La escritura de las amazonas

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Julieta Flores Jurado

 

«La pluma puede ser una espada», hemos escuchado todos alguna vez. Y como una espada, la pluma tradicionalmente no pertenece a las manos de una mujer. En el siglo XVII, Anne Finch –una de las primeras mujeres poetas en publicar su obra en Inglaterra– respondía con ingenio e ironía a esta idea: la mujer que intenta tomar la pluma es, de acuerdo a los detractores de Finch, una «intrusa».[1] Me llama la atención el hecho de que este término se haya usado también para referirse a las mujeres en las cocinas profesionales. En la película Julie & Julia, de Nora Ephron, el recibimiento con el que Julia Child se encuentra al entrar en las aulas de Le Cordon Bleu, llenas de cocineros exmilitares, deja claro que se le considera una intrusa. La imagen de la cocina de un restaurante que han popularizado autores como Anthony Bourdain, como una especie de barco pirata, generalmente con una presencia femenina inexistente o menor, quizá hace eco de esa antigua superstición de los marineros: las mujeres a bordo traen mala suerte.

 

Mezzaluna

 

Julia Child no estaba intentando «tomar la pluma» como autora literaria, sino su equivalente gastronómico, un objeto aún más parecido a una espada: el cuchillo de chef.[2] Julia se empeñó en convertirse en una verdadera amazona: la escena en la que llena la mesa de su cocina con kilos de cebolla picada es memorable. Pero lo que me interesa resaltar es el hecho de que el cuchillo es el instrumento que define a un profesional de la comida. Es versátil, altamente individual –ninguna marca o diseño funciona para todas las manos, y los cocineros muchas veces se niegan a prestarlos–, y puede llegar a ser más costoso que el refrigerador, el horno y la despensa juntos. Así como la pluma representa el poder creativo y creador del autor literario, por lo general ligado a una genealogía masculina, podemos ver un ejemplo de cómo el cuchillo conlleva significados análogos en la película Chef de Jon Favreau (2014). El chef Carl Casper lleva a su hijo Percy a comprar su primer cuchillo de chef. Este ritual entre padre e hijo también enfatiza los conceptos de autonomía, autoridad, propiedad y responsabilidad relacionados con el chef-autor:

 

Un verdadero cuchillo de chef. No es un juguete. ¿Lo entiendes? Esta cosa está muy afilada y puede mandarte al hospital si no tienes cuidado. Yo voy a enseñarte a usarlo. Pero un cuchillo de chef pertenece al chef, no a la cocina, así que es tu responsabilidad mantenerlo afilado, limpio, y no perderlo, ¿de acuerdo? ¿Puedes hacer eso? Éste es un buen cuchillo. Te servirá por mucho tiempo si lo cuidas.[3]

 

Pero en otras latitudes, el simbolismo asociado a los instrumentos de cocina y a las manos que los utilizan es muy diferente. Chitrita Banerji ha argumentado que, si bien en Occidente la cocina evoca la imagen de un cocinero de pie, trabajando con un cuchillo sobre una mesa alta, en su natal Bengala la imagen arquetípica del acto de cocinar es «una mujer sentada en el suelo, cortando, picando, o cocinando. […] Por siglos, la cocinera bengalí y su asistente han permanecido firmemente ancladas al piso de la cocina».[4] El instrumento que define a las cocineras de Bengala es el bonti. Se trata de una navaja curva montada perpendicularmente sobre una tabla de madera larga y angosta. La cocinera sujeta la tabla al piso con un pie, y se sienta de frente a la navaja. A diferencia de los cuchillos, el bonti funciona en dirección horizontal, no vertical. La comida –fruta, vegetales o pescado– se desliza sobre la navaja para cortarla en pedazos más pequeños. El bonti sirve para pelar, picar y laminar, y existen algunos modelos especiales para sacar la carne de los cocos. Aunque los cocineros profesionales y los vendedores en los mercados ocasionalmente utilizan el bonti, es una herramienta definida culturalmente como femenina. El movimiento, que involucra no sólo las manos, sino todo el cuerpo, es clave para esta asociación: «Sostener los vegetales o el pescado o la carne en ambas manos y deslizarlos sobre la navaja hace del acto de cortar un movimiento relativamente más suave, más gentil que el gesto más masculino de dejar caer con fuerza un cuchillo sobre una superficie firme. La comida se abraza incluso al desmembrarla.»

 

bonti
Mujer bengalí con bonti

 

Finalmente, el trabajo en el bonti puede estar también sutilmente cargado de erotismo. Agachada y cubierta con su sari, una mujer bengalí puede transmitir con discreción su interés en alguien a través de la mirada y de esta sutil danza alrededor del bonti. No puedo evitar pensar en el metate como un icono cultural análogo en mi país: una herramienta codificada como femenina, anclada al suelo, asociada al conocimiento milenario de las cocineras, e incluso sensual a su manera. Basta recordar una escena famosa de Como agua para chocolate. Tita está preparando un mole de guajolote: «…de rodillas, inclinada sobre el metate, se movía rítmica y cadenciosamente mientras molía las almendras y el ajonjolí. […] Pedro, no pudiendo resistir los olores que emanaban de la cocina, se dirigió hacia ella, quedando petrificado en la puerta ante la sensual postura en que encontró a Tita».[5] En contraste, tenemos la descripción de la violenta técnica de Mamá Elena al picar sandía:

 

Mamá Elena era especialista en partir sandia: tomando un cuchillo filoso, encajaba la punta de tal manera que sólo penetraba hasta donde terminaba la parte verde de la cáscara, dejando sin tocar el corazón de la sandía. Hacía varios cortes en la cáscara, de una perfección matemática tal que cuando terminaba tomaba entre sus manos la sandía y le daba un solo golpe sobre una piedra, pero en el lugar exacto, y mágicamente la cáscara de la sandía se abría como pétalos en flor, quedando sobre la mesa el corazón intacto. Indudablemente, tratándose de partir, desmantelar, desmembrar, desolar, destetar, desjarretar, desbaratar o desmadrar algo, Mamá Elena era una maestra.

 

Además del bonti y el metate, podríamos pensar en muchas otras alternativas a la violencia de los cuchillos. Por ejemplo, las herramientas de cocina que evocan los instrumentos musicales: el archetto, un arco de madera tensado con un hilo muy delgado, que se usa para cortar queso en algunas regiones de Italia, o la mandolina, una navaja montada sobre una pequeña tabla, que sirve para cortar láminas muy delgadas y hace que las manos imiten los movimientos de un guitarrista. O también la mezzaluna, una navaja curva con dos mangos que funciona meciendo la navaja sobre la tabla para cortar hierbas, especialmente la albahaca para el pesto. Pero quiero regresar a la idea de las escritoras que «toman la pluma». Las mujeres que «toman el cuchillo», sin identificarse necesariamente con Tita o con Mamá Elena, están librando una batalla similar a la de Anne Finch. Capitanas de sus propios barcos, hoy podemos ver de cerca una de sus victorias navales: una visita guiada a la cocina de Cris Comerford, la primera mujer chef a cargo de las cocinas de la Casa Blanca.

 

 

NOTAS

[1] Alas! a woman that attempts the pen,

Such an intruder on the rights of men,

Such a presumptuous creature, is esteemed,

The fault can by no virtue be redeemed.   (9-12)

Finch, Anne. «The Introduction». Poetry Foundation. http://www.poetryfoundation.org/poem/180918

[2] Agradezco a Adriana de Teresa Ochoa por esta observación.

[3] Chef. Dir. Jon Favreau. Fairview Entertainment, 2014.

[4] Banerji, Chitrita. «The Bengali Bonti». Gastronomica: The Journal of Food and Culture. Vol. 1, No. 2 (primavera 2001): pp. 23-6.

[5] Esquivel, Laura. Como agua para chocolate. Prólogo de Lourdes Ventura. Barcelona: Bibliotex, 2001. P. 27.

 

 

 

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Julieta Flores Jurado (Ciudad de México, 1991) es licenciada en Letras Inglesas. Ha colaborado en CuadrivioTierra Adentroelgourmet, y en el Periódico de Poesía de la UNAM. Actualmente es alumna de la maestría en Literatura comparada en la UNAM, donde trabaja en un proyecto sobre autoría y gastronomía.

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