Al filo de la metáfora

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De transportes y un famoso que entra por la puerta 

En Grecia (y seguramente también en Chipre), dicen los que saben, es posible encontrar de pronto por la calle camiones que llevan el letrero Μεταφορεσ («metafores») sobre el remolque. Esta curiosa situación confirma, de entrada y sin tanta sorpresa, que el griego es una de las raíces de nuestra lengua, y por otro lado nos permite tener una idea sobre el origen de esa palabra que nuestro idioma ha tomado y en el que se sigue usando con frecuencia. Sucede que los vehículos que llevan ese anuncio son generalmente camiones de mudanzas o de transporte de materiales en general. La palabra metáfora en nuestro idioma, entonces, tiene ese origen y curiosamente un uso similar aunque no tan literal. Las metáforas sirven como transportes conceptuales que usamos para llevar, de forma accesible, una idea a otro sitio,[1] particularmente cuando queremos expresar una idea en términos distintos a aquellos en los que originalmente se formuló. La metáfora es una referencia hasta cierto punto comparativa, como sucede con el símil,[2] además de una representación simbólica con imágenes que, en su sentido primigenio, expresan algo diferente, de manera similar a las alegorías.[3] Aunque la metáfora tiene puntos en común con estas figuras retóricas, cuando se la usa en ciencia no posee un valor en sí misma ni persigue fines estéticos, sino que pretende, sobre todo, facilitar el entendimiento del contenido que se compara. En otras palabras, lo importante al usar una metáfora en ciencia es el mensaje que se codifica, no sólo la forma que empleamos para codificarlo. Usarla es, en muchos casos, fundamental para compartir un conocimiento que de otro modo sería difícil de abordar. La metáfora en ciencia es un ejercicio importante de entendimiento de un fenómeno particular, y su efectividad radica en la forma en la que se vincula con algún aspecto de nuestra experiencia al que tenemos acceso de manera cotidiana con respecto a la idea a la que se hace referencia.

Mediante las metáforas, dos sistemas de ideas pueden interactuar y a partir de eso se establecen similitudes. En biología, por ejemplo, usamos el término «bomba de sodio y potasio» para referirnos a la dinámica en la que se regula la entrada y salida de estas sustancias a través de la célula. En física una de las metáforas usadas para explicar el bosón de Higgs es la del famoso que llega a un cuarto lleno de gente (figura 1). Ciertamente, lo que hay en una célula no es una «bomba», sino un conjunto de proteínas de cierta afinidad química, ni las partículas subatómicas se comportan como personas; sin embargo, para entender esos mecanismos y explicarlos, podemos tomar de nuestra experiencia diaria el funcionamiento de una máquina de bombeo o una reunión de personas que interactúan con otras, y llevarlo a los fenómenos naturales que interpretamos. En todos los casos, lo que sucede con esas explicaciones son historias en las que se intenta equiparar nuestra experiencia cotidiana con aquello que quizás no lo es tanto.

 

BossondeHiggs

Figura 1. David J. Miller, University College, LondonPara explicar el bosón de Higgs con una metáfora, podemos imaginar un cuarto lleno de gente en el que, después de un tiempo, entra una persona famosa que conocen algunos de los presentes. A su alrededor se ubicarán entonces muchas personas que la reconocen. Para aterrizar la metáfora, podemos decir que la gente que se encuentra en el cuarto representa a las partículas; la famosa que entra, al bosón de Higgs, y la interacción del público con la persona que entra describe el acoplamiento de las partículas con el bosón, lo que las dota de masa (en la imagen las personas que interactúan con la famosa, tienen un color distinto al resto). Mientras más interactúen, más masa tendrán (véase http://www.hep.ucl.ac.uk/~djm/higgsa.html)   

 

Como el camión de mudanzas, la metáfora es un recurso que nos permite llevar un contenido de un sitio (su sentido original) a otro (un caso distinto pero equivalente), y comúnmente es utilizado en aras de entender o explicar algo que nos interesa. A diferencia del uso de figuras retóricas en ciertos momentos, mediante la metáfora se pretende mantener de la mejor forma posible la esencia del mensaje que se transmite y buscar que exista, en la medida de lo posible, una equivalencia entre los componentes de la metáfora. Para ello se debe elegir una buena forma de representación, y por otra parte tener claro que resulta fundamental hacer explícito en qué momento la metáfora llega a su límite y es necesario dejar de utilizarla. Resulta entonces de gran complejidad la construcción y el uso de metáforas adecuadas porque hay ocasiones en las que nuestros recursos cotidianos no son suficientes para exponer con claridad una idea abstracta y corremos el riesgo de malinterpretar la información por una mala elección de la metáfora. En cualquier caso, antes de lanzarnos al lenguaje metafórico, es necesario definir con claridad y concisión lo que describiremos.

 

Definir es trazar fronteras

 Al definir establecemos un límite entre aquello que compone algo y aquello que no es estrictamente propio de lo que definimos; en otras palabras, definir es decidir qué queda fuera y qué queda dentro al referirnos a algo de lo que hablamos. Podemos decir que una definición lógica consta de dos partes: el género próximo, es decir, la primera aproximación a lo que definimos (que consiste en la delimitación más importante del objeto en cuestión), y por otro lado las diferencias específicas, que describen otras características que distinguen a lo que definimos, pero que resultan secundarias con respecto a la primera aproximación. Idealmente, al definir intentamos clarificar qué es algo, dejando fuera explícitamente todo aquello que no es. Definir bien no es sencillo, y es común que no nos tomemos el tiempo suficiente para hacerlo. Sin embargo, con frecuencia, una buena definición determina gran parte del entendimiento que tenemos en torno a aquello que definimos y en eso radica su importancia.

Por ejemplo, podemos decir que las plantas son organismos eucariontes con pared celular y embrión. En botánica, una definición útil de planta comenzaría con «organismo eucarionte». Este inicio, que es muy general, deja fuera a 1) todo aquello que no es un organismo (desde moléculas hasta martillos o edificios, aunque sea obvio) y 2) todos los organismos cuyas células no son eucariontes (como las bacterias, que entre otras características, no poseen un núcleo definido). Pero con esto no basta, pues existen organismos eucariontes que no son plantas; por eso sirve entonces establecer las diferencias específicas: «con pared celular y embrión». Aquí la aclaración de la pared celular indica que las plantas no son animales, porque éstos tienen células sin pared celular, y la aclaración sobre el embrión (al hablar de la semilla) deja fuera de la definición a las algas y a los hongos, que son eucariontes no animales con pared celular, pero no son plantas. Así, esta definición, que contiene apenas cuatro conceptos, excluye a todo menos a las plantas, que son precisamente aquello que buscamos definir.

Las definiciones delimitan progresivamente de lo general a lo particular, y nos permiten decir exactamente qué es lo que describiremos y de qué estamos hablando. Es común que al definir incluyamos características que no tiene aquello que definimos. Esto es un problema, porque para decir lo que es algo, no resulta tan útil hacer un listado de lo que no es. «Un humano es un animal que no tiene escamas, ni aletas», sería una definición muy extraña y a la cual le faltaría mucho más si siguiéramos con esa forma de definir, porque quizás nunca terminaríamos y sobre todo no quedaría muy claro a qué nos referimos. Definir se parece mucho a jugar el famoso Adivina quién, pues comenzamos con rasgos muy generales y progresivamente nos vamos quedando con aquello que nos interesa, al tiempo que descartamos, mediante aclaraciones específicas, el resto de características que no resulta relevante incluir.

Esa definición de planta puede resultar extraña o incompleta para algunas personas, pues no incluye características tan conocidas como la fotosíntesis, pero incluirla como parte de la definición puede no ser tan útil porque hay seres vivos que hacen fotosíntesis y no son plantas (las algas o las cianobacterias), e incluso organismos que sí son plantas pero que no hacen fotosíntesis.[4] Esto no significa que la fotosíntesis no sea importante al hablar sobre las plantas, sino que no es algo exclusivo de éstas y por lo tanto no es necesario incluirla al definir lógicamente (aunque seguramente sí lo sea al describir de forma más detallada a estos organismos). Existen muchas formas de definir que responden a contextos y objetivos particulares, y que por lo tanto pueden no requerir de tanto detalle o ser tan estrictas. Sin embargo es relevante entender que el ejercicio de definir es un primer paso en el entendimiento de algo y que puede ayudarnos muchísimo, posteriormente, cuando nos dispongamos a describirlo en otros términos usando metáforas u otro tipo de explicaciones. En otras palabras, antes de buscar maneras de explicar algo, primero tenemos que entender qué es.

 

Precaución: sobredosis de metáforas

La ciencia es una actividad que está llena de metáforas. Esto se debe en gran medida a que lidia con situaciones o fenómenos que no necesariamente pueden ser experimentados directamente por las personas, para lo cual es necesario echar mano de estrategias de representación que muestren aquello de lo que se quiere hablar en formas concretas que las acerquen un poco a la experiencia cotidiana de quien las comprende. Como se mencionó anteriormente, para describir los fenómenos con los que la ciencia trabaja, es útil el uso de transportes conceptuales que lleven una idea de un sitio a otro de forma que podamos comprenderlo. En física se usa la metáfora de partículas para referirse a los átomos y a sus componentes (las partículas subatómicas) aun cuando estrictamente éstos no tienen la solidez de una partícula tal y como se entiende cotidianamente; Descartes en el siglo XVII se refirió al funcionamiento de gran parte del mundo como una máquina; en biología usamos la metáfora de la información para referirnos al material genético o a la del árbol para hablar de la relación de parentesco entre los seres vivos.

Quizás sea muy difícil entender o explicar por completo y claramente, sin metáforas, qué es un átomo, cómo funciona el mundo, qué es el material genético o cómo es la relación de parentesco entre los organismos, pero detrás de esas formas de explicación se muestra la manera en la que nuestra experiencia cotidiana (familiarizada con partículas, máquinas, información y árboles) explicaría esos fenómenos de mayor complejidad según las personas que lo intentan dar a conocer. Pese a lo anterior, el uso de metáforas suele ser delicado; en ocasiones confiamos tanto en ese recurso explicativo, que en ocasiones a lo largo del tiempo se entiende más la metáfora que el fenómeno que describe. Sí, mediante las metáforas nos acercamos en cierta medida a la descripción real de una parte del mundo, sin embargo es necesario ser cuidadosos y no tomarlas demasiado en serio ni de un modo tan literal. ¿Qué consecuencias puede tener el abuso de las metáforas? ¿Cómo construir aquellas que den cuenta en buena forma de lo que queremos decir? ¿Cómo sobrevivir al uso de las metáforas?

Cuando se dice que el DNA contiene información de los organismos, por ejemplo, la afirmación que se realiza ahí es una metáfora directamente. En realidad el DNA no contiene nada estrictamente hablando, sino que es una estructura formada a partir de monómeros (moléculas más simples) cuyas reacciones con ciertas moléculas a partir de mecanismos celulares, implican la formación de otras moléculas que son útiles para el organismo en distintos grados y según muchos factores. Si describimos al DNA como una molécula que contiene información, y en esa explicación nos quedamos, caemos en la imprecisión común de mezclar metáfora con definición. En ocasiones, el mensaje original y el metafórico se encuentran traslapados, y frecuentemente esto nos permite entender de qué se está hablando. Aunque por lo general nos tomemos ciertas licencias de lenguaje al referirnos a ciertos conceptos, esto tiene el riesgo de no sacar del «camión de transporte» el mensaje que subimos antes de iniciar su camino.

A partir de una buena metáfora, idealmente, se logra que el conocimiento o experiencia cotidiana se equipare con el contenido que se pretende comunicar. Con una mala metáfora, por el contrario, aunque podemos llegar al entendimiento de una parte de la idea original, corremos el riesgo de enmascarar también parte de la labor científica que se realiza; para ponerlo en términos simples, la metáfora que elegimos también puede ser en ocasiones una piedra que ponemos en nuestro propio camino, sobre todo si abusamos de su uso. Puede ocurrir que una metáfora sea muy exitosa y se difunda en gran medida, pero si resulta inconveniente para mostrar con fidelidad la idea que se busca transmitir, es necesario ajustarla o incluso dejar de utilizarla. Las metáforas influyen en nuestra forma de pensar e indudablemente la ciencia echa mano de ellas de forma recurrente, sin embargo esto suele tener inconvenientes importantes porque con frecuencia se convierten en dogmas (Ball, 2011) y porque no siempre se adecuan, a lo largo del tiempo, con lo que se sabe sobre aquello que explican. Es por eso que resulta importante evaluar continuamente si los recursos que elegimos para explicar, dan cuenta de los hechos que queremos ilustrar, y sobre todo cómo cambian o pueden cambiar, a partir de las evidencias recientes que nos permiten acercarnos a ese conocimiento; finalmente, «el precio de la metáfora es [o debería ser] la eterna vigilancia» (Rosenblueth y Weiner, 1951).

Las metáforas son herramientas muy útiles de representación y tienen gran importancia en el trabajo y la enseñanza de la ciencia en general; sin embargo, como muchas cosas, deben ser vistas en perspectiva. Para hacerlo resulta necesario intentar comprender aquello que analizamos teniendo claro dónde comienza y dónde acaba (o resulta insuficiente) la metáfora. Frecuentemente, el recurso que elegimos para explicar un fenómeno determina totalmente la forma en la que será comprendido. En ocasiones abusamos cuando intentamos cuadrar cada explicación en una metáfora que la contenga, y esto lleva a malas interpretaciones de aquello que buscamos transmitir. A veces incluso, nuestra obsesión por la metáfora misma subestima la capacidad de entendimiento y abstracción de las personas a las que intentamos comunicar un fenómeno, y corremos el riesgo de infantilizar la información al grado de la confusión y la imprecisión.

En ocasiones las metáforas nos permiten facilitar el entendimiento y la comunicación de una gran cantidad de fenómenos, sin embargo son también un arma de doble filo. Usar metáforas en ciencia (o en su divulgación), es emplear un vehículo de transporte para llevar cierto conocimiento a determinado sitio (otros científicos o el público en general), pero es importante saber cómo y a cuál camión subirlo, preguntarnos antes si hacerlo vale la pena, así como también tener idea de cómo descargarlo cuando ha llegado a donde queremos. Esto es fundamental, aunque en ocasiones pensemos que lo primordial es el transporte (la metáfora) cuando en realidad es el contenido de ésta lo que importa. Si dedicamos más esfuerzo a encontrar metáforas que a comprender lo que queremos comunicar realmente, corremos el riesgo de que ese conocimiento permanezca siempre adentro del transporte que elegimos, que quizás nunca llegue a su destino, o que confundamos la carga que buscamos transportar (el conocimiento científico), con el camión mismo.

 

 

REFERENCIAS

Philip Ball, «A metaphor too far», Nature, 23 de febrero de 2011. Disponible en red: http://www.nature.com/news/2011/110223/full/news.2011.115.html

R.C. Lewontin, «In the Beginning Was the World», Science, vol. 291, número 5507, 16 de febrero de 2001, pp. 1263-1264.

Arturo Rosenblueth y Norbert Weiner, «Purposeful and Non-Purposeful Behaviour», Philosophy of science, vol. 17, número 4, octubre de 1950, pp. 318-326.

 

 

 

NOTAS

[1] La palabra griega surgió del latín metaphérein, que significa transporte o transferencia, llevar de un lugar a otro. A partir de ese concepto, el griego moderno sigue empleando el término.

[2] En un símil se comparan dos ideas distintas que se asemejan en alguna cualidad:

Ésta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes:

vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos

y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos

y a lo ancho de los países

y las distancias eran como inmensos océanos

y tan breves como una sonrisa sin luz.

Efraín Huerta, «Éste es un amor» (fragmento)

 

[3] Las alegorías pueden entenderse como una sucesión de metáforas que se refieren en general a una idea o a un mensaje representado con recursos simbólicos. Un ejemplo muy evidente puede verse en la historia de la caverna, de Platón, en la que se establece una postura ante la forma que tiene la humanidad de acercarse a la realidad, según su perspectiva filosófica. Mediante esta narración se describe cómo ciertos prisioneros encerrados en una cueva interactúan, según sus posibilidades, con lo que sucede fuera de ella. Como ciertas partes de la metáfora, la alegoría «esconde» un mensaje general entre líneas que puede no ser referido explícitamente en su contenido ni precisa de una similitud directa con el mensaje al que se equipara. La traducción de «metáfora» del español al griego nos lleva, de hecho, a la palabra alegoría.

[4] Cuscuta es un género de plantas parásitas que crecen absorbiendo los nutrientes de otras. Las especies de este género son conocidas como diablo en muchas partes de nuestro país y resultan similares, en forma, a los tallos de una enredadera, pero son más delgadas y de color amarillo o naranja. Otro ejemplo de planta que no hace fotosíntesis es la interesante Lacandonia schismatica que habita en la selva Lacandona y cuyas flores son blancas como el unicel. Si definiéramos a las plantas en función de la fotosíntesis, ¿dónde colocaríamos a estas dos? Se dice que «la excepción confirma la regla», sin embargo esta expresión ha sido mal entendida; en realidad es «la excepción pone a prueba a la regla» (Exceptio probat regulam) y se refiere a que si al definir nos enfrentamos a excepciones, deberíamos intentar cambiar la definición, no incluir la excepción y tomarla como una prueba de que la definición es correcta.

 

 

 

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Manuel Ochoa Sánchez (Ciudad de México, 1988) es maestro en Ciencias Biológicas por la UNAM orientado a la ecología evolutiva. Es un explorador de la filosofía de la ciencia y la evolución de las interacciones bióticas con especial interés en los temas de educación, lenguaje y comunicación científica. Poeta de clóset.

 

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