La cuentística de Elena Poniatowska

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Eduardo Cerdán

El mes pasado cumplió años la única de nuestros Cervantes, Elena Poniatowska Amor, y como ésta, mi columna, atiende al cuento mexicano contemporáneo, se me antojó hablar de la cuentística de Elena, quien, aun con su ascendencia europea, es más mexicana que el mole. Quiero, lo digo de una vez, hablar sólo de los cuentos de «La Poni», como la llamaba Monsiváis apocopando su apellido y comparándola con el pequeño equino. No me interesan en este espacio las polémicas que haya tenido, su militancia de izquierda, sus deslices, sus crónicas ni sus novelas. Puro cuento, pues. Me puse, y aconsejo a los lectores hacer lo mismo, mi traje de Roland Barthes y releí los cuentos de Lilus Kikus (1954), De noche vienes (1979) y Tlapalería (2003). Hay otro volumen, Hojas de papel volando (2014), que es, según sé, una antología, es decir, una recopilación de cuentos ya publicados con anterioridad, de la que no me ocupé.

La crítica no pela los cuentos de Poniatowska. Elena se alegró muchísimo cuando le conté que planeaba escribir algo sobre sus ficciones breves; me dijo que, efectivamente, casi nadie se ocupa de ellos y me contó que Geney Beltrán Félix dio hace poco una plática sobre sus cuentos y que, cuando la invitaron al evento, «se pavorrealizó» y giró su lente a una faceta suya que me parece de veras rescatable, con varios aciertos e, insisto, muy poca atención.

Lilus Kikus, su primer libro de cuento, se puede leer ahora con unas ilustraciones extraordinarias de Leonora Carrington y un prologuito de Juan Rulfo, nada más y nada menos. Es uno de esos libros de cuentos que juntos arman una novela, en este caso una nouvelle. Los personajes de Lilus Kikus poseen todos un halo mágico de enigma y de ambigüedad (totalmente deliberada, se nota) que hacen del cuentario un libro entrañable sobre la infancia, la era privilegiada, a decir de Bretón, y la única, según la gran Guadalupe Dueñas, de la que pueden abrevar los narradores mexicanos para urdir buenos relatos. Con sueños tiernos, obsesiones, fetiches extraños y pasiones inmaduras, Lilus Kikus es una oda a la etapa ideal para los surrealistas, la primigenia, la más inocente: la infancia.

Muy pocos con el oído finísimo de Elena Poniatowska. Pienso en el Dr. Atl (sí, el pintor) con su magnífico cuento «La juida», en Mariano Azuela, en Juan Rulfo… Sé que es algo osado, pero, cuando hablo de la construcción de diálogos verosímiles, comparo sin miedo a Elena y a Juan Rulfo porque, de veras, uno lee las páginas de Poniatowska, así como las del jalisciense, y los personajes tienen vida por sí solos: son completamente redondos como los llamaría Forster. La representación de los giros lingüísticos propios del habla coloquial mexicana, tanto en el léxico como en el nivel sintáctico, e incluso en el morfológico, es algo que Poniatowska maneja de un modo plausible.

Hay una idea generalizada en torno a la figura de Elena: la pintan como una mujer naïve, inocentona. No hallé, he de decir, mucho de estos adjetivos en sus cuentos. Salvo «La felicidad», «El recado» y «El corazón de la alcachofa», que son cuentos absolutamente cursis, hay en la Poniatowska cuentista un pulso que me sorprendió por violento y cruel. Nada que ver Lilus Kikus o «La vendedora de nubes» (un relato precioso para niños que mi hermana prepubescente se sabe de memoria) con cuentos como «El limbo», en el que la agonista pretende deshacerse de su bebé recién parido, o «Las pachecas», que trata del intento fallido de un par de drogadictas por rehabilitarse.

El interés de Poniatowska por los desposeídos es muy evidente en relatos como «Métase, mi prieta, entre el durmiente y el silbatazo», una magistral nouvelle. La anécdota se resumiría en pocas líneas, pero lo valioso del relato es el manejo de la tensión, las écfrasis atinadísimas, la creación de las atmósferas, el modo en que la autora perfila a los personajes y, por supuesto, el aliento poético, que es una de las cosas que más aprecio de la narrativa de Elena. Encontramos siempre figuras afortunadas, las onomatopeyas justas, ritmos cadenciosos y analogías geniales: por ejemplo, entre la mujer y el tren, en «Métase, mi prieta…», o el hombre y el tigre, en «La ruptura».

Yo no creo en la llamada «literatura femenina». Leo a los autores como eso, escritores, y no me importan la edad ni el género. Creo que con la Poniatowska cuentista se puede ejemplificar aquello de que hay escritores, así, en neutro (nada de arrobas o equis, por favor). Elena crea personajes y dramas femeninos entrañables, sí, pero también atiende otro tipo de tramas y agonistas que no desmerecen. Hay perros, como en «Chocolate», hombres con pasiones desaforadas, como en «Cine Prado», ancianos, como en «El inventario», y lo que más abunda: gente jodida, como en «La casita de sololoi» y otros más que ya mencioné. En «La hija del filósofo», gran cuento alegórico, hace una crítica que no cae en excesos –no es ñoña, pero tampoco agresiva– sobre el papel de las mujeres en el mundo intelectual.

Dice mi querida sensei Anamari Gomís que Elena es como nuestra Flaubert, en tanto que es capaz de convertir a sirvientas en grandes personajes literarios. Pienso ahora en «Esperanza, número equivocado», una microficción con una sirvienta como protagonista, que aparece bajo el título «Herbolario» en De noche vienes. Aquí hago una digresión para contar un dato curioso. Resulta que Poniatowska tenía cinco cuentos chiquitos: «La identidad», «Las lavanderas», «Canción de cuna», «Esperanza, número equivocado» y «La jornada», los cinco muy arreolianos (Elena tallereó varios de sus textos con Arreola, por cierto), alegóricos, divertidos e independientes entre sí. Fue una recomendación (mala) de su editor la razón por la que se los agrupó bajo un solo título. Elena hizo algo inteligente: los reunió e intituló al conjunto «Herbolario», por las características que, precisamente, tiene un herbolario: híbrido y heterogéneo, como un álbum.

Aún en los cuentos más perturbadores y crueles, hay algo que atraviesa los cuentos de Poniatowska y que yo, lector y narrador, valoro muchísimo: la ternura. Elena sabe que los buenos cuentistas son los que sugieren más de lo que revelan y, como decía Piglia, los que saben contar dos historias con cada cuento. Resaltan de la cuentística de Elena sus matices y la variedad de registros que ocupa, además de que muchos de sus relatos son estructuralmente impecables –algunos al modo de Poe, otros al modo de Chéjov– y sus tramas me son estéticamente afines.

Los cuentos de Poniatowska no tienen desperdicio. Como ha visitado relativamente poco este difícil género, es comprensible que la calidad en sus ficciones breves sea mejor comparada con la de sus otras obras. Ahí están sus novelas: publica tantas, que ya ni sé en cuál me atrasé.

Sea ésta, pues, una invitación a los lectores –a quienes les recomiendo que primero, como hice yo, se deshagan de sus prejuicios– para acercarse a una faceta ensombrecida pero imperdible –diría yo– de la obra de una figura importante en el panorama cultural contemporáneo de México.

 

 

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Eduardo Cerdán (Xalapa, 1995) es narrador, ensayista y profesor adjunto en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en verano de 2015 y ha sido premiado en concursos nacionales de cuentos. Ha colaborado en libros colectivos y en publicaciones periódicas como la Revista de la Universidad de México, La Jornada Semanal, Literal, Latin American Voices, Punto en línea, Círculo de Poesía, Paradigmas y La Palabra y el Hombre. Cuentos suyos se traducen al francés para el proyecto Lectures d’ailleurs de la Université de Poitiers.

 

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