Encore. Cuentos inspirados en el rock

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Foto_11Pedro Escobar (comp.), Encore: cuentos inspirados en el rock, México, Conaculta/Fonca, 2014

Natalia Rodríguez Priego

 

Cuando me di cuenta de que la lista de reproducción de mi ipod era una porquería pensé que ya era demasiado tarde. Pero no. La música, «la buena música», «los clásicos del rock» llegaron a mi vida, tarde, pero llegaron, y fue gracias a las fiestas, a los ipods de mis amigos, a mi novio de la prepa y a la enorme discografía de mi tío. Recuerdo cuando por primera vez escuché a Nirvana. Estaba en la secundaria y mientras la mayoría de mis compañeros escuchaba el nuevo y espantoso reggaeton que invadía las estaciones de radio, Juan Marcos, mi mejor amigo de ese entonces, me mostró un disco cuya portada tenía un bebé nadando, queriendo agarrar un dólar. Le pregunté: «¿Quién es Nirvana?». Él simplemente puso play en la computadora y al ritmo de «Smells like teen spirit» quise escuchar toda la música de este grupo.

Con los Doorspasó algo parecido, pero con el añadido de que fue un evento penoso. La primera vez que salí con mi novio de la preparatoria fuimos, como debe ser toda primera cita, al cine. Y entre todos los lugares comunes en una charla entre dos jovencitos que se están conociendo está, por supuesto, el tema de la música. Nos dirigíamos a nuestros asientos cuando él lanzó la pregunta: «¿Qué tipo de música te gusta?», a lo que trilladamente contesté: «De todo un poco». «Entonces, ¿te gusta el rock? Mi grupo favorito son los Doors. ¿Los conoces?» No, no los conocía y, a pesar de que quise aparentar que sí y desviar rápidamente la plática, fue imposible. Lo primero que hice al llegar a casa fue preguntarle a mi mamá si teníamos algún disco del grupo de Jim Morrison. Afortunadamente así fue y toda la tarde no paré de escuchar «Riders on the storm», hoy una de mis canciones favoritas.

Mucha de la música que conozco la he conocido por recomendaciones y siempre trae consigo una anécdota y un recuerdo. Lo mismo sucede con las voces narradoras y los protagonistas de los trece cuentos que integran la antología titulada Encore: cuentos inspirados en el rock (Conaculta/Fonca, 2014), resultado del apoyo que el programa Edmundo Valadés otorga a la edición de revistas independientes.

El rock en estos cuentos no es un personaje más, es el protagonista, el invitado principal, pues es el incentivador de todas las anécdotas, el que motiva a la memoria a evocar amores del pasado, a volver a vivir la juventud que en su momento se sentía infinita, el éxtasis de los cuerpos en un concierto y las viejas amistades de adolescencia. Y es que no hay canción que no esté acompañada de una historia, ni una historia que no pueda ser musicalizada.

Entonces, Encore, a pesar (hay que decirlo) de sus muchos errores ortográficos y de diseño, que denotan un descuido en la edición,es, sobre todo, una antología de experiencias y recuerdos, así como un recorrido por los gustos musicales de sus autores. A través de sus breves pero enriquecedoras páginas vemos, o mejor dicho, escuchamos, la oscura y grave voz de Andrew Eldritch en «Lucretia, my reflection», o nos dejamos seducir por «el poder infinito que Robert Hunter describe en sus canciones» en el cuento «The grateful dead. Dark star», o sentimos que somos nosotros los que compramos el nuevo disco de los Scorpions mientras leemos «Apagón/blackout», o bien los que nos despertamos de un sueño con «On the run» sonando de fondo. Por lo que es casi imposible leer estos cuentos sin detenerse a abrir la computadora y buscar, ya sea para conocer o para recordar, todas esas canciones y grupos que van surgiendo a través de las páginas.

El acierto de todas estas historias subyace en la capacidad creativa de narrar la vida a partir de una canción, del rock propiamente dicho. En ese sentido, cuentos como «El cementerio de los sueños» y «Esto no es un concepto, es un enigma» ponen en evidencia y cuestionan lo relativo del tiempo engarzando sucesos históricos del mundo del rock con acontecimientos personales y cotidianos de la voz narradora. Así, ante las inquietantes preguntas con las que inicia el cuento de Arturo Vallejo, como «¿qué relación tienen estos sucesos con los de nuestra vida cotidiana, si es que la tienen?», la respuesta, al menos en este caso, es la música. Es ésta el eslabón que une y da sentido a la vida de los protagonistas de estos cuentos; así, mientras el personaje narrador de Vallejo está entrando a un quirófano, Ian Curtis se suicidaba, y once años después, en 1991, Sting vendría por primera vez a México; y BEF, el autor de «El cementerio de los sueños», entra a la universidad  y Nirvana le devuelve la fe en el rock.

En los cuentos «A letter to Elise», «El triunfo de la cultura», «Leyenda anónima» y «Nuestra primera canción de amor» se señala la fuerte influencia de este género musical en una de las etapas más cruciales del hombre: la juventud. Y es que el rock sólo puede llegar en un momento, ni antes ni después, en esa época cuando por primera vez nos enamoramos y nos rompen el corazón, cuando la música es una expresión de lucha y rebeldía, cuando nada importa más que ponerle play a nuestra banda favorita, cerrar los ojos y bailar como si no hubiera mañana, como si fuéramos inmortales y eternos.

Eso es Encore. Un viaje a esa adolescencia en que todos tuvimos nuestra primera experiencia con el rock, nuestros primeros conciertos y nuestros primeros vinilos. Cada uno de los cuentos que contiene esta antología construye una especie de musicografía de la vida en donde autor y lector se fusionan y se identifican a partir de un gusto compartido: el rock. Es una antología de memorias y experiencias compartidas, pues, si bien cada historia emana de las anécdotas de los autores, es imposible no reconocerse en ellas y, al leerlas, regresar a esos años dorados donde Nirvana, Joy Division, The Beatles, Café Tacuba y The Cure eran el soundtrack de nuestras vidas.

 

 

 

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Natalia Rodríguez Priego, 22 años, nací en la Ciudad de México. Estudiante del último semestre de Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. He participado como asistente editorial en la edición de la revista Alquimia a cargo del INAH y del SINAFO, así como en el libro Nacho López, Ideas y visualidad editado por el FCE y el SINAFO. Actualmente estoy a cargo de la edición del libro Fotografía y Arqueología a cargo del Museo de Antropología e Historia.

Revista cultural

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