Los reconocimientos son engañosos

Por  |  0 Comentarios

Literatura rusa

Raúl Olvera Mijares

Tratando de subsanar un hueco en la formación de algunos lectores en español, especialmente entre ciertos legisladores, con sus deseos de congraciarse con naciones que ahora se proyectan como fuertes de nueva cuenta, la Cámara de Diputados y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes impulsaron la edición, en tiraje de dos mil ejemplares con pasta dura, de una antología, Paisaje caprichoso de la literatura rusa (FCE-Consejo de la Música en México, 2012, 331 pp.), con selección, traducción y notas de Selma Ancira y prólogo de Juan Villoro. La selección comprende los nombres más señeros de autores rusos del romanticismo y la primera mitad del siglo XX, excluyendo el realismo socialista (Maxim Gorki, Fiódor Gladkov, Mijaíl Shólojov), una sombra molesta del pasado que es mejor mantener a raya, abarcando desde el introductor de las nuevas ideas en poesía lírica, teatro y narrativa Alexandr Serguéievich Pushkin, junto con el padre de la «escuela natural» en opinión de Belinski, Nikolái Vasílievich Gógol, y esos tres titanes de la prosa (novelistas los dos primeros, el tercero egregio cuentista y dramaturgo), Lev Nikoláievich Tolstói, Fiódor Mijáilovich Dostoievski y Antón Pávlovich Chéjov, además de Iván Alexándrovich Goncharov, Mijaíl Afanásievich Bulgákov, Nikolái Nikoláievich Strájov, Iván Alexéievich Bunin, Marina Tsvietáieva, Borís Leonídovich Pasternak, Alexandr Alexándrovich Blok, Nikolái Stepánovich Gumiliov y Ósip Emílievich Mandelstam.

En tres centenares escasos de páginas se ofrece un panorama bastante amplio con textos que van desde esos diálogos cuasi escénicos de Pushkin, el relato de viajes con ambiente italiano de Gógol, un extenso relato de Tolstói, maestro consumado de gran aliento, y otro muy breve, cuajado de ironía y de hallazgos en la forma, de Chéjov, una carta de Dostoievski a su entrañable amigo Tolstói, despidiéndose cuando lo envían preso a Siberia, un exótico relato de Goncharov sobre una familia que practica el naturismo y las excursiones al campo, preconizados por el médico de cabecera del zar Alejandro I, Lóder, un apellido que llegará a ser en ruso sinónimo de holgazán, hasta reflexiones acerca de la literatura, el papel del escritor, el lector y la poesía, procedentes de Pasternak, Blok, Gumiliov, Mandelstam y Tsvietáieva, autora favorita de la traductora, con quien hace tres decenios iniciara sus exitosas correrías por la traducción del ruso. De la gran poeta aparecen dos textos de prosa en el volumen (caso único), en un estilo bastante conceptual, algo abstruso, cuajado de elipsis, en ocasiones difícil de seguir, que desafía al lector pero que, obviamente, complace sobremanera a la antóloga.

Volumen, por lo demás, bien equilibrado, con dos puntos de andamiaje bastante claros, por un lado, el relato moderno, un género que no terminó de cobrar definición e inusitado aliento sino en la pluma de los maestros rusos; por otro lado, las reflexiones acerca de la escritura, particularmente lúcidas, profundas y originales, que en ocasiones traen ecos o bien, se adelantan al llamado formalismo ruso. Con versiones cedidas por sellos catalanes como El Acantilado, Nostra Ediciones y Editorial Minúscula.

Selma Ancira (Ciudad de México, 1956) ha residido en Barcelona desde 1988 e incluso ha adquirido la ciudadanía. Con varios premios en su haber: Medalla Pushkin (2008), Ángel Crespo (2009), Marina Tsvietáieva (2010), Premio Nacional de Traducción en España (2011) y ahora el Premio de Traducción Literaria Tomás Segovia (2012), precisamente en su primer año de edición. Traductora de toda la obra en prosa de Tsvietáieva y de los nutridos diarios y la correspondencia de Tolstói. Además de ella, Ediciones sin Nombre y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, entre los editores nacionales, aparecen en los reconocimientos del libro.

En la edición se da una serie de inconsistencias, aunque en una proporción menor de la usual cuando se transliteran nombres escritos originalmente por medio del alfabeto cirílico, e incluso del alfabeto latino en el caso de otras lenguas eslavas. No todas estas minucias fueron responsabilidad directa de la traductora; aunque alguien debió fungir como revisor técnico de la edición y debió ocuparse a fondo de estos detalles. En el prólogo de Villoro se van cosas como Andrzejewsky [Andzrejewski], Vladimir [Vladímir]; en otro texto sin firma, probablemente de la autoría de alguno de los mecenas del volumen, hay cosas como Gogol [Gógol], facinante [fascinante], Vladimir Mayakovsky [Vladímir Maiakovski], Joseph [Iosif] Brodsky. (pp. 29-31). En «Roma», de Gógol, aparecen en italiano las siguientes erratas: É una porqueria [È una porcheria]; más adelante, en otros textos, perdonera [perdonerà] (p. 38), ei suoi amanti [e i suoi] (p. 46), Marko Mitrovic [Mitrović] (p. 178); en alemán hay cosas como Pienigung [Peinigung] (p. 196), Mit dem Schieassgewehr [Schiessgewehr] (p. 232), Kann Brennan [brennen] so heiss (p. 248), Setze Du mir einem [einen] Spiegel (p. 249).

El tono regional de la versión en español oscila, en ocasiones, entre registros típicamente peninsulares y otros francamente mexicanos. Vayan a manera de ilustración los siguientes ejemplos: soldados austríacos, iluminación a gas, áloes, cubrirse de manera elegante con un capote, la cocinilla de alcohol, jugar al escondite, pachulí, ululato, a lomo de mulo, de sobre la mesa, de buena mañana, le llenó de asombro, le golpea su exotismo, seguían grises y encapotados [los cielos] , un grupo de gamberros, las cuales contrastan en forma aguda con expresiones como ¿Te las dio nomás porque sí?, ¡Ven p’acá!, «¡El voluntario es buenísimo mentando madres!», «un auténtico pazguato, despacioso barco».

Desde palabras de cuño propio o poco frecuentes, como colocutores (interlocutores), patria baronesca (de barones), milmillonariedad y memoramiento, hasta expresiones que requieren de cierta perífrasis, como ofrecían misas conjuntamente [oficiaban misas concelebradas], la nevasca [nevada o nevisca] , hojas al orvallo [cubiertas de lluvia ligera], gozo del hostigo [hostigamiento], me había amilanado [acobardado], dianche [diantre, demontre], bardana [lampazo, planta], lansquenete [mercenario alemán], por lo menos para los lectores jóvenes de México, a quienes no les viene mal conocer a los escritores rusos, sólo que tienen que consultar muchas palabras, además de todas las voces rusas, por supuesto, como samovar, kópek, versta, kvas, dacha, drochona, pelmeni, arshina, kumys o kumis, algunas de ellas aclaradas por una útil nota a pie de página y otras que deberían ser de dominio público, no siempre impresas en cursivas, por cierto, aunque sí los nombres de lugares en italiano (Piazza del Popolo, Monte Pincio, Palazzo Ruspoli, Piazza Colonna, Villa Borghese, Palazzo Sciarra, a diferencia de expresiones comunes como maestro di casa o bien, i doveri del marito), que bastaría con dejarlos en redondas y en altas. Éste puede ser un reflejo de un uso editorial inveterado, pero son criterios que deberían unificarse; así como están resaltan para mal.

Para concluir, dejo –a manera de reflexión y en forma de interrogante– las siguientes consideraciones generales respecto del ruso: cómo transcribir ciertas consonantes y vocales que no existen en un solo carácter echando mano del alfabeto latino, o bien, que en español dos caracteres cirílicos puedan verse reducidos a uno solo. En castellano, existen reglas muy precisas sobre los acentos gráficos, la transcripción de diptongos y la resistencia a los grupos de dobles consonantes, especialmente en las combinaciones como ss, mm, tt; aunque en palabras latinas y aun españolas se admite la doble nn, como en perenne, innecesario, connatural. Poner tilde sobre la última sílaba de Tolstói, Nikolái, Alexéi, Andréi hace claro y hasta redundante el hecho de que la voz es aguda y termina en diptongo. En general, como en caray, mamey, estoy, nos valemos de una y para marcar el diptongo y la terminación aguda; ya que la ye no es vocal, la palabra se considera terminada en consonante distinta de ene o ese y va sin tilde. Como en ruso la ípsilon o y tiene un sonido intermedio entre la i y la u, se prefiere reservar para ese sonido que no existe en castellano otras combinaciones de consonantes; en cambio, se vuelven necesarias las combinaciones ts, sh, zh, shch; con ésas es suficiente. La equis no existe en ruso y equivale a ks. Alexéi es Alekséi, Alexandr Aleksandr, así lo sugieren quienes transliteran de un alfabeto al otro, pero en castellano resulta un tanto excesivo y hasta confuso. Poner tilde en Kostróm es ya demasiado y abiertamente innecesario, porque no termina en ene ni ese ni vocal; de hecho, se violenta la regla de acentuación española. Kámenni bien podría ser Kámeni, Anna, Ana (como en Ana Karénina), Galitzia, Galicia (la una entre Polonia y Ucrania, la otra entre España y Portugal). Mandelstam, nombre hebreo, en yídish, así se ve bien, sólo que transcrito a partir del ruso sería Mandelshtam. Claro que Serguéi Vasílievich Eizenshtéin se suele transcribir a la manera alemana, que como todo el mundo sabe es Eisenstein. A veces lo que está detrás es una cuestión de política y nacionalidades adoptadas: Brodsky lleva y porque se nacionalizó estadounidense, lo mismo con los pintores Chagall (Shagal) y Kandinsky (Kandinski), quienes terminaron sus días en Francia. Es, en ocasiones, una cuestión que queda –en último análisis– abierta a la prudencia y la claridad, en especial con los nombres propios.

Evgueni Oneguin también puede ser Ievgueni o Yevgueni, del mismo modo que es Yanovski o Yazykov, pero en tal caso la y conserva sus funciones de semiconsonante en español y el carácter se vuelve plurivalente o ambiguo, como en Solzhenitsyn, donde designa una vocal diversa que no existe en español, precisamente la y rusa. En grupos intervocálicos, o bien, al final de las palabras, como se ha visto, se prefiere la i, como en Dostoievski y Maiakovski. La lógica española exigiría que Maria Alexándrovna fuera María. Hay que admitirlo, se trata de unas medias tintas extrañas estas que se consiguen usando acentos gráficos, pues unas veces están más del lado de las convenciones rusas, que no se sirven de ellos sino para propósitos didácticos en diccionarios, lexicones, libros escolares, y otras del de las reglas de acentuación de la lengua española, la cual es finalmente la target language o lengua de llegada de la presente versión.

Es posible forzar, incluso estirar, las reglas, pero no contrariarlas, pues entonces el signo gráfico resulta redundante o se sobreentiende de antemano. Gogol sin tilde está mal porque se lee aguda en español; casi parece el nombre de una mascota doméstica. Es Gógol. Además en la pronunciación rusa las oes y las aes átonas se neutralizan en una a, sin mencionar que la ele es mojada como en el inglés y el portugués, siempre que aparece en posición final y no va precedida del símbolo blando, que la vuelve la elle rusa. Buen reto para quienes pretenden transcribirlo todo (en castellano es muy probable que se pierda, a no ser que se recurra a lh, como en portugués, especialmente en posición final. Al principio o en medio de la palabra es li, como ni es la eñe rusa, además de di, si, zi con sus alófonos suaves). En ocasiones las vocales, en particular cuando la consonante es blanda, aunque no siempre, son cruciales, como en Nievski y Potiomkin, escribe la traductora; pero Bielinski podría ser también Belinski. Es difícil saber cuándo parar, qué criterios atender, si hay que privilegiar más bien al lector en español para que se haga una idea algo más clara de lo que hay que pronunciar.

Volviendo propiamente al libro, se agradece que se editen obras semejantes. La industria editorial y el aparato estatal de promoción de la cultura se han encargado ya de recompensar a la traductora, hija del desparecido actor de teatro Carlos Ancira y su primera esposa yucateca. Los nombres griegos aparecen transcritos con pulcritud acaso excesiva, como son Rossikón, Dionysou, Athos, Simonos Petra, Athanasi, Parfeni e higúmeno. Selma Ancira, gracias a una serie de becas por parte de México, cursó estudios de filología eslava en la Universidad de Moscú y también en Atenas; ha vertido incluso la poesía de Giorgos Seferis (Yorgos transcrito en castellano, como debió suceder con el resto de los nombres griegos). No habría que olvidarse de los traductores, que aún retienen la nacionalidad mexicana y son pilares de la Universidad Nacional Autónoma de México, como Natalia Moreleón, la más insigne traductora del griego moderno entre nosotros. En fin, los reconocimientos son engañosos. Enhorabuena para quienes se hacen merecedores de ellos. Por desgracia los premios no se reparten como debieran, sino que parecen concentrarse en unos cuantos nombres, magnetos que –de manera irresistible– los atraen hacia sí.

_______________

Raúl Olvera Mijares (Saltillo, 1968) cursó estudios de filosofía en Monterrey y el principado de Liechtenstein. Ha publicado en La Jornada Semanal, La Tempestad, Casa del Tiempo, Replicante, Tierra Adentro, Luvina y La Palabra y el Hombre. Entre sus libros se cuentan Puntos cardinales (Conaculta, 2003),  Dramaturgia de Monterrey (Universidad de Durango, 2007)  y Las influencias expuestas. Recensiones de libros (Calygramma, 2013).

Revista cultural

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *