Revisitando la audacia de la esperanza

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DATOS-Propuestas de Obama en su discurso del Estado de la Unión

Frania Duarte

Descalificar a un político y a la política puede resultar una tarea sencilla si uno se limita a una evaluación superficial y subjetiva de su desempeño y el contexto en el que se encuentra. Barack Obama no se ha librado de esta clase de evaluaciones, por supuesto. No obstante, él ha demostrado tener las características de un notable líder; y quizá en un contexto más favorable se podría hablar de un verdadero estadista.

Obama ha sido criticado por sus detractores y lo han tachado de político novato y débil, unos porque aún siguen enfadados con el hecho de que un outsider sea el presidente de Estados Unidos y otros porque ensalzan y prefieren estrategias y técnicas políticas más agresivas. Para estos últimos el poder se demuestra y ejerce con la fuerza; caben los espacios para la negociación de acuerdos, pero la arrogancia debe ser una constante. Para Obama, en cambio, la negociación, la construcción de acuerdos y la sencillez (aunque ésta jamás debe confundirse con sumisión) son imprescindibles en el ejercicio del poder. El poder aquí tiene un gran vínculo con el liderazgo. Se piensa estratégicamente, se suma al mayor número de actores posibles, se escuchan diversas opiniones sobre un mismo tema y se intentan producir acuerdos donde la mayoría de las partes salgan beneficiadas.

A fines del mes pasado Obama pronunció el tradicional Discurso sobre el Estado de la Unión, el cual a menudo es visto como el plan de acción del presidente, tanto en política interna como exterior. En realidad no fue un discurso impactante, pero no precisamente por razones negativas del discurso per se. En primer lugar, si se apela al contenido, Obama no podía omitir asuntos como la crisis económica, la falta de consenso interpartidista o el programa de espionaje; son los «temas de siempre», pero no por la incapacidad del presidente de solucionarlos, sino porque existen fuerzas políticas e intereses diversos que han impedido su resolución. En segundo lugar, quizá Obama hoy ya no impresiona tanto como en 2008. Su carisma y su extraordinaria oratoria, entre otras características, siguen ahí; el problema es que el público ya se acostumbró a la enorme capacidad política de Obama y, aún más, le exige al presidente que resuelva de manera inmediata la mayoría de los problemas que se vienen arrastrando desde el mandato de su antecesor.

No se debe menospreciar los esfuerzos y resultados que Obama ha logrado producir en medio de la crisis económica y del grave deterioro que ha sufrido la imagen de Estados Unidos al exterior. Por ejemplo, el índice de desempleo ha encontrado uno de sus niveles más bajos el mes pasado (6. 6 %) ‒un índice notable si se le compara con el promedio de 2010 (9. 6 %), el cual fue el más alto durante todo su mandato. Por otra parte, en política exterior logró relanzar la relación con Rusia y, más recientemente, actuó cautelosamente ante las provocaciones de Irán y la crisis en Siria, evitando cualquier forma de conflicto y adoptando la vía diplomática como posible solución a las divergencias. Ciertamente, asuntos de seguridad como el uso de drones o los programas de espionaje son de suma preocupación y siguen perjudicando tanto a la administración demócrata como a la imagen de Estados Unidos, sin embargo ahí deben considerarse los múltiples intereses detrás, además del propio proyecto de nación estadunidense.

Pero a pesar de las críticas y los tropiezos, Obama se ha mantenido firme con sus planes. A pesar de que Estados Unidos está viviendo año electoral y de que el presidente ya no tendría nada que perder al adoptar tal o cual postura o proyecto, lo cierto es que sigue comprometido con su agenda y sus objetivos, por lo que, en la medida de lo posible, sigue dando batalla para lograr materializarlos.

Precisamente, las acciones que ha llevado a cabo luego de su discurso sobre el Estado de la Unión (por ejemplo, involucrarse activamente en la búsqueda de vías de solución en el debate del incremento a los salarios) demuestran que persiste su compromiso hacia el pueblo estadunidense y reflejan su persistente búsqueda del bienestar y desarrollo de éste y de su país. Al parecer en Obama el binomio bienestar-desarrollo existe desde su experiencia de vida en Indonesia, según lo cuenta en su libro La audacia de la esperanza (The Audacity of Hope). Para él fue inevitable comparar a la sociedad indonesia con la sociedad estadunidense, pensando que la falta de oportunidades de aquéllos se debía a la ausencia de un régimen democrático, y reparando en que algo debía de hacerse para mermar esta situación. En su país quiso lograr algo similar y remediar el paradójico 99 % vs 1 % (pobres vs ricos), sin embargo, resultó que algunos intereses se interpusieron y la negociación interpartidista, si bien parece la mejor vía en la teoría, se ha antojado difícil en la praxis. De ahí que Obama recientemente haya señalado que gobernaría con mayor autoridad –que no necesariamente coerción.

Quedan todavía dos años para tener los resultados finales del gobierno de Obama. Sin duda se vislumbra un intenso trabajo de parte de su administración para sacar avante a la economía estadunidense, de la cual depende en buena medida su poderío hegemónico, así como para limitar –aunque muy sutilmente– los excesos de la política de seguridad y defensa y mejorar la imagen al exterior.

No obstante, aún es pronto para exponer una radiografía que indique las razones por las cuales sería recordado Obama. Sin duda, la principal sería que fue el primer presidente afroestadunidense de su país; y seguramente se señalarían sus logros en la negociación de importantes acuerdos a nivel nacional e internacional… pero también sus tropiezos. Es de suponer que el propio Obama quisiera ser recordado por algún bien que haya hecho a su país y quizá al mundo. Los analistas podrían emitir juicios de valor al respecto, mientras que la historia podrá juzgarlo con el paso del tiempo. Pero, al final, sólo el propio Obama sabrá, antes que nadie, sobre el trabajo que habría hecho para que la esperanza y el cambio en que él mismo parece haber creído siempre se materializaran. Con esta forma de pensar Obama ha actuado y sigue haciéndolo: «Como le dije a mi equipo al día siguiente de que tomé protesta por segunda vez, estamos a cargo de la organización más grande sobre la faz de la tierra, y nuestra capacidad de hacer el bien, interna y externamente, es insuperable, incluso si nadie nos pone atención».[1] Los estadunidenses sin duda han conocido a un gran líder en este nuevo siglo.

[1] Obama en entrevista con David Remnick para The New Yorker.

 

 

 

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Frania Duarte (Ciudad de México, 1989) es licenciada en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha colaborado en dicha institución, así como en el Centro de Investigaciones Sobre América del Norte y la California State University, Northridge. @franiadu

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