Un actor todavía imprescindible

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Frania Duarte

2013 ha sido un año sumamente accidentado para las relaciones internacionales de Estados Unidos (EU). Incluso quizá ningún año de la administración Obama había sido tan ampliamente comparado con la desastrosa presidencia de George W. Bush –si no es por las prácticas de espionaje y por la crisis en Siria. Sin duda, el liderazgo global estadunidense ha seguido tambaleándose, ya por ese tipo de tropiezos, ya por la presencia de actores emergentes, como China, que parecen estar haciéndose con más poder. No obstante, no ha conseguido caer y, al menos a corto plazo, parece que no lo hará. Una razón poderosa es que EU, a pesar de su carácter no siempre benevolente, sigue resultando un actor imprescindible para el actual orden internacional.

Hace cinco años, en 2008, parecía –o algunos esperaban– que el mundo viviría un momento de transición, pues luego de que la crisis económica estallara dentro y fuera de EU, comenzaría el debate sobre cómo rediseñar el sistema económico, de tal modo que ese escenario no se repitiera y que la brecha entre ricos y pobres disminuyera. Parecía también un momento en el que la sociedad civil estaba empoderándose cada vez más (primavera árabe, el movimiento de los inconformes, Occupy Wall Street), y que un nuevo aire de conciencia y de exigencia ciudadana vendría con las revelaciones hechas por Julian Assange y Edward Snowden sobre la verdadera cara de Estados Unidos y otros «gigantes», ya fueran actores estatales o grandes corporaciones.

No obstante, los cambios han sido pocos, y algunos han caído en una suerte de gatopardismo. Las acciones tomadas para paliar la crisis por diversos países, principalmente los europeos, no parecen poner una solución a mediano o largo plazo. La austeridad y no el gasto –este último apoyado por el Nobel de economía, Joseph Stiglitz– ha sido la bandera de algunos de ellos. Por su parte, movimientos como el de la primavera árabe y los inconformes se han ido disipando. Assange no logró trascender como había pensado, pues la fiebre por Wikileaks fue efímera; mientras que Snowden, quien parece haber puesto un poco más en jaque a la política estadunidense, no se sabe si logrará marcar un cambio, ya que a pesar de que parece que la NSA redefinirá algunas de sus políticas de espionaje y privacidad, diversos funcionarios han dejado claro que los programas de espionaje no serán desmantelados y cínicamente han hablado de quizá proteger la privacidad de ciudadanos estadunidenses pero no de extranjeros, pues a éstos no hay Cuarta Enmienda que los proteja.

Como sugiere el filósofo esloveno Slavoj Sizek en su libro The Year of Dreaming Dangerously, la solución al fracaso del capitalismo fue tener más capitalismo, pues, desde ninguna trinchera –ni siquiera desde las izquierdas– se logró formular un nuevo modelo. Y mientras que esta idea se adapta al ámbito económico, yo agregaría que, para lo político, más realismo fue la respuesta al realismo –aunque éste no necesariamente fracasado, o no al menos para los que se benefician de él, como Estados Unidos.

La crisis económica ha provocado descontentos, ya no sólo al interior de los países, sino entre éstos. Mientras unos buscan responsables al exterior, otros se refugian en el proteccionismo y discursos reaccionarios, y parecen ansiar volver al aislamiento en un mundo donde la globalización y la interdependencia prácticamente impiden que un patrón semejante ocurra. Hoy cada Estado mira por sí y para sí, y los que no tenían todas sus expectativas puestas en la política exterior como principal motor de desarrollo, la han desplazado en la lista de prioridades. Los que sí la consideran como tal, pero que han sufrido en gran medida por la crisis, o incluso por problemáticas domésticas, parecen estar tratando de encontrar la manera de tomar las riendas, pero no queda claro cómo y, en su intento, terminan copiando el comportamiento de aquél al que critican –Estados Unidos.

Algunos de los cuestionadores del poderío estadunidense parecen haber suavizado sus narrativas hostiles hacia éste. Entre ellos encontramos a Nicolás Maduro que, aunque designado por Hugo Chávez para proseguir con su «revolución bolivariana», no parece entender todavía sobre política; o a Dilma Roussef quien, a pesar de también haber sido elegida por su predecesor, ha aligerado la carga discursiva en contra de Estados Unidos (únicamente se avivó tras las prácticas de espionaje, pero resultó irónico cuando se supo que su gobierno también había estado espiando a funcionarios de la embajada de aquel país en Río de Janeiro) e incluso parece que tampoco ha impulsado el liderazgo brasileño en la región, ni el liderazgo de ésta en el mundo, con la fuerza con que lo hizo Lula Da Silva, a quien precisamente le tocó colaborar en la creación de la Unión de Naciones del Sur (UNASUR), la cual parecía un desafío directo al poderío estadunidense en el hemisferio. Lo paradójico, al final, es que los vínculos comerciales entre EU y ambas naciones sudamericanas son bastante estrechos.

Por su parte, el rápido ascenso económico de los países BRIC (Brasil, Rusia, India y China) también ha planteado interrogantes sobre el declive de la hegemonía estadunidense y el surgimiento de nuevos polos de poder. Brasil, Rusia y China sí se han atrevido a cuestionar la supremacía estadunidense, sin embargo, India es un gran aliado de EU en Asia, particularmente cuando se trata de contener a su vecino y eterno rival histórico, Pakistán. Además, vale la pena mencionar que estos países no forman un bloque cohesionado que tenga por objetivo desplazar a Estados Unidos de su puesto como potencia hegemónica. De hecho, a pesar de la retórica a veces hostil que utilizan, buscan evitar la confrontación directa y, más aún, militar, pues en el fondo saben que la «destrucción mutua asegurada» de que se solía hablar durante la Guerra Fría podría ser un hecho en caso de ocurrir un enfrentamiento militar entre EU y Rusia o entre aquél y China.

Los cuestionamientos sobre si China será la próxima gran potencia también han estado a la orden del día. Diversos analistas han señalado que durante la década que vivimos China desplazará a EU como potencia económica. Sin embargo, lo económico, si bien es una parte sumamente importante de la hegemonía estadunidense, tampoco lo es todo, pues la hegemonía también está constituida por los aspectos político, diplomático, militar y cultural. Y en este sentido EU sigue estando muy por encima de China. Además, hay que ponerse en los zapatos de China y preguntarse si entre sus planes a corto y/o mediano plazo está el convertirse en el policía del mundo, lo cual parece que no será así. China está sumamente ocupada por otros asuntos de orden local y regional, como, por ejemplo, adquirir mayor influencia en la zona del Pacífico asiático. Y es precisamente aquí donde la presencia de EU se ha vuelto necesaria para varios actores de la región, como India, Japón y Corea del Sur, quienes de ninguna manera aceptarían la hegemonía regional de China. Asimismo, Rusia tampoco estaría muy contenta con un reacomodo de fuerzas en la región. Además, China teme al gran poder de EU y el daño que éste le podría ocasionar si llegase a aplicarle sanciones económicas.

Por su parte, a pesar de los desencuentros entre China y EU, éstos saben que han desarrollado una interdependencia mutua y que para su sobrevivencia, al menos en lo económico, se requieren mutuamente. Por ejemplo, mucho se habla sobre que EU está a los pies de China, por haber pasado de ser su acreedor a su deudor y por mantener un déficit comercial con ella. No obstante, si EU cae, China también lo haría. Para paliar el problema de la deuda y de falta de ahorro nacional, EU ha recurrido a la emisión de bonos, los cuales son comprados por China, que usa el dinero del superávit para comprarlos y al mismo tiempo mantener ese superávit. ¿Qué haría China si las puertas de los negocios con EU se cierran y viceversa?

Finalmente, algunos analistas, entre ellos el ex canciller mexicano Jorge Castañeda, han argumentado que ni China ni el resto de los BRIC parecen ser los candidatos idóneos para erigirse como «el faro de esperanza» del mundo por ser países que aún no están consolidados como democracias, ya que tienen un Estado de derecho muy inacabado. Problemáticas como pobreza, violaciones a los derechos humanos y corrupción persisten ampliamente entre sus sociedades y gobiernos; es decir, no tendrían autoridad para hablar de ciertos temas y exigir un comportamiento acorde con las normas internacionales. Pero, ¿Estados Unidos y otros países que establecen las reglas del juego la tienen? Por ejemplo, EU retiró su firma del Estatuto de la Corte Penal Internacional y decidió no ratificar el Protocolo de Kyoto.

Ser un país hegemónico no implica, sin embargo, que su actuar será completamente democrático y transparente, aunque su comportamiento normalmente estará más apegado a esto que a lo contrario. De hecho, ser hegemónico tiene que ver, según Martin Griffiths, con la capacidad de reforzar las reglas del sistema y con manifestar voluntad y compromiso para hacerlo. Hasta hoy, ese país ha sido Estados Unidos. Este país es el único en el mundo que hasta el momento cuenta con las capacidades para soportar las responsabilidades y prerrogativas que posee en su calidad de hegemónico. Es, además, el arquitecto del sistema que actualmente rige al mundo y, por ende, sabe cómo funciona y cómo rediseñarlo en caso de que deje de cumplir con los objetivos para los cuales haya sido creado. Por último, pero no menos importante, las circunstancias actuales lo han hecho proseguir con esta calidad: todos y cada uno de los países afectados por la crisis se han ocupado de sí mismos y muchos requieren de la cooperación con EU para salir adelante y evitar que el mundo entero se aproxime y caiga a un abismo del que sea muy complicado salir.

Muchos actores siguen dependiendo de la ayuda económica y/o militar estadunidense, gozan de su protección y se niegan a una reconfiguración geopolítica del sistema internacional, aunque ello implique más capitalismo para el capitalismo fracasado y más realismo para el realismo. No obstante, habrán de crearse mecanismos distintos para afrontar las crisis ya que, de no hacerlo, podrían surgir graves consecuencias ante el creciente descontento de las sociedades que demanden un entorno más justo y equitativo. Si Estados Unidos desea seguir siendo un actor imprescindible deberá trabajar arduamente en ello y no solamente refugiarse en el gatopardismo.

Aprovecho para agradecer a los lectores haberme brindado su amable lectura a lo largo de este año y al equipo de Cuadrivio por el espacio que ha brindado a mi pluma.

¡Nos vemos en 2014 para seguir pensando el mundo! ¡Felices fiestas!

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Frania Duarte (Ciudad de México, 1989) es licenciada en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha colaborado en el Centro de Investigaciones sobre América del Norte y la California State University, Northridge.

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