La alquimista de las letras mexicanas

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Eduardo Cerdán

 

En abril fui invitado a la mesa «Homenaje a la maestra de lo siniestro: Amparo Dávila» (celebrada en Xalapa dentro del marco de la Feria Internacional del Libro Universitario 2016) por mi querida Magali Velasco, escritora que además coordina la feria, para hablar sobre lo fantástico, un tema que me apasiona y me interesa explorar tanto en mi lado creativo como en el de la investigación. He aquí, con palabras de más o de menos, lo que dije.

 

 

En toda realidad hay mucho de fantasía y en toda fantasía hay mucho de realidad.

Amparo Dávila

 

 

Lo fantástico es un elemento ineludible cuando se habla de Amparo Dávila. En primer lugar, quiero resaltar que el que se le haya otorgado la Medalla Bellas Artes a finales del año pasado, amén de un merecidísimo homenaje a su trayectoria, se trata de un hecho esperanzador para quienes estudiamos literatura fantástica en México porque revela una apertura en el canon, aunque todavía haya quienes insistan en «normalizar» su obra diciendo que sus elementos fantásticos son sólo metáforas de algo más.

El reconocimiento de 2015 también habla de la vigencia que tienen sus cuentos. Tiempo destrozado, su primer libro de relatos, fue publicado en 1959 y aún hoy, a poco más de medio siglo, sigue inquietando a las nuevas generaciones. Las invita –nos invita– a releerla, a valorarla, a proponer nuevas lecturas de sus cuentos. Yo doy clases a tesistas de letras en la UNAM; allí leemos a Amparo Dávila, por supuesto, y he visto un acentuado interés hacia su obra por parte de los nuevos investigadores.

No me extraña. La de Amparo Dávila es una obra rica, más viva que nunca, con una complejidad enorme en el plano estilístico, en la construcción de personajes, de tramas, y con un excelente uso de los recursos literarios.

Es una literatura sustentada en la vivencia. Al respecto de esto quiero citar las palabras que la escritora dijo cuando recibió la Medalla Bellas Artes, que a mi parecer ilustran una parte de su poética personal:

 

Trato de lograr en mi obra un rigor estético basado no solamente en la perfección formal, en la técnica, en la palabra justa, sino en la vivencia. Creo en la literatura vivencial, ya que esto, la vivencia, es lo que comunica a la obra la clara sensación de lo conocido, de lo ya vivido, la que hace que perdure en la memoria y en el sentimiento, y constituye su fuerza interior y su más exacta belleza.

 

Una amiga nuestra, la cuentista veracruzana Beatriz Espejo, me contó que lo que le inquieta de Amparo Dávila es el enorme contraste de su dulzura, de sus modos cálidos y encantadores, con esas historias suyas en donde el mal acecha en cada página, con esas vueltas de tuerca tan maliciosas y con personajes que se asoman constantemente al abismo del horror.

Cuenta Dávila que, cuando tenía cinco años, murió Luis Ángel, su hermano menor. Ella, una niña solitaria y enfermiza que a menudo padecía episodios febriles, se enclaustraba en la biblioteca de su padre, que daba a la calle, y se entretenía viendo las caravanas que iban a enterrar a sus muertos. «Yo me divertía viendo pasar la muerte», dice.

Aquello era un espectáculo mórbido: los cadáveres sobre mulas, envueltos en telas en busca de una caja para ser sepultados. Todo, hay que recordarlo, visto por una pequeña de cinco años.

La niña Dávila hojeaba los libros, pero, como aún no podía leer, sólo formaba palabras a partir de algunas letras. Según relata, cayó en sus manos nada menos que La Divina Comedia de Dante Alighieri y se horrorizó muy pronto por los grabados de Gustave Doré. No toleraba la oscuridad porque pensaba que esos demonios terribles irían por ella, así que se refugió en la alquimia, una de sus primeras aficiones, y en la compañía de perros y gatos.

Además, en esa casa donde vivían –la casa grande de Pinos, Zacatecas–, las historias de horror eran algo cotidiano. En las noches –cuenta– veía una mujer vestida de blanco toda, con una vela encendida entre las manos, que entraba y salía a su antojo, y también a un hombre que con una pierna de palo golpeteaba el suelo y decía que era el dueño anterior de esa casa.

Ahí está el germen de la literatura vivencial de la que habla Amparo Dávila. Encontramos en ella lo mejor de la literatura fantástica universal, lo cual da cuenta de su vasto conocimiento de la tradición. Vemos, por ejemplo, elementos góticos en la descripción de las atmósferas y de los espacios, motivos clásicos como el del doble (el doppelgänger) –ahí están sus cuentos «Final de una lucha», donde un hombre se ve pasar a sí mismo al lado de una mujer, y «Tiempo destrozado», donde una niña se ve de anciana sentada en un vagón–, historias de aparecidos o fantasmas –como en «Estocolmo 3»–. Hay una influencia evidente de Edgar Allan Poe en la urdimbre de sus cuentos porque casi todas son formas redondas, al modo clásico, que alcanzan su punto climático hasta el final.

Los de Dávila son ambientes de pesadilla y personajes que se ubican en un espacio de «vacilación» sobre su realidad, lo cual –a decir de Todorov– es un recurso básico para la inserción de una trama dentro de un orden fantástico.

También aparece en la autora un elemento sobre el que habló Freud: lo siniestro (Das Unheimliche). El padre del psicoanálisis, con base en una revisión filológica de la palabra en varias lenguas y en un análisis del cuento «El hombre de arena» de Hoffman, dijo que, en el sentimiento de lo siniestro, la incertidumbre y la inquietud son esenciales porque quien lo vive entra en un estado de angustia frente a lo insólito, lo desconocido, lo que no es familiar.

Amparo Dávila es la cuentista siniestra por excelencia. Una tela que parece cobrar vida, una niña que es conminada a beber sangre de borrego, una turista que visita un hotel de pesadilla durante Halloween, una amante que parece seguir en forma de rana a la esposa, un hombre que de un día para otro hace berrinches como si hubiera vuelto a la infancia, un pez que nada entre vómito dentro de una pecera… Ésas son algunas imágenes siniestras de los cuentos de Amparo Dávila. Ahí está el elemento inquietante, perturbador, que irrumpe dentro de una realidad cotidiana, anodina, que de pronto se vuelve dantesca.

La francesa Irène Bessière dice que el discurso fantástico tiene su base en una poética de lo incierto. Este mecanismo, lo incierto, es la quintaesencia de la cuentística de Dávila. Tres de sus cuentos más famosos y antologados («El huésped», «Moisés y Gaspar» y «Alta cocina») funcionan tan bien gracias a dicho elemento.

Además, en sus Cuentos reunidos, publicados por el Fondo de Cultura Económica, está el último libro de Amparo Dávila: Con los ojos abiertos, de 2008. Ahí, nuestra escritora nos regala un cuento nuevo en el que explota una vez más el miedo a lo desconocido. En «La casa nueva» –así se titula el relato–, una joven vive con miedo a una presencia que la llama desde su jardín; se le aparece en su nuevo hogar un rostro cadavérico, borroso y espectral, pegado al cristal de la ventana.

En «El huésped», un ser llega a habitar una casona e inquieta y aterroriza a la ama de casa que narra el relato en primera persona; en «Moisés y Gaspar» nunca sabemos quiénes son estos personajes a caballo entre lo humano y lo animal; y en «Alta cocina» el narrador relata los banquetes celebrados en su casa de la infancia, donde se comían a unos seres extraños que jamás se definen en el relato.

Amparo Dávila es una de las pocas que logran producir terror por medio del silencio. Miembro de la Generación de Medio Siglo, se ha vuelto una figura clave para comprender el desarrollo de la literatura fantástica en México, tanto así que el colega Alberto Chimal, narrador contemporáneo, la nombra la decana de la imaginación fantástica en nuestro país, lo cual no es para nada gratuito. Los narradores posteriores le debemos muchísimo y le estaremos siempre agradecidos a ella, nuestra gran maestra, la alquimista de las letras mexicanas.

 

 

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Eduardo Cerdán (Xalapa, 1995). Narrador y ensayista, estudiante y profesor adjunto en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha sido premiado en concursos nacionales de cuento y fue becario de verano en la Fundación para las Letras Mexicanas en 2015. Colaboró en el libro 43: Una vida detrás de cada nombre (UV, 2015) y en las revistas Círculo de Poesía, Revista de la Universidad de MéxicoPunto en líneaParadigmas y La Palabra y el Hombre. Cuentos suyos se traducen al francés para el proyecto Lectures d’ailleurs de la Université de Poitiers.

 

Revista cultural

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