Higueras

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Conchita

Barrio de la Conchita

 

Julieta Flores Jurado

 

Los árboles cuentan historias. En su corteza se distinguen caras y personajes que la gente busca como si fueran figuras en las nubes y convierte en material de leyendas. Podríamos contar nuestros cumpleaños con la lluvia púrpura de las jacarandas. Los muchos años de vida de un árbol se reflejan en los anillos de su tronco. No resulta sorprendente que la literatura fantástica los haya convertido frecuentemente en seres viejos y sabios.

Mis árboles de la memoria son las higueras, una especie pequeña y delicada en comparación con los ahuehuetes o los olivos milenarios. Los recuerdos del Barrio de la Conchita se dibujan sobre el mapa con una ruta de higueras. Viví allí durante dos años. El barrio me gustaba desde antes, porque las calles empedradas y las casas antiguas me recordaban a Pátzcuaro, Michoacán, la pequeña ciudad que es casi sinónimo de días felices. En Coyoacán, como en Pátzcuaro, hay dos plazas conectadas por una calle llena de cosas buenas para comer. Esa calle se llama Higuera. Al final de la calle, en la esquina de Caballo Calco, hay un letrero heráldico de madera que señala el nombre de las calles. En una de sus caras está grabado el árbol que todos los habitantes del barrio parecen tener en sus casas.

Las higueras reflejan el ritmo de las estaciones. En enero pierden todas sus hojas, en marzo se llenan de hojas nuevas, delicadas y translúcidas, y en mayo están listos los primeros frutos. Los higos no son amigos de la lluvia –la humedad los arruina en cuestión de horas–, pero en septiembre hay aún más higos y más dulces que los primeros. En invierno, el antídoto contra la tristeza de los árboles sin una sola hoja verde son los higos cristalizados del panettone y la rosca de reyes.

Cazuelita con higosPara naturalizarnos en el barrio, adoptamos también una higuera. A los pocos meses, el nuevo árbol había dado varios higos de un color verde pálido muy especial, que casi nunca se encuentra en los mercados (esta variedad se llama higo adriático). Hay un cuento tradicional de Emilia-Romaña sobre una princesa que juró que sólo concedería su mano en matrimonio al hombre que lograra «colmarla de higos». Un chico consigue una canasta que se rellena mágicamente cada vez que la princesa se termina los higos, hasta que ella se declara harta de higos y tiene que cumplir su promesa. Creo que, en el fondo, esa historia se parece la forma en que imaginé mi romance con la higuera. Cestas y más cestas de higos durante todo el verano, que comería en mermeladas y tartas o serviría con queso y ensalada… hasta que vino el desagradable descubrimiento de que a los pájaros les gustan los higos tanto como a mí.

A veces los pájaros ganan. Entonces quedan las hojas de la higuera, verde intenso y con forma de huella de dinosaurio. Una vez, en un mercado de Oaxaca, comí un postre hecho de arroz con leche y garbanzos en almíbar. La combinación puede sonar extravagante, pero ese vasito de plástico contenía una experiencia sensorial memorable. Era delicioso. El secreto de ese postre con perfumes y sabores misteriosos eran las hojas de higuera que habían infusionado el almíbar. También le tengo un cariño especial a la receta de Alice Waters de salmón horneado en hojas de higuera. El salmón es bueno de cualquier forma, pero este tamalito mediterráneo es una de esas recetas de las que todos necesitamos más: sencillas, elegantes, y que le traigan al cocinero muchos aplausos, abrazos y cumplidos.

Hace unas semanas dejamos el Barrio de la Conchita. Desarmamos el interior de nuestra casa, pieza por pieza, y lo llevamos todo en un camión para rehacerlo en otra parte.

También hay árboles cerca de la nueva casa. Muchos, a decir verdad. Empecé a pensar en las higueras que dejamos atrás, y en los árboles que dibujarían nuestra vida en el nuevo barrio. Entonces regresaron las higueras. No una, sino cuatro en una misma acera, cargadas de frutos que recuerdan las esferas de un pino de navidad, pero más festivos aún. Los nuevos comienzos se celebran con poemas. Como éste, de Philip Larkin:

Yet still the unresting castles thresh

In fullgrown thickness every May.

Last year is dead, they seem to say,

Begin afresh, afresh, afresh.

(«The Trees»)

Hojas de higuera2

Salmón horneado en hojas de higuera

De Chez Panisse Café Cookbook, por Alice Waters

6 porciones

1 filete de salmón de aproximadamente 1 kg (sin piel), dividido en seis piezas

Aceite de oliva

Sal y pimienta

6 hojas de higuera, lo suficientemente grandes para envolver los filetes

170 g de mantequilla a temperatura ambiente

1 cucharada de jugo de limón

1/2 cucharadita de ralladura de limón

1 shalott, picado fino, o 2 cucharadas de cebollín picado

2 cucharadas de alcaparras picadas

Precalienta el horno a 200°C. Rocía los filetes de salmón con un poco de aceite de oliva y sazónalos por ambos lados con sal y pimienta. Envuelve cada filete en una hoja de higuera. No es necesario que queden perfectamente cubiertos.

Prepara la mantequilla de alcaparras: en un tazón pequeño, mezcla la mantequilla con el jugo y la ralladura de limón, el shalott o cebollín y las alcaparras. Agrega una pizca de sal y pimienta. Reserva esta mantequilla hasta el momento de servir el pescado.

Coloca los filetes de salmón en una charola o refractario y lleva los filetes al horno durante ocho a 10 minutos, o hasta que el salmón esté opaco y totalmente cocido. Al servirlo, retira una parte de la hoja y coloca una cucharada de la mantequilla saborizada sobre el salmón.

Creo que esto quedaría delicioso cocido sobre un asador de carbón en lugar del horno. Si tienes un asador disponible, deberías intentarlo.

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Julieta Flores Jurado (Ciudad de México, 1991) es licenciada en Letras Inglesas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha colaborado en Cuadrivio, elgourmet, y en el Periódico de Poesía de la UNAM.

 

Revista cultural

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