¿Por qué nadie sabe cuántas lenguas se hablan en México –y no nos debe molestar–?

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Violeta Vázquez Rojas Maldonado

 

 

Hace unos años, mi amiga Guadalupe llegó al hospital con un dolor consecuencia de una apendectomía que le habían practicado unos días antes. Recuerdo que, mientras la acompañaba en una modesta sala de recuperación, veía correr de un lado a otro a dos médicos a quienes voceaban constantemente como «doctor Pacheco» y «doctor Vázquez». En el corazón del Harlem de madrugada, éstos eran los dos médicos de guardia que hablaban español. Pensaba para mí en lo afortunados que eran esos pacientes dominicanos y mexicanos que, sin reparar en ello, podían relatar sus dolencias en su lengua materna. Bastante duro ya debe ser llegar con la tibia fracturada en un accidente de trabajo como para además tener que arreglárselas explicando los hechos en una lengua que se domina a medias. Esos médicos, aunque no lo supieran, eran paladines de los derechos lingüísticos de sus pacientes: hacían preguntas en español y luego giraban instrucciones en inglés a las enfermeras y no juzgaban ni despreciaban a sus pacientes por hablar una lengua que en ese país es minoritaria.

A estas alturas, todos hemos oído decir que en México se hablan varias lenguas. Ese reconocimiento es ya un avance en comparación con los tiempos en los que en la opinión común la única lengua hablada en el país era el español, y los demás idiomas quedaban reducidos a la categoría despectiva de «dialectos». Gracias a las campañas de difusión de organizaciones civiles como ésta y esta otra, es más común aceptar que el nuestro es un país plurilingüe, en donde el español no es sino una entre varias lenguas nacionales, como lo establece la Ley de Derechos Lingüísticos promulgada en 2003.

Una vez que se reconoce la diversidad lingüística del país, quizás la pregunta más lógica que surge es ¿cuántas lenguas se hablan en México? Es comprensible la necesidad de cuantificar esa pluralidad, de vislumbrar a partir de un número las dimensiones de lo diverso. Pero no por natural la pregunta es fácil de contestar, y lo más seguro es que nos encontremos con más de una respuesta.

El Instituto Nacional de Lenguas Indígenas se dio a la tarea de realizar un Catálogo de Lenguas Indígenas Nacionales (en adelante, CLIN). En él se consigna la existencia de 68 agrupaciones lingüísticas y 364 variantes lingüísticas. Pero estas cifras no responden unívocamente a la pregunta «¿cuántas lenguas?», y ya veremos por qué. Otro catálogo, el de Ethnologue, realizado por el Instituto Lingüístico de Verano, consigna 291 lenguas vivas habladas en México. Si bien hay que reconocer el mérito de intentar contabilizar lo que pareciera inenumerable, los catálogos no han pasado exentos de críticas. [1] Por fin: ¿68? ¿291? ¿364? ¿De dónde, pues, salen estas cifras tan dispares? ¿En cuál de ellas hemos de confiar para saber de una vez por todas cuántas lenguas hay en México?

Antes de contestar –o no contestar– a la pregunta, voy a ayudarme con un ejemplo: todos sabemos que en México se habla náhuatl. Lo sabemos por los topónimos (Chapultepec, Azcapotzalco), por el origen de las palabras con los que nombramos a especies autóctonas (el xoconostle, los xoloescuintles), porque escuchábamos las cápsulas radiofónicas del poeta Mardonio Carballo, o probablemente porque hemos tenido la fortuna de oír de primera mano el susurro misterioso con el que los dependientes de la juguería «La Milagrosa» de la colonia Narvarte intercambian impresiones sobre sus clientes. Lo que quizás pocos saben es que si Carballo fuera a pedir su agua de limón con chía a «La Milagrosa», bien pronto reconocería que el náhuatl que hablan Miguel y Eusebio no es igual al que habla él, pues ellos vienen de Hidalgo y el poeta es de Veracruz. Aunque lo más seguro es que con buena voluntad y ganas de calmar la sed, unos y otros se entenderían hasta cierto punto. Es innegable que la comprensión entre variedades lingüísticas tiene un límite, y en casos muy extremos, dos hablantes de lo que se consideran a primera vista variedades de la misma lengua pueden no entenderse en absoluto. Idealmente, este criterio –el de la inteligibilidad mutua– es el que determina si dos variedades conforman lenguas distintas o bien son sólo dialectos de la misma lengua. Y para que se consideren lenguas distintas ni siquiera hace falta que sean geográficamente distantes. En el estado de Morelos, por poner un caso, los habitantes de Cuentepec, los de Cuautla y los de San Andrés Hueyapan hablan lenguas, que sin apellidos, caerían bajo el nombre de náhuatl o mexikano, pero que el INALI reconoce como lenguas diferentes (mexicano de Temixco, mexicano de Puente de Ixtla y mexicano de Tetela del Volcán, respectivamente). Es a este tipo de unidades a las que el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas se refiere en su Catálogo como «variantes lingüísticas», de las cuales contabiliza 364 a lo largo y ancho del país. En un destello de contundencia, el CLIN establece que, para sus propósitos, «las variantes lingüísticas deben ser tratadas como lenguas». [2]

A algunos les parecerá sorprendente la cifra de 364 lenguas indígenas nacionales. ¿No estarán exagerando? ¿A qué intereses obedece esta «pulverización lingüística»? Recordemos que el propósito del CLIN es apoyar el cumplimiento de la Ley General de Derechos Lingüísticos de los Pueblos Indígenas, que entre otras cosas garantiza el derecho de los hablantes de lenguas indígenas a recibir educación obligatoria en su propia lengua y en español. La distinción que hace el CLIN entre variantes lingüísticas es, pues, importante, entre otras razones, porque los niños hablantes de náhuatl de la sierra de Puebla deben contar con un maestro que imparta clases en la variante que ellos hablan, y su derecho no se cumple simplemente con asignarles un maestro que habla náhuatl del centro de Guerrero. La Ley también establece el derecho de los hablantes a tener acceso a la salud y la justicia en su propia lengua. Imagínese usted, lector hablante de español, que un revés del destino lo lleva a enfrentar un juicio en Filipinas, donde le asignan –respetando su derecho– un intérprete local hablante de algo que también se llama español y que está históricamente relacionado con su lengua, pero que por la distancia temporal y la influencia de las lenguas locales ha llegado a divergir tanto de la variante que usted habla, que no podría considerar que usted y su intérprete hablen el mismo idioma. De la misma manera, un hablante de zapoteco de la sierra Sur de Oaxaca no quisiera tener que contarle sus achaques a un médico de la sierra Norte, que habla una variante de zapoteco tan distinta que le termine dando un mal diagnóstico. Esto quiere decir que, para garantizar el cumplimiento de la Ley, el INALI tuvo que hacer diferencias finas, y eso es lo que llevó al catálogo a contabilizar 364 lenguas (para efectos jurídicos) indígenas nacionales.

Por otro lado, los hablantes de me’phaa bátháá o tlapaneco del este, y los de mi’phaa míŋuíí o tlapaneco del centro, tienen todo el derecho de querer considerarse hablantes de la misma lengua, pues, aunque no haya entre ellos inteligibilidad del cien por ciento, se identifican como un único pueblo. Bajo este criterio, el me’phaa es una sola lengua, aunque el CLIN reconozca nueve distintas. Es en estos casos donde es útil la unidad llamada agrupación lingüística, que es una unidad histórica y cultural que, por lo tanto, no se delimita con un criterio comunicativo, sino social. El INALI reconoce por el territorio nacional 68 de estas agrupaciones, a las que muchos, no sin razón, también suelen llamar lenguas. Quizás ésta es la unidad que más comúnmente reconocemos en la opinión común, pues es probable que sepamos que existen lenguas como el otomí y el huichol, sin que necesariamente sepamos que, bajo otro criterio, ésos son nombres de grupos de lenguas diferentes.

En suma, el criterio de inteligibilidad mutua es uno de los más socorridos para diferenciar lenguas. En su versión estricta, dos lenguas son la misma si y sólo si son mutuamente inteligibles. Para efectos prácticos, es un criterio indispensable, por ejemplo, para contar con la ayuda de un intérprete en un juicio o para su uso en el aula o en un hospital, pero no es un criterio infalible ni único. Además de las complicaciones prácticas –que obviaré– que supone el diseño y aplicación de las pruebas, la inteligibilidad es gradual y se puede ver afectada por la disposición psicológica de los hablantes, por su exposición previa a alguna de las variantes (un hablante que viaja a otras comunidades es más susceptible de entender distintas variantes que uno que no sale de su casa) y, en fin, por sus ganas de entender o no entender lo que le dicen. [3] Si aplicáramos este criterio en las lenguas de Europa, tendríamos que clasificar al danés, el noruego y el sueco, que son mutuamente inteligibles, como dialectos de una misma lengua, mientras que el alemán quedaría dividido en dos lenguas mutuamente ininteligibles: una conformada por los dialectos del norte y otra por los dialectos del sur de Alemania. [4]

Por último, las lenguas no son sólo instrumentos de comunicación, sino también repositorios de identidad cultural y entidades históricas –y en tanto tales, sujetas a leyes de constante cambio y permanencia. Cada uno de estos aspectos las convierte en una unidad distinta, todas ellas de límites difusos o difíciles de determinar. Por eso, no podemos decir que unas cuentas estén equivocadas y otras en lo correcto, sino que se han empleado para la contabilización diferentes metodologías y criterios. En México, pues, se hablan 68 lenguas, pero también se hablan 364. Y probablemente sean más, o menos, y quizás en este momento estén surgiendo variantes nuevas y estén muriendo variantes conocidas.

Lo importante es tener en mente que el valor de la diversidad no está en los números, sino en la aceptación cotidiana de lo distinto. A fin de cuentas, para que el doctor Pacheco y el doctor Vázquez mitiguen el dolor de sus pacientes, no tienen que saber a ciencia cierta cuántas lenguas se hablan en el Harlem.[5]

 

 

NOTAS

[1] Ethnologue: Languages of the World. 15th ed. Ed. por Raymond D. Gordon, Jr.  Dallas: 10 SIL International, 2005. Pp. 1,272. ISBN 155671159X. Reseñado por by Lyle Campbell, University of Utah, y Verónica Grondona, Eastern Michigan University. «Journal of the Linguistic Society of America», Vol. 84, No. 3.

[2] Catálogo de las Lenguas Indígenas Nacionales: Variantes Lingüísticas de México con sus autodenominaciones y referencias geoestadísticas. Diario Oficial. 14 de enero de 2008. p. 37.

[3], [4] Comrie, Bernard. 2009. The World’s Major Languages. Segunda edición. Londres: Routledge.

[5] Agradezco la oportunidad de informarme con las opiniones de Rosa María Rojas Torres, Fernando Nava, Francisco Arellanes, Rodrigo Gutiérrez Bravo, Marcela SanGiacomo, Iván Oropeza Bruno, Leopoldo Valiñas, Francisco Barriga, Antonio H. Zúñiga, entre otros asistentes al Coloquio Interno del INALI: Actualización del Catálogo de Lenguas Indígenas Nacionales. Mi recuerdo de lo allí aprendido probablemente perdió nitidez con el tiempo y lo ininteligible de mis notas, por lo que no pretendo vertir de manera fidedigna las consideraciones de los especialistas. Gracias también a Mario Luna por su orientación sobre lenguas zapotecas. Asumo totalmente la responsabilidad de las opiniones expuestas en este texto.

 

 

 

 

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Violeta Vázquez Rojas Maldonado (Cuernavaca, Morelos, 1977) es lingüista egresada de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (2001), maestra en Lingüística Hispánica por la Universidad Nacional Autónoma de México (2005), doctora en Lingüística por New York University (2011). Actualmente es profesora-investigadora en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México. Su interés central es el significado de las piezas mínimas de la lengua y cómo conforman significados más complejos. Se pregunta a menudo qué se debe hacer para acceder a los significados de estas piezas en lenguas distintas, y trata de encontrar algunas respuestas en el purépecha, lengua hablada en el estado de Michoacán. Le gusta el reino de los sustantivos, el número, los clasificadores y la definitud.

Revista cultural

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