Carta a una maestra de cuentos

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Eduardo Cerdán

 

 

In memoriam, Guadalupe Dueñas (1920-2002)

 

Leve abatimiento la instala en una dimensión jamás prevista. Ahora la recorre sangre nueva, gemela del amor y de la muerte, elíxir luminoso como el de los siete años. Y así hasta el silencio.

Guadalupe Dueñas, «Antes del silencio»

 

Fíjese, yo todavía sueño con capturar la liebre cada vez que escribo un cuento. Y aunque, como bien dice usted, afuera hay demasiado sol y alguien está esperándome, yo no quiero olvidarme del cuento ni de la literatura. En eso hemos de parecernos, querida señora Dueñas. Sólo en eso, en la tenacidad, porque no estoy en posición de comparar el talento o las habilidades de ambos. Para las manualidades, por ejemplo, yo soy un desastre; usted no, claro está. Qué paciencia la suya y qué romántico el inicio de su carrera. Mire que escribir varias copias de sus cuentos en una máquina de letra pirruñienta para luego coser las páginas e ilustrar sus propios libritos no debió ser tarea fácil. «[Eran] muy bonitas pinturas –le dijo usted a Martínez Carrizales–, todas chuecas, las vacas deteniéndose en la cola… Un éxito, pero no de lo que escribía, sino de lo que pintaba. Eso era lo más chistoso».

Contó usted a los cuatro vientos que esos libritos se vendieron como pan caliente en el stand que el FCE tenía en no sé qué feria del libro, a la que asistieron nada menos que Emmanuel Carballo, Alfonso Reyes, Octavio Paz y Julio Torri, entre otros. A Emmanuel Carballo le atrajo su libro, que incluía la primera versión del cuento «Mariquita», homónimo de su hermana mayor, quien murió al poco tiempo de nacida y fue confinada a vivir entre un líquido amarillento dentro de un bote de chiles. A Carballo lo sedujo esta historia siniestra y decidió telefonearla:

—Bueno, ya me imagino que usted es una señora mayor, y que no ha de querer venir –le dijo.

—Sí, ya estoy muy viejecita –respondió usted en su disfraz de mitómana–. Ya nada más salgo cuando alguien me lleva, o con el bastón.

Por entonces, a un año de la muerte de su madre, era usted muy joven y recién había llegado a la Ciudad de México desde los Estados Unidos. Carballo, llamémoslo «su descubridor», le preguntó si tenía más material publicable. «Sí –contestó usted–, tengo a “La tía Carlota”». Y ambos cuentos, cuyas versiones finales se encuentran en el libro Tiene la noche un árbol, fueron publicados en el periódico México en la Cultura. Su carrera apenas iniciaba.

Le cuento que, hace no mucho, hablaba yo sobre usted con la viuda de Carballo, Beatriz Espejo. Y ¿sabe qué me dijo? Que es usted una escritora rara. No pude más que asentir con ella, porque, ¿para qué negarlo?, es usted rara, y mucho. Espejo me contó que tuvo la oportunidad de entrevistarla cuando usted ya estaba algo entrada en años y que cuando le preguntó a qué aspiraba, usted le respondió algo que me parece genial por inaudito: «Quiero ser santa».

«El arte de escribir –dijo usted en una conferencia dictada en Bellas Artes– es el arte de ver y hacer ver a los demás lo que uno ve». He buscado sus cuentos hasta por debajo de las piedras (fue una labor ardua, déjeme decirle) y le presumo que ya cuento con sus tres libros: Tiene la noche un árbol, Antes del silencio y No moriré del todo, además de los cuentos incluidos en Girándula, la antología avalada por Agustín Yáñez que publicó Porrúa y que encontré por obra de quién sabe qué deidad o santo (acaso Santa Lupita Dueñas).

Si algo he aprendido de usted es que nada importa a la hora de escribir cuentos. Nada más que los personajes, por supuesto, y el mundo en que ellos se mueven. Para recrear ese mundo –nos dice usted–, el escritor debe tener una mirada inteligente, debe ver lo que otros no ven y presentar esa parte oculta al lector.

La leo, querida Pita Dueñas, y me sorprende que la oficina postal, que un sapo o que unos piojos sean motivos útiles para desnudar los claroscuros de la naturaleza humana. Con su obra, usted capturó la liebre. Supo encontrar lo siniestro en lo cotidiano, lo terrorífico en los espacios más familiares, lo ominoso en las situaciones más tiernas. Nos enseñó, por ejemplo, que los niños son crueles por naturaleza y que poseen los secretos más truculentos; que los influjos de una mascota, de un bicho, de un juguete o de una prenda pueden llevar a una persona a la insania; que los fantasmas sí existen y que no nos deben extrañar los pasos en la escalera o los ruidos en las plantas altas de nuestras casas, pues los duendes no saben de modales.

Los espacios góticos que presagian lo insólito, el uso de un humor sutil e inteligente, así como la inserción de varias anécdotas en un orden fantástico, son algunas cualidades suyas, Lupita, por las que me declaro su admirador. No crea que olvido Memoria de una espera (¿o Máscara para un ídolo?, ya no sé cómo llamarla), la novela inédita que escribió en los sesenta, mientras fue becaria del Centro Mexicano de Escritores. Me he asomado a ella y encontré varios aciertos. Refleja, como usted quería, la confluencia entre el ámbito privado, el de la introspección, y el ámbito público. Hay en la obra un cuidado estilístico notable, una prosa llena de momentos altamente poéticos –como en sus cuentos– y un manejo preciso de las atmósferas. Me parece genial que haya elegido como locación una sala de espera en la que parece que el tiempo se ha detenido. Le diría más al respecto, pero recuerde que me dirijo a usted como maestra de cuentos, no de novelas. Ya habrá otra oportunidad para compartirle mis reflexiones sobre esta obra suya que aún no ha visto la luz…

Hoy le envío mi admiración con esta carta que escribo 14 años después de que «un estallido en lo más hondo de sus entrañas le anunció que llegaba el fin». Le escribo, querida, para no olvidarla. Usted vivió de acuerdo con las leyes de Dios y murió según las mismas, tranquila, el 13 de enero de 2002 en su casa de la Avenida Universidad. Ese día debió desprenderse de sus recuerdos, uno a uno. De las jornadas como censora cinematográfica durante las cuales, por cierto, conoció a una joven Gomís, amiga nuestra quien me chismeó que era usted algo cafre al volante. De las mañanas en que su padre la despertaba con gritos de alabanza a Jesucristo. De las tardes de su niñez que pasaba «sola como el naranjo que sucumbe en el patio». De las noches en que oía los fragores del león que vivía en su casa… Todo quedaba atrás. Había llegado el silencio.

Fotografía de la contraportada de Tiene la noche un árbol (FCE), 1958.

Fotografía de la contraportada de Tiene la noche un árbol (FCE), 1958.

Atribuida a Hans Beacham, 1959.

Atribuida a Hans Beacham, 1959.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Eduardo Cerdán (Xalapa, 1995). Narrador y ensayista, estudiante y profesor adjunto en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha sido premiado en concursos nacionales de cuento y fue becario de verano en la Fundación para las Letras Mexicanas en 2015. Colaboró en el libro 43: Una vida detrás de cada nombre (UV, 2015) y en las revistas Círculo de Poesía, Revista de la Universidad de MéxicoPunto en líneaParadigmas y La Palabra y el Hombre. Cuentos suyos se traducen al francés para el proyecto Lectures d’ailleurs de la Université de Poitiers.

 

 

 

 

Revista cultural

1 comentario

  1. Alejandro Gastélum

    29 Enero, 2016 at 16:33

    Qué buena carta a una Maestra de Cuentos. Es una lección.

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