¿Las cosas «ya no son como antes»? Mujeres y trabajo no remunerado

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Roberta Liliana Flores Ángeles

 

Las reuniones familiares, como el encuentro intergeneracional que suelen ser, brindan interesantes pláticas que nos permiten tener un pulso de los cambios y continuidades sociales, al menos aquellas relativas a nuestro contexto más próximo. Específicamente, como feminista, no puedo evitar sustraerme de los temas relacionados con la desigualdad de género, con la división sexual del trabajo, con la naturalización de la injustica de género. En la última reunión familiar, hablaba con una tía que –pasados sus setenta años– me decía que las «relaciones de pareja ya son distintas» (refiriéndose a las heterosexuales y con descendencia), «que ya no es como antes», que «ya hemos avanzado» y que ahora los «chavos» le entraban a la vida doméstica a diferencia de los hombres de su generación. No entraré en detalles de la charla que tuve con mi tía y otra prima que participaba de la conversación; sin embargo, lo traigo a cuenta por lo común que es dicha impresión en personas de diferentes edades, pues esto mismo se escucha decir a muchas mujeres mayores, e incluso a algunas más jóvenes que, sin hijas e hijos, no se han enfrentado a las negociaciones en la crianza

Las feministas nos encontramos en constante reflexión, por lo que frecuentemente nos preguntamos por los avances, los retrocesos y las resistencias al cambio en las relaciones de género. Esas mismas cuestiones estaba intentando responder mi tía, a su manera, y coincido con ella en que ahora más que nunca existen cambios tan estrepitosos en la vida de muchas mujeres –que no todas–, lo cual, desde su perspectiva, permitiría afirmar que la igualdad ha llegado para quedarse.

Quizá los ejemplos más palpables se relacionan con el acceso a la educación y al trabajo remunerado, ya que en las últimas tres décadas se ha observado un crecimiento sostenido en la inserción de las mujeres a la educación superior y en su participación en el ámbito laboral. Esto en sí mismo representa un avance, aunque cuando se analizan las relaciones entre niveles de escolaridad respecto de hombres y mujeres, así como sus posibilidades y condiciones de inserción laboral, salen a la luz fuertes desigualdades. En el trabajo persiste la segregación ocupacional, pues hay una menor participación femenina en las posiciones de decisión y poder (CEPAL, FAO, ONU Mujeres, PNUD, OIT, 2013) y a menudo el mejor nivel educativo de las mujeres no se traduce en mejores oportunidades de empleo (UNESCO, 2012). Además, existen fuertes diferencias en el acceso a la educación y al empleo entre las mujeres, que dependen de otras condicionantes tales como la pertenencia étnica, racial, de clase o la condición urbana o rural.

La salida masiva de las mujeres al mundo del trabajo, sus crecientes niveles educativos junto con otros cambios sociodemográficos –como la disminución en la natalidad y el aumento en la esperanza de vida–  ha trastocado las relaciones familiares y de género. En el tema del trabajo doméstico y de cuidados, en ciertos sectores de la población –principalmente urbanos y de clases medias–, la participación de los hombres se ha modificado. Sobre todo cuando se trata del cuidado de hijas e hijos, muchos se muestran más proclives a hacerlo (Faur, 2012; Craig, 2011; Lamaute-Brisson, 2010; Tobío, 2005; Batthyány, 2004), en tanto que quieren desarrollar un vínculo más estrecho como padres y distanciarse del estilo de paternidad que conocieron de sus progenitores. Nuevamente esta tendencia social fortalece la idea de estar frente a relaciones de pareja que «ya no son como las de antes» porque ahora ellos se involucran más, toda vez que los vemos cargando a sus bebés, llevándolos a la escuela y aventurándose a realizar algunas labores domésticas. Sin duda, éstos son cambios que necesitamos mirar y reconocer, pero no deben deslumbrarnos y opacar las desigualdades que persisten o que toman formas novedosas y acomodaticias dentro del patriarcado contemporáneo.

Por eso elijo pensar el trabajo de cuidados no remunerado pues es una de las más resistentes áreas a la transformación social, aún con las rupturas individuales que llevan a cabo ciertos hombres. Lo llamo trabajo porque desde la crítica feminista se considera así tanto las actividades productivas como las reproductivas, siendo ambas necesarias para la supervivencia de la especie; y no remunerado para distanciarme de aquellos cuidados que se obtienen mediante servicios pagados a través de instituciones públicas o privadas, o mediante la contratación de servicio doméstico en los hogares.

A diferencia de estos casos, el trabajo de cuidados no remunerado se resuelve a través de las redes familiares y comunitarias, principalmente femeninas y de manera gratuita. La connotación de trabajo y el subrayado en su gratuidad son importantes porque permiten poner sobre la mesa la forma en que ha sido invisibilizado, toda vez que se interpreta únicamente como una expresión de la capacidad amatoria de las mujeres, algo natural a nosotras y que por tanto representa el menor de los esfuerzos dada nuestra supuesta proclividad y mayor habilidad para atender las necesidades de los otros.

En contraste, este trabajo está muy lejos de ser sólo una expresión de amor y de quedarse en la intimidad de las relaciones familiares. En realidad, es un trabajo que aporta social y económicamente, tal como se refleja en la Cuenta Satélite del Trabajo no Remunerado de los Hogares en México (INEGI, 2014), donde se calculó que este tipo de trabajo (que incluye el doméstico, el de cuidados y el de trabajo en bienes de autoconsumo) representaba el 24.2% respecto del PIB nacional. Es decir, una a una de las actividades de trabajo no remunerado, incluido el de cuidados, conforman una compleja trama que garantiza que la vida humana se sostenga y que los engranajes de la organización social sigan aceitados.

Aunque paradójicamente el trabajo de cuidados es necesario para la vida humana, éste no es realizado por la humanidad en su conjunto, sino que ha sido delegado a las mujeres, quienes deben estar pendientes, ya sea gestionando y/o ejecutando, de tareas como cocinar, mantener los espacios limpios, tener ropa lavada, abrazar, consolar, curar una raspadura, cambiar pañales, leer un libro a una persona enferma, entrenar hábitos de higiene, acompañar al médico, supervisar las tareas escolares, jugar, brindar apoyos variados a una persona con alguna discapacidad, vigilar una buena alimentación de personas con enfermedades crónicas y un gran etcétera. Así que valga decirlo: aun cuando algunos hombres participen más del trabajo de cuidados, esto no es una generalidad y su participación sigue siendo parcial.

Para hablar de ello, primero es necesario decir que hay una gran complejidad y diversidad en las actividades de cuidados dependiendo del sujeto que los recibe. Tenemos cuidados hacia infantes, hacia personas en enfermedad, personas con discapacidad, hacia personas adultas mayores. Además de que hay diferencias marcadas por la clase, la condición étnica, racial, urbana o rural; aunque, según los datos de la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (INEGI, 2014), el trabajo de cuidados es realizado principalmente por mujeres. Para este artículo tomo como ejemplo el cuidado infantil y me centro principalmente en la población urbana y de clase media.

Los hombres suelen asumir una responsabilidad secundaria, siendo las mujeres las principales gestoras, es decir, ellas organizan las tareas de cuidado y diseñan complejas estrategias para resolverlas. Las mujeres suelen buscar a las personas o instituciones sustitutas de los cuidados maternos y dejan notas en el refrigerador con las indicaciones precisas a seguir durante el día, dirigidas a quien se haga cargo de reemplazarlas mientras están ausentes; además de dejar avanzada la mayor cantidad de trabajo posible (biberones preparados, comida confeccionada, ropa limpia y disponible, etc.). Para los trayectos cotidianos, las mujeres trazan rutas precisas  y estratégicas que compatibilicen actividades domésticas, laborales y de cuidados, como pasar a la recaudería cercana a la estancia infantil, después de hacer algunos pagos bancarios; ellas «optimizan» el tiempo al desplazar las tareas domésticas a las noches y/o fines de semana; o resuelven problemas dentro del hogar, relacionadas con los cuidados, a larga distancia mediante una llamada telefónica, dando alternativas de solución a quien se haya quedado a cargo, incluso si éste ha sido el padre. Tanto la planificación como la ejecución y supervisión de estas estrategias, consume tiempo y energía que es donado por las mujeres a la familia, en detrimento del tiempo y espacio propios.

Además, son ellas las principales responsables de las tareas de cuidados directos lo cual se ve reflejado en las estadísticas de uso del tiempo (ENUT, 2014). Para las estimaciones del año 2014, se encontró que –a nivel nacional– ellas dedican a los cuidados (a diferentes familiares, no sólo infantes) 28.8 horas semanales en promedio, frente a las 12.4 que dedican los hombres. Cuando además trabajan de manera remunerada, son ellas y no ellos quienes implementan estrategias de «conciliación» como reducir los horarios de trabajo o sacrificar el tiempo de descanso para cumplir con los deberes laborales después de la jornada como madres (Flores, 2014).

También sucede que ellos eligen qué tareas de cuidados asumir y, cuando se ausentan, son ellas quienes deben resolver cómo suplir dicha ausencia. Las mujeres, ante el trabajo de cuidado infantil, son las principales cuidadoras y normalmente no eligen las tareas a asumir, sino que todas son suyas, sólo se ven exentas de aquellas que han sido elegidas por la pareja u otro miembro de la familia o comunidad o que pueden ser pagadas (Flores, 2014). Es común que ellas realicen las tareas que no se pueden aplazar pues son parte de la rutina diaria; mientras que los hombres eligen tareas más lúdicas o de interacción que no requieren de un horario rígido, ni están ligadas a la supervivencia; igualmente es habitual que las mujeres realicen los cuidados de manera independiente y que los hombres lo hagan con la mediación de ellas. Puede suceder que los hombres asuman en totalidad los deberes de cuidados únicamente cuando sus parejas faltan, pero en cuanto ellas están presentes ellos se desembarazan de la responsabilidad y regresan a su rol complementario («ayuda») o de ausencia (Flores, 2014; Craig, 2011).

Entonces, aunque ellos colaboren más que en otros tiempos, sigue habiendo una mayor carga para ellas. Detrás de esto se encuentra que la masculinidad hegemónica no está orientada al cuidado y por tanto se resiste a verse despojada de los privilegios patriarcales, pues gestionar y ejercer el cuidado a cabalidad implican un uso distinto de los tiempos y de los espacios. Hay una estructura patriarcal resistente y cómplice que ha organizado todo alrededor del trabajo productivo –invisibilizando el reproductivo– dejando pocos huecos para que las mujeres reduzcan las tensiones de la doble jornada de trabajo. Sin embargo, esta misma estructura también solapa que la participación masculina sea menor, ya sea mediante un entramado de creencias que postulan que los hombres son «más torpes» que las mujeres para cuidar (Flores, 2014); mediante el diseño de horarios de trabajo de extensas jornadas; mediante los medios de comunicación que naturalizan la división de tareas entre hombres y mujeres y la exponen como única vía posible de organización social, entre otras formas.

De esta manera, para poder afirmar que ya hemos superado la desigualdad de género en las relaciones de pareja, necesitaríamos una deconstrucción profunda de la masculinidad. Se podría empezar por que los hombres logren asumirse como cuidadores principales que –en condiciones de corresponsabilidad– compartan de manera equitativa las necesidades de cuidados presentes en el grupo al que pertenecen. Paralelamente necesitaríamos construir una estricta ética social del cuidado que signifique que nuestras sociedades tengan en su centro el cuidado mismo como núcleo organizador de las relaciones sociales; desplazando así al trabajo capitalista como organizador social. Una ética que parta de romper la asignación del cuidado a las mujeres y, en su lugar, lo conciba como una necesidad humana que puede y debe ser cubierta por todas las personas e instituciones sociales.

Así pues, al final mi tía no estaba tan errada, puesto que sí ha habido algunos cambios en tanto que ciertos hombres ahora «ayudan» más en casa o quieren vincularse emocionalmente con sus hijas e hijos. Pero eso no es suficiente, no podemos dejar que esos hechos nos hagan caer en un espejismo que nos diga que ya hemos llegado al final del camino. Las mujeres exigimos más, queremos que nuestros compañeros trasciendan la ayuda, que se comprometan y, desde un ejercicio de honestidad, decidan entrar al cuidado en corresponsabilidad; que se comprometan con una ética del cuidado y sean capaces de escuchar y aprender con humildad  aquello que la socialización de género ha enseñado a las mujeres. Por nuestra parte, las mujeres, necesitamos soltar la culpa que es uno de los mecanismos que sirven para garantizar nuestros servicios de cuidado incondicional y permanente. Como sociedad, necesitamos resignificar la idea del cuidado para trascender la asignación que personifica en las mujeres la capacidad «privilegiada» para ello mediante la clave perversa que dicta el cuidar a través del descuido (Lagarde, 2004). Además necesitamos desplazar el trabajo capitalista como organizador social, poner en el centro los cuidados y lograr construir una estricta ética social sobre éstos, que nos encamine hacia una sociedad más justa y proclive a tender redes de cuidado mutuo y colectivo.

 

 

Referencias

Karina Batthyány, Cuidado infantil y trabajo ¿Un desafío exclusivamente femenino? Una mirada desde el género y la ciudadanía social. Montevideo: Oficina Internacional del Trabajo, 2004.

CEPAL, FAO, ONU Mujeres, PNUD, OIT. Informe Regional. Trabajo decente e igualdad de género. Políticas para mejorar el acceso y la calidad del empleo de las mujeres en América Latina y el Caribe. Santiago: Autor, 2013. http://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/@americas/@ro-lima/@sro-santiago/documents/publication/wcms_233161.pdf

Lyn Craig, «¿El cuidado paterno significa que los padres comparten? Una comparación de la manera en que los padres y las madres de familias intactas pasan tiempo con sus hijos e hijas», en Debate Feminista, 44(22), 2011, pp. 99-126.

Eleonor Faur, «El cuidado infantil desde las perspectivas de las mujeres-madres. Un estudio en dos barrios populares del Área Metropolitana de Buenos Aires», en V. Esquivel, E. Faur y E. Jelin (Eds.), Las lógicas del cuidado infantil. Entre las familias, el Estado y el mercado, Buenos Aires, Argentina: Ides-UNFPA-UNICEF, 2012, pp. 108-163.

Roberta Flores, Experiencias y tensiones de madres y trabajadoras feministas frente al cuidado infantil. Tesis de maestría. Argentina: FLACSO-PRIGEPP, 2014.

Instituto Nacional de las Mujeres. Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2009. México: Autor (2014).

Marcela Lagarde, «Mujeres cuidadoras: entre la obligación y la satisfacción», en Cuidar cuesta: Costes y beneficios del cuidado, Congreso Internacional SARE 2003: 155−160. Vitoria-Gasteiz: Emakunde, Instituto Vasco de la Mujer, 2004.

Nathalie Lamaute-Brisson, «Economía del cuidado de la niñez en Haití: proveedores, hogares y parentesco», en S. Montaño y C. Calderón, El cuidado en acción. Entre el trabajo y el derecho CEPAL/UNIFEM, 2010, pp. 177-196.

Constanza Tobío, Madres que trabajan. Madrid: Ediciones Cátedra, 2005.

UNESCO. Atlas Mundial de la igualdad de género en la educación. Francia: Autor, 2012.

http://www.uis.unesco.org/Education/Documents/unesco-gender-education-atlas-2012-spa.pdf

 

 

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Roberta Liliana Flores Ángeles es licenciada en Psicología por la UNAM, maestra en Género, sociedad y políticas públicas por FLACSO Argentina y terapeuta en formación. Sus áreas de trabajo son trabajo remunerado y no remunerado, corresponsabilidad, violencia de género y masculinidades. Actualmente es tutora en línea de la maestría de la que es egresada, y colaboradora de la coordinación académica del diplomado en línea «Introducción a la Teoría e Investigación Feminista» del CEIICH-UNAM. Es una feminista que se asume, también, como defensora de la alegría.

 

 

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