Hambre y Carnaval

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Armando Bartra Vergés, «Hambre y Carnaval. Dos miradas a la crisis de la modernidad», México, MC/UAM-Xochimilco, 2013.

Camila Paz Paredes

Hambre y Carnaval es un libro rebelde y raro.

Empiezo por hablar de su forma, porque la lectura comienza cuando este extraño libro-objeto llega a nuestras manos. El lector encuentra la disyuntiva de que Hambre y Carnaval tiene dos portadas, dos frentes con títulos distintos (Hambre acá, Carnaval allá) que se espejean de cabeza, siendo uno el revés del otro. No hay, pues, un principio y un fin predefinidos: la última hoja es el inicio de un ensayo, se cuente la página uno desde un lado o desde el otro. Además, es un libro de cosido artesanal al que le pegaron unos acordeones, de modo que en dos ocasiones las páginas se desdoblan para explayar citas, desplegar fotos, dibujos o caricaturas. Las letras se achican y se agrandan, los párrafos se dividen y las frases saltan o se afantasman por el fondo. Es un gran álbum de momentos, de símbolos; fotografías, grabados, colages y monitos, más que acompañar la lectura, son una parte esencial de la misma. Así pues, el trabajo de diseño, al menos para lo que se acostumbra, es bastante alucinado. ¿Cuál es la necesidad de todo esto? Ninguna, se hizo así por el puro gusto, por deseo; por compromiso y no por interés. Y hay que subrayar que para muchos es y será, por esta lógica ilógica que sigue –la de la emoción, la del deseo–, un libro «poco serio» que las obras más ortodoxas mirarán en el estante «de ladito», como se mira a un deforme, a un malhecho. Nuestro libro entonces les citará a Carlos Monsiváis –como de hecho hace– y dirá en tono de consigna revolucionaria: «La seriedad es un robo». Este libro, pues, es un hereje.

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Por supuesto, el autor tiene la culpa. Filósofo por la UNAM, Doctor Honoris Causa, profesor en la Escuela de Economía y en la ENAH, ahora en la UAM Xochimilco, no es sociólogo ni historiador ni antropólogo ni politólogo, sino otra cosa más alebrijesca. Vive rodeado de libros; sí, de muchos clásicos, pero no sólo del marxismo y las letras francesas, sino de novela policiaca y cuentos de marcianos, películas del Santo y de David Lynch, folletines e historietas que colecciona y estudia desde hace años; miles y miles de objetos inútiles que ha sacado de quién sabe qué rincón de La Lagunilla pueblan su casa surreal en San Andrés Totoltepec. Si la casa es el reflejo del alma, el alma de Armando Bartra es un circo, sobrenombre, por cierto, de su otra casa, el Instituto de Estudios para el Desarrollo Rural, que fundó en 1977 y que hoy dirige, bautizado El Circo Maya. Así pues, el autor de la herejía es un raro de la Academia y la Política.

Aún más complejo es el tejido de su libro, que, sin embargo, corre por nuestros dedos difrutabilisímo y provocador. Hambre y Carnaval es una zambullida en la crisis multidimensional del proyecto de la Modernidad y de sus cosificados principios de desarrollo capitalista, de dominio de la naturaleza y progreso tecnológico. El ideario moderno que nos prometía libertad y abundancia por vía de la razón nos ofrece hoy, en concreto, una cifra creciente de mil millones de personas en situación de hambre, estrechamente relacionada con el talento especulador del capitalismo financiero, que lucra con la escasez de recursos y alimentos, sacándole provecho al desastre climático y ecológico que también hemos conseguido con nuestra razonabilísima intervención de la naturaleza. La desigualdad social, que acentúa sus escalas mundiales con la trasnacionalización y la desterritorialización del capitalismo neoliberal, revela también la opresión y el despojo violento con que opera en local, tocando tierra y carne, esta mentalidad ciega como mula.

No es de sorprender que, en tales circunstancias, los más sensatos sean los locos: los que salen a las calles gritando, bailando, convertidos en zombies come billetes, las mujeres pintadas, los transformados tras las máscaras, todos y todas negando con su locura la realidad, porque ¡esto no-puede-ser! El nuevo milenio arrancó con insurgencias populares, protestas y movimientos sociales en Egipto, Túnez, Libia; en España, Estados Unidos, Chile y México, por mencionar sólo algunos. Ante una realidad deforme, insoportable y sin sentido, las personas recurren al carnaval, a lo grotesco, al éxtasis, donde se pierde el miedo codo a codo y se trastoca un orden violento y normalizado. Armando Bartra nos habla de las herejías, las deseosas y las necesarias: profanaciones de los órdenes establecidos, los sociales, los políticos; herejías de los imperialismos culturales, cuasimodos de los dominantes cánones de pensamiento y acción, y del lugar que tiene el grotesco social en la actual situación del mundo, afortunadamente incierta, empinada, crítica. El capital globalizado, su dinero virtual y su lógica impersonal están obligados a jugar en nuestra cancha, a enfrentar nuestra resistencia. «Bienvenido al infierno», dice Bartra, invitándonos a ensanchar las filas del aquelarre.

Estas son las dos caras de la debacle civilizatoria, Hambre y Carnaval. Ante estos temas –la crisis alimentaria, el capitalismo realmente existente, los movimientos sociales viejos y nuevos, las estrategias grotescas de subversión– Armando no es un observador de frialdad académica, alejado y neutral, sino partícipe y testigo de a pie. Y es que, en sus palabras: «Cuando la expertice y los posgrados desplazan a la imaginación, cuando el andamiaje probatorio suplanta el buen decir y al final de los textos no queda el esperanzador “continuará” de los folletines y las historietas, sino un epitafio de conclusivas conclusiones; cuando cita mata metáfora…» se agradece y se necesita un libro como Hambre y Carnaval, resultado de una investigación profunda, pero también un ensayo, una puesta en el ruedo que emociona. Porque no podría titularse Dos miradas a la crisis de la modernidad y discurrir como si no hubiera nada en riesgo. ¿Por qué se invita a la protesta carnavalizada y no sólo se la estudia desde lejos? Porque, en palabras de Armando, «en las crisis las sociedades muestran de qué están hechas… Las crisis son situaciones límite que nos convocan a elegir, momentos de inflexión y encrucijada que nos llaman a tomar partido» (p. 77).

Ante la normalidad, los órdenes y la ortodoxia moderna, se propone lo grotesco, el desquicie. Porque lo grotesco es una inversión de órdenes fosilizados, que no serán amablemente puestos entre paréntesis por la crítica de lupa, sino que serán subvertidos efectivamente en los hechos, en la vida. Lo habitual ha demostrado ser insensato. Y puesto que la modernidad que avanza por la gracia del progreso, impulsada por la razón hacia el dominio de la naturaleza, es una receta desatinadísima, hay que ser, en ella, los locos.

Ante el discurso desarrollista que pone las cosas y los grandes números por encima de las personas, se impone la necesidad de recuperar a nuestros herejes locales: los campesinos, los campesindios, que no sólo plantean alternativas para la ideología depredadora del capitalismo, sino que se resisten con ellas a sus efectos devastadores.

Ante la política fría y planificadora, la tradicional izquierda revolucionaria estrechamente racionalista, Hambre y Carnaval convoca a la imaginación política, no a la pragmática de lo posible, sino a la apertura hacia lo imposible por originalidad radical. Llevar el carnaval, la magia, el mito a las calles, al corazón de la protesta, porque es en el movimiento, en el gerundio, donde se perciben las alternativas, donde se puede relativizar el «estado de las cosas», donde es posible salirse del tiempo lineal y uniforme, y concebir este mundo de otra forma.

Para nosotros, los americanos, no debe ser tan difícil: los del Nuevo Mundo, los descubiertos, o bien, los inventados; hijos cruzados en historias, en culturas; somos los de Otro mundo. Somos los irracionales, los disfuncionales, los subdesarrollados. Y como rezan Las vocales malditas: «Los locos somos otro cosmos… Otro horóscopo nos tocó, otro polvo nos formó los ojos». Somos el canto de la sirena, la posibilidad de llevar el navío por otras aguas.

Esa fortísima afirmación de que la modernidad está en crisis ya será bien defendida en las páginas del libro. Lo importante es que realmente haya tal crisis y que la llevemos a algún buen destino. Pero no esperemos de brazos cruzados. No se puede leer Hambre y Carnaval como si fuera un estudio post mórtem. Casi nunca bastan las anónimas condiciones estructurales para que el Golem cambie de forma a una más humana; la crisis se subjetiva en el cuerpo con las manos en la tierra, con los pies en la calle, cuando se le pierde el miedo al caos y se le agarra gusto al vértigo.

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Camila Paz Paredes (1989) estudia sociología en la UNAM. Es subdirectora de Cuadrivio.

Revista cultural

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