contemporáneo (siglos XX y XXI) en México. La columna ofrecerá tres tipos de textos: perfiles literarios de cuentistas; panorámicas de cuentistas mexicanos que puedan agruparse bajo algún criterio (geográfico, temático o generacional) y reseñas de antologías o cuentarios de reciente publicación. Con esta columna Cuadrivio mantiene en pie su doble compromiso de albergar a jóvenes escritores con innegable talento y de incitar a la lectura crítica de autores en nuestra lengua.

 

 

Eduardo Cerdán

 

Es verdad que, como decía Julio Cortázar, todos tenemos una lista de relatos que al momento de su lectura conllevan una experiencia indeleble, titánica, y por ello se vuelven inolvidables. Quienes nos hemos acercado a la cuentística de Adela Fernández –que este mes cumpliría 73 años– sabemos que leerla acarrea un sentimiento así: inmenso, por la desazón y el vuelco en el estómago que es capaz de producir. Leer a Fernández es, lo digo con certeza, un ansiógeno por antonomasia.

La niña cautiva de Coyoacán –como la llamaban en su infancia por vivir en la famosa Casa Fortaleza de la colonia Santa Catarina–, hija de Emilio «El Indio» Fernández, fue una escritora mexicana cuya obra literaria es, en palabras de mi amiga la narradora Magali Velasco, de lectura obligada. Las de Fernández son piezas crípticas, colmadas de símbolos, truculencias y subversiones. En el compendio de cuentos suyos que publicó la Editorial Campana en 2009, aparece una frase atribuida a García Márquez sobre la obra de nuestra cuentista. Apócrifa o no, creo que define muy bien su producción literaria: «Son obras magníficas, que me han seducido y son imborrables… de la seriesísima  [sic], tristísima y oscura Adela Fernández».

A propósito de lo anterior, pienso en «La jaula de la tía Enedina», su cuento más aplaudido y el que figura en un gran número de antologías. Se trata de un relato al modo clásico, que impacta no por sus aciertos estilísticos, sino por el enorme riesgo creativo de su trama, cualidad que coloca a Fernández al lado de otras grandes escritoras del Medio Siglo que se distinguen por su espíritu transgresor, como Guadalupe Dueñas y Amparo Dávila. La perturbadora historia de la tía Enedina, una anciana demente encerrada por su familia, admite más de una lectura; de hecho, los críticos no se ponen de acuerdo: unos dicen que se trata de un cuento inscrito en la estética del realismo mágico (por sus alegorías y sus espacios míticos); otros, que es un texto decantado hacia lo fantástico.

La multiplicidad de lecturas –en «La jaula…» y en más cuentos suyos, como «Cordelias», «Los vegetantes» o «La venganza de Flaubert»– constituye un entramado que acerca la obra de Fernández al surrealismo, lo cual no debería sorprender a nadie, pues, según contó en más de una ocasión, a partir de 1958 tuvo contacto directo con importantes figuras adscritas a este movimiento, como Leonora Carrington, Remedios Varo y Marysole Worner Baz, entre otras. Los ejercicios («trivias» y «cadáveres exquisitos») que hizo durante este periodo la llevaron a escribir poemas, obritas de teatro y cuentos de carácter híbrido que fueron publicados en la revista S.Nob, patrocinada por Gustavo Alatriste. Fue hasta mediados de los sesenta, luego de vivir un tiempo en Nueva York, cuando Edmundo Valadés –a quien mucho le debemos, por la notable revaloración que hizo del cuento como género– la conminó a publicar su primer cuentario.

De niña, según dijo en el prólogo a sus cuentos reunidos, Adela Fernández sorbió la tradición popular mexicana gracias a las personas que «El Indio» contrataba para servir en la casona donde ella creció: «Constantemente se iba la luz, así que […] a la luz de las velas o rodeando una fogata, solían contarme cuentos y leyendas rurales. Mi mente quedó invadida de fantasmas, naguales, castigos divinos e inclemencias de la naturaleza. A la vez crecí bajo la influencia de personalidades, nacionales y extranjeras, dedicadas al arte, especialmente al cine […] Los más destacados, quienes dejaron profunda huella en mí, fueron José Revueltas y Juan Rulfo».

La violencia y la crueldad, materia fundamental de las obras de estos narradores, también son arcilla de los cuentos de Adela Fernández, cuyo mundo está poblado por solteronas, niños siniestros, maldiciones, metamorfosis, criaturas mágicas que llegan en cajas de frutas, seres incestuosos, borrachos, prostitutas, violadores… Entrar al mundo de Adela Fernández es entrar a una sucesión de pesadillas, lo que tiene mucha congruencia con su poética personal, ya que, para esta autora, los cuentos son como sueños. Según ella, el cuentista captura fragmentos del mundo onírico que toman forma únicamente en el papel, transformados de manera previa mediante la creación literaria.

Adela Fernández es, como alguna vez dijo Monsiváis sobre Pitol, un clásico secreto de la literatura mexicana. La poca difusión de su obra se debe a que se publicó en ediciones de autor, de tirajes cortos y escasísima circulación (está de más decir que reeditarla es imperativo). El pasado mes de agosto se cumplieron dos años de su muerte y ahora, en diciembre, celebramos el 73º aniversario de su natalicio. Hoy descansa al lado de «El Indio» en el patio Tláloc de la Casa Fortaleza. Muerta, Adela Fernández ha vuelto a ser la niña cautiva de Coyoacán. Nos quedan sus cuentos, sus piezas teatrales, sus ensayos, su novela inédita, y lo más importante: nos quedan los sueños, buenos o malos, que sembró en nosotros.

 

 

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Eduardo Cerdán (Xalapa, 1995). Narrador y ensayista, estudiante y profesor adjunto en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha sido premiado en concursos nacionales de cuento y fue becario de verano en la Fundación para las Letras Mexicanas en 2015. Colaboró en el libro 43: Una vida detrás de cada nombre (UV, 2015) y en las revistas Círculo de Poesía, Revista de la Universidad de MéxicoPunto en líneaParadigmas y La Palabra y el Hombre. Cuentos suyos se traducen al francés para el proyecto Lectures d’ailleurs de la Université de Poitiers.

 

Revista cultural

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