De la numerosidad a la diversidad

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Violeta Vázquez Rojas Maldonado

 

Hace muchos años, fantaseando entre cervezas con mi amiga Natalia, nos preguntamos una a la otra qué deseo pediríamos si se nos apareciera el genio de la lámpara o algún ser mítico de igual efectividad. La respuesta de ella me hizo querer rectificar mi deseo y cambiarlo por el suyo: «hablar, leer, escribir y entender perfectamente todas las lenguas del mundo», dijo sin titubeos. No me imagino descripción más contundente de un verdadero superpoder. Imaginemos por un momento lo que implicaría tener esa habilidad: entenderíamos los señalamientos escritos del metro de Moscú, pediríamos por su nombre distintos guisos en un puesto de comida de Hanoi, leeríamos los poemas originales de Kavafis, o negociaríamos como un auténtico local el  precio de las coloridas telas del mercado de Kumasi. Por alguna razón –aunque soy lingüista–, no puedo separar el hecho de «hablar perfectamente una lengua» con el hecho de ser competente en los usos, las conductas y, en general, la cultura de la comunidad que la habla. Y estoy suponiendo, claro, que nuestro superpoder se limita a las lenguas vivas actuales, porque de abarcar las lenguas muertas o las lenguas por nacer, la lista de cosas que podríamos entender se extiende, hacia un extremo del tiempo, mucho más allá de los proverbios sumerios, y hacia el otro extremo abarcaría lenguas inimaginadas, aunque probablemente todas ellas hijas de apenas un puñado de lenguas actuales –pues se calcula que entre el 50% y el 90% de las lenguas habladas actualmente en el mundo desaparecerá hacia el final de este siglo (Evans 2010:217). A pesar de tal panorama desalentador, el mundo es un lugar lingüísticamente diverso, de eso a nadie le cabe duda.

Pero supongamos que, para no ser demasiado exigentes, le pedimos al genio de la lámpara un deseo más modesto: hablar y entender –y si es pertinente, leer y escribir– todas las lenguas habladas en México. ¿Podemos imaginar que, dentro de nuestro propio país, hay mundos a los que tendríamos acceso sólo con la llave de una lengua diferente? Eso me lleva a otra pregunta: ¿es México un país lingüísticamente diverso?

El Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI) consigna que en México hay 364 variantes lingüísticas y 68 agrupaciones lingüísticas. Cada una de esas variantes lingüisticas se identifica por tener características estructurales y léxicas distintivas, y además implica una identidad sociolingüística para sus hablantes. Aunque el Catálogo de las Lenguas Indígenas Nacionales se cuida de no llamar a estas variantes «lenguas», me parece que el criterio con el que se las identifica se parece bastante a lo que coloquialmente conocemos como «lengua» o «idioma».  Las agrupaciones lingüísticas, en cambio, se reconocen como conjuntos de variantes habladas por lo que históricamente se ha denominado un mismo pueblo indígena. Eso sí queda muy claro: que una agrupación lingüística no es una lengua, sino un conjunto de éstas. Y aunque históricamente hemos designado algo como «zapoteco», esa entidad abstracta no es una lengua, sino una agrupación lingüística que comprende más de sesenta variantes (es decir, quizás más de 60 distintas lenguas).

Quisiera aclarar que la delimitación exacta de cuándo dos personas hablan la misma lengua o hablan lenguas distintas no es un asunto fácil que se reduzca al criterio de si hay o no inteligibilidad mutua. Igualmente delicado –pero fuera de mi área, y en el área de competencia de un etnólogo– es el tema de la delimitación de los pueblos indígenas. Pero no voy a hablar de eso en este momento. Me interesa destacar dos cosas: primero, que las llamadas «variantes lingüísticas» no son –aunque el nombre se preste a confusión– lo mismo que las variedades regionales de una lengua, aquello que llamamos «dialectos». Más bien, en la medida en que hay variación geográfica dentro de cada variante, esta variante se divide en distintos dialectos. Lo segundo que quiero destacar es que, a pesar de que el INALI no emplee el término lengua en su inventario, el panorama que nos dibuja es uno donde en México se hablan actualmente más de 68 lenguas, quizás varios centenares de ellas.

El genio de la lámpara tendría que equiparnos, pues, con dos lenguas distintas si un día se nos antojara ir a pescar con los huaves de San Dionisio del Mar y al día siguiente se nos ocurre hacer lo mismo con los huaves de San Mateo del Mar. Y cuando le dijéramos: «Quiero hablar náhuatl», su respuesta socarrona sería: «¿Cuál de los treinta? (¿De Oaxaca? ¿De Temixco? ¿De la Sierra Noroeste de Puebla?)». Regreso a la pregunta: ¿es México un país lingüísticamente diverso? De acuerdo con los datos del Instituto Lingüístico de Verano, a través de su sitio Ethnologue (www.ethnologue.org), en México se habla aproximadamente el 4% de las lenguas del mundo. Sin embargo, la probabilidad de que dos individuos seleccionados aleatoriamente tengan lenguas maternas distintas es de apenas 0.108 –en una escala donde 1 corresponde a la situación en la que cada individuo habla una lengua distinta y 0 a la situación donde todos hablan la misma lengua–. Para darnos una idea, Papua Nueva Guinea tiene el índice de diversidad1 más alto –de 0.988– y Corea del Norte está entre los países con un índice de diversidad 0.  Este desbalance entre el número de lenguas existentes y el índice de diversidad lingüística en México, revela una situación en la que no hacen falta lenguas, sino condiciones para hablarlas.

La numerosidad es cuestión de inventario. La diversidad, en cambio, es una disposición cultural. Hay diversidad cuando hay conocimiento, aceptación, tolerancia y curiosidad por lo que es distinto. Para que México sea un país diverso no basta que existan 364 variantes lingüísticas. Necesitamos saber de su existencia, pero además tener (sí, nosotros, los hispanohablantes) la curiosidad de saber cómo suenan, quiénes las hablan y en dónde se hablan. Quizás podemos empezar por imaginar cómo sería entonar una canción en kiliwa, o jugar y bromear con un grupo de niños ralámuli, o aprender la receta original del churipo en fluido purépecha. Probablemente un genio no nos puede conceder el deseo de Natalia. Pero nosotros mismos sí nos podemos conceder el interés y la tolerancia necesarias para pasar de ser un país lingüísticamente numeroso a un país lingüística y culturalmente diverso.

Sin que ello implique que tengan responsabilidad alguna en las imprecisiones, exageraciones o equivocaciones que llegue a haber en este escrito, agradezco los comentarios que Yásnaya Aguilar y Ana Aguilar Guevara hicieron a una versión previa. A Natalia Gianinazzi le agradezco la plática que le dio estructura a este texto.

 

 

 

Bibliografía:

Evans, Nicholas: Dying words. Endangered languages and what they have to tell us. Sussex, Wiley-Blackwell, 2010.

Instituto Nacional de Lenguas Indígenas. Catálogo de las Lenguas Indígenas Nacionales: Variantes Lingüísticas de México con sus autodenominaciones y referencias geoestadísticas. Diario Oficial. Lunes 14 de enero de 2008. http://www.inali.gob.mx/pdf/CLIN_completo.pdf

Lewis, M. Paul, Gary F. Simons y Charles D. Fennig (eds.) 2015. Ethnologue: Languages of the World. Décimo octava edición. Dallas, Tx: SIL International. Versión en línea: http://ethnologue.com [consultado el 21 de febrero de 2015]

 

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Violeta Vázquez Rojas Maldonado (Cuernavaca, Morelos, 1977) es lingüista egresada de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (2001), maestra en Lingüística Hispánica por la Universidad Nacional Autónoma de México (2005), doctora en Lingüística por New York University (2011). Actualmente es profesora-investigadora en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México. Su interés central es el significado de las piezas mínimas de la lengua y cómo conforman significados más complejos. Se pregunta a menudo qué se debe hacer para acceder a los significados de estas piezas en lenguas distintas, y trata de encontrar algunas respuestas en el purépecha, lengua hablada en el estado de Michoacán. Le gusta el reino de los sustantivos, el número, los clasificadores y la definitud.

Revista cultural

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