Rumbo al Maracaná

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Georgina Mexía-Amador

 

El siguiente destino en el itinerario era el estadio Maracaná. Yo me apretujaba en el asiento delantero, entre mi padre y el obeso conductor de la minivan, quien desde hacía rato había renunciado a traducir lo que el guía venía explicándoles en portugués a nuestros compañeritos turistas. El conductor, que era un tipo feo y paliducho, de cabellos negros hirsutos y grasientos, y de media tonelada de peso —sin exagerar—, descendía de padres españoles y hablaba un poco el español, por lo que el guía había pensado que era buena idea que fuera nuestro intérprete. Pero no había dado mucho resultado: la parquedad del conductor reafirmaba la idea que nos habíamos venido haciendo de los cariocas desde que aterrizáramos en Rio de Janeiro a las cinco de la mañana, unos cuatro días antes. Fue un error haber esperado que fuera real el estereotipo del brasileño amigable y alegre, pues descubrimos que la gente más bien tendía a ser fría, poco sonriente e incluso grosera.

La minivan no avanzaba en medio del tráfico y el hipopótamo que venía al volante junto a mí jadeaba y sudaba de tal manera que creí que le daría un infarto. El aire acondicionado se acompañaba de un tufillo a sudor pegajoso. Las calles y las avenidas que bajaban de las favelas de Santa Teresa, en las faldas de El Corcovado, convergían en la avenida Marechal Rondon, y todas estaban saturadas de taxis, camiones y autos particulares que aguijoneaban el aire a claxonazos. Pero esto no era algo que no hubiera visto antes en mi adorado De Efe; la única diferencia era que se trataba de Rio de Janeiro y que la manada inmóvil de llantas y toldos y faros se interponía entre nosotros y el estadio Maracaná.

El guía del recorrido se volvió hacia mi padre y yo y nos preguntó si el tráfico en la Ciudad de México era peor que en el que estábamos atrapados. Me pareció absurda la pregunta, pero supuse que en una situación desesperada e incómoda como estar atascado sin moverse, sacar cualquier tema de conversación era mejor que contemplar con impotencia el desperdicio de nuestras vidas. Respondimos que sí, pero el simpático guía contraatacó con el orgullo brasileño con que nos había enseñado los lugares turísticos de la ciudad desde las nueve de la mañana: «No es cierto. En São Paulo es donde existe el peor tráfico de toda Latinoamérica». Está bien, tú ganas. Se me había olvidado que en Brasil hasta en eso se creen lo máximo.

Esa misma mañana, alrededor de las ocho, esperamos el transporte de «Carioca Tours» afuera del hotel, sobre la avenida Atlántica, a unos pasos de la playa de Copacabana. Aunque era invierno, el aire era cálido a esa hora del día. Después de un rato, llegó una minivan de color incierto, entre verde y gris, y bajó de ella un tipo joven, de casi dos metros de altura, hablando un perfecto inglés y con la apariencia de un vikingo. No toda la gente es mulata o negra como los futbolistas más famosos; de hecho les sorprendería ver la cantidad que existe de brasileños güeros. Cuando dijimos que éramos de México el guía rubio se emocionó de manera desmedida, para luego prevenirnos de que no era capaz de hablar ni siquiera portuñol. No me extrañó su observación, pues desde que llegamos a la siempre incómoda sección de migración en el aeropuerto, el personal nos había hablado en portugués, valiéndoles mamá si entendíamos algo o no. Esto fue cobrando sentido, pues cuando miré el vidrio trasero del taxi que teníamos frente a nosotros en el tráfico vi que llevaba la misma publicidad que ya había visto antes por la ciudad; nombres de escuelas de idiomas con su respectivo eslogan y número telefónico o páginas web, como: Cultura inglesa. Aqui você vive Inglês o Yes! Inglês. Espanhol. O inglês que evolui com você. No tardé en comprender, pues, que pese a los millones de visitantes que recibía una ciudad como Rio de Janeiro al año, ni la gente de a pie ni la que ofrecía los servicios turísticos estaba a la altura del reto idiomático. Brasil era monolingüe, como si en su peculiaridad lingüística encontrara un refugio de sus vecinos hispanoparlantes —no obstante el hecho de también colindar al norte con las dos Guyanas y Surinam—, tanto así que ni en el hotel fueron capaces de hablarnos en inglés ni en español.

El tráfico fue avanzando poco a poco al fin y, a pesar de ello, el guía ya no sabía cómo llenar el tiempo que sobraba después de sus explicaciones con datos, nombres y fechas históricas a los que nadie prestaba atención. Hasta que tuvo una idea y se volvió otra vez hacia nosotros para preguntarnos: ¿les gusta el futbol? Mi padre era seguidor de los Pumas en ese entonces, pero nuestro rubio guía brasileño admitió que jamás había oído hablar de ese equipo. En cambio mencionó al América con tal luz de emoción en su rostro que temí herir sus sentimientos al decir que me parecía un equipo detestable por su afición y por su vínculo con la más nauseabunda televisora del país, por lo que mejor no dije nada. Tuve que mentirle y declarar: «no me gusta el futbol», cosa que resultó aún peor que si hubiera abierto la boca y hubiera dado mi opinión sobre el América. El güero no cabía en su incredulidad y como sin duda lo decepcionamos, se volvió hacia un argentino que durante todo el paseo no dijo una sola palabra, y que tampoco se mostró desilusionado de no contar con la explicación del recorrido en español. Discutieron un rato en inglés —idioma en el que nuestro güero se sentía como pez en el agua— sobre cuál era la mejor selección de futbol, si la argentina o la brasileña, etcétera, etcétera, etcétera…

Y es así que he llegado al meollo del asunto, porque de las pocas cosas que se correspondían con el estereotipo del brasileño, y que tuvimos oportunidad de presenciar, era su pasión por el futbol. En lo personal, el futbol me fascina y un buen partido me parece poesía pura de formas, ritmo y movimiento, pero estoy lejos del fanatismo futbolero entendido como vísceras, lágrimas, nacionalismo oportunista y gritos desgarradores de júbilo o derrota. Pero los brasileños… ellos sí que están en otro nivel. Esa misma noche del tour —o tal vez fue la siguiente—, jugaron en Rio el Flamengo, el equipo local, y el Santos, originario de la ciudad homónima, en el estado de São Paulo. El Flamengo —o, cariñosamente, el Fla— era donde jugaba en aquel entonces (2011), nada más ni nada menos que Ronaldinho. Ya he dicho que nuestro hotel de cuatro estrellas estaba sobre la avenida Atlántica, la cual da al mar y a la playa de Copacabana. Casi a espaldas del hotel había un parque, la Praça Serze Del Correa, y ahí se instalaron unas pantallas para que la gente pudiera seguir el partido. Recuerdo que a través de la ventana abierta de la habitación se escuchaban los gritos, las exclamaciones, los vítores y los abucheos de la multitud de acuerdo con los movimientos del balón. No fue necesario ver el partido: con cada reacción de la gente reunida en el parque se podía seguir perfectamente la dinámica del trepidante juego: el final fue sorpresivo, pues el marcador, que se mantenía en un empate de 3-3, favoreció a los locales en el último momento. Ronaldinho había sido el héroe de tan épica proeza, y gracias a él, el Flamengo derrotó por cinco goles a cuatro a su rival, la noche de aquel jueves 28 de julio de 2011.

Al día siguiente, en el periódico deportivo Extra podía uno enterarse por tan solo un real con diez centavos (un real brasileño equivalía entonces como a seis pesos mexicanos) de los pormenores del partido entre el Flamengo y el Santos; junto a una foto de Ronaldinho con lentes oscuros y el jersey del Fla, la crónica decía así: «Ronaldinho Gaúcho começou virada do Flamengo no vestiário. Herói da histórica vitória incentivou o time no intervalo, quando o jogo estava 3 a 3: “Vamos para dentro deles. O jogo está bom para a gente”. Com uma actuação que fez jus a quem veste a camisa 10 do Fla, o craque se revelou peça fundamental para o time fora de campo, na inesquecível vitória de 5 a 4 sobre o Santos». (Nota: me abstengo de traducir el texto para que el lector se halle en la misma situación incómoda de monolingüismo brasileño que nosotros tuvimos que enfrentar.)

Volvamos al tráfico. Habíamos logrado avanzar un poco más y ya alcanzaba a adivinarse a lo lejos la estructura del estadio Maracaná. Me emocioné. Todavía pienso que estar en un estadio de futbol es hallarse en un templo, y por eso en aquel momento ya deseaba mirar de cerca aquel legendario recinto. Para aumentar la emoción, desde las ventanas de la minivan podían verse mantas de plotter colgadas de los postes de luz que decían: «Welcome to the land of all nations», y que mostraban la leyenda «fifa World Cup Brazil», con el respectivo logotipo de unas manos entrelazadas de color amarillo que sujetaban un balón verde, y que cobraban la forma de la copa mundial.

Después de una eternidad de estar atascados en el tráfico de las cuatro de la tarde en Rio de Janeiro, llegamos por fin al legendario estadio Jornalista Mário Filho, mejor conocido como Maracaná. Pero fue una terrible decepción. No solamente porque era mucho más pequeño de lo que había imaginado, sino porque estaba en obra y alrededor había vallas metálicas y camiones; los accesos estaban clausurados y en una manta se leía: «Retorno da Maracanã para a Copa de 2014». No tengo mejores recuerdos del estadio ni mis fotografías son dignas de una postal: en cambio recuerdo el caos vial y el polvo de la Rua Professor Eurico Rabelo, avenida sobre la que está uno de los accesos al estadio; la estatua de un atleta con una antorcha olímpica, ahogada entre árboles y óxido; y un carrito de helados estacionado frente a un semicírculo formado por columnas, y en cuyo centro se leía el nombre de Mário Filho. Pero no más.

Esa misma noche —o la siguiente—, aunque despojados de su estadio principal, los cariocas se reunirían a ver la histórica victoria del Flamengo sobre el Santos. Mientras la emoción bullía en la calle, yo observaba desde la ventana de mi habitación a un grupo de niños morenos que jugaba futbol en la arena de Copacabana. Sus siluetas se recortaban contra la espesa tiniebla del mar como un cuadro, como un poema que escribiría algunos años después:

 

Le llaman Copacabana

a una extensión de arena blanca

ocupada por huellas superpuestas

de paseantes, turistas, niños que juegan futbol.

Eso es todo.

Y como es natural en estos casos,

el estallido de las olas es constante,

infinito

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Georgina Mexía-Amador (ciudad de México, 1985). Licenciada y maestra en Letras por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Escribe novela, cuento y poesía. Ha publicado sus textos de creación y de crítica en revistas de México e Inglaterra. (Sobre)vivió un año en Reino Unido estudiando literatura medieval y dando clases de español. Dirigió la revista literaria bilingüe La peluquería de Micoló, y es autora del libro-objeto Las tentaciones de Asurbanipal.

Revista cultural

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