Los senos, el cáncer, el miedo y la libertad

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We’re good, this body and I. We’re good.

Jennifer, The honest Body Project

 

 

Ana Paulina Gutiérrez

 

 

Octubre es, entre otras cosas, el mes de la lucha contra el cáncer de mama. La Ciudad de México y el internet se pintan de rosa en referencia al lazo de ese color, que se creó como símbolo de la lucha contra el cáncer de mama. Su uso es un indicador de solidaridad con las mujeres sobrevivientes de la enfermedad. El Ángel de la Independencia, el Museo de Antropología, el edificio central del Instituto Mexicano del Seguro Social, la Diana Cazadora, el Monumento a la Revolución y hasta el empaque de aceite de oliva y el papel de baño, se pintan de rosa para crear conciencia sobre el cáncer de mama. O eso dicen los gobiernos, las organizaciones y las empresas que participan de esta acción.

Cada año me pregunto si se cumple ese objetivo. Es cierto que se hacen algunas campañas de mastografías gratuitas y algunas empresas hacen donativos a organizaciones para llevar a cabo acciones de sensibilización y detección oportuna a lo largo del año. Pero en términos generales, mi respuesta es pesimista. Sobre todo porque la relación de esta enfermedad con las mujeres es bastante compleja. Iniciaré mi reflexión hablando de mi propia historia con el cáncer de mama. Sin pretender generalizar, la experiencia me parece ilustrativa de las complejidades, no sólo de un proceso de salud-enfermedad, sino de los significados de los cuerpos de las mujeres y las relaciones sociales que se desarrollan en torno a la experiencia del cáncer de mama y sus consecuencias.

 

La experiencia

Hace diez años mi madre fue diagnosticada con cáncer de mama. Recuerdo su voz en el teléfono cuando me dijo: «Si resulta ser cáncer, tenemos que estar preparadas». En ese entonces, la solemnidad, el miedo y el dolor me parecieron normales. Era la respuesta esperada ante una enfermedad que conocíamos como mortal, y cuyo tratamiento era tan agresivo que te deformaba el cuerpo: te dejaba, por medio de la mastectomía, sin senos y además con la quimioterapia perdías el cabello, el color en las mejillas y las ganas de vivir. Eso sabíamos mi madre y yo del cáncer de mama. O sea, casi nada.

Mi madre entró al quirófano y sus hermanas y yo nos quedamos en la habitación del hospital desoladas, con miedo a que no volviera con vida a esa cama que se había quedado dolorosamente vacía. Sin embargo, había algo más que nadie se atrevía a mencionar: si el diagnóstico era confirmado con la biopsia, mi madre perdería un seno y se enfrentaría a las quimioterapias que tanto temíamos todas. Así fue. Por fortuna mi madre volvió a la habitación después de la cirugía, pero tuvo que enfrentar el hecho de que le habían extirpado un pecho y que tendría que llevar un tratamiento de seis meses de quimioterapias que la harían sentir débil y enferma.

Nunca olvidaré que al día siguiente de la cirugía, la enfermera le quitó las vendas con movimientos bruscos. Mi madre se desvaneció mientras la enfermera seguía con su procedimiento habitual de limpieza de las heridas. Recuerdo que tuve que alzar la voz y preguntarle si no había reparado en el hecho de que mi madre no había visto su herida hasta entonces. La enfermera se detuvo y fue cuando le ayudó a mi madre a sentarse en el sillón y a recuperarse del desmayo. En ese momento se me rompió el corazón, pero también me di cuenta de que la fuerza para enfrentar estas situaciones se construye de forma colectiva. Éramos dos mujeres frente a una situación que requería más fuerza y menos llanto. Traté, lo más que pude, de llevar esa idea durante las curaciones, las quimioterapias y las pesadillas de mi madre.

Ella tuvo un excelente proceso de curación y recuperación. Sin embargo, le fue muy difícil acostumbrarse a la idea de la pérdida de un seno. Dejó de reconocer su cuerpo, de entenderlo y de disfrutarlo. Decidió no verse al espejo durante un largo tiempo. Yo, por mi parte, encarné la pérdida del seno de mi madre en mi propio cuerpo. Ésa es mi herida, mi relación íntima con el cáncer de mama, aún sin padecerlo. Desde que mi madre salió de la cirugía, yo no puedo dormir sin un sostén o en su defecto, abrazando mis pechos durante la noche. Todavía sueño, de vez en cuando, que algo le pasa a mis senos, se vuelven invisibles o inmensamente pesados, o siento un ardor inexplicable que me hace despertar sobresaltada. Durante un tiempo, que por fortuna pasó, no me gustaba que nadie más los tocara. Me revisaba todos los días en la regadera, de manera un tanto inconsciente. Me hacía todos los chequeos recomendados. Comía toneladas de brócoli y bebía té verde, evitaba todos los edulcorantes posibles y hacía ejercicio de manera obsesiva. Ante cualquier sensación «extraña», sentía un escalofrío y tenía que hacer largas horas de reflexión para sacar de mi cabeza la idea de que esa sensación era un signo de cáncer. Tenía miedo.

Hasta que un día me enteré de que el cáncer de mama no se puede prevenir, sino detectar a tiempo. El factor genético es el que tiene mayor peso en el desarrollo de la enfermedad, y a menos que te realices estudios súper especializados para detectar el gen del cáncer de mama, no puedes saber con certeza si algún día desarrollarás la enfermedad. Conocer esta información me permitió, junto con otras experiencias propias y ajenas, entender y vivir de otra manera mi relación con esta hipotética enfermedad. Comencé a manejar mis miedos y a cuestionarlos. Sin embargo, me sigue llamando la atención la negativa de muchas mujeres, entre las que a veces todavía me cuento, a realizarse la autoexploración y las mastografías.

 

Los senos

¿Por qué pasa esto? ¿Podría ser de otra manera? ¿Qué valor tienen los senos para que el peso de la enfermedad se desplace de lo físico a lo emocional de manera tan aguda? ¿O para que en algunos casos haya una negativa a las revisiones del propio cuerpo?

En el año 2009, participé en un proyecto de investigación sobre cáncer de mama en Quintana Roo. Algunas de las mujeres que participaron en el proyecto compartieron sus opiniones respecto a los senos y al cáncer. Las más recurrentes eran que los pechos servían para alimentar a los hijos y «para verse bonitas y atraer a los hombres». Una de ellas dijo que «cuando te quitan un seno pareces como hombre». Recuerdo que les pregunté si ellas no disfrutaban de sus pechos, si no eran una zona erógena, es decir, que les proporcionara placer al momento de tocarlos. Todas se quedaron calladas. Después una de ellas nos dijo: «desde pequeña me han enseñado que tocar mi cuerpo es algo malo».

Sin el afán de generalizar estas opiniones, nos pueden dar una idea de algunas representaciones y normas alrededor de los cuerpos de las mujeres y su relación con las acciones que se promueven para la detección oportuna del cáncer de mama. «¿Cómo voy a tocarme si me han enseñado que eso es algo malo?».

A esta idea se suma el miedo de ser diagnosticada positivamente y, si retomamos los testimonios mencionados, de dejar de ser bonita, atractiva, mujer, normal. Todos estos términos son convenciones sociales que podrían ser configurados de otra manera menos exigente para las mujeres; sin embargo, no lo son, ya que el miedo al sufrimiento y al rechazo influye significativamente en el retraso de las revisiones médicas de algunas mujeres. No es fortuito que este miedo esté presente con frecuencia en la vida de las mujeres. Los mensajes sobre la belleza, la perfección y la salud de los cuerpos de las mujeres se transmiten por distintos canales a lo largo de nuestras vidas y los recibimos todo el tiempo desde que somos pequeñas; además hay que agregar que muchas campañas sobre cáncer de mama, ponen el acento en el sufrimiento, la pérdida y el dolor. ¿Acaso no hay otras formas de hablar del cáncer de mama? ¿De vivirlo?

 

La reapropiación del cuerpo y las heridas

En el año 2013, la actriz estadounidense Angelina Jolie decidió hacerse una doble mastectomía para disminuir los riesgos de padecer cáncer de mama. Su madre había muerto a los 59 años a causa de esta enfermedad. Tras unos estudios genéticos, Angelina descubrió que tenía el gen BRCA1, lo cual aumentaba los riesgos de desarrollar cáncer de mama y cáncer de ovario. Cuando la noticia circuló en los medios de comunicación, fue sumamente criticada: había quienes decían que era una locura hacer algo tan radical, otros decían que como es millonaria no sabía en qué gastar su dinero y algunos otros la acusaron de ser cómplice de un laboratorio genético que buscaba comercializar este tipo de estudios. Lo cierto es que Angelina Jolie decidió qué hacer con su miedo y con su cuerpo: disminuir las probabilidades de riesgo y seguir con su vida. Ciertamente la mayoría de las mujeres no tenemos acceso a ese tipo de medidas tan costosas, pero existen otras formas de significar los cuerpos y las enfermedades.

Por ejemplo, los tatuajes son una forma de entender, asimilar y vivir el proceso de enfermedad y tratamiento del cáncer de mama. De un tiempo para acá, circulan en redes sociales imágenes de mujeres que decidieron decorar sus heridas con hermosos y coloridos diseños. Algunas dicen que su cuerpo funciona como un mapa de la memoria, pero en vez de dejar la cicatriz tal cual, la decoran y le dan otro sentido al acontecimiento, al recuerdo y a su propio cuerpo.

De igual manera hay mujeres que han decidido dejar su cicatriz sin ningún tipo de intervención y la muestran sin tapujos en proyectos fotográficos como The Scar Project o The Honest Body Project, o incluso en sus propios blogs. Todas estas mujeres cuestionan con sus acciones la imposibilidad de continuar con una vida feliz y placentera después de haber vivido la experiencia del cáncer de mama. Cierran la puerta al sufrimiento como una forma distintiva de la feminidad. También cuestionan los patrones estéticos occidentales, que promueven la simetría y la perfección como parámetros de belleza de los cuerpos femeninos y, por si fuera poco, ponen en cuestión el concepto del pudor asociado a los cuerpos de las mujeres en el espacio público.

Lo que a mí me dicen los testimonios e imágenes de estas mujeres, es que nuestros miedos se van transformando a lo largo de la vida. Les vamos dando un sentido con los recursos culturales que tenemos y las redes sociales que tejemos a diario en nuestros espacios cotidianos. El sufrimiento no es una condición femenina. Debería ser prioritario que los gobiernos tomaran en cuenta estas posibilidades, antes de invertir millones en campañas rosas, que no profundizan en los miedos de las mujeres sobre el cáncer de mama, ni en las posibilidades de revertirlos. Invertir en los mensajes que construimos como sociedades, tiene injerencia en la igualdad, la justicia y la felicidad de las personas, las mujeres en este caso. Es posible vivir las transformaciones de nuestros cuerpos con mayor libertad, con paz, sin miedo, en la medida que la sociedad de la que formamos parte sea mucho más sensible a las consecuencias de los mensajes que reproduce.

 

 

 

 

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Ana Paulina Gutiérrez es doctora en sociología por El Colegio de México. Investiga sobre género y redes sociales en internet. Se ha enfocado en temas como identidades trans, salud y violencia. Escribe también cuentos eróticos. Su cuento El dedo fue finalista del concurso Letras de mi primera vez organizado por Tusquets y el FCE. Es apasionada del mar, el universo y sus misterios y las formas en que las personas transitan, sufren y gozan el mundo social que habitan.

Revista cultural

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