Inusitados, incomprendidos, irreales… los hongos

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«Amanita muscaria». Ilustración de Lourdes Martín

«Amanita muscaria». Ilustración de Lourdes Martín

 

 

Lourdes Martín Aguilar

 

Los hongos son criaturas incomprendidas; se trata de la conjugación perfecta de los contrarios, de lo asqueroso y de lo bello, tal como veríamos una pintura negra de Goya. Y es que tras su apariencia a veces poco amigable, se esconden intrincados, estéticos e increíbles mecanismos de supervivencia. Por ejemplo, el género Pilobolus es un hongo coprófilo; esto es, vive un periodo de su ciclo vital en el excremento: el hongo se desarrolla en el tracto intestinal de diversos mamíferos herbívoros y sus esporas son expulsadas junto con los desechos del animal. El hongo «fructificará» hasta que exista cierta cantidad de luz en derredor del excremento; entonces los rayos de luz se concentran justamente en su fructificación, que es transparente y esférica, similar a una lente gelatinosa; como consecuencia, sus fluidos internos se expanden y la nueva espora sale expulsada con una fuerza impresionante, lejos del excremento. ¿Qué hay detrás de este complicado mecanismo que aparenta ser producto de un inventor loco? Pues bien, para situarse en una zona donde crezca hierba, la dirección de lanzamiento de la espora es inducida por la luz. Lógicamente, la espora necesita ser ingerida de nuevo por un rumiante para sobrevivir, y no parece que a alguna vaca le guste comer de su propio excremento, de ahí que el hongo deba alejar a su descendencia lo más posible de los desechos.

Por si fuera poca la esencia escatológica de Pilobolus, el elegante nombre del grupo de los Lycoperdales pierde su dignidad cuando nos enteramos de que significa «pedo de lobo», y es que el maravilloso mecanismo de dispersión de sus esporas se activa cuando el cuerpo fructífero del hongo es tocado por una gota de rocío o bien por un animal: a través de un agujerito salen cientos de esporas que en conjunto simulan un misterioso humo, o si prefieren verlo así, un «pedo de lobo». A este grupo pertenece el género Geastrum, cuyo significado, fácil de adivinar «astro o estrella de tierra», se debe a la bella simetría radial de sus cuerpos fructíferos y la semejanza que presenta con esos equinodermos. Ahora sabemos que no sólo hay estrellas en el mar y en el cielo, también en la tierra. Resulta maravilloso mencionar que dentro de la misma división de los Lycoperdales (la Basidiomycota), se encuentran los deliciosos y cotidianos champiñones (Agaricus bisporus), y que lo que comemos es en realidad sólo el cuerpo fructífero, o en otras palabras, su estructura reproductiva. El hongo en sí es el «micelio», una masa de células llamadas hifas, parecidas a telarañas y que se extienden por las entrañas de la tierra.

Después de conocer hongos microscópicos como Penicillium, Aspergillus y Fusarium, uno no desea encontrarse nunca jamás con una tortilla hongueada en la cocina: probablemente el lector habrá notado unas manchas rosáceas que crecen cuando la invasión es avanzada; se trata de Fusarium verticillioides: este pequeño hongo tiene la particularidad de que produce micotoxinas –toxinas propias de los hongos– como resultado de su metabolismo; si las ingerimos, es probable que suframos un desorden inmediato del sistema nervioso, y su acumulación crónica en el organismo suele ser causa de cáncer. ¡Así que mejor aguantarse el hambre y buscar otra tortilla! De hecho, la causa de que algunos hongos sean alucinógenos debido a su ingestión (como es el caso del emblemático Amanita muscaria), también se debe a las toxinas que producen, y en exceso son altamente mortales. Por ejemplo, el LSD fue sintetizado a partir del hongo fitopatógeno Claviceps purpurea, pero esta micotoxina sigue generando fuertes problemas de intoxicación entre la población consumidora de cereales, que pueden llegar a inducir el estado de coma o la muerte en el peor de los casos.

Si mencionara todas las maravillas del reino Fungi (así es, los hongos no son plantas, tienen su propio reino y de hecho están más emparentados con los animales), debería escribir varios libros; por desgracia con el tiempo, esos peculiares hongos terminarían devorándose todo su papel… así que mejor acabo aquí.

 

 

 

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Lourdes Martín Aguilar (Ciudad de México, 1994) cursa actualmente la licenciatura de Biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Conducida por su mayor pasión, la divulgación, es anfitriona en el Museo de las Ciencias Universum desde 2012. También tiene otras aficiones, como la literatura, la historia, la museología y, sobre todo, la ciencia ficción. Es editora de Cuadrivio.

Revista cultural

1 comentario

  1. Rexisto

    2 Mayo, 2015 at 23:57

    Muy buena lectura, introduce a los lectores a interesarse por los Hongos y deja unas ganas de buscar más información.

    Les sugiero que al terminar los artículos, coloquen algunas lecturas recomendadas a fin de guiar a los lectóres ávidos de más información a continuar con el tema.

    Mucha suerte y éxito.

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