«El hombre llega hasta donde la mujer quiere»

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Una falacia sobre el poder y la autonomía de las mujeres

 

 

Ana Paulina Gutiérrez

 

 

¿Alguna vez han escuchado esa frase? Es bastante probable que sí, al menos una vez en su vida. En mi caso, la escuché durante toda mi adolescencia. Amigas de mi hermana de quienes yo era fan de hueso colorado, familiares, profesoras preocupadas por mi castidad la repetían con un tono de seguridad que me dejaba muda. «Seguro que es verdad», pensaba.

Esta idea de que la virginidad de las mujeres es parte fundamental del ideal –y la práctica– de la decencia seguía vigente en las clases medias de la Ciudad de México al menos hasta los noventa. Ya habiéndola asumido como cierta, se hacía necesario transmitir ciertos «conocimientos» a las adolescentes que les permitirían reconocer dos tipos de mujeres: las fáciles, que no se dan a respetar, y las decentes, que sí lo hacen. También se les decía que para «darse a respetar» había que marcar un límite al hombre en el contacto físico, emocional y comunicativo. Un límite ambiguo pero obligatorio.

Recuerdo que mis primeros encuentros sexuales estuvieron marcados por el miedo y la culpa. Invariablemente. A mis dieciséis años, cuando empecé a sentir un deseo incontenible y cómplice con mi primer novio, también empecé a sentir que me comportaba mal, que me estaba equivocando, y que algo malo me pasaría (sin saber bien qué y cómo) si yo cedía ante el deseo de mi novio. No mi propio deseo, porque ese ni siquiera debía pensarlo, ese deseo propio ni siquiera debía existir.

También recuerdo que fui bombardeada como nunca por los adultos con normas y restricciones al espacio privado. Mi novio y yo no podíamos estar a solas en ningún lugar, mucho menos en mi casa. Hasta las vecinas se encargaban de que la regla se cumpliera. En una ocasión una de ellas fue a mi casa con un libro que se llamaba Mi cuerpo es un templo y sólo Dios puede tocarlo. Nunca olvidaré el título y la idea que se alojó en mi mente tras esa visita de la vecina: «De seguro se dio cuenta de que Juan y yo entramos a escondidas y nos besamos en el sillón de la sala». El panóptico en todo su esplendor. Y no, no había forma de que ella supiera eso. Tampoco de que supiera que la primera vez que Juan me quitó la blusa me eché a llorar sin poder parar durante un buen rato, ante la mirada atónita de mi novio y la culpa que también a él lo invadió por «haberme hecho algo que yo no quería». Pero ¿realmente no quería? Claro que quería, me moría de ganas. Pero antes que las ganas estaba la decencia, y la frase de «el hombre llega hasta donde la mujer quiere» retumbaba en mi cabeza. Pero si yo quería, ¿entonces cuál era el límite?

Y ¿qué tiene que ver todo este balconeo con la dichosa frase? ¿Por qué me ha llamado la atención al grado de escribir sobre ella y compartir estas reflexiones con ustedes? La razón es su vigencia en ciertos contextos. No me atrevo a generalizar, pero puedo hablar en particular de un proyecto de investigación sobre violencia de género en el que participo con jóvenes universitarios. Esta frase salió de la boca de decenas de jóvenes, hombres y mujeres, al tratar de explicar los límites de interacción entre alumnas y profesores varones. Primero, exponían la tipología doble que he mencionado antes: la chica fácil y la chica que se da a respetar. Al pedirles que profundizaran en estas ideas, la frase surgió en la mayoría de las entrevistas, así que la tomé como parte de la guía del cuestionario y comencé a profundizar sobre los significados alrededor de esta idea. Los resultados se relacionaban con dos temas: la sexualidad y la violencia. En la percepción de la mayoría, son las mujeres quienes «deciden su destino» al no poner freno a los impulsos de los hombres: «Le está haciendo ojitos y ella se deja» y «hay mujeres a las que las golpean y ahí siguen. Es su culpa».

 

El asesinato del deseo y de la autonomía

Sin afán de generalizar, me atreveré a decir que a muchas mujeres nos han enseñado durante la adolescencia que desear ciertas cosas está mal, pero que decidir de manera autónoma, está todavía peor. Que las mujeres decentes no desean el placer sexual, no se masturban, no tienen iniciativa. No gestionan su cuerpo ni sus decisiones. Dependen del placer de otros, de las decisiones de otros, del tiempo de otros. Entonces, como las mujeres decentes al igual que los unicornios no existen, solemos vivir con culpa y con miedo la expresión y el goce de nuestros deseos; además, en algunas circunstancias, enfrentamos la exigencia social de tomar decisiones para «frenar los impulsos de los hombres».

Hay un juego doble alrededor del poder y la autonomía de las mujeres, sin importar las preferencias sexuales que tengamos. Se nos atribuye y demanda un carácter pasivo que ceda la autoridad al hombre, pero al mismo tiempo se nos exige «darnos a respetar» y poner límites al deseo desbocado de los hombres. «Si quiere, que sea él quien te busque», «el hombre debe adivinar lo que la mujer desea», «haz como que no te interesa y vas a ver cómo cae rendido a tus pies», «tú tuviste la culpa porque le demostraste demasiado interés». Esto y más dicen otras célebres frases relacionadas con el tema. La autonomía de las mujeres en estos discursos y prácticas sociales suele estar mermada e inclusive mal vista y juzgada como impulsividad, falta de estrategia y racionalidad. Hay que fingir, mantener un bajo perfil, que no se note que decidimos, pero hay que poner límites. El arte Cosmopolitan. La música pop-payola de cualquier época. Como decían las Flans en los 80, más vale tirar las cubas por la ventana que decir que no. Más vale no ceder ante el deseo de tomarse la cuba y «fingir de inocente y quitarse del camino».

 

La vuelta de tuerca

Laurel Richardson, en su maravilloso estudio sobre romances entre mujeres solteras y hombres casados (1998), plantea que la sexualidad de las mujeres es un campo para la explotación, la violencia y la opresión, pero también para la exploración, la agencia y la autonomía. Sostiene que las mujeres utilizan estrategias que les permiten salir de la norma heterosexual para ganar espacios de libertad y autonomía. ¿De qué formas podemos transformar el orden social que mantiene operantes mensajes opresivos como el implícito en la frase analizada?

Algo que me gusta de la investigación social es descubrir el papel que jugamos todas las personas en las transformaciones culturales, pues, si bien las estructuras sociales son aplastantes, no anulan por completo la capacidad de agencia de las personas (Archer, 2003). Una de las formas en que lo noto y que es la que más disfruto es cuando en medio de una entrevista o dentro de un grupo focal, las personas reflexionan sobre sus propias respuestas. En este caso la mayoría de las jóvenes estudiantes entrevistadas lo hacían. Se quedaban pensando, en silencio, y después me decían: «Pensándolo bien es una frase tramposa, muy machista, parece que la mujer decide, pero más bien la está culpando». Uno de los casos que más me sorprendió fue el de una joven que me dijo: «Esa frase la podemos transformar en una frase feminista, como la frase de “no es no” contra el abuso sexual. No sé bien cómo hacerlo, pero tendríamos que hacerlo». Y mi favorita fue: «¿Por qué nuestro deseo se tiene que acoplar al deseo del hombre? Si nos dan ganas lo hacemos y si no, no. Decidamos nosotras».

Tal vez esto no es la transformación social total, si es que eso existe, pero nos habla de las posibilidades que tenemos las personas, en este caso las jóvenes, de reconfigurar los estereotipos y las normas sociales. Poner en cuestión los mensajes que reciben permite redefinir su propio papel en el mundo. Es importante reconocer que la autonomía y el poder de tomar sus propias decisiones no tienen nada de malo y que el deseo y la libertad del goce les abren caminos en vez de cerrarlos.

 

 

Bibliografía

Archer, Margaret (2003), Structure, Agency and the Internal Conversation, Cambridge University Press.

Richardson, Laurel, «Sexual Freedom and Sexual Constraint: The Paradox for Single Women in Liaisons with Married Men», en Gender and Society, Vol. 2, No. 3, Special Issue to Honor Jessie Bernard (Sep., 1988), pp. 368-384.

 

 

 

 

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Ana Paulina Gutiérrez es doctora en sociología por El Colegio de México. Investiga sobre género y redes sociales en internet. Se ha enfocado en temas como identidades trans, salud y violencia. Escribe también cuentos eróticos. Su cuento «El dedo» fue finalista del concurso Letras de mi primera vez organizado por Tusquets y el FCE. Es apasionada del mar, el universo y sus misterios y las formas en que las personas transitan, sufren y gozan el mundo social que habitan.

 

Revista cultural

3 comentarios

  1. Cecilia

    9 Diciembre, 2015 at 21:59

    Al igual que a ti me ha encantado la frase «¿Por qué nuestro deseo se tiene que acoplar al deseo del hombre? Si nos dan ganas lo hacemos y si no, no. Decidamos nosotras». Precisamente algo así solía pensar cuando me adiestraban en el fino arte de cargarme de la responsabilidad sexual. Y te estoy hablando de mis 12-13 años, es decir, hace 10 años. Me recuerdo consternada, preguntándome “bueno, ¿y qué pasa si yo quiero? ¿Si yo quiero y él también está mal?”.
    Gracias por tu columna, por poner en palabras el peligro que encierra esa maldita frase. De verdad, gracias.

    • Ana Paulina

      27 Agosto, 2016 at 19:03

      Gracias a ti por leer y comentar Cecilia. Un abrazo.

      • Marco Antonio Romo

        19 Octubre, 2016 at 17:53

        Reflecciones tan bien argumentadas y atinadas son de gran valor para iluminar los fetiches inducidos desde epocas medievales , afortunadamente lenta pero inexorablemente esta mentalidad represora ha ido cediendo espacios ante los nuevos tiempos en que se vive hoy en dia , a mi me toco ser parte de esa epoca de la Liberacion sexual generacional de fines de los 60 y la decada de los 70 donde el Slogan del “Free Love” y del “Peace & Love” resquebrajo los viejos moldes acartonados de una falsa moral represiva e hipocrita … La epoca en que un concierto multitudinario como lo fue Woodstock infarto a Padres y Abuelos victimas de las imposiciones ancestrales y resistentes a la liberacion sexual de los jovenes …. La felicito Ana Paulina , vi cuales son sus aficiones y que fue finalista del concurso literario “Letras de mi primera vez” , donde pudiera conseguir o leer “el Dedo” ? Espero volverme a topar con publicaciones suyas , esta de aqui la vi en la revista literaria Cuadrivio a la cual soy afin y afecto a compartir sus publicaciones …

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