Amor materno, amor animal. #Furlove

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Ana Paulina Gutiérrez Martínez

 

 

Preguntarse respetuosamente de forma continua quién y qué emerge en la relación es la clave. Esto es así para todos los amantes verdaderos, no importa de qué especie.

Donna Haraway

 

Para Valeria Jaidar, Julieta Lamberti y Carola Peláez.

 

Como cada año, el 10 de mayo se celebró el día de la madre. Las voces respecto de este festejo no se hicieron esperar en las redes sociales. Y también como cada año, las opiniones sobre el día estuvieron divididas en tres grupos: quienes celebran, quienes critican y quienes apelan a una resignificación del día, a pesar de estar de acuerdo con muchas de las críticas que se hacen a la celebración.

Este año una nueva forma de resignificación del día de la madre llamó mi atención: el celebrar ser «madre» de perros y gatos, a quienes cariñosamente se les ha puesto el nombre de «perrhijos» y «gathijos». Me tocó recibir varias felicitaciones por tener gathijos, y algunas amigas mías también compartieron en Facebook su sorpresa al recibir comentarios por ser madres amorosas de perros. Nos llegaron poemas y pensamientos en los que la idea central era el amor y el cuidado profesados a los gathijos y perrhijos y las recompensas que recibíamos en forma de lamidas, maullidos, pelitos en la ropa y gracias diversas de nuestros retoños. Algunos de los hashtags que acompañaron este tipo de publicaciones en las redes fueron #petmom, #furkids, #furbabies, #Mykidshavepaws, #Furlove.

Tengo la certeza de que todos y cada uno de los mensajes compartidos en mi muro y en el de mis amigas fueron dedicados con cariño y con las mejores intenciones, y en ese sentido agradezco el gesto. Sé que todas esas personas comparten conmigo el gusto y el amor por los animales y consideran la convivencia cotidiana con ellos un aspecto fundamental de sus vidas. Sin embargo, estos hechos curiosos, expresados en las redes sociales en internet, me hicieron reflexionar sobre las ideas y prácticas alrededor de la maternidad, así como sobre las relaciones entre personas y animales. Ahora comparto dichas reflexiones en este espacio colectivo.

 

El amor animal como fuga de lo humano, no como suplemento de la maternidad

En distintos contextos urbanos, es cada vez más frecuente que algunas mujeres decidan retrasar la maternidad (ya sea biológica o por adopción) o inclusive no ser madres o tener menos hijos que generaciones anteriores[1]. En mi grupo cercano de amigas, la mayoría en nuestros treinta y tantos, más de la mitad hemos pospuesto la maternidad por diferentes razones. Algunas por dedicarnos a los estudios de posgrado, otras por procurar el ascenso profesional, algunas porque no han encontrado la pareja adecuada para procrear, varias porque no tenemos la estabilidad económica que requiere la crianza de un hijo, y la mayoría simplemente porque no hemos tenido deseos suficientes de convertirnos en madres. Algunas confirman cada día que el ser madre no es una opción para su presente, ni para su futuro. Otras dudamos, avanzamos un paso a favor de hacerlo y retrocedemos dos. Mientras estas reflexiones y decisiones personales suceden y nosotras seguimos con nuestras vidas en el día a día, estudiando, trabajando, divirtiéndonos, viajando, descansando, algunas personas han decidido hacernos un reconocimiento que no solicitamos: el de ser ejemplares y amorosas madres interespecie, habiendo asumido el rol de madre con nuestros animales domésticos.

En mi caso, ser madre es un deseo claro para el futuro próximo. Madre humana, porque para mí tener gatos es otra cosa. Son deseos diferentes. Dos formas distintas de relacionarme con seres vivos. Ambas implican responsabilidad y cuidados, pero son significativamente distintas. Para mí lo más disfrutable de mis gatos, es que sean gatos. La comunicación con ellos es placentera porque es diferente a la que tengo con los humanos.

Yo crecí rodeada de animales domésticos y una de las formas en que aprendí a relacionarme con el mundo fue tratando de entender la comunicación entre ellos y nosotros los humanos. No cabe duda de que cuando convivimos con animales domésticos, se generan vínculos muy fuertes que hacen que exista un lenguaje especial. Mis gatos saben cuando estoy jugando con ellos o estoy enojada por el tono de mi voz. Yo sé cuando ellos maúllan para jugar, para comer o para llamar la atención. Se asoman a la ventana cuando voy llegando porque misteriosamente notan mi presencia. Y esos entendimientos y misterios son los que me hacen amarlos y gozarlos todos los días. Para mí la relación con los animales domésticos es un desprendimiento necesario y gozoso de lo humano. Una fuga. Ahí radica en gran medida mi placer por el amor animal.

A la madre humana se le atribuyen las tareas de cuidado y afecto, que se transforman en un amor infinito (eterno, dice la canción). A esto hay que sumar la idea naturalizada, es decir, no cuestionada, de la existencia de un instinto maternal que todas las mujeres poseemos por el hecho de ser mujeres y madres potenciales. Es una de las ideas más arraigadas en distintas sociedades. «La maternidad te llama», dicen las voces populares. Y tal vez por eso se asume que las mujeres que a los treinta y tantos no han tenido hijos tienen la necesidad de amar y cuidar a alguna criatura «indefensa».

El amor materno se entiende la mayoría de las veces como un amor incondicional, como un sentimiento que ha sido igual a lo largo de la historia y en todas las sociedades, y que además es un atributo natural de las mujeres. De ahí que la ausencia de este sentimiento o las diferencias en su expresión respecto de lo que se espera como natural sean estigmatizadas. Las mujeres hemos de ser madres a como dé lugar porque es nuestra naturaleza. Negarla no es bien visto. Y a veces sin darnos cuenta somos más conservadores de lo que desearíamos cuando entablamos relaciones sociales tanto con animales humanos como no humanos. La maternidad y el maternazgo (Lamas, 1986) son hechos complejos, culturales e históricos y no naturales ni definitivos (Mead, 1962; Smart, 1996; Stolcke, 2000). El maternizar la relación entre humana y gato o perro es una forma de reafirmar esta idea de que las mujeres derrochamos amor y cuidados y hemos por tanto de depositarlos en alguien que dependa de nosotras. ¿No es acaso posible entablar otro tipo de relación con los animales domésticos que no aluda a la maternidad?

 

El narcisismo humanista

De acuerdo con Donna Haraway (2007; 2003), los encuentros entre humanos y animales son relaciones que tienen que ver con la supervivencia y la codependencia. No podemos vivir sin los animales, ya sea para alimentarnos, para realizar trabajos, para transportarnos o para acompañarnos en la vida cotidiana. Este último tipo de relación tiene algunas peculiaridades. Aunque Haraway habla de los perros, y no pretende generalizar, en este caso traerla a colación nos es útil para reflexionar acerca del tema que nos ocupa: la «maternización» de las relaciones entre animales domésticos y humanas.

De acuerdo con Haraway, estas relaciones entre animales domésticos y humanos se basan en el respeto, la curiosidad y el conocimiento, que se oponen a las ideas de la excepcionalidad de los seres humanos. Es decir, cuestionan, en principio, el antropocentrismo. Se asume, por medio de la relación cercana e íntima con el perro o el gato, «el florecimiento de la otredad» (Haraway, 2003), es decir, se hace que el otro desarrolle al máximo sus posibilidades de ser gato o perro en las mejores condiciones. Este argumento, central en el planteamiento de Haraway, da para muchas discusiones profundas sobre lo que significa ser humano y lo que significa ser animal, y sobre uno de los debates más fuertes en la antropología y otras ciencias sociales: ¿dónde está la frontera entre la naturaleza y la cultura, entre la animalidad y la humanidad? Sin embargo, para fines de este texto, me parece útil destacar que, de acuerdo con este planteamiento de Haraway, la fuga de la que hablaba yo en un principio permite descentrar lo humano de nuestra vida cotidiana y vincularnos en menor o mayor grado con una especie diferente. Nos permite dar cuidados, construir lenguajes, inventar amores animales. Amores profundos que no tienen nada que ver con la maternidad, pero que, debido al antropocentrismo y a la necesidad de refrendar culturalmente la figura de la madre, son interpretados de esta manera. Humanizamos a los animales, los hacemos vulnerables y les damos una madre que los cuide y los ame incondicionalmente.

Hay que decir que muchas personas asumen el rol de madre animal, petmom, de manera voluntaria y feliz. De ahí muchos de los hashtags que circulan en las redes. No es mi intención juzgar estas formas de relacionarse con los animales domésticos. Yo misma, en algunos momentos he humanizado a mis gatos y quizá me he puesto de manera un tanto inconsciente en el papel de madre. Lo curioso es que al momento de recibir las felicitaciones por el día de la madre en Facebook me sorprendí mucho. Me topé por primera vez con una realidad que no tenía contemplada, al menos de manera consciente. Me pareció clarísima la diferencia, por mi experiencia, entre una relación con mi gato de 14 años, al que amo profundamente, y una con una posible hija humana. Por primera vez tomé consciencia del amor animal y el verdadero placer que me ha llevado a vivir siempre con animales de compañía. Placer que será significativamente distinto (y complementario, espero) al que viva cuando me acompañe mi descendencia humana. Y para cerrar la reflexión dejo algunas preguntas para pensar en colectivo: ¿es necesario maternizar la relación entre humanas y animales domésticos? ¿Sucederá algo similar en el próximo día del padre con los hombres solteros que tienen perros o gatos?

 

 

NOTAS

[1] De acuerdo con el Inegi en 2013 la tasa de fecundidad se colocó en 2.2 hijos por mujer.

 

 

Bibliografía

Haraway, Donna, 2003, The companion species manifesto. Dogs, people and significant otherness. Chicago: Prickly Paradigm Press.

Haraway, Donna, 2007, When species meet. Minnesota: University of Minnesota Press.

Lamas, Marta, 1986, «Maternidad y política», en Jornadas feministas. Feminismo y sectores populares en América Latina. México.

Mead, Margaret, 1962, «A cultural anthropologist’s approach to maternal deprivation», pp. 45-62, en Deprivation of maternal care: a reassessments of its effects. Ginebra: World Health Organization.

Smart, Carol. 1996. «Deconstructing motherhood», en Good enough Mothering? New York: Routledge.

Stolcke, Verena. 2000, «¿Es el sexo al género, lo que la raza para la etnicidad?», en Política y cultura, otoño(14):pp. 26-60.

 

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Ana Paulina es doctora en sociología por El Colegio de México. Investiga sobre género y redes sociales en internet. Se ha enfocado en temas como identidades trans, salud y violencia. Escribe también cuentos eróticos. Su cuento El dedo fue finalista del concurso Letras de mi primera vez organizado por Tusquets y el FCE. Es apasionada del mar, el universo y sus misterios y las formas en que las personas transitan, sufren y gozan el mundo social que habitan.

Revista cultural

1 comentario

  1. Paola

    28 Mayo, 2015 at 12:31

    Es curioso, para las mujeres los gatos o perros son hijos, para los hombres he visto que son más como “amigos” o “compañeros de juego”. ¿Has escuchado que alguien diga que su perro es su esposo/esposa, pareja o algo así? Digo, como las mujeres a fuerza tenemos que ser madres, también a fuerza hay que ser esposa de alguien o compañera… porque eso de estar sola… no no no…

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