Mitos lingüísticos: Disneylandia, los esquimales y el cáncer

Por  |  1 Comentario

Violeta Vázquez Rojas Maldonado

 

 

En El Viaje Imposible,[1] Marc Augé se pregunta por qué lugares como Disneylandia atraen y seducen a sus visitantes. El embeleso reside, dice él, en el placer del reconocimiento. Quien visita Disneylandia no conoce un lugar distinto, sino que reconoce, en una fiel transliteración, las imágenes que ya se le habían anunciado. A diferencia del viajero, que busca relacionarse con lugares y personas nuevos, el primer contacto del turista con un lugar en el que no ha estado antes no consiste sino en la evocación de imágenes que ya poseía: como quien visita el Museo de Arte Moderno de Nueva York «y no deja de comprobar hasta qué punto los originales se parecen a sus copias».[2]

Esta comodidad con lo familiar se verifica también en el mundo de las ideas. Siempre será más fácil visitar nuevamente una idea vieja que confeccionar la ruta hacia una nueva. Un ejemplo muy claro de una idea visitada incontables veces es el mito del vocabulario esquimal para la nieve. El planteamiento original de Boas en 1911,[3] es que los esquimales[4] designan con palabras de raíces distintas ciertos segmentos del mundo real que para los hablantes de inglés –y los de español– se nombran con la misma palabra. Así, mientras en alguna lengua del ártico se usan las palabras aput (nieve en el suelo), qana (copo de nieve) y piqsirpoq (nieve en ráfaga), en inglés –o español– la descripción de esas tres entidades implica siempre una misma raíz –la que está en nieve o en snow–. La intención original de Boas era ejemplificar el hecho de que algunas lenguas emplean distintas raíces léxicas para nombrar entidades que en otras lenguas se designan mediante una misma raíz más un proceso de composición o derivación morfológica, o mediante el recurso sintáctico de combinar palabras para formar frases complejas. Años más tarde, Benjamin L. Whorf[5] recupera ese pasaje de Boas, agrega unos cuantos términos más sin determinar la fuente y salta a la conclusión de que un concepto incluyente como el designado por el inglés snow es inconcebible para un esquimal. A partir de ahí, la idea de que el inventario léxico de una lengua determina lo que los hablantes de esa lengua pueden o no concebir ha ganado tantos adeptos como versiones distintas hay de ella. Laura Martin[6] rastrea los orígenes del mito y la cadena de sus tergiversaciones, y lo pone como un ejemplo ignominioso de la mala práctica académica de reproducir sin cuestionar aseveraciones carentes de evidencia. Por ejemplo, la lista original de Boas, con el paso de los años y la mala consignación de fuentes, ha pasado de tener tres términos a tener cien –según un editorial del New York Times–, doscientos –en un reporte meteorológico de una cadena de televisión de Cleveland (Martin, 1986)–, hasta cuarenta y ocho –otra vez en el New York Times, cuatro años después del editorial mencionado antes (Pullum, 1989)–.[7] El mito no se restringe a una generalización sobre «los esquimales», sino que se superpone a cualquier pueblo que se considere suficientemente exótico. El determinismo lingüístico, es decir, la idea de que existe una relación biunívoca según la cual a una palabra corresponde un pensamiento, por absurda que parezca, revive con frecuencia y se aplica a diferentes culturas y tiempos, a pesar de que nunca ha encontrado confirmación científica. Y, a pesar de ser una idea mal fundada en hechos imprecisos, en cada regreso, como las imágenes de Disneylandia, tiene buena acogida incluso entre las mentes ilustradas y los académicos que, de cuando en cuando, las reproducen y divulgan desde sus salones de clase.[8]

La versión más reciente –y una de las más escandalosas– que conozco de este reencuentro viene en la forma de este breve video. La cápsula tiene por nombre Palabras Íntimas y tiene por objeto difundir una acción que emprendió una marca de toallas femeninas en contra del cáncer cérvico-uterino. En el video se da por hecho que las altas tasas de mortandad relacionadas con este tipo de cáncer entre las mujeres indígenas de México, más específicamente, las mujeres zapotecas[9] se deben a la falta de vocabulario para designar los órganos internos del aparato reproductor femenino. Como consecuencia de esta laguna léxica, estas mujeres «no pueden describir sus síntomas», e irremediablemente mueren de una condición que, según se infiere, pudo perfectamente ser prevenida con un buen diccionario. De la mano de lingüistas, sociólogos y otros especialistas, la marca auspició la edición y publicación de un glosario de términos acuñados en zapoteco para esas «palabras perdidas».

Tantas asunciones de esa campaña son cuestionables que es difícil empezar a enumerarlas. Me limitaré a señalar una: al contario de lo que señala Palabras Íntimas, los síntomas del cáncer cérvico-uterino no implican la referencia a órganos internos como «cérvix» o «útero». Un síntoma es una manifestación externa, observable y por lo tanto susceptible de ser descrita por quien lo padece sin que sea necesario que éste posea (en zapoteco o en cualquier otra lengua) conocimientos de anatomía. Nadie se atrevería a decir, por ejemplo, que la alta incidencia de diabetes en la población mexicana se deba a que los hablantes de español desconozcan términos como «Islotes de Langerhans» o «glucagón» –ambos implicados en el procesamiento de la glucosa–. O, en el sentido inverso, nadie correlacionaría seriamente la incidencia de diabetes en México con la amplia extensión del vocabulario que los mexicanos tenemos para aquello que en otras lenguas sólo llaman «pan» (concha, ojo de Pancha, chilindrina, mamón, corbata…). Una estrategia de prevención y cura de la diabetes entre la población urbana de México que se basara en un prejuicio sobre el léxico sería peligrosa, no sólo por asumir una idea que jamás ha encontrado prueba científica (la idea de que el inventario léxico determina el pensamiento y sus consecuentes manifestaciones conductuales), sino que desviaría los recursos para la aplicación de medidas realmente efectivas, como la difusión de información certera, la detección temprana mediante estudios de laboratorio y la promoción de cambios de conducta preventivos.

El mito del vocabulario esquimal para la nieve regresa, pues, en esta otra versión: la falta del vocabulario zapoteco para el órgano reproductor femenino es el motivo (sic) de las altas tasas de cáncer entre su población. Pero una relación similar de causa-efecto entre el léxico del español (y sus eventuales lagunas) y las posibles enfermedades que padezcan sus hablantes sonaría ridícula. Uno de los síntomas más reveladores del racismo y de la discriminación lingüística es la disposición a asumir sobre una cultura, pueblo o lengua distintos algo que jamás aceptaríamos acerca de los propios. Sin embargo, la cápsula de la que hablo ha sido incluso premiada en Cannes, según lo refiere esta nota de El Financiero. La pregunta sobre cuál es la relación entre el lenguaje y el pensamiento –y en la conducta– es, sin duda, fascinante. Pero su interés y utilidad dependen de cómo se le formule. Por ejemplo, ¿qué aspectos del lenguaje tienen influencia sobre (o son influenciados por) qué actividades cognitivas? ¿Hasta dónde llega esa influencia? ¿Se trata de una simple correlación o de un determinismo absoluto? Ese tipo de preguntas están abiertas y son la fuente de muchas investigaciones rigurosas recientes. Como cualquier pregunta científica, se responden formulando hipótesis concretas, determinando los criterios de lo que cuenta como evidencia en favor o en contra y ejecutando pruebas replicables. En otras palabras, la pregunta no es si esa relación existe –desde luego la hay–, sino en qué aspectos se da, en qué medida, y cómo podemos saberlo.

Ante estas preguntas que ameritan respuesta, el determinismo lingüístico, como el ejemplificado en la cápsula que aquí critico, es sólo un planteamiento burdo, falto de evidencia y prejuicioso. ¿A qué se debe, pues, su buena recepción? En buena medida, supongo, al carácter superficialmente caritativo del proyecto emprendido por la marca, pero en buena parte también a esa suerte de turismo del pensamiento que nos reconforta al reconocer viejas ideas y nos impide cuestionar sus fundamentos. En este turismo, quienes reproducimos sin cuestionamiento el mito del esquimal en cualquiera de sus versiones cumplimos el papel de esas agencias de viajes que cuadriculan el mundo para el turista y que, dice Augé, son «las responsables de la ficcionalización del mundo, de su desrealización aparente» y, en fin, «de convertir a unos en espectadores y a otros en espectáculo».[10]

 

 

NOTAS

[1] Marc Augé, El Viaje imposible. El turismo y sus imágenes, Barcelona, Gedisa, 1998 (primera edición en francés 1977).

[2] Ibid, p. 25.

[3] Franz Boas, The Handbook of North American Indians, Vol. 1. Washington, D.C, Smithsonian Institution, 1911.

[4] Aunque en las referencias a este planteamiento se habla de «los esquimales» (Eskimo), este término –a menudo considerado ofensivo– se emplea para designar a los integrantes de los pueblos Inuit y Yupik, o a sus lenguas.

[5] Benjamin Lee Whorf, «Science and linguistics», Technology Review (MIT) 42, 6, 1940.

[6] Laura Martin, «”Eskimo words for snow”: A case study in the genesis and decay of an Anthropological example». American Anthropologist, 88, 2, 1986.

[7] Geoffrey Pullum, «The great Eskimo vocabulary Hoax», Natural Language and Linguistic Theory 7, 1989.

[8] Ibid.

[9] Aunque no lo dice explícitamente el video, la comunidad en la que se llevó a cabo este proyecto fue San Bartolomé Quialana, Oaxaca.

[10] Marc Augé, op. cit., p.16.

 

  

__________________________

Violeta Vázquez Rojas Maldonado (Cuernavaca, Morelos, 1977) es lingüista egresada de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (2001), maestra en Lingüística Hispánica por la Universidad Nacional Autónoma de México (2005), doctora en Lingüística por New York University (2011). Actualmente es profesora-investigadora en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México. Su interés central es el significado de las piezas mínimas de la lengua y cómo conforman significados más complejos. Se pregunta a menudo qué se debe hacer para acceder a los significados de estas piezas en lenguas distintas, y trata de encontrar algunas respuestas en el purépecha, lengua hablada en el estado de Michoacán. Le gusta el reino de los sustantivos, el número, los clasificadores y la definitud.

 

Revista cultural

1 comentario

  1. Diego

    24 Septiembre, 2015 at 12:23

    Excelente artículo. A veces me pregunto, si cuestionáramos en verdad todos nuestros “conocimientos” y les aplicáramos el rigor de la búsqueda de bases firmes, ¿qué sabríamos en verdad?

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *