La actitud científica como ejercicio de autonomía

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La importancia de las ciencias es tan grande como flagrante es su ausencia en prácticamente todas las revistas culturales, no se diga ya en el debate público. A partir de este mes, Cuadrivio dará un mayor impulso a la divulgación científica con la inauguración de «Nullius in verba», columna en la que Manuel Ochoa, joven biólogo mexicano, discutirá temas centrales de la filosofía de la ciencia y de la evolución biológica. Pese al aura de inefabilidad que los rodea, los científicos no son miembros de una élite de «buscadores de la verdad» ni la ciencia es la cúspide de la pureza y la objetividad intelectuales. Por el contrario, en muchas ocasiones las casualidades, los prejuicios, los intereses particulares y el asombro han jugado un papel fundamental en la construcción del conocimiento científico. De ahí la importancia de discutir las formas mediante las cuales la humanidad hace y ha hecho ciencia, comenzado con una pregunta elemental: ¿para qué sirve la ciencia?

 

 

Manuel Ochoa Sánchez

 

 

Cualquier ideología que hace al hombre cuestionar creencias heredadas es una ayuda a la ilustración.

Paul Feyerabend[1]

 

¿Para qué sirve la ciencia? Esta pregunta tiene tantas respuestas como puertas de entrada por las que se aborde. Si partimos de un punto de vista pragmático, diríamos, por ejemplo, que la ciencia ha impulsado el desarrollo de numerosos artefactos que modifican (¿simplifican?) nuestra vida día con día. Es gracias a la ciencia que entendemos a la naturaleza de formas tan específicas como nunca pudimos haber imaginado, y a partir de ello somos capaces, en ocasiones, de modificarla según nuestros intereses o necesidades. En otros puntos de análisis, la ciencia ha permitido a la humanidad llegar a un entendimiento del mundo, en mayor o menor medida, consensuado en cada momento histórico, es decir, como producto del trabajo científico, se han formulado y reformulado afirmaciones que dan cuenta de nuestra experiencia con el mundo que nos rodea, lo que supone, frecuentemente, la conformación de los saberes de nuestras sociedades.

Para responder a esa pregunta también es necesario tener en mente situaciones más difíciles de asimilar: la ciencia en ocasiones ha servido para legitimar horribles ideas políticas y respaldar violentos fines[2]. Ha sido útil para ejercer cierto poder basado en el elitismo intelectual o incluso para sostener radicalizaciones ideológicas. Se ha hecho referencia también, con un dejo de arrogancia, a que la ciencia sirve para hacer frente a las supersticiones y formas estancadas de pensamiento. Aunque mucho se ha discutido sobre la utilidad en sentido amplio de la ciencia, la exploración de su impacto en una dimensión personal frecuentemente pasa de largo. ¿Existen repercusiones más allá de lo dicho en términos sociales o globales? ¿Nos sirve de algo la ciencia a nosotros como individuos?

A finales del siglo XVIII, Immanuel Kant sintetizó con una frase la esencia de la ilustración en uno de sus ensayos más conocidos, «sapere aude», que del latín se ha traducido frecuentemente como «piensa por ti mismo», una frase popularizada por este filósofo alemán cuyo origen se remonta a las epístolas del poeta romano Horacio (hace más de 2000 años). Más que como concepto, la forma en la que Kant la aborda es a manera de invitación, una propuesta que al mismo tiempo afianza los principios surgidos desde uno de los procesos culturales más liberadores y trascendentes que ha emprendido la humanidad en su historia.

Es audaz quien toma una decisión –o asume una postura ideológica– que desafía el convencionalismo, pero no sólo lo es por eso, sino por hacerse cargo de las consecuencias que implica. En ese sentido, la raíz etimológica de la palabra refiere a la misma aude que incluye Horacio en la segunda epístola de su primer libro: «Dimidium facti, qui coepit, habet; sapere aude, incipe» (quien ha comenzado, ya ha hecho la mitad; atrévete a saber, comienza). En esta frase Horacio invita a enfrentar con audacia el conocimiento. Aunque se traduce comúnmente como «atrévete a saber», su significado se sugiere aún más profundo que un simple atrevimiento. La propuesta detrás de la invitación de Kant corresponde para él con la esencia misma de la ilustración, el despertar de la civilización occidental: ten el coraje de valerte de tu propio entendimiento.

En su ensayo «Was ist aufklärung?» («¿Qué es la ilustración?») [3], Kant aventura una afirmación, menciona que la humanidad se encuentra en una minoría de edad cuando se niega, por pereza y cobardía (sic), a dejar atrás la dependencia de otros y conducirse por sí misma. «Si tengo un libro que piensa por mí, un pastor que reemplaza mi conciencia moral, un médico que juzga acerca de mi dieta, y así sucesivamente, no necesitaré del propio esfuerzo». Es importante señalar aquí que Kant no demerita el valor de los referentes intelectuales y morales per se; lo que considera ilegítimo, sin embargo, es cierta actitud al enfrentarse a esas autoridades. Lo criticable, según él, radica en que se sustituya el propio entendimiento o proceder por aquello que brinda otro (un libro, el pastor o el médico, en este caso). Cuando abandonamos nuestra voluntad intelectual y la otorgamos a lo que, consideramos, posee la autoridad para regir nuestras decisiones y posturas estamos siendo menores de edad en la medida que despreciamos nuestra autonomía.

La ciencia, entonces, resulta útil para superar esa minoría de edad a la que se refiere Kant en su ensayo sobre la ilustración. Uno de los combustibles de la visión científica del mundo –nos dediquemos o no a alguna disciplina científica– consiste en un incesante cuestionamiento crítico motivado por la duda y el asombro, que se materializan en prácticas concretas. Si entramos al terreno filosófico y dejamos de lado por un momento los beneficios tangibles y prácticos que brinda la ciencia, podemos resaltar que su valor se relaciona también con una actitud de autosuficiencia intelectual, de tener el coraje de valernos de nuestro entendimiento. Tampoco se trata de deambular en el mundo sin guía o referencia alguna, sino de evitar que éstas se vuelvan límites innecesarios a nuestras maneras de conducirnos. En palabras de Foucault a este respecto, «no vayas más allá de los límites [de tu razón], pero da un uso autónomo a tu entendimiento»[4].

Una de las instituciones científicas más antiguas, la Royal Society de Londres, adoptó como lema una frase obtenida también de las epístolas de Horacio. Se sintetizó como «nullius in verba» y frecuentemente ha sido interpretada como «las palabras no importan» haciendo suponer que una frase complementaria sería «sólo los hechos», lo cual tendría sentido si pensamos que eso es lo importante para la ciencia. Sin embargo se trata de un extracto que mantiene la esencia de la frase que aparece en el texto original: «Nullius addictus iurare in verba magistri» (No estoy obligado a jurar por las palabras de ningún maestro) [5]. Nullius in verba no se refiere a que no importen las palabras, sino «en palabras de nadie [apoyaré mi juramento]». Para llevarlo a este ámbito, la frase podría interpretarse como una referencia a la idea de que un pensamiento, cuando es autónomo, no depende de las ideas de nadie para afirmarse. Esa es la esencia del lema de la Royal Society y bien valdría tenerla en cuenta al intentar incorporar los principios del pensamiento científico a nuestras vidas: cuestiona metódicamente, aun cuando aquello que quede en entredicho sea la palabra de una autoridad o tus mismos principios.

En ocasiones la naturaleza que observamos nos deja frente a dos posibilidades: seguir el camino de cierta evidencia nueva que implica abandonar parte de las explicaciones construidas anteriormente, nuestras ideas y concepciones actuales; y por otro lado, elegir continuar sobre el terreno de las ideas hegemónicas de nuestra época y afinar el conocimiento desde ahí, si es posible. Charles Darwin, por ejemplo, se enfrentó al enorme conflicto de estructurar y dar a conocer una idea novedosa aun cuando ponía en entredicho parte de sus arraigados principios y los de su familia por la carga materialista que implicaba su obra. Aun así El origen de las especies es una de las puestas en práctica del nullius in verba más emblemáticas, de modo similar al desafío intelectual ofrecido por Einstein a la tradición científica que cimentó Newton sobre la gravitación. Tiempo antes, Giordano Bruno propuso un cambio radical en la noción de lo finito e infinito con respecto a la tradición que venía de la Grecia antigua[6] y pasó por ello gran parte de su vida en prisión hasta que terminó quemado vivo en Roma sin ceder ante la inquisición, que intentó hacerlo cambiar de opinión. Aunque en el caso de Giordano Bruno la obstinación ideológica no estuvo fundamentada en evidencia alguna y su obra fue más bien poética, los anteriores son ejemplos de cómo esas nociones del sapere aude y del nullius in verba fueron piedras angulares en la forma de posicionarse ideológicamente en el mundo.

Es una tentación común revestir a la ciencia de un halo de veracidad y autoridad tales que, incluso sin notarlo, la sitúen en un punto en el que resulte prácticamente indistinguible de los más arraigados e incuestionables dogmas que frecuentemente decimos rechazar. En esta delicada situación resulta importante intentar asumir una actitud flexible y tener claro que, como toda actividad humana y aunque de pronto no nos guste aceptarlo, la ciencia no se desliga nunca del contexto e ideología de quien la practica, además escapa a la objetividad pura que de pronto valoramos tanto y que lleva a posturas dogmáticas tan inconvenientes como otras. Detrás del sapere aude, y del nullius in verba, se encuentran entonces las mayores lecciones que la ciencia podría brindar a los individuos que la incorporan a sus hábitos: ten el valor y la responsabilidad de hacerte cargo de tu entendimiento, piensa por ti mismo sin depender de nadie, aun cuando te enfrentes a las afirmaciones de autoridades en distintos ámbitos. Independientemente de los logros sociales y globales que la ciencia represente, a un nivel individual, la actitud crítica, reflexiva y autónoma es un pilar fundamental del que podemos echar mano como individuos al hacer ciencia o adoptar sus mecanismos, aun cuando no nos dediquemos profesionalmente a ella.

 

 

NOTAS

[1]Paul Feyerabend, «Cómo defender a la sociedad de la ciencia», en Ian Hacking (ed.), Revoluciones científicas, México, FCE, 1985.

[2]Tras la publicación de El origen de las especies, de Charles Darwin, se llevó a cabo una interpretación social de la selección natural a finales del siglo XIX con la que se pretendía intervenir en la composición de la población según características arbitrariamente determinadas como exitosas, en una especie de selección artificial humana que dirigiera la evolución. La eugenesia fue parte de los programas del Estado nazi del siglo XX que pretendían instaurar una purificación racial.

[3]Immanuel Kant, «Contestación a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración», en Filosofía de la historia, México, FCE, 2002.

[4]Michel Foucault, «El gobierno de sí y de los otros». México, FCE, 2009, p. 47.

[5]Al contextualizar un poco más la epístola, queda al descubierto con mayor claridad su tono de invitación al ejercicio de la autonomía intelectual, que podría verse analizando sus líneas:

Ac ne forte roges quo me duce, quo lare tuter,

nullius addictus iurare in verba magistri,

quo me cumque rapit tempestas, deferor hospes.

No cuestiones quién me guía ni en qué casa me albergo;

no estoy obligado a jurar por las palabras de ningún maestro;

seré un invitado en donde sea que la tormenta me coloque.

[6]Para los griegos lo infinito, en tanto indeterminado, resultaba inaccesible para la razón humana. El mundo cimentó gran parte de su tradición ideológica a partir de esta noción. Giordano Bruno comprendía el infinito en una forma distinta, como algo inagotable pero no por ello limitante, con esto hacía un simil al poder ilimitado del intelecto humano para autoliberarse. Con él comenzó la metafísica moderna.

 

 

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Manuel Ochoa Sánchez (Ciudad de México, 1988), cuasi maestro en Ciencias biológicas por la UNAM orientado a la ecología evolutiva. Es un explorador de la filosofía de la ciencia y la evolución de las interacciones bióticas con especial interés en los temas de educación, lenguaje y comunicación científica. Poeta de clóset.

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