Cambios genéticos dentro de la chistera: la domesticación del conejo

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David Lynch | Rabbit por FAMOUS WHEN DEAD

 

 

Agustín B. Ávila Casanueva

 

 

Alrededor del año 600 d.C. el papa Gregorio Magno, en algo que sólo puedo imaginar como una iluminación espiritual, o tal vez culinaria, decidió que los fetos de conejos eran en realidad peces. Este nuevo nombramiento les confirió una propiedad bastante importante: ahora podían ser consumidos durante la cuaresma.

Ante este cambio en la clasificación, un grupo de monjes en el sur de Francia empezó a atrapar conejos silvestres y a criarlos en cautiverio. ¿El resultado? Una especie domesticada que hace las veces de proveedora de carne y piel, mascota, y organismo modelo para la ciencia.

El hombre ha domesticado a varias especies; por ejemplo, los lobos huérfanos que se acercaban a los campamentos de nuestros ancestros hace decenas de miles de años terminaron convirtiéndose en nuestro mejor amigo. En el 2004 se encontró una tumba en Chipre con el esqueleto de un humano al lado de los restos de un gato, con esto se calculó que el proceso de domesticación de dicho felino empezó hace unos 9500 años. Sin embargo, hay quien asegura que fueron los gatos quienes nos domesticaron a nosotros para su mayor beneficio. Poco a poco nos hicimos de peces, vacas, caballos, erizos, guajolotes y varios otros animales por diferentes razones.

Los investigadores Kerstin Lindblad-Toh, Leif Andersson y colaboradores, de la Universidad de Uppsala en Suecia, sabían que la historia del conejo doméstico ofrecía una gran oportunidad para aprender más acerca del proceso de la domesticación y ésta fue objeto de estudio en su más reciente artículo, publicado en la edición de agosto de 2014 de la revista Science. Con el decreto papal sentenciado hace tan sólo 1400 años, los conejos están dentro de las especies que más recientemente se han domesticado, y además su hermano silvestre todavía salta en los campos franceses y españoles.

Después de secuenciar el genoma (todo el ADN de un organismo) del conejo doméstico, del conejo silvestre francés y del conejo silvestre español, los investigadores decidieron buscar cuáles eran las diferencias genéticas entre tres estos organismos: ¿qué hace a un conejo –o a cualquier animal– doméstico? ¿Existe un gen o genes de la domesticación?

Si bien no encontraron a un claro culpable entre las hélices del ADN, observaron que los genes que resultaron diferentes entre los conejos domesticados y los silvestres actuaban en el desarrollo y funcionamiento del cerebro. Estos son los mismos genes que en los humanos están relacionados con retraso mental, autismo y síndrome de Tourett… pero no se apuren, esto no significa que el conejo que tienen de mascota, o el que se comen, sea un autista o tenga cierto grado de discapacidad, simplemente quiere decir que el cerebro de un animal domesticado es diferente al de sus antepasados silvestres. De hecho, cuando un animal salvaje es enjaulado esto le genera un gran estrés y el comportamiento de varios animales en los zoológicos es un claro ejemplo, pues vemos grandes felinos dando vueltas incansablemente dentro de su jaula, o  bien son evidentes las complicaciones que existen para que los animales se reproduzcan. Los humanos, al seleccionar individuos cada vez más tranquilos y dóciles, pudieron fijar cambios en los conejos hasta que el instinto en las poblaciones cambió.

El análisis de los genomas del conejo domesticado y del conejo silvestre mostró que la gran mayoría de las diferencias entre ellos se debe a la regulación genética, es decir, éstos divergen en cuáles de sus genes están «encendidos» y cuáles «apagados». Dentro de los monasterios y al cuidado de los monjes, los conejos ya no tenían que estar atentos a los depredadores, la inclemencia del clima o a la competencia por el apareamiento. Ya no era necesario estar alerta constantemente, listo para salir corriendo todo el tiempo; dicho instinto resultó ser un estrés redundante durante el cautiverio, y los monjes no favorecieron la reproducción de conejos con este tipo de comportamiento, así que eventualmente se dejaron de expresar en la población los genes que lo codificaban. Lo que los monjes –y posteriormente aquellos que se dedicaron a criar conejos–, fueron seleccionando a través de los años, sin saberlo directamente, eran conejos cuyos sistemas de alerta necesitaban una señal mucho más fuerte para activarse, o que simplemente no se activaban. Este cambio al parecer fue la base de su domesticación.

Es probable que el resto de los animales domésticos haya transitado por un cambio similar. Antes de crecer más grandes, o más peludas, o con orejas caídas y colas agitadas, las especies domésticas tuvieron que calmarse, estar tranquilas en nuestra presencia y en su nuevo ambiente, recalibrar sus alarmas internas, su instinto y sus genes. No basta con sacar a un animal de lo salvaje… hay que sacarle lo salvaje al animal.

 

 

Bibliografía:

–Miguel Carneiro et al., «Rabbit genome analysis reveals a polygenic basis for phenotypic change during domestication»,  Science, Vol 345, no. 6200 pp. 1074-1079. Disponible en:
DOI: 10.1126/science.1253714

–Miguel Carneiro et al., «The Genomic Architecture of Population Divergence between Subspecies of the European Rabbit» (2014)  PLoS Genet 10(8): e1003519. doi:10.1371/journal.pgen.1003519

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Agustín B. Ávila Casanueva (Ciudad de México, 1985) es egresado de la carrera de Ciencias Genómicas, piensa que la divulgación de la ciencia puede llenar espacios culturales, de comunicación, científicos y lúdicos. Pasea a sus perros por las mañanas, lee novelas negras y juega basquetbol. Ha colaborado también con Historias Cienciacionaleslimulus Cienciorama.

Revista cultural

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