El karma de vivir al norte

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Joaquín Guillén Márquez

Carlos Velázquez es uno de los escritores que más ha llamado la atención los últimos años, principalmente por la buena recepción crítica que sus libros, La Biblia vaquera y La marrana negra de la literatura rosa, obtuvieron. Se le clasificó como un gran cuentista, narrador que entendía lo paradigmático de la zona en que habitaba, y es además un autor capaz de crear marginados memorables y convertirlos en protagonistas de las historias más inverosímiles y llamativas que he leído últimamente. El karma de vivir al norte es una muy modesta continuación de su trabajo.

En 2012 Velázquez obtuvo el Premio Bellas Artes de Testimonio Carlos Montemayor. El resultado de ello fue El karma de vivir al norte, título que testifica lo duro de la vida norteña en tiempos de violencia. Tuve un problema grave, para nada culpa del autor: me sentía sumamente ajeno a lo relatado, y no es que no crea en la guerra contra el narcotráfico, sino que es de una crudeza extrema que por momentos quería que fuera completamente ficticia. Si dentro de la literatura no hay ficción completa, y dentro de la ficción no todo es verdadero o confiable, leer este libro es una forma fresca de ver las noticias.

Ahí radica la fuerza de la narrativa de Velázquez: en tomar un pedazo de su realidad y llevarlo al ficticio PopStock!, sin embargo en el género de la crónica no hay un PopStock! al que ir, sino una voz peculiar capaz de transmitir su singular visión de la vida. Porque eso es lo que hay en El karma de vivir al norte: un testimonio, mas no el de vivir en Torreón cuando todo lo demás está perdido, sino el de una persona que es «padre de una hija, habitante de la ciudad y consumidor de sustancias». Éste es un registro sumamente íntimo de la realidad.

Pese a lo refrescante que es leer este libro (en vez de una nota periodística más), hay reparos que considero, cuando menos, dignos de mención. El gran valor del Velázquez cuentista radica en sus ficciones realmente memorables: la del niño con retraso que de pronto se vuelve rockstar, el luchador que es dj, el club de las vestidas, la de la persona que hace un trato con el diablo por unas botas. No escatimo elogios a su inventiva, sin embargo no pasa lo mismo con estas crónicas. Si bien se trata de un «relato autobiográfico de primera mano», queda la sensación de que la mayoría de los textos que conforman el libro son sumamente repetitivos.

Hay sus excepciones, claro, como el cuento del joven taxista que descuartiza gente, el del sicario al que cachó teniendo sexo en un bar donde vendían cocaína al menudeo y, quizá el mejor de todos, «Torreón way of life», que busca la esencia del ser lagunero. Sin embargo son las menos. Uno se queda con la impresión de que funcionarían mucho mejor sin tanta reiteración cada tres páginas de lo difícil que es vivir en el Norte, o de que la mejor serie de televisión está en la Laguna. El estilo de Velázquez no hace la tarea menos complicada, y es que él es uno de esos autores que se lee más por lo que escribe que por cómo lo hace.

Sus destellos, particularmente en «Torreón way of life», son innegables y compiten directamente con lo mejor de sus libros anteriores. De lo que no queda duda, algo que agradezco como lector, es que el mejor Velázquez sigue en gestación.

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Joaquín Guillén Márquez (1990) es estudiante de literatura inglesa en la UNAM. Ha colaborado con crítica, cuentos y ensayos en diferentes revistas y periódicos, como La Jornada SemanalTierra Adentro HermanoCerdo. Escribe en el blog de cine y televisión de Nexos y es editor en Cuadrivio.

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