Minerva haciendo de Venus: la ciencia vista como arte

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«Las nervaduras del cielo»  por Lourdes Martín Aguilar


 

Lourdes Martín Aguilar

 

¿Cuál habrá sido la impresión del matemático Benoît Mandelbrot1, al introducir el algoritmo en la computadora y encontrarse con su propio País de las Maravillas? La reacción que generó el aspecto colorido e intrincado de los fractales sobre el público debió haber sido superlativa; sin embargo, la estética de estas curvas barrocas e infinitas existe mucho antes de que esos símbolos fueran introducidos en la máquina por el científico polaco, y es, de hecho, resultado de un comportamiento pragmático de la materia, específicamente de las formas vivas, cuyo «axioma» característico es que buscan guardar en el menor espacio posible la mayor cantidad de funciones y materia; esto representa un gran ahorro de energía, y qué mejor modo de hacerlo que con la arquitectura fractal, capaz de almacenar el infinito en un espacio infinitesimal: podemos acercarnos más y más al corazón de una estructura, pero la repetición no tiene fin (como el reflejo obtenido con dos espejos encontrados).

Tal vez el lector haya observado en una planta, en un rayo, o en los arrevoles matutinos, tendencias fractales explícitas, donde las partes más pequeñas de la forma son similares o iguales a las más grandes de la misma; a esto se le llama autosemejanza. Sin embargo, los paisajes con autosemejanza infinita sólo tienen cabida en la imaginación y en la potencia de las computadoras: la materia del mundo físico no alcanza tal inmensidad de iteración en sus niveles más pequeños, o, por lo menos, eso es lo que nos dice la ciencia actual. Así pues, del mismo modo en que ciertas hipótesis planteadas por las obras de arte sólo resultan concebibles en mundos surrealistas, infinitos, o de geometrías imposibles para nuestra realidad, la existencia de fractales «ortodoxos» se ve limitada al universo matemático. De modo que, aunque sería una experiencia formidable, nunca observaremos un fractal verdadero en nuestra taza de café.

La estrecha danza entre la ciencia y el arte no se limita a las matemáticas. La gente distingue al acto artístico como algo circunstancial y único. Pensamos: «si Mahler no hubiera compuesto La Canción de la Tierra, nadie lo habría hecho». La historia natural de las cosas también está labrada por contingencias, análogas a la creación individual del artista, sin las cuales nada de lo que conocemos sería así ¿Existirían los hombres y las mujeres si esa célula primigenia no se hubiese comido a otra, en una invención simplificada de la cópula y del sexo? Seguramente la forma de las galaxias, o inclusive tu propia existencia, sería totalmente diferente si en el principio del Universo, las partículas y los átomos se hubieran conformado y expandido en forma divergente a la versión actual ¿Habría existido al menos una pizca de historia humana si esa cueva no hubiera estado ahí para salvar a un relicto de pocos homínidos, de la extinción? Imaginar el aspecto de un Universo alternativo, generado por el aleteo de la mariposa caótica, es un ejercicio magnífico para percatarnos de que las cualidades de nuestro mundo se deben a una gran sucesión de eventos irrepetibles, tan específicos que son imposibles de indagar con total exactitud, únicos como una obra de arte.

Para finalizar, revisaré un episodio poético: John Keats sugirió en su poema Lamia (1820) que Newton había destruido con su teoría óptica la belleza del mundo natural, mediante la explicación científica del arco iris: «Una vez había en el cielo un arco iris tremendo;/Conocemos su trama, su textura; está indicada/En el insulso catálogo de las cosas comunes»2. Muchos años después, en 1998, el biólogo Richard Dawkins escribió Destejiendo el arco iris, un libro cuyo propósito, en palabras del propio autor, era «guiar a todos aquellos que se sientan inclinados hacia la conclusión opuesta» del poeta inglés. Para muchas personas la ciencia es una herramienta fría, carente de emoción e incluso desintegradora del lirismo de la naturaleza. Sin embargo, múltiples científicos han logrado ver en su oficio un motor de significado, una oportunidad para contemplar la estética de nuestra realidad desde una perspectiva fascinante, porque como dice Dawkins «la ciencia es, o debiera ser, una fuente principal de inspiración poética».3

 

Lecturas recomendadas:

-Barrow John D. (2007). El Universo como obra de arte. Madrid. Drakontos: Crítica. [Original de 2005].

-Benoît Mandelbrot. (1997). La geometría fractal de la naturaleza. Barcelona. TusQuets: Metatemas. [Original de 1982].

-Dawkins Richard. (2012). Destejiendo el arco iris. Barcelona. TusQuets: Fábula. [Original de 1998].

 

NOTAS

Matemático polaco (1924-2010) que desarrolló profundamente el estudio de la geometría fractal.

Traducción de Joandomènec Ros (2000).

Destejiendo el arco iris (1998). Traducción de J. Ros.

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Lourdes Martín Aguilar (Ciudad de México, 1994) cursa actualmente la licenciatura de Biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Conducida por su mayor pasión, la divulgación, es anfitriona en el Museo de las Ciencias Universum desde 2012. También tiene otras aficiones, como la literatura, la historia, la museología y, sobre todo, la ciencia ficción.

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1 comentario

  1. Rexisto

    27 Abril, 2015 at 23:50

    Bastante buena la lectura, me quedé reflexionando sobre el tema y me hizo recordar un pensamiento que me compuso una amiga poeta hace unos 20 años:

    “La ciencia verdadera, comienza con una intuición poética”
    Marlene “Blue”

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