David Bowie: disonancia y transformación

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Ana Paulina Gutiérrez 

 

Si soy responsable de que la gente encuentre más personajes dentro de ellos mismos de los que pensaban que tenían, entonces me alegro, porque es algo que defiendo con firmeza. Que uno no es totalmente lo que ha sido condicionado a creer que es. Hay muchas facetas de la personalidad, que muchos de nosotros tenemos problemas para encontrar y algunos encontramos demasiado pronto.

David Bowie en Cracked actor

You’ve got your mother in a whirl ‘cause she’s

Not sure if you’re a boy or a girl.

«Rebel Rebel»

 

Para Anxélica Risco y María Graciela

 

 

Una breve advertencia

Escribir sobre David Bowie no es una tarea sencilla. Menos en este momento en el que, además de que abundan los textos sobre él, la sensibilidad de quienes le admiramos profundamente está a flor de piel a causa de su sorpresiva muerte. Cuesta centrar la mirada. Me tomó varios días decidirme sobre la línea que seguiría en esta entrega de «Mar de fondo». ¡Hay tanto que decir sobre David Bowie y el género! No sabía por dónde empezar. Así que escuché los álbumes de David en orden cronológico, vi fotografías, leí decenas de textos sobre él y sostuve conversaciones con amigos acerca de su obra, sus ojos, su voz, su vida. Evité ver los videos de «Blackstar» y «Lazarus», hasta que decidí que no podía escribir y rendirle humilde homenaje sin abrir esa puerta. Lloré mucho, me asusté, se me enchinó la piel. Pensé en su miedo a morir, en su angustia y en la lucha que emprendió (y compartió) para resolver ese pasaje inevitable, misma que se refleja en la oscuridad de ambos videos. Me estremecí de principio a fin. Sin embargo, encontré ahí la clave para reflexionar sobre los tránsitos de género y de vida en David Bowie, y la fascinación que nos causa a tantas y tantas personas en el mundo. Y heme aquí. Tratando de escribir algo digno de esa maravillosa estrella negra. Pido perdón de antemano si no lo logro. Ha sido una tarea difícil.

Por otra parte, no pretendo declararme la fan número uno, ni afirmar que soy una conocedora amplia de la obra de Bowie. Renuncio desde estas primeras líneas a la exigencia de validarme como «verdadera fan» de David. Pienso que al ser no sólo un artista en el sentido amplio del término, sino un fenómeno cultural, la exigencia de validación es absurda, incluso pedante.

Me limitaré a tomar a Bowie como pretexto para reflexionar sobre el género, y al género para hacerle un homenaje a una de las personas más maravillosas que han existido en el mundo.

 

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Mi encuentro con Bowie

Yo no conocí a Bowie en mi infancia o en mi tierna juventud. Lo escuché mucho tiempo sin ponerle atención, sólo de pasada, en el Rock Stock y otros bares de rock a los que me colaba en mis años de adolescencia. Me encontré con él de manera oficial y permanente, en mis recién estrenados veintes, gracias a un ex amor melómano con quien pasé diez años de mi vida y que era un gran admirador de Bowie. Con él aprendí, a lo largo de nuestra vida cotidiana juntos, a escucharlo detenidamente, a gozarlo y a amarlo. Me contaba todo sobre él, me hablaba de sus influencias, de sus «loqueras», de la perfección de sus arreglos musicales. De lo extraordinario de su obra y de la peculiaridad de su voz. Él, Gerardo, sentado frente a la computadora, poniendo una canción tras otra, y yo sentada en flor de loto en el piso, escuchando y viendo todo sobre Bowie, construimos juntos cientos de memorias con esa música de fondo.

En ese entonces todavía no me dedicaba a estudiar el género, pero ya había una intriga sobre la belleza de lo que entonces Gerardo y yo considerábamos una androginia juguetona. Y es que les he de contar que tengo un particular gusto por las personas andróginas desde que recuerdo. Me parecen de una belleza sublime: David Bowie, Robert Plant, Prince, Omahyra Mota y Rain Dove (y cualquier otra que no necesariamente pertenezca a la farándula). Pero también he de confesar que con David Bowie no es la androginia lo que me cautiva. O al menos no sólo eso. Es algo más lo que me causa esa fascinación que comparto con millones de personas y en la que vale la pena detenerse: la habilidad de combinar lo que en teoría no se debe combinar.

Para ello, comenzaré por retomar una anécdota. En aquéllos años, mis amigos y mi ex pareja, todos ellos hombres heterosexuales, hablaban con cierta frecuencia de David Bowie y sus andanzas sexuales. Recuerdo una conversación en particular, útil para reflexionar sobre Bowie como un fenómeno cultural atravesado por el orden de género. En algún momento de la plática alguien dijo:«Bowie es “medio puto”». Yo recuerdo que pregunté «¿Cómo que medio puto?». La respuesta fue, en términos generales, que David había tenido relaciones con hombres durante mucho tiempo y que después había declarado que ya no lo hacía y que en realidad nunca lo había disfrutado. Mis amigos reían y afirmaban que eso formaba parte de su excentricidad, igual que el abuso de la heroína y la «diamantina» en ciertos momentos de su trayectoria. Sin embargo, por más límites discursivos que construyeran, no podían ocultar lo que yo interpreto como una fascinación efervescente por Bowie y aquello que llamaban «su androginia». Ninguno aceptaba abiertamente una atracción física por David, o Ziggy o Aladdin, pero usaban playeras con su rostro, tenían o habían tenido afiches con las imágenes más provocativas del artista, cantaban en agudos y bailaban con manierismos sus canciones. «Este güey está cabrón», decían con emoción. Se involucraban bellamente con Bowie a través de estas expresiones particulares de género. Lo deseaban y concretaban su deseo a través de la música y los personajes. No tenían reparos. Joteaban,[1] y lo disfrutaban, gracias a David Bowie.

 

Bowie, el ritual y la disonancia

A nosotros en pleno 2016 nos podrá parecer algo sin chiste el hecho de que Bowie apareciera en los escenarios y la televisión expresando su homosexualidad, o bisexualidad. Y nos puede sorprender menos aún que se caracterizara como Ziggy o Aladdin con vestuarios coloridos, que sólo cubrían parte del cuerpo, entalladísimos y «súper afeminados». Hemos visto miles de personajes que lo hacen. En internet podemos encontrar casi cualquier cosa que lo supere en excentricidad. Sin embargo, es necesario decir que para aquella época sí era algo muy innovador. Basta un dato para imaginar por qué lo que Bowie hacía era una transgresión importante: fue apenas en el año 1967 que la homosexualidad dejó de ser ilegal en el Reino Unido.

DB5Ya en 1964 el joven David Jones aparecía en televisión hablando junto con un grupo de jóvenes británicos de su recién fundada Society for the Prevention of Cruelty to Long-Haired Men.[2] En esta entrevista denunciaba las prácticas de crueldad (que tal vez ahora se considerarían discriminación) contra los jóvenes que decidían usar el cabello largo, desafiando la norma de estética e higiene que establecía que los hombres, a diferencia de las mujeres, deben usar el cabello corto. Cuando descubrí este video, comprendí que ya desde sus inicios Bowie buscaba provocar y cambiar lo que él consideraba un absurdo: el condicionamiento social para creer que somos algo determinado (y no otra cosa).

En la actualidad y en diversos contextos sociales, sigue siendo difícil ser diferente. Madonna decía a su público hace unos días, como un pequeño homenaje a Bowie en una de sus presentaciones, que lo que David le permitió saber desde que lo conoció fue «que estaba bien ser diferente». Y como ésta, hubo muchas declaraciones de artistas y fans que aseguran que Bowie cambió sus vidas. Y sí. Bowie fue una pieza fundamental para algunas de las transformaciones culturales respecto a las sexualidades y el género. No quiero decir con esto que sea el único factor, ni que el cambio sea total y la aceptación de la diversidad un hecho. Sería absurdo. Pero sí me parece importante mostrar y reflexionar de qué manera una persona funge como fenómeno cultural y ritual y cuáles son los elementos de los que se vale para comunicar el mensaje que ha construido.

Años antes de la aparición de Ziggy, podíamos ya ver la transgresión de las normas de género en algunas de las imágenes de David Bowie. Las portadas de sus discos The Man Who Sold the World y Hunky Dory, y las fotografías de Bowie vestido «de mujer» empujando una carriola, o sentado en una silla con largos vestidos, así como los rumores en torno a su travestismo, nos muestran una faceta que precede a los personajes construidos como base de la narrativa que recorrió su trayectoria artística. El cabello larguísimo, el maquillaje sutil, los ceñidos pantalones acampanados o las faldas largas y los sombreros con flores, así como sus expresiones corporales sensuales y provocadoras, fueron parte del primer escalón de la androginia que lo caracterizó a lo largo de su vida.

 

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Bowie como Ziggy Stardust

 

Después, esa «androginia hippie y sutil» se quedó corta cuando apareció en aquellos trajes multicolor, tan entallados que hacían notar sus genitales, en un acto provocativo sin precedente. La pierna desnuda, musculosa y velluda y el pezón expuesto, protagonizan una de las fotografías más impactantes de Ziggy Stardust. El cabello rojo fuego, los ojos con sombras de colores, la estola de plumas y la postura seductora, dan existencia a la mezcla de códigos: los opuestos complementarios, hombre y mujer, esos que se supone que no pueden convivir, habitan en un mismo cuerpo. Un cuerpo deseado por millones.

No se puede perder de vista que es una figura mediática que busca comunicar a través de su música y sus performances. El impacto de David Bowie y su propuesta musical, visual y performática, está conformada por muchos más elementos y herramientas (incluida la tecnología de medios) que trascienden las posibilidades de este texto. Aquí me centro en algunos de los elementos que Bowie utilizó para comunicar ese absurdo que criticaba desde sus inicios, y la posibilidad de transformar las formas de existencia de las personas.

Uno de los elementos que considero más importantes para comunicar con fuerza dicho mensaje es la disonancia, tanto en los sonidos como en las imágenes, que al final de cuentas funcionan como representaciones simbólicas que, al hilarse, forman una narrativa más amplia. Una narrativa disonante, tensa, pero a la vez, esperanzadora, ya que posibilita la convivencia de las contradicciones y, por lo tanto, la transformación del orden (de género). David Bowie utiliza la disonancia como un elemento que irrumpe y hace notar la diferencia y la complejidad de las personas.

Los performances de David Bowie pueden ser entendidos como rituales para el procesamiento de las diferencias de género, los límites entre los dos polos (mujer y hombre-femenino y masculino) y las transgresiones de dichos límites, tanto en las expresiones identitarias como en las formas del deseo erótico. El mismo Bowie es un ritual que da existencia a la diversidad y posibilita el cambio. Es una representación de la posibilidad, no sólo de ser diferente, sino de transformarse y de transitar, de una manera gozosa, por donde no se debería.

Es a través de su performance, del despliegue de sus gestos, sus colores, su música y su voz, que se ponen en acción las diferencias, las mezclas y la ambigüedad en el campo del género. Aceptar y desear a Bowie es, en principio, aceptar y desear la complejidad humana organizada por medio del género. Se acepta y se goza mientras transcurre el ritual, el performance, aunque después se vuelva al esquema dicotómico de la vida cotidiana. ¿Pero por qué se aceptan y se gozan la complejidad, la ambigüedad y la transgresión de Bowie y no otras?

 

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La vuelta al origen

De acuerdo con el sociólogo Simon Frith (1998), este ritual que se lleva a cabo por medio del performance del artista, involucra al público, quien se vuelve un elemento importante del mismo performance. Así, el joteo de mis amigos del que hablaba al principio forma parte del ritual que transgrede las fronteras del orden establecido.

Cabe destacar que la transgresión de Bowie incluye otras dimensiones más allá del género. Por eso quizá tiene tanta fuerza. Se entrelaza todo el tiempo con otras oposiciones y complejidades que forman parte de nuestra vida cotidiana, como el pasado, el presente y el futuro, lo positivo y lo negativo, lo viejo y lo nuevo. Incluso me atrevo a decir que uno de los imanes que atrae a tanta gente es que a pesar de la transgresión constante, Bowie siempre regresa a algo así como un origen –lo que Anxélica Risco, activista trans y artista, llama «lienzo en blanco». Juega también con el contraste entre las extravagancias que lo han hecho tan visible a lo largo de su carrera, y el camuflaje de un hombre cualquiera, que ni siquiera es reconocido en las calles de Manhattan.

David Bowie se lanzaba todo el tiempo al vacío por medio de la experimentación y del juego. El flujo constante de creatividad, tanto en su obra como en su identidad y su vida, ha sido parte del performance y eso anima a las personas (sus fans) a integrarse a estos rituales de transgresión y transformación. El movimiento ha estado presente en la mayoría de sus obras musicales y visuales. La crítica a permanecer, a quedarse en los recuerdos, y la necesidad de cambio son una constante. Eso es lo que permanece, una sutileza que nos permite saber que detrás de todo ese cambio hay una persona real que se mira al espejo (elemento frecuente en sus narrativas), un artista que busca tocar y transformar nuestros guiones cotidianos. Uno logra verse en Bowie con mil caras, frente al espejo, mientras tararea sus canciones, como él lo hace en «Thursday’s child».

Lo que Bowie realmente cuestiona es la idea que tenemos de tiempo y de permanencia. Ésta es la base cultural que nos forma como personas, nos moldea. De eso depende en gran parte nuestra perspectiva, formada socialmente, frente a eso que llamamos vida. De ahí la fuerza de la amplia obra de David Bowie, de la que sin duda, él mismo forma parte.

He leído en varios textos que la muerte de David Bowie marca el fin de la juventud de alguien, de la libertad de la humanidad, de una era. Estoy en total desacuerdo con esas ideas. En mi opinión pensar eso es traicionar a Bowie. Y al mismo tiempo (de nuevo las contradicciones que él tanto usaba) le da la razón, porque muestra nuestra incapacidad cultural y personal para entender y aceptar el cambio, las transformaciones y las continuidades. No se acaba nada, simplemente se transforma. Ése es su mayor y mejor legado. Lo que sí es un hecho es que se extrañará un mundo sin Bowie, siempre en activo, porque son pocas las mentes y los corazones dispuestos a mutar, a aceptar, a reír, a ser inteligentes y empáticos con el otro. Porque siempre necesitamos personas que nos recuerden la estupidez humana y las posibilidades de cambio con gracia.

La buena noticia es que tendremos Bowie para rato. Los rituales continuarán existiendo aunque él haya muerto. Una prueba de ello, y citando de nuevo a Frith, son las emociones y subjetividades que se pusieron en juego cuando vi sus dos últimos videos. Me imagino que a muchas otras personas les pasó igual. Lloraron, se emocionaron, pensaron en su propia muerte. La idea que a mí me quitó el aliento fue: «si David Bowie vivió con angustia la muerte, no me engaño más, la muerte no puede ser bella». Eso, justamente, es formar parte del ritual y de la transformación que Bowie tejió a lo largo de su vida y su obra. Eso no se muere. Eso es lo que permanece. Gracias, querido David.

 

 

Bibliografía

Frith, Simon, Performing rites. Cambridge: Harvard University Press, 1998.

 

NOTAS

[1] El joteo es una práctica social que consiste en que los varones, heterosexuales u homosexuales, se expresen con manierismos, tonos de voz y expresiones que son identificadas socialmente como femeninas. Estas acciones suelen desarrollarse en tono de broma y algunas veces incluyen la interacción con otro hombre en un juego de seducción que, fuera de este performance, está prohibido.

[2] Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra Hombres de Pelo Largo.

 

 

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Ana Paulina Gutiérrez es doctora en sociología por El Colegio de México. Investiga sobre género y redes sociales en internet. Se ha enfocado en temas como identidades trans, salud y violencia. Escribe también cuentos eróticos. Su cuento «El dedo» fue finalista del concurso Letras de mi primera vez organizado por Tusquets y el FCE. Es apasionada del mar, el universo y sus misterios y las formas en que las personas transitan, sufren y gozan el mundo social que habitan.

Revista cultural

1 comentario

  1. Marco Antonio Romo

    19 Octubre, 2016 at 18:06

    Una vez mas me permito felicitarle por sus publicaciones Ana Paulina , un placer leer sus articulos tan bien estructurados … Gracias por compartir !!

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