Política electorera: Ser o no ser

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Frania Duarte

Contrario a lo que parecía vislumbrarse con el segundo mandato de Obama, hoy los ánimos políticos están caldeados y la desconfianza de los electores en sus representantes políticos persiste, de manera justificada, ante la falta de consenso en asuntos de gran calado.

Lo mejor y lo peor, dependiendo del ángulo desde el que se le quiera ver, es que ya llegó 2014, es decir, un año de elecciones intermedias, en las que se eligen a congresistas y senadores. Quizá los republicanos sean quienes se apeguen a «lo mejor», pues ellos están ansiosos de recuperar la mayoría en el Congreso. No obstante, «lo peor» se avecina para todos: para Obama, los partidos Demócrata y Republicano y los electores, pues ha llegado el momento de enfrentar el dilema de los Tea Party, los «RINO’s», los «DINO’s» y, parece que también, un movimiento ultra dentro de los demócratas.

Entre los RINO’s y DINO’s (moderados) y los ultras republicanos o demócratas, aparentemente la ventaja se la llevarían los ultras por su estrategia política. No obstante, si el extremo es muy radical para los ciudadanos, los ultras perderían la elección y, al final, sería un RINO o un DINO el que quedaría en su lugar, de tal forma que la política estadunidense se beneficiaría de una mayor y efectiva capacidad de negociar y establecer acuerdos o, en términos simples, de gobernar. Pero, si la tendencia va hacia una radicalización extrema y repunta el descontento del electorado con los políticos moderados, las consecuencias para la política estadunidense serían desastrosas para su supervivencia.

¿Cómo identificar a un RINO y a un DINO? Se trata de un republicano o un demócrata que, para efectos de la ideología y principios que rigen a sus partidos y a quienes los enarbolan, quizá el primero no sea lo suficientemente conservador y tal vez el segundo tampoco sea tan liberal. De ahí el nombre, o más bien acrónimo, de RINO y DINO. RINO: Republican in name only (republicano sólo de nombre), DINO: Democrat in name only (demócrata sólo de nombre). Ejemplos ha habido muchos, pero citemos el caso de John McCain, del Partido Republicano, quien ha defendido y planteado la realización de una reforma migratoria; pero cuando el Tea Party alcanzó su esplendor en el Partido, decidió condenarla. Es decir, estos personajes tienden a ubicarse en una posición política más bien moderada.

El problema surge cuando los moderados comienzan a verse «débiles» ante los ultras, quienes se valen de todo tipo de artimañas políticas, discursivas y propagandísticas para presentarse como la mejor opción ante el electorado, pues ellos desde que dicen que A es A, mantienen esa postura y muy difícilmente muestran un comportamiento de flip-floppers (es decir, adoptando cambios frecuentes de opinión frente a temáticas apenas se acercan las elecciones, con el fin de ganarse el mayor número posible de electores). En cambio, algunos moderados, desesperados por la pérdida de popularidad, terminan por convertirse en flip-floppers, de tal forma que su credibilidad política a veces llega a disminuir. Y, más aún, algunos llegan a casarse con la ideología extrema de su partido, con tal de ganarse votos.

Precisamente, la situación que enfrentarán las próximas campañas electorales en Estados Unidos es ésa. Y se ha agravado por la necedad republicana, sobre todo de los miembros del Tea Party, quienes parecen no haber aprendido completamente la lección y, por lo menos en temáticas como economía y migración, siguen actuando de una forma extremadamente conservadora, pidiendo reducir el gasto social y los impuestos a quienes obtienen mayores ingresos (el famoso 1 % de la población) y deteniendo el ingreso de inmigrantes o deportando a otros tantos.

Desde el primer momento en que los republicanos comenzaron a poner en marcha su campaña de descrédito contra Obama, los demócratas no les siguieron el juego y se concentraron en concretar algunas promesas de campaña y, en general, en hacer política –más estratégica de lo que los republicanos sugerían. Pero hoy, a casi seis años de gobierno demócrata, los republicanos conservadores no han cesado su lucha y, lo que es peor, han conseguido mantener polarizado tanto el ambiente político como al electorado. Ante este escenario, algunos demócratas han optado por la radicalización hacia la izquierda –quizá no una izquierda extrema como las que se conocen en América latina, pero una que sí representa una diferencia para la tradición política del Tío Sam. Por ejemplo, recientemente la senadora demócrata Elizabeth Warren sugirió que el salario mínimo debería subir a $22 dólares la hora; Obama no ha emitido opinión sobre esta propuesta específica, aunque sí es partidario de elevarlo. (Por cierto, no sería de sorprender que los ultras de la derecha volvieran a acusar de comunistas a los demócratas y al propio presidente, aunque a todas luces sea una propuesta totalmente acorde con alguno de los componentes del estado de bienestar, al que también han atacado severamente los conservadores.)

No obstante, esto no significa que el próximo congreso o senado estadunidense vaya a estar polarizado por completo. Las próximas elecciones brindarán una oportunidad que podrán aprovechar los candidatos moderados sin que necesariamente parezcan débiles y, ojalá, sin que tengan que recurrir al flip-flop o, como diríamos en México, al síndrome de la Chimoltrufia (como digo una cosa digo otra). Además, actualmente la opinión favorable hacia el movimiento del Tea Party ha ido disminuyendo. De acuerdo con la encuestadora Gallup, mientras que en 2010 el 37 % de los encuestados tenían una opinión favorable del movimiento y 40 % no favorable, hasta el pasado mes de noviembre las cifras correspondieron al 30 % y 51 %, respectivamente. De igual manera, el Partido Demócrata ha recobrado la opinión favorable que el público tiene hacia él (42 %) frente al Partido Republicano (32 %).

Estas cifras dan una respuesta obvia: los republicanos ultra conservadores deben moverse más hacia el centro y, en tanto, generar propuestas y políticas acordes con el 99 % de la población, no con el 1 %, y dejar de lado aquella suposición de Mitt Romney sobre que el 47 % de la población vivía cómoda e intencionalmente de la ayuda del Estado. Sin embargo, las presiones políticas dentro del propio partido, sobre todo las provenientes del Tea Party, han hecho que candidatos moderados se encuentren en el dilema hamletiano, «ser o no ser un ultra conservador o un moderado». Lo malo no está en el dilema per se, sino en no conseguir decidirse y no pensar ni actuar estratégicamente. Si ésa fuera su política, en realidad no tendrían política y nuevamente verían perdido el 2014 y, con suerte para los demócratas, el 2016.

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Frania Duarte (Ciudad de México, 1989) es licenciada en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha colaborado en el Centro de Investigaciones sobre América del Norte y la California State University, Northridge.

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