Menos reinas, más campeonas

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 Claudia Pedraza

  

«Encima de unos tacones que disimulan su baja estatura, Paola responde con la sobriedad de una maestra de escuela. Viste una elegante blusa color crema y una falda negra abierta a los lados que deja al descubierto sus fibrosas piernas». Estas líneas bien podrían servir para describir al personaje de alguna novela romántica, o de alguna celebridad digna de aparecer en las secciones de moda. Pero no es así. Paola no es un personaje de fibrosas piernas sacado de ninguna ficción ni de ninguna revista de moda. Paola Espinosa es la mejor deportista de México, y estas líneas fueron encontradas en el portal de un canal de noticias deportivas.[1] Un tipo de noticias que, en teoría, nos habla del triunfo, los resultados, el esfuerzo y, por lo visto en el caso de las mujeres, de la consistencia de sus piernas.

Mi queja puede parecer exagerada, pero que no se malinterprete. Entiendo que el periodismo deportivo, como cualquier otro periodismo especializado, debe jugar con el lenguaje, con las descripciones, con los elementos que ayuden a crear una imagen de lo que se cuenta para quien lee, escucha o ve una nota. Lo que me hace ruido, lo que siempre me hace ruido, es la forma en que esas descripciones, esos elementos se aplican a las mujeres deportistas. Paola Espinosa, una de las mejores clavadistas del mundo, ha sido dos veces medallista olímpica, campeona centroamericana, panamericana y mundial. Ha fundado una escuela de talentos deportivos, ha dirigido fundaciones para apoyar a la niñez, ha hecho múltiples campañas de corte social. Pero no importa cuánto se hable de esto, la prensa deportiva no puede dejar de mencionar sus piernas, o su sonrisa, o su encanto. Es decir, no le basta con ser buena deportista, tiene que ser algo más.

Y esto hace ruido, como decía, porque esa mirada no se aplica por igual. En las secciones deportivas, no se encuentran notas que hablen de las fibrosas piernas de Cristiano Ronaldo mientras analizan su rendimiento de goleo, o de la encantadora sonrisa de Usain Bolt mientras hablan de su último campeonato mundial, o de los suspiros que levanta el Chicharito Hernández cuando sale a la cancha, por poner algunos hipotéticos ejemplos. Las miradas con las que se construye el imaginario del deporte varonil y femenil está lleno de sutiles –y otras no tanto– diferencias que no tienen justificación. Precisamente ahora, cuando se acercan los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro y empiezan a abundar las notas sobre los talentos deportivos, conviene reflexionar sobre el tipo de visibilidad que se le da a las mujeres en este rubro.

 

Deporte, bastión de la masculinidad

Cuando se leen titulares correspondientes a la prensa deportiva de tipo «Águilas con agallas», «Floyd no tiene miedo», «Miguel Herrera es un chingón», «Amos del gol» queda claro que se está hablando de poder. La dimensión competitiva del deporte estructura el poder en la supremacía, es decir, en la superación de uno sobre otros. Para esto, hay que querer ese poder, hay que desear el triunfo, hay que anhelar ser campeón y en el mundo del deporte, no es permitido asumirse como un sujeto carente de poder, ya que no se compite para perder. La conformación de este sujeto de poder constituye paralelamente un ideal deportivo que aspira a que las personas alcancen sus máximas capacidades: más alto, más rápido, más fuerte, como dice el lema olímpico. De esta manera, se articula un discurso de la supremacía, que se encarna en los que rompen el récord, los que consiguen más medallas, los que vencen. «Los», en masculino, porque este sujeto de poder tiene como referente a los hombres, y no hombres cualesquiera: se trata de hombres con agallas, sin miedo, amos, chingones, es decir, hombres poderosos.

El deporte es considerado propio de lo varonil justamente por compartir un recurso que se considera básico para la constitución de la masculinidad hegemónica: el poder. Kimmel (1997, p. 51) define a la masculinidad hegemónica como el parámetro de lo que significa llegar a ser un «verdadero hombre», que implica el derecho a ejercer poder, sin cuestionamientos. Este parámetro se articula sobre cuatro mandatos: «nada de asuntos con mujeres» (la heterosexualidad), «sé importante» (el éxito), «sé fuerte como el roble» (la fortaleza) y «manda a todos al infierno» (la agresividad). Mandatos que si se miran bien, parecen sacados de cualquier campo deportivo, porque justo en este espacio se reproducen a la perfección:

a) «¡nada con asuntos de mujeres!», es decir, no se permite ningún elemento real o simbólico asociado a lo femenino, por eso, en el deporte, la peor forma de ridiculizar al rival es feminizándolo, como se puede escuchar en cualquier canto de cualquier barra;

b) «sé importante», es decir, se prioriza la consecución de poder, éxito, riqueza o influencia como manifestación de la masculinidad, por eso, los entrenadores mandan a los chicos a que salgan a la cancha a morirse por defender su honor deportivo;

c) «¡sé fuerte como un roble!», esto es, se obliga a tener fortaleza en lo físico y en lo emocional, en oposición con la debilidad, que se considera característica femeninas, por eso, para motivar a un niño para que mejore en sus entrenamientos se le dice que juega, corre o pega como nena;

d) «¡mándalos a todos infierno!», esto es, se autoriza la agresividad, la transgresión, el riesgo, y todo lo necesario para conseguir el ser importante, incluso a costa de los otros, y por eso, los golpes, las agresiones, los desafíos a los árbitros son parte del juego rudo del terreno deportivo.

Así, la práctica deportiva pone a disposición de los sujetos un conjunto definido de conductas, escenificaciones e interacciones que se usan para producir actuaciones reconocibles de masculinidad (Moreno, 2010, p. 44), en las cuales va implícita una relación de poder con una jerarquía: la supremacía de lo masculino, y por ende, la subordinación de lo femenino. En consecuencia, en el campo deportivo se articulan una serie de mecanismos para excluir, segregar, marginar y discriminar a las mujeres, desde un discurso legitimado a partir de tres supuestos (Eitzen & Sage, 1997):

a) que la actividad deportiva masculiniza a las mujeres: el deporte permite el desarrollo de características como la fuerza, la agresividad, el éxito, las mujeres que se insertan en este ámbito pierden cualidades femeninas, lo que explica la existencia del sex test, la prueba que obliga a las deportistas a demostrar que son mujeres cuando se sospecha que no lo son por no parecer suficientemente femeninas;

b) que la actividad deportiva resulta peligrosa para las mujeres: los atributos femeninos se relacionan con la delicadeza, fragilidad e intimidad, se cree que el deporte, como ejercicio físico riguroso, representa un riesgo para la condición biológica de las mujeres, lo que explica porque hasta los Juegos de Londres 2012 se incorporó el box femenil al programa olímpico, después de décadas de oposición por considerarse una práctica poco femenina;

c) que la actividad deportiva no interesa a las mujeres: como las dos situaciones anteriores limitan su acceso a prácticas deportivas consideradas femeninas, los mecanismos de socialización de las mujeres las relegan a una situación en la cual el deporte permanece como algo que, inicialmente, no es propio, y por eso, a las niñas rara vez se les anima a practicar disciplinas como el box, el futbol americano, la halterofilia, el automovilismo o la tauromaquia, consideradas muy masculinas, lo cual repercute en la poca participación femenina en estas disciplinas a nivel profesional.

Entonces, desde el momento en que el campo deportivo se instituye como propiamente masculino, el ingreso del género femenino se verifica siempre como una invasión: la más clara evidencia de esto es el adjetivo femenil que se usa para distinguir el deporte practicado por mujeres, que no se usa para la rama varonil, porque este deporte, el que practican ellos, es la norma. Y esta lógica trasciende el discurso, las representaciones y las prácticas de este espacio, incluyendo las que realiza la prensa deportiva.

 

La mirada de la prensa deportiva

«Ana Ivanovic es una jugadora profesional de tenis que si bien no es la número uno, si ostenta el reconocimiento a la tenista más guapa del 2015». «Alex Morgan deja boquiabierto a más de una persona pues no sólo se hace presente con su talento en el terreno de juego sino también lo logra con su tremendo cuerpazo» «María Sharapova es considerada sin duda alguna de las mejores tenistas a nivel mundial. También ha incursionado en el mundo del modelaje pues su figura es envidia de cualquier mujer».

De esta forma es como los espacios deportivos presentan a las atletas que hay que seguir de cerca en este año olímpico.[2] Sí, se resalta que son talentosas, profesionales y buenas jugadoras, pero también que tienen otras cualidades, porque al final, si la presencia femenil en el deporte se considera una invasión, para ellas aplican otras reglas.

Lo paradójico es que esta invasión ha ido en aumento: en la última edición de los Juegos Olímpicos, la participación de las deportistas alcanzó el 46% del total de las delegaciones, en gran parte por el trabajo de organismos que buscan condiciones de equidad e igualdad. Sin embargo, el incremento en la participación no ha modificado la representación en los medios, en donde el deporte, simbólicamente se sigue pensando como cosa de hombres. Es decir, se trabaja mucho para que las mujeres ingresen a las canchas, a los cuadriláteros, a las pistas, para romper el cerco histórico que ha limitado su participación; pero cuando están adentro, los medios las colocan en otro cerco.

Desde su aparición, a finales del siglo XIX, el periodismo deportivo ha generado relatos en los que se recrea una cultura de superioridad, narradas en un lenguaje belicista, con altos componentes simbólicos que resaltan la fortaleza, la agilidad, el dominio y la grandeza de los protagonistas del deporte, quienes en su mayoría, no es de sorprender, son varones. El más reciente estudio del Global Monitoring Media Project (GMMP, 2010, p. 13), arrojó como dato que el 89% de las noticias deportivas que se pueden encontrar en un día en la prensa mundial se enfocan en el deporte varonil. Esta abrumadora estadística, que muestra el abismo en cantidad, nos da cuenta de las sutiles desigualdades que se generan con otros recursos discursivos, con los cuales el deporte femenil se vuelve invisible.

En el mundo del deporte únicamente existen los jugadores, los atletas, los campeones; y algunas mujeres existen en ellos. El uso del genérico masculino (tan polémico para los periodistas), además de ocultar la presencia de las deportistas, produce ciertas incoherencias informativas: «siete jugadores quedaron fuera, varios de ellos sembrados, la más notoria Victoria Azarenka, segunda cabeza de serie», o «Mexicanos, en el sitio 11 de nado sincronizado». Si Azarenka es mujer, ¿por qué se habla de ella como «sembrado»?; si en el nado sincronizado participan sólo mujeres, ¿por qué se habla de mexicanos?

A la sobrerrepresentación se le añade el hecho de no tener voz, ya que las citas, las declaraciones, los pensamientos que encontramos en la prensa deportiva son de varones, muchos de ellos opinando sobre otros varones: «Sulaimán ve positiva la separación de Julios», «El Temo y Lavolpe critican la labor del DT», «Morales ve posible triunfo del Canelo», «Beckenbahuer ve a Brasil, campeón». Es muy raro encontrar notas de mujeres deportistas como expertas sobre algún tema. Más raro, encontrarlas opinando sobre otras atletas. Mucho menos (¡cómo se nos ocurre!) sobre deportistas varones.

A esto se le suma que la prensa deportiva tiende a minimizar las actuaciones de las mujeres al no darles el mismo énfasis que se le da al deporte varonil. Así, se nos dice que un atleta «es una bala» o que los integrantes de un equipo «sacan las garras». Nos cuentan que «Yovani Gallardo hunde a los Piratas», que «Checo seguirá agresivo al volante» y que «Neymar es el más golpeador». Pero para las campeonas se utilizan adjetivos y verbos más… discretos, por decirlo de alguna manera: «Valencia, Oro y plata en Panamericano» (no sabemos si la atleta lo gana, lo conquista o lo vende por kilo); «Luz Acosta se cuelga plata y bronce, (así nada más, como cualquiera se cuelga un collar, unos aretes o unas medallas olímpicas); «Paola inicia el tour mundial de raquetbol» (lo cual, así como lo presenta el titular de la nota, suena igual de emocionante que ir a misa el lunes por la mañana). Las campeonas no conquistan, no mandan, no hunden, no dominan, aunque sus triunfos sean importantes. Para las deportistas, conquistar un oro olímpico es más fácil que conseguir una portada en un diario deportiva, a menos que se presenten de otra forma.

 

Las ¿reinas? del deporte

«Maria Sharapova luce sexy bikini tras escándalo de dopaje». Por más que leo la nota publicada en la sección deportiva de otro sitio especializado en deportes, no encuentro la lógica del titular.[3] ¿Cuál es la relación entre el dopaje y el bikini? ¿La Agencia Mundial Antidopaje prohíbe usar bikinis cuando cualquier atleta da positivo de doping? ¿Antes del escándalo del dopaje, la tenista rusa no utilizaba bikinis? ¿Hay reportajes de los bikinis que usó Lance Armstrong tras descubrirse la trampa de dopaje con la que conquistó sus siete títulos en el Tour de Francia? Son preguntas sin respuesta, o con una respuesta que no resulta tan alentadora: el bikini no tiene nada que ver, pero hace ver sexy a Sharapova y eso es lo que importa, no que sea la número uno del tenis profesional, no que se quede fuera de los Juegos Olímpicos, no que haya perdido contratos millonarios con sus patrocinadores, sino que a pesar de todo eso, puede seguir luciendo sexy.

Autoras como Bach (2000) y Gallego (2002) coinciden en señalar que la imagen de las modelos, actrices y artistas se ha extendido al ámbito deportivo, donde a las deportistas se les exige que además de (o incluso sin) méritos deportivos, tengan buena presencia, cuerpo escultural, rostro agradable y el indispensable «carisma» para modelar, anunciar un cereal, o aparecer en la portada de alguna revista como parte del fenómeno del sporno.[4] Así, una gran cantidad de espacios deportivos incluyen imágenes de mujeres, no para dar a conocer sus logros o su historia, sino como ilustración para el público masculino. El foco de las notas no está en su actuación: «Apartan lugar par de bellezas», «Derrite las canchas», «Arranca Suspiros». Y, ¿dónde quedan las mujeres que conquistan, que son amas, que son chingonas en su disciplina? ¿Dónde quedan las garras, los rugidos, los triunfos aplastantes de las deportistas? ¿Dónde queda el poder?

Este es el principal problema de la prensa deportiva: no se trata sólo de la cantidad de notas sino de todo un discurso que reproduce un orden de género desigual, que no concibe lo femenino en el poder. Este discurso se construye con estructuras de sentido que reproducen y refuerzan el imaginario del deporte como un espacio propio de la masculinidad. La cuestión es que este modelo de masculinidad no solo establece lo que significa ser hombre en el deporte, sino también ser mujer.

Entonces, aunque en los últimos años ha existido un increíble desarrollo del deporte femenil –traducido principalmente en estadísticas de participación– los elementos simbólicos no han podido –sabido– modificarse para aprender a nombrar a todas las mujeres –y sus prácticas– como parte del universo deportivo. Por eso, para la prensa deportiva, tener un par de fibrosas piernas tiene el mismo valor que ganar un campeonato y cualquiera, pienso yo, puede ver que esto es injusto. Nombrar algo es convocarlo a ser como ha sido nombrado. Así que, mientras desde los espacios periodísticos no se nombren ni se cuenten historias de mujeres poderosas en el deporte, los bikinis seguirán siendo noticia.

 

 

REFERENCIAS

 

-Bach (2000) El sexo de la noticia. España, Icaria Eitzen, D., & Sage, G. H. (1997). Sociology of North American Sport. Boston: Mc Graw Hill.

-Gallego, Juana (coord.) (2002). La prensa por dentro. Barcelona, Frontera.

-GMMP. (2010). Who makes the News? Informe GMMP. Toronto: WACC-Unifem.

-Kimmel. (1997). Homofobia, temor, vergüenza y silencio en la identidad masculina. En T. Valdés, & J. Olavarría, Masculinidad/es. Poder y crisis (págs. 49-62). Santiago de Chile: Isis Internacional-Flacso.

-Moreno, H. (2010). Orden Discursivo y Tecnologías de Género en el boxeo femenil. México DF: UAM.

 

 

NOTAS

[1] http://www.espn.com.mx/olimpicos/nota/_/id/2661412/paola-espinosa-confiesa-su-mayor-instante-egoista

[2] http://www.elgrafico.mx/deportes/01-01-2016/atletas-que-debes-seguir-en-este-2016

[3] http://www.la10.pe/mas-deportes/tenis/maria-sharapova-luce-sexy-bikini-tras-escandalo-de-dopaje-noticia-953841

[4] Del inglés sport y porno, en alusión a la propagación en los medios de imágenes eróticas de deportistas famosas.

 

 

 

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Claudia Pedraza es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Vasco de Quiroga (Michoacán), Maestra en Comunicación y Doctora en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM. Ha sido reportera, guionista, realizadora, locutora y productora en diversos medios michoacanos. Ha ejercido también la docencia. Como investigadora se ha especializado en el análisis del periodismo deportivo, género y comunicación. Actualmente es Jefa de Departamento de Monitoreo de la Dirección General de Análisis y Contenidos de Medios Audiovisuales del Instituto Federal de Telecomunicaciones. (Y le va a los Pumas aunque le rompan el corazón)

 

Revista cultural

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