Bélica pubertad

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Eduardo Cerdán

 

Fui invitado a escribir un ensayo académico para Insult to Injury. Violence in Spanish, Hispanic American and Latino Art & Literature, volumen compilado por la doctora Debra D. Andrist que editará el sello británico Sussex. Mi texto, traducido al inglés como «Lebanese Youth Against War. The Children’s Speech Artifice in Rose Mary Salum’s El Agua que Mece el Silencio», explora el modo en que la narración de Salum, vista desde la perspectiva de unos personajes prepubescentes que conviven en un Beirut moderno, articula un discurso eficaz para hablar de un tema tan problemático como es el conflicto de Medio Oriente. No planeo repetir aquí todo lo que dije en aquel ensayo –que, por cierto, no resultó tan académico porque ese tipo de textos me dan alergia–, sino hablar, de un modo casi hogareño, sobre El agua que mece el silencio, libro de cuentos publicado por Vaso Roto Ediciones en 2015 y que acaba de ganar el International Latino Book Award.

Sabía de Salum por su labor titánica como editora en la revista y la editorial Literal, pero no conocía nada de su obra creativa. Fue, de veras, un hallazgo afortunado. Los protagonistas del libro, lo dije ya, son gente a caballo entre la infancia y la adultez que se desenvuelven en un ambiente brutal y se ven bombardeados tanto literal, pues la amenaza de bomba es algo cotidiano, como figuradamente, por el asunto de las hormonas y el despertar erótico de los agonistas.

Son 16 cuentos que funcionan en conjunto como una nouvelle, muy à la Nellie Campobello, y mantiene todo el tiempo un tono intimista, lo cual, pienso, era casi imperativo para que el discurso planeado por Salum funcionara. Era necesario que la autora se metiera en los vericuetos de la psique de sus personajes para que los horrores y, especialmente, los absurdos de la guerra se vieran al desnudo. «¿Por qué no me puede gustar Fulanita la musulmana? ¿Por qué Zutanita no se quita el velo, si tiene unos bucles muy bonitos?».

Lo que más me gustó del volumen fueron los matices que Salum expone al lector. Es decir, jamás se podría decir que ella, narradora, está de tal o cual «bando» (qué horror que se hable de «bandos», por cierto). Aquí se nota el oficio de Salum, porque logra decir sin decir, como hace un buen narrador. Hubo quien dijo que esta falta de posicionamiento es una carencia del libro. Yo creo lo contrario: para mí, es precisamente una de sus grandes virtudes.

Los de El agua que mece el silencio son niños que, por medio de la imaginación, se evaden de los momentos de violencia más álgida. Los personajes hacen y deshacen, se cuestionan, se angustian por lo que pasa afuera, en el mundo de los adultos, del que entienden casi nada. Ellos quieren chatear por Facebook, ligar, jugar con el amiguito que tiene juguetes modernos. No comprenden, porque son realmente absurdas, las barreras de la intolerancia hacia las razas y religiones. Sin moralina barata, Salum nos lleva de la mano a una reflexión profunda sobre un asunto del que se habla muy poco, lo cual se agradece.

El lector hispanoparlante podrá leer mis reflexiones sobre el discurso infantil de este libro en el número 172 de la revista Crítica, así que de aquello no diré más. Mejor hablo de otro aspecto que me parece interesante en estos cuentos: el hecho de que Salum tiene un interés muy acentuado por la esteticidad del lenguaje. Todo escritor debe tenerlo, diría cualquiera (y con mucha razón), pero digo que este rasgo se nota mucho en Salum porque las frases tienen una sintaxis casi perfecta y porque del libro trashuma esa fascinación que a muchos nos despertó descubrir que una letra unida con otra forma una palabra. En este libro, los juegos con los nombres, con las letras, con los ritmos, parecen ser obra de una Rose Mary niña, igual que sus personajes.

Lo último que quiero decir, porque me parece muy curioso, es que Rose Mary Salum es la posmodernidad en persona: es una mexicana descendiente de libaneses asentados en México que escribe en su lengua natal, es editora bilingüe, vive en Houston, publicó en una editorial española y habla sobre el Medio Oriente. No me extraña que, como ha dicho ella, divertida, los gringos la vean como un alien. A lo mejor, pero uno muy talentoso.

 

 

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Eduardo Cerdán (Xalapa, 1995), narrador y ensayista, es profesor adjunto en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha sido premiado en concursos nacionales de relato y ha participado en varias antologías de cuentos mexicanos e hispanoamericanos, así como de ensayos sobre literatura hispánica. Ha colaborado en publicaciones periódicas como la Revista de la Universidad de México, La Jornada Semanal, Crítica, La Palabra y el Hombre y Literal, Latin American Voices. Su libro infantil Los días del extranjero está por publicarse en la Editora de Gobierno de Veracruz. Ha sido traducido al inglés y al francés. Sitio: http://eduardocerdan.blogspot.com/

 

Revista cultural

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