Las medallistas mexicanas no dan la cara, dan la vida

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Claudia Pedraza

 

«Todo se lo debo a Lupita», dirá la próxima medallista mexicana al cruzar la meta. «Mi inspiración fue María», será lo que escuchemos tras el combate de la siguiente taekwondoín que suba al pódium de los Juegos Olímpicos. No, no lo dirán por ninguna figura religiosa encumbrada en el Tepeyac. En la mente de nuestras próximas campeonas olímpicas estará el día en que la marchista Guadalupe González rompió en llanto al quedarse con la medalla de plata o el día en que María del Rosario Espinoza consiguió su tercera presea olímpica en la categoría de 67 kilogramos.

Que Lupita González y Rosario Espinoza sean medallistas olímpicas es un milagro. El Estado de México, hogar de Lupita, desde hace más de 20 años es territorio de feminicidios. Aunque no hay cifras exactas, el Observatorio Ciudadano Nacional contra el Feminicidio (OCNF) calcula que desde 2010 se han registrado más de tres mil asesinatos de mujeres en la entidad, la mitad de ellas de menos de 30 años de edad. Todos los días aparecen asesinadas jóvenes, la mayoría de baja estatura, morenas, delgadas. Sí, como Lupita.

En Sinaloa, tierra natal de Rosario Espinoza, la situación no es mejor. Según el informe del Institute for Economics and Peace (IEP), el estado se mantiene como uno de los tres más violentos del país desde hace más de 10 años. Territorio del narcotráfico, es un lugar en el que cientos de jóvenes se ven forzadas a involucrarse con el crimen organizado como parejas, acompañantes, mulas o informantes, sin muchas opciones de negarse. Generalmente, estas jóvenes se encuentran en comunidades pequeñas, con familias dedicadas a las labores agrícolas y donde el máximo grado de estudios que se puede alcanzar sin desplazarse a otra población es el de secundaria. Comunidades como La Brecha, el pueblo donde nació Rosario Espinoza.

El contexto suena terrorífico. Lo es. En México, cada semana son asesinadas alrededor de 45 mujeres. A los Juegos de Río de Janeiro 2016 acudieron 45 mujeres. En un país donde la población femenina es de 65 millones, una de cada millón y medio de mujeres llega a los Juegos Olímpicos. El resto enfrenta el rezago educativo, las desigualdades laborales, las dificultades para acceder a los servicios de salud, los riesgos en el transporte público y los problemas para hacer efectivos sus derechos. Ser mujer en este país es un riesgo. Ser mujer y deportista, un reto. Ser atleta olímpica, lo decíamos, un milagro. Y el deporte nacional vive de milagros.

El «milagro» de las atletas mexicanas

«Las mujeres dan la cara por el deporte mexicano».[1] Ésta es la frase que escuchamos, vimos o leímos en la prensa deportiva durante los últimos días de los Juegos de Río 2016. También lo fue en los Juegos de Londres 2016. Y en los de Pekín y en los de Atenas. Desde los Juegos de Sídney 2000, cuando Soraya Jiménez se convirtió en la primera campeona olímpica del país, las mexicanas no se han bajado del pódium. En cinco ediciones, se han colgado 13 de las 25 medallas que ha conquistado la delegación mexicana. Es decir, el 52 % de la cosecha de estos últimos 16 años.

No siempre estuvieron en el medallero. Hasta antes de 2000, sólo un par de mexicanas contaba con presea olímpica: María Teresa Ramírez, con un bronce en natación en la prueba de 800 metros libres, y Pilar Roldán, con una plata en florete, ambas en los Juegos de México 68. Pero el nuevo milenio llegó con una generación de mexicanas decididas a permanecer en el medallero. Y todo parece indicar que lo harán. En Río de Janeiro, de 25 atletas que quedaron en el top 10 de su disciplina, 14 son mujeres. De éstas, siete son menores de 25 años. Eso significa que en cuatro años, pueden volver a pelear por una medalla. Para algunas, como la clavadista Alejandra Orozco o la arquera Alejandra Valencia, los Juegos de Tokio 2020 serán los terceros en su historial. Orozco llegará con 23 años, una medalla de plata y un quinto lugar en Río. Valencia tendrá 25 años, y la experiencia de haber peleado por el bronce en Brasil. Esperanzadoras, sin duda.

Entonces, ¿ahora las mujeres son mejores que los hombres en el deporte? No. Señalar los logros obtenidos por las deportistas no tiene el propósito de comparar resultados. Lo que se quiere destacar es que en lo últimos 20 años algo cambió. Y más importante, que dio resultados. Aun con la escasa cosecha que se consigue en cada edición, tenemos la certeza que siempre habrá una mujer que «dé la cara».

Este cambio no fue producto de la intervención divina. Desde 1996, gracias a una iniciativa denominada Atlanta Plus,[2] el Comité Olímpico Internacional inició una serie de reformas encaminadas a promover la igualdad de género en el deporte. ¿En qué se tradujo esto? En directrices oficiales que los comités olímpicos de cada país se vieron obligados a cumplir (algunos más convencidos que otros). Estas directrices incluían:

-programas para promover la práctica deportiva entre niñas y jóvenes;

-igualdad en la distribución de becas, patrocinios y recursos;

-cuotas mínimas de participación femenina en los puestos de decisión (que hasta la fecha, pocos comités olímpicos cumplen);

-políticas específicas para impulsar a las atletas al alto rendimiento.

México no incorporó estas directrices en programas específicos, pero sí lo hizo en una competencia clave, semillero de las medallas olímpicas de los últimos años: la Olimpiada Nacional. Organizada desde 1996 por la Comisión Nacional del Deporte (Conade), la justa surgió con la idea de que cada estado enviara selecciones deportivas infantiles y juveniles de diferentes disciplinas. El objetivo: detectar a los talentos deportivos del país a temprana edad.

Hasta antes del surgimiento de la Olimpiada Nacional, convertirse en atleta olímpico dependía de la suerte. México no tenía (aún no tiene) una estructura sólida para la formación de deportistas de alto rendimiento. ¿Quiénes llegaban a unos Juegos Olímpicos? Aquellos jóvenes que en el ejército, en las escuelas o en los campeonatos nacionales eran detectados por entrenadores o funcionarios deportivos. Aquellos que contaban con familias que podían patrocinar sus competencias, su equipo, su manutención. No cualquiera. ¿Mujeres? Mucho menos.

Pero la Olimpiada Nacional fue fundamental para aumentar las posibilidades de las mujeres por dos factores. Primero, porque la mayoría de los deportes incluía la rama femenil (aunque algunos como el beisbol, el futbol y el boxeo la integraron después). Segundo, porque existía un presupuesto asignado para conformar las selecciones estatales. Es decir, espacios y recursos, algo que las jóvenes deportistas no conseguían tan fácilmente.

Gracias a esto, una veloz joven nacida en Nogales que participó en la primera edición de la Olimpiada Nacional fue llamada a la selección juvenil mexicana de atletismo. Siete años después, en 2003, se coronaba campeona mundial de los 400 metros en París. Para Atenas 2004, Ana Guevara se convirtió en subcampeona olímpica.

En los mismos Juegos de Atenas debutó una clavadista de tan solo 17 años. Aunque era originaria de Baja California, llevaba seis años viviendo en la Ciudad de México. La razón: a los 11 años, en la segunda edición de la Olimpiada Nacional, fue reclutada para integrarse a la escuela de talentos del Comité Olímpico Mexicano. Hoy en día, Paola Espinosa cuenta con cuatro participaciones y dos medallas olímpicas en su cuenta (bronce en Pekín 2008, plata en Londres 2012).

En el mismo año que Ana Guevara se convertía en campeona mundial, otra joven norteña conquistó la medalla de oro de la Olimpiada Nacional pero en taekwondo. Tenía 15 años y todos los días viajaba 50 kilómetros para poder entrenar en Guasave, la población urbana más cercana a su comunidad. Su triunfo le valió la convocatoria a la selección nacional, en la que ha estado por 13 años. Hoy en día, María del Rosario Espinoza es la única mujer con tres medallas olímpicas en la historia del deporte nacional (oro en Pekín 2008, bronce en Londres 2012, plata en Río 2016).

Por la Olimpiada Nacional pasaron Soraya Jiménez, Iridia Salazar, Laura Sánchez, Mariana Avitia, Aida Román y muchas otras. ¿Qué significa esto? Que cuando las mujeres cuentan con apoyos, obtienen resultados. La ausencia de medallas de las mujeres en las ediciones anteriores a 2000 no se debía precisamente a la falta de talento. Lo que no existía eran los espacios, los recursos, las oportunidades. Siguen faltando, pero con poco, las atletas han logrado hacer mucho. Y no sólo se trata de la cosecha de medallas.

¿Por qué necesitamos atletas olímpicas?

Pero la Olimpiada Nacional es insuficiente. No existe en el país una política específica destinada a impulsar la participación femenina en el deporte, que busque disminuir la brecha generada por las muchas décadas en que este sector fue ignorado. Sí, han existido intentos. En 2003, el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres) y la Conade –a cargo de Patricia Espinosa Torres y Nelson Vargas, respectivamente– firmaron un novedoso convenio de colaboración para trabajar con este propósito.[3] Para 2010, Bernardo de la Garza –titular de la Conade– y Rocío García –del Inmujeres– firmaron un convenio similar, que también anunciaron como novedoso.[4] Es decir, o el convenio anterior no produjo ningún resultado o fue ignorado por la nueva administración.

Lo cierto es que no se puede encontrar un programa específico para el desarrollo del deporte femenil que contemple las diferencias en el uso de la infraestructura deportiva, los horarios de entrenamiento, el apoyo familiar, la socialización en las instituciones escolares, los riesgos de abuso sexual y la cobertura mediática. Sí, hay premios y becas bastante onerosas para las atletas olímpicas. Hay conferencias y pláticas de deportistas el 8 de marzo. Hay festivales de activación con clases de zumba y yoga para el 10 de mayo. Y sí, se manejan datos desagregados. Pero con eso no se conforma una política deportiva integral.

El mal de muchos que no sirve como consuelo es que en el país no hay una política deportiva integral, ni para el deporte femenil ni para el de alto rendimiento, ni para nada. Entre funciones repetidas de la Conade y el Comité Olímpico Mexicano, malos manejos de las federaciones deportivas, poca atención al deporte escolar y dirigentes sin idea, el deporte no parece ser una apuesta del estado. Lamentable, porque como lo han demostrado las atletas, el deporte femenil es una apuesta segura.

Cuando Alejandra Orozco tenía 11 años, encontró a Paola Espinosa en una competencia y le pidió una fotografía. En la imagen, destaca la sonrisa causada por estar junto a su ídola. Cuatro años más tarde, Ale y Paola aparecían juntas en otra fotografía, igual de sonrientes. Estaban arriba del pódium, tras conquistar la medalla de plata en los clavados sincronizados, durante los Juegos de Londres 2012. Éste es el efecto más poderoso del deporte. Por eso necesitamos medallistas: porque son un imán, un ejemplo y un referente para miles de niñas y jóvenes.

«Quiero hacer historia en un deporte que tiene una medallista de oro como lo fue Soraya Jiménez», dijo la halterista Eva Gurrola en su debut en Río de Janeiro, donde quedó en cuarto lugar.[5] «Yo admiraba a Ana Guevara por lo que había hecho y cuando la vi en televisión en Atenas dije: quiero ser como ella. Y así fue. Lo logré», declaró Guadalupe González, también en su debut en Río 2016, tras colgarse la plata.[6] Como bola de nieve, el triunfo de cada atleta va arrastrando a muchas otras por el camino.

Actualmente, en la Olimpiada Nacional participan más de cinco mil atletas. Casi la mitad son mujeres de entre 11 y 18 años. Una de cada 100 alcanzará el sueño olímpico. Pero la vida de todas ellas puede ser diferente gracias al deporte. Algunas estarán en posibilidades de conseguir becas escolares de educación media y superior en instituciones a las que no es tan fácil acceder. Otras pensarán en convertirse en entrenadoras de su disciplina. O en participar en los ámbitos administrativos y políticos del deporte. Casi todas tendrán el hábito, la disciplina y el gusto por la práctica deportiva.

Al ver a Soraya Jiménez levantar más de 150 kilos, a Alejandra Orozco pararse de manos, a Iridia Salazar dar una patada a la cara de su rival, muchas piensan que su cuerpo también puede hacerlo. Al escuchar que Ana Guevara ganó en París, que Guadalupe González triunfó en Toronto, que Aida Román fue campeona en Alemania, las niñas se quedan con la idea de que pueden trascender ciertas fronteras. Al observar que Rosario Espinoza aparece sudorosa, desaliñada y cansada pero sonriente cuando sube por su presea, las niñas entienden que existen otras formas de éxito que no requieren tacones, maquillaje y peinado de salón, como las que muestran las películas, las telenovelas o las revistas.

Por eso, los triunfos de las medallistas mexicanas representan algo más que la cara de un inexistente sistema deportivo nacional. Su mensaje es mucho más fuerte: le dicen a las niñas y jóvenes de este país que pueden ser fuertes, que aprendan a sentirse seguras. Que se atrevan a estar en otros espacios y que se apropien de ellos. Que se pongan metas y que trabajen para conseguirlas. Que decidan. No sólo dan medallas: dan otras posibilidades de vida.

NOTAS

[1] http://mexico.as.com/mexico/2016/08/21/masdeporte/1471744366_295901.html

[2] http://diosasolimpicas.com/2016/08/el-rechazo-olimpico-mas-util-de-la-historia-el-comite-atlanta-plus/

[3] http://www.deporte.org.mx/pag/noticias/noticias_leer.asp?id=1570

[4] http://archivo.eluniversal.com.mx/notas/674936.html

[5] http://www.20minutos.com.mx/deportes/noticia/halterista-eva-gurrola-desea-trascender-en-debut-olimpico-115493/0/#xtor=AD-1&xts=513356

[6] http://mexico.as.com/mexico/2016/08/19/masdeporte/1471640505_165337.html

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Claudia Pedraza es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Vasco de Quiroga (Michoacán), Maestra en Comunicación y Doctora en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM. Ha sido reportera, guionista, realizadora, locutora y productora en diversos medios michoacanos. Ha ejercido también la docencia. Como investigadora se ha especializado en el análisis del periodismo deportivo, género y comunicación. Actualmente es Jefa de Departamento de Monitoreo de la Dirección General de Análisis y Contenidos de Medios Audiovisuales del Instituto Federal de Telecomunicaciones. (Y le va a los Pumas aunque le rompan el corazón)

Revista cultural

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