Las puertas empolvadas: Representación y estética en la ciencia

Por  |  0 Comentarios

Manuel Ochoa Sánchez

 

 

Experimentamos el mundo y no nos basta con eso; los humanos solemos ser más inquietos y un segundo impulso nos lanza a representarlo. Al interactuar con él, nombramos, plasmamos o comunicamos, y en el acto construimos una experiencia de interacción replicable nuevamente en ese mundo y comunicable a los demás, en un juego de exploración y significación que no cesa. La experiencia desnuda y cruda de voltear al cielo y alcanzar a distinguir alguna constelación (una representación humana sobre el universo que se observa), o de recibir un alud sensorial al percibir algún color, olor o sonido pareciera abrumadoramente insuficiente. La representación es un acto humano que se convierte en esa experimentación que permanece para ser evocada nuevamente; y es por eso incluso, en otro ámbito, que el arte nace, porque nuestra interacción con el mundo se mezcla con aquello que nos conforma y en ocasiones somos capaces de dejar evidencia de ello. Representar es colocar una puerta que puede abrirse en innumerables ocasiones y por quien lo desee para generar procesos de interacción única con aquello que se representa.

Como apunta Jan Golinksi (2005), nuestras formas de representación de la realidad pueden hacer posible una nueva relación entre la fuente de la imagen (es decir, aquello que se percibe y que será representado) y quien la observa [1]. Aunque en primera instancia la ciencia pareciera un acto asociado casi por completo con lo cognitivo y/o lo discursivo, en torno a una parte de la naturaleza que pretendemos entender objetivamente, resulta que verla desde una perspectiva estética supone una manera más integral de comprenderla porque entran en juego otros componentes que sin duda están presentes pero que en ocasiones suelen verse con cierto desdén. Poincaré [2] afirmaba que un científico no estudia la naturaleza porque [dicho estudio] sea útil, sino porque halla un deleite en hacerlo, y eso ocurre porque la naturaleza es bella. Y es que desde una perspectiva estética de la ciencia, el científico se sitúa como mediador entre el mundo (visto desde su perspectiva o la de un grupo del que ese científico forma parte) y un observador, de forma muy similar al artista (aunque estrictamente sus procesos de codificación sean muy distintos). El científico interactúa con una parte de ese mundo y de tal proceso emerge una representación.

La representación humana se ramifica de muchas formas y el lenguaje es su tronco principal. Nacido antes que la ciencia, el lenguaje articula mucha parte de nuestra interacción con el mundo. Derivado de éste, las palabras resultan contenedores conceptuales de nuestra experiencia con lo que nos rodea. Así, por poner un ejemplo que ilustre su complejidad, en la frase «el vaso está sobre la mesa», el concepto sobre está compuesto de tres nociones más primitivas: encima, contacto, y apoyo (Turner, 2006): el vaso está encima de la mesa y hace contacto con ésta, que a su vez le sirve de apoyo. Para decir «el vaso está sobre la mesa», entonces, integramos cognitivamente y a partir de esos conceptos más primitivos, construimos otros de mayor complejidad y carga simbólica que nos permiten expresar con una precisión justa aquello que percibimos. ¿Será que ese uso de herramientas simbólicas para pensar y comunicarnos es lo que verdaderamente nos distingue de otros animales?

Nuestra cultura misma es por completo cognitiva, está llena de ideas e imágenes y se basa en la transmisión de esas representaciones acumuladas en el tiempo por nuestras sociedades. Consideremos un ejemplo muy claro: la noción evolutiva que aportó Charles Darwin a la cultura se plasmó desde las caricaturas que se popularizaron en los años siguientes a la publicación de El origen de las especies y otras publicaciones (figura 1), hasta la parafernalia publicitaria que aun actualmente se ofrece como imagen de numerosos productos a manera de respaldo de autoridad (figuras 2 y 3). En ellas se puede observar cómo este aporte intelectual se ha integrado a la cultura y la manera en la que la sociedad aprehende dichas ideas. En este sentido es interesante notar la forma en la que la noción evolutiva se ha incorporado en la sociedad. Si uno observa, resulta evidente que la idea más difundida alrededor de la evolución es el progreso.

Figura 1. Una de las representaciones tras la publicación de The descent of man and selection in relation to sex, de Darwin, en 1871.

Figura 1. Una de las representaciones tras la publicación de The descent of man and selection in relation to sex, de Darwin, en 1871.

¿Cómo notar que es precisamente esta idea errónea de progreso la que cimenta nuestro entendimiento de la evolución? A partir de las representaciones. Estoy seguro de que a muchos biólogos nos genera un escalofrío muy similar observar la típica representación lineal de varios primates caminando en fila hacia la derecha (siempre en esa dirección), comenzando desde un chimpancé debajo del cual frecuentemente se puede leer «primate» (como si nosotros no lo fuéramos) hasta llegar al ser humano actual. Y es que la representación en algunos casos juega un papel más importante que el concepto mismo. ¿Por qué no se ha popularizado de la misma forma la alegoría de Darwin sobre una evolución ramificada en todas direcciones a la manera de un coral? Por alguna razón, seguramente arraigada en lo ideológico, nuestra cultura ha interpretado la evolución como un proceso dirigido inexorablemente al progreso, como si pensáramos aún en la Scala naturae: la gran Cadena del Ser aristotélica [3]. Esto se debe, probablemente, a que entender la evolución de tal manera tiene más sentido en función de nuestra cultura (y no tanto porque estemos convencidos de que esa interpretación describe de forma fiel a la naturaleza, necesariamente).

Figuras 2a y 2b. Ejemplos de anuncios publicitarios contemporáneos en los que se representa el cambio evolutivo como un progreso.

Figura 2. Ejemplo de anuncios publicitarios contemporáneos en los que se representa el cambio evolutivo como un progreso.

La representación no implica sólo un dibujo o algún otro esquema útil para comprender lo que se transmite, sino que es muestra también de cómo el logro intelectual (lo abstracto) que subyace a esa representación particular (lo concreto) permea en el pensamiento cotidiano y la cultura en general. Todo en la práctica científica se trata de cómo un aporte intelectual es representado y eso determina en gran parte cómo es percibido. De esta forma la codificación y el análisis de los conceptos con los que trabaja la ciencia se asocian estrechamente con su representación. Se asocia a Newton con una manzana que cae, a Lamarck con jirafas o a Einstein con su bella y simple E=mc2 a partir de sus representaciones que cargan tras de sí toneladas de significado en muchos sentidos (aunque se deformen con los años hasta convertirse en un simple recurso de asociación).

Los numerosos cartones que muestran a un mono con la cabeza de Darwin, aunque han sido considerados por muchos una burla y desacreditación de la teoría propuesta, bien podrían interpretarse también (en algunos casos) como un homenaje a sus ideas y a la forma en la que se ha entendido su aportación. No sólo importa la representación en sí misma, también hay que conocer el impacto que ésta genera al ser interpretada. La ciencia difícilmente funciona sin modelos, que son precisamente nuestros recursos intelectuales utilizados para la explicación de ciertas ideas. En mi carrera, uno de mis maestros se refería a los modelos científicos como «caricaturas de la realidad», y mucho hay de cierto en esa afirmación. Los modelos son esos recursos que usamos en dos sentidos: mostrar y comunicar la esencia de una idea, y por otro lado son también el resultado de nuestra forma particular de interacción con lo que hallamos en la naturaleza.

Para ejemplificar la última idea narraré brevemente mi experiencia alrededor de una de mis obras favoritas, no sólo en pintura sino en arte en general. El Saturno de Goya es una pintura fuertísima en muchos sentidos, desde el título. Fijar la atención en su mirada siempre me ha producido un vértigo tremendo porque es como situarte frente a una bestia en pleno frenesí. A mi manera de ver, no hay representación más angustiante sobre el tiempo, pero no sólo eso, sino que la figura retrata nuestra indefensión frente a su poder hambriento a la vez que muestra el ansia misma de la humanidad y su terror ante este fenómeno. Para notarlo basta ver la tensión que ilustra Goya mediante la fuerza con la que las manos de Saturno sujetan (el verbo se queda corto) al cadáver de su hijo. La pintura tiene un poder simbólico alucinante: no representa sólo al tiempo transcurriendo a costa de cualquier cosa, sino que me deja como espectador frente una escena vívida y cruel ante la que soy incapaz de intervenir. El tiempo ahí no transcurre como el polvo que llega y cubre delicadamente una superficie, sino que desgarra y destruye sin el menor reparo. En relación a su inmensidad y poder, Goya establece la insignificancia del resto mediante dos elementos: el tamaño de la figura devorada y la oscuridad que enmarca la escena.

Cuando me enfrento como espectador a una representación, no simplemente observo lo que se muestra en un lienzo. Lo que ocurre en mí es un proceso muy veloz de interacción en el que deconstruyo: fragmento al observar los elementos individuales de la pintura y su unión; reconstruyo: interpreto, siento; y resignifico: integro nuevamente y le doy valor a lo que percibo según mi experiencia como individuo. En otras palabras, uso la obra de Goya como punto de partida para crear una experiencia única alrededor de ella en función de mi bagaje, sensibilidad y otros elementos. Mi participación ahí es totalmente activa y no termina al observar. Ese momento en el que me enfrento a la obra ya ha sido premeditado por el artista, no en lo que respecta a mi manera específica de admirarla (obviamente Goya ni nadie anticiparía lo que yo sentiré al apreciar su pintura), sino al concebir un artefacto estético que provoque tal proceso. Con la representación científica sucede algo así, aunque no sea tan evidente y en ocasiones la situación sea menos sensible y quizás más sutil que al admirar arte.

La representación es entonces para la ciencia la forma en la que su trabajo se expone al espectador por medio de modelos construidos mediante distintos recursos. Como con el arte en ese sentido, se busca que entre el sujeto que accede a un mensaje representado y éste ocurra un proceso de interacción que vincule los saberes, experiencias o sensaciones de quien observa con aquello que se plasma. Uno podría pensar que la ciencia no entiende de estética, que ese elemento es fiel compañero del arte y de nadie más debido a su componente sensible. Sin embargo, si nos adentramos un poco en sus caminos, resulta que, vista desde lo cognitivo, la actividad científica se abre ante el camino de este proceso y su llave principal es el lenguaje materializado en una representación, un modelo. En este sentido, hace falta preguntarnos más cómo es que los significados son creados por aquellos que producen las representaciones y, sobre todo, por aquellos que las interpretan (Golinski, 2005).

Sin entrar por ahora en la discusión (enorme) sobre qué tanto los modelos son representaciones fieles de la realidad, podríamos establecer que la ciencia utiliza los modelos y, en un sentido más general, elabora teorías [4] para representar a la naturaleza. ¿Qué papel juegan los modelos? Para muchos, estas representaciones manifiestan la esencia misma de la naturaleza; es decir, la ciencia actúa y gracias a ella descubrimos cómo es el mundo. La ciencia vista de esta forma es la herramienta humana de acercamiento a la Realidad. Para otros, y me incluyo, dado que no podemos desprendernos de nuestra cultura, contexto e intereses al hacer un juicio sobre algo del mundo, las representaciones sí nos dicen algo de la naturaleza, pero no son buenas o malas por qué tan bien la describan, sino por su efectividad para explicar ciertos fenómenos a la sociedad y por qué tan bien funcionan para basar en ellas sus criterios de verdad.

Es importante establecer que el mundo existe independientemente de nuestras creencias y representaciones. Sin embargo, el mundo ya representado es necesariamente dependiente de nosotros, porque todo conocimiento del mundo se lleva a cabo mediante una descripción, que a su vez es influida por nuestros intereses y creencias. No hay tal cosa como una naturaleza que habla por sí misma para que nosotros la interpretemos con veracidad mediante la ciencia. Hacer esta distinción es muy importante aunque parezca un juego de palabras circular, porque no es cierto que el fuego exista sólo a partir de que lo nombramos con esa palabra o lo representamos de alguna forma: el fuego existe y existía antes de ser nombrado, pero el concepto y su representación surgen de nosotros, no del fuego en sí.

Me detendré aquí por ahora, aunque sin duda este tipo de planteamientos nos pueden llevar a un vértigo filosófico muy fructífero. El punto que me gustaría recalcar nuevamente es que una grandísima parte de la ciencia consiste en la representación, que a su vez corresponde a las maneras que usamos para coordinar distintos elementos simbólicos y explicar con ellos una parte de la naturaleza. Al pensar en ciencia, quizás hemos pasado demasiado tiempo cruzando puertas ya desvencijadas como la que nos invita a preguntarnos, a mi parecer mucho más veces de lo que mereciera, si la ciencia es realmente la objetiva búsqueda de la verdad que de pronto queremos que sea (ignoro por qué razón y creo que no lo es). Analizar el trabajo y camino científico a través del lenguaje y los procesos estéticos que ocurren cuando nos apropiamos del significado de una representación podría permitirnos plantear preguntas muy importantes sobre nuestra construcción cultural del mundo, o al menos parte de ella. Para terminar, dejo un par de preguntas con las que pretendo hacer énfasis en la existencia de esas puertas empolvadas que sería bueno abrir más seguido para continuar con estas discusiones: ¿existe algo en el mundo (o del mundo) que sea independiente del lenguaje que usamos para representarlo? ¿El mundo determina la verdad o falsedad de nuestras creencias?

 

 

Referencias bibliográficas

Jan Golinski, Making natural knowledge: Constructivism and the history of science, 2ª edición, EE.UU., The University of Chicago Press, 2005.

Mark Turner (ed.), The artful mind: Cognitive science and the riddle of human creativity, EE.UU., Oxford University Press, 2006.

 

 

NOTAS

[1] Aquí cabe una aclaración que se detalla posteriormente: nuestra representación de la realidad no define el mundo; es decir, el mundo no depende de nuestra representación. En otras palabras, nuestro contexto e intereses definen cómo será nuestra representación, no cómo es el mundo en sí mismo. Quizás no se trata de cómo nuestro conocimiento nos permite conocer de manera correcta una realidad, sino de cuáles son y cómo operan los hábitos que tenemos al enfrentarnos a ésta.

[2] Henri Poincaré (1854-1912), filósofo y matemático francés.

[3] La Cadena del Ser fue la interpretación predominante sobre el orden jerárquico de la naturaleza durante siglos. A partir de una de las primeras nociones de evolución biológica, la de Lamarck, se asumía que el impulso de cambio de los organismos se establecía en función de una tendencia a la complejidad y perfección, es decir, la evolución tendría el rumbo ascendente que mostraba la Scala naturae, desde las rocas inanimadas, las plantas y los animales poco complejos hasta el humano.

[4] La palabra teoría frecuentemente se presta a confusiones porque tiene dos significados. Se usa de modo cotidiano para referirse a una conjetura, suposición o hasta una opinión. Sin embargo, el concepto científico de teoría involucra un sistema de principios que incluyen observación, instrumentación, predicción e incluso el establecimiento de ciertas nociones de verdad y esquemas conceptuales alrededor de una parte de la naturaleza que se observa e interpreta.

 

 

_____________________________

Manuel Ochoa Sánchez (Ciudad de México, 1988), cuasi maestro en Ciencias biológicas por la UNAM orientado a la ecología evolutiva. Es un explorador de la filosofía de la ciencia y la evolución de las interacciones bióticas con especial interés en los temas de educación, lenguaje y comunicación científica. Poeta de clóset.

Revista cultural

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *