En defensa de lo fantástico

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Eduardo Cerdán

 

Para Magali Velasco, mi maestra de lo fantástico.

 

 

The imaginative writer devotes himself to art in its most essential sense (…). He is the painter of moods and mind-pictures–a capturer and amplifier of elusive dreams and fancies–a voyager into those unheard-of lands which are glompsed through the veil of actuality but rarely, and only by the most sensitive.

H.P. Lovecraft, In Defence of Dagon

 

 

Me he dado cuenta de que tengo una afición masoquista por las causas que muchos tildarían de perdidas.

Empecemos por mi elección de carrera: la literatura. No faltó quien me dijera que era yo un talento desperdiciado por no elegir el sendero de las ciencias o de las ingenierías. Los ignoré a todos ellos, por supuesto, y salí de mi natal Xalapa para estudiar Letras en la UNAM. Fui, como muchos compañeros de mi generación, con la idea naïve de que allí «aprendería» a ser escritor.

A la segunda hora como alumno de licenciatura sufrí el desencanto. «Aquí formamos lectores profesionales –nos decían–. Para educarse como escritores váyanse a la SOGEM». Hasta hoy me dan tristeza quienes creen que nuestro título es ése. Yo no cedí; continué, pese a las desmotivaciones, con mi interés en la creación literaria, y con baby steps he llegado al nivel de «joven escritor», de «escritor en ciernes». Bien –me dije–, ya es un avance.

En el mundillo literario me he llevado otros desencantos, como era de esperarse. Primero: el asunto de la juventud. La juventud en un escritor, que por algunos es más o menos valorada, por otros es mal vista (por decir lo menos). «¿Cuántos años tienes?», me preguntó, luego de la presentación de un libro, un editor retirado. «Veinte», le dije. «¡Ugh, qué horror!», me contestó dizque en broma…

Luego está qué escribo. Llevo en mi haber un libro de cuentos porque creo en la vigencia del género, a pesar de que no sea el preferido de las editoriales. A esta otra causa que defiendo, súmesele el hecho de que cultivo el subgénero fantástico.

Así pues, el recuento para perfilarme queda así: mexicano, de provincia, joven y cuentista fantástico. Ahora sí: «¡ugh, qué horror!».

Tomé el título de este texto de una mesa de discusión en la que participaron varios colegas igual de masoquistas que yo. «En defensa del horror», se llamó la mesa, y se llevó a cabo en la FIL del Palacio de Minería de este año. La línea, por supuesto, viene del texto de Lovecraft con el mismo espíritu quijotesco: In Defence of Dagon, en donde –dice Norma Lazo– «el gigante de Providence sacó garras y colmillos, con elegancia, claro, para defender su cuento: “Dagón”».

Por ventura, la discusión sobre la importancia de lo fantástico en la literatura nacional es cada vez más concurrida. Es evidente que su valoración ha crecido en este siglo y que –con sus obras narrativas y críticas– sus principales impulsores han sido los nacidos en los 60-70, entre quienes figuran nombres como Verónica Murguía, José Luis Zárate, Norma Lazo, Alberto Chimal, Bernardo Fernández Bef, Bernardo Esquinca, Guadalupe Nettel, Magali Velasco, Raquel Castro y Luis Carlos Fuentes Ávila.

Me da gracia pensar este debate como si de una guerra se tratara, pero a veces me parece que en verdad lo es. En el bando opuesto al de los arriba citados estaría el otro Chimal: Carlos Chimal, quien dijo hace no mucho que la literatura fantástica es una «chifladura», a menos que con ella se trate de metaforizar algo.

Este afán de buscarle una función a todo (especialmente en el plano ideológico, por parte de los poderes fácticos) ha llevado a que, en nuestro país, la literatura fantástica se vea como algo menor. Creer que en la literatura se puede verter la realidad tal cual está en el mundo es una ingenuidad. Ya lo intentaron los realistas «puros» en su tiempo y produjeron obras valiosísimas que aunque, sí, tienen el interés de reproducir una realidad bien anclada en el espacio y en el tiempo, no dejan de ser producto de la imaginación.

Situémonos ahora en el caso mexicano y pensemos en nuestro gran clásico contemporáneo: Pedro Páramo. La novela de Juan Rulfo es totalmente fantástica, pésele a quien le pese. Son necios los intentos que se han hecho por «normalizarla» diciendo que sus partes fantásticas son sólo metáforas. La literatura fantástica es todo menos una «chifladura»; el ejemplo por excelencia de ello es Pedro Páramo. A pesar de ser profundamente transgresora y de que ocupe recursos fantásticos en ella, la novela de Rulfo nos ha enseñado a las generaciones posteriores cómo se escribe en castellano, además de que, sí, todos somos hijos de Pedro Páramo.

Para sus detractores, el «defecto» de lo fantástico es que no sirve para nada, que es pura invención gratuita. En una lectura superficial de la literatura fantástica podría parecer que ése es el caso; que leer sobre duendes, sobre nahuales, es muy divertido y chistoso, pero que no pasa de ahí.

Nada más lejano a lo que en verdad ocurre. ¿Por qué, entonces, las obras fundacionales de las literaturas, de las religiones, de los pueblos, ocupan elementos fantásticos en su urdimbre? Lo fantástico es un recurso no sólo para entretener, para imaginar criaturas improbables o hechos imposibles «nomás porque sí». Lo fantástico abre posibilidades para el entendimiento de lo humano, para la comprensión del contexto en que se vive y del devenir histórico. Por ello demanda un lector atento, crítico, capaz de entender los mecanismos y las propuestas de este tipo de producciones.

Ahora, en el siglo XXI, hay una lista creciente de escritores fantásticos, entre los cuales me incluyo, y creo que ha habido un cambio notable en el modo de entender estas obras. Hubo en el siglo pasado autores fantásticos que en su tiempo gozaron de una buena recepción y se insertaron muy pronto en el canon, como Carlos Fuentes y José Emilio Pacheco. Otros, que no corrieron con la misma suerte y que se mantuvieron como autores secretos –casi de culto– durante mucho tiempo, hoy se leen más y se los valora como no lo hicieron los lectores de su época. El caso paradigmático: Amparo Dávila.

Soy optimista. Creo que «ahí vamos»; lentos, pero vamos. Hace unas semanas le pregunté a Alberto Chimal qué pensaba sobre el asunto de lo fantástico en la actualidad; enfaticé que su figura autoral me parece muy interesante porque es rara, atípica, y aun así cuenta con muchos lectores y una acogida generalmente favorable por parte de la crítica. Me contó algo que su maestro David Huerta le dijo: que tal vez la suya –es decir, la de Chimal– sea una generación de «sacrificio», que las cosas en la literatura van a cambiar después de ésta.

La imagen de una legión de escritores mártires en defensa de lo fantástico (Alberto Chimal, José Luis Zárate, Verónica Murguía, Norma Lazo, Magali Velasco, Raquel Castro y Bernardo Esquinca, por mencionar algunos) me parece encantadora y por demás romántica, pero la afirmación es discutible, desde luego. En unos cincuenta años –quizá más– sabremos si el hijo del Gran Cocodrilo, amén de escritor, es profeta. Habrá que ver.

 

 

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Eduardo Cerdán (Xalapa, 1995). Narrador y ensayista, estudiante y profesor adjunto en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha sido premiado en concursos nacionales de cuento y fue becario de verano en la Fundación para las Letras Mexicanas en 2015. Colaboró en el libro 43: Una vida detrás de cada nombre (UV, 2015) y en las revistas Círculo de Poesía, Revista de la Universidad de MéxicoPunto en líneaParadigmas y La Palabra y el Hombre. Cuentos suyos se traducen al francés para el proyecto Lectures d’ailleurs de la Université de Poitiers.

 

Revista cultural

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