Obama y el reposicionamiento estadunidense

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Frania Duarte

A dos años del segundo mandato de Obama, su presidencia sigue evaluándose desde el exterior por las políticas de seguridad que implementó y/o reforzó su predecesor George W. Bush. Para algunos sigue resultando inevitable pensar que «el cambio en el que [se puede] creer» se tenga que materializar en el exterior en una política menos agresiva, con el abandono de las prácticas de espionaje y tortura, con la reducción de la influencia del Pentágono y con la toma de responsabilidad en asuntos que involucran bienes globales, tales como derechos humanos y cambio climático.

Al respecto, Suzanne Nossel, quien fungiera como consejera del ex embajador Richard Holbrooke en la misión de Estados Unidos ante Naciones Unidas entre 1999 y 2001, y quien en 2004 utilizara por primera vez el término de poder inteligente para exhortar al presidente George W. Bush a que ejerciera una  política exterior menos agresiva, publicó la semana pasada un artículo en la revista Foreign Policy en el cual enlistó ocho acciones que considera vitales para que el presidente Obama deje un legado a la altura de las promesas que hizo en campaña. Las sugerencias que enlistó fueron: cerrar Guantánamo, regular y transparentar el uso de aviones no tripulados, elegir una persona enérgica para la secretaría general de Naciones Unidas, eliminar prácticas de tortura, reformar el sistema de vigilancia, no evadir el cumplimiento de convenciones de derechos humanos, retomar el protagonismo en las negociaciones entre israelíes y palestinos y auditar el Pentágono.

Justo es que un político cumpla con sus promesas de campaña o que no prometa más de lo que sabe que puede cumplir y, desde luego, que cumpla con su deber y responsabilidad de servir a la ciudadanía y brindarle un entorno de seguridad. Sin embargo, si se toma en cuenta el estado en que Obama recibió a Estados Unidos, interna y externamente, cabe plantear dos interrogantes. La primera: ¿no era Obama realmente consciente de lo que prometía y se encontró con un Frankenstein que jamás hubiera podido llegar a imaginar? La segunda: ¿los estadunidenses y el mundo no le están pidiendo demasiado a Obama?

Quizá el principal inconveniente fue haber confundido a Obama, el presidente de Estados Unidos, con el mesías del mundo entero. Cuando él asumió la presidencia recibió un país que atravesaba por una crisis interna y otra externa. En ambas la economía era una desventaja; mientras, a nivel interno la polarización política y la aparición de una derecha recalcitrante condujeron a que la negociación de acuerdos y la aprobación de leyes fuera complicada. En lo que respecta al ámbito internacional, el país atravesaba por una seria crisis de legitimidad ante la cual el uso de la fuerza ya no era bienvenido –al menos no en primera instancia– y, al respecto, Libia, Siria, Irán y Ucrania han sido las grandes pruebas de fuego de la política exterior de Obama.

Por otro lado, investigaciones como las de James Mann y Bob Woodward en The Obamians y Obama’s Wars, respectivamente, son una clara muestra de que muchas cosas que se habían tejido en Irak y Afganistán, así como en otros teatros del mundo, eran desconocidas por los mismos políticos, y que el poder e influencia que el Pentágono adquirió alcanzó niveles inimaginables que ni siquiera el propio presidente ha podido contrarrestar. Recordemos que funcionarios de la propia CIA, entre ellos su ex director, Michael Hayden, se dispusieron a mostrarle a Obama que la agencia y sus libertades para actuar, aunque lleguen a atentar contra los derechos civiles, estaban rodeadas de barreras infranqueables y que sería políticamente costoso querer derribarlas. Al respecto, y vinculando el tema con la promesa de Obama sobre Guatánamo y las políticas de defensa: ¿qué congresista o senador estadunidense legislaría para que los presos de esa cárcel fueran a habitar en suelo estadunidense? ¿Qué funcionario estaría realmente decidido a poner restricciones significativas al Pentágono? ¿Por qué única y exclusivamente el conflicto palestino-israelí tendría que ser resuelto por Estados Unidos? Más aún –y quizá hasta lamentablemente–, cuando van a las urnas, la mayoría de los ciudadanos estadunidenses lo hacen con la mano en el bolsillo y no precisamente pensando en la política exterior de su país.

De ninguna manera la presente autora está a favor de la política agresiva de seguridad y defensa de Estados Unidos, sin embargo habría que reconocer que Obama ha tenido muchos aciertos y logros en la conducción de su política exterior y, sin duda, falta un largo camino por recorrer para que la política exterior estadunidense sea más mesurada. Aquí quizá algunos escépticos señalen que dicha política será la misma en sustancia; y al parecer la determinación de esta nación de conservar su statu quo en el mundo como gran potencia hace pensar que así sea. No obstante, los cambios actuales que el mundo está afrontando, principalmente la aparición de nuevos actores y amenazas no estatales, inevitablemente hacen que no sólo Estados Unidos, sino todos los actores con gran poder reevalúen el ejercicio de su poder, ya sea porque en algunos casos éste se ha visto disminuido, ya sea porque si siguen ejerciéndolo con la fuerza con que están –o estaban– acostumbrados, quizá sus seguidores decidan convertirse en detractores.

Al parecer Obama ha comprendido muy bien los errores de su predecesor, así como la dinámica del mundo actual que demanda más apertura y profunda cooperación. Él llegó a limpiar el terreno que dejó sumamente accidentado su antecesor y será tarea del próximo presidente de Estados Unidos aprovecharlo y seguir por la ruta que está fijando. Esto no quiere decir que el trabajo del 44° presidente de Estados Unidos esté resuelto. Por supuesto que habrá que seguirle pidiendo que cumpla con su deber y la mayoría de sus promesas, pero también habrá que reconocer los logros que en sólo 6 años ha alcanzado y con los cuales poco a poco ha logrado ir reposicionando a Estados Unidos como un actor global. Las acciones que Nossel sugiere serían un gran cierre para el mandato de Obama y un parteaguas histórico para Estados Unidos. No son un imposible, sin embargo quizá sea mucho para poco menos de dos años que le quedan de mandato. Por ahora quizá Obama sólo pueda ir encauzando acciones hacia esa dirección para que luego, ante un escenario más acabado, el próximo presidente pueda dar los pasos que sigan para lograr que Estados Unidos vuelva a ser un actor creíble.

 

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Frania Duarte (Ciudad de México, 1989) es licenciada en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha colaborado en el Centro de Investigaciones Sobre América del Norte y es asociada del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales.

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