Iraquistán: déjà vu, el terror y los fantasmas de Obama

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Imagen tomada de News.Mic

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Frania Duarte

El retiro de las tropas estadunidenses de Irak aquel 18 de diciembre de 2011 fue concebido como un punto de inflexión para un ‹‹nuevo comienzo››. Aparentemente el caos había sido superado y solamente restaba que poco a poco Irak fuera reconstruyéndose de forma pacífica, sin la sombra ni el temor del régimen de Saddam Hussein. Estados Unidos creyó o hizo creer que un capítulo más de sus guerras en el exterior había sido cerrado, pero lo que nunca se cerró fue la caja de Pandora que el megalómano George W. Bush abrió. La geopolítica siempre estuvo dada, no así los cálculos geopolíticos del gabinete de Bush.

Sin vacilaciones ni negaciones de la inseguridad latente en Irak, el ex primer ministro Nuri al Maliki intentó renegociar la estancia de las tropas estadunidenses en su país el 12 de diciembre de 2011, días antes de que ocurriera el repliegue. El fracaso fue rotundo, no por su inexperiencia o incapacidad negociadora, sino porque el propio pragmatismo estadunidense, acompañado de una dosis de crítica realidad económica y política, demandaba el repliegue de las tropas. El retiro daría puntos positivos a Obama, dentro y fuera de su país. Para Irak, el retiro fue como dejar a un niño gateando, sin haberle enseñado a caminar, mucho menos a correr. Las repercusiones tarde o temprano aparecerían y de ellas Estados Unidos no tendría escapatoria. Nada más hay que ver a Obama y su ‹‹amplia›› coalición mundial apenas en formación.

Dos años y medio bastaron para que la inseguridad en Irak empeorara y, peor aún, para que varias provincias prácticamente fueran obligadas a viajar por el tiempo para instaurarse siglos atrás, en el medio de un califato. La guerra contra el terrorismo que Estados Unidos había peleado en Irak desde 2003 en nombre de la libertad y la democracia –y en medio de tantas críticas– confirmó su fracaso histórico en el momento en que el islamismo más reaccionario, materializado en el autodenominado Estado Islámico (EI), se autoproclamó amo y señor de esta región del mundo, cometiendo además crímenes de lesa humanidad.

La peor parte de la historia es que esta situación ya se veía venir, sólo requería de tiempo. El descontento suní prevalecía desde el primer momento en que Estados Unidos instauró un gobierno chií, el cual, a su vez, privilegiaba a este sector de la población. Luego, cuando Estados Unidos se abrió paso para la ocupación militar, sin querer le dio el paso a al Qaeda, la cual no dudó en aprovechar las aspiraciones suníes de reivindicar su poder. Y qué decir  de la naturaleza radical y bélica de la agenda de al Qaeda, siempre en nombre de la jihad. Así, los ingredientes juntos y a cierta temperatura dieron como resultado Iraquistán. ¿Déjà vu? Probablemente. Si uno revisa la planeación de la guerra en Irak encontrará que las tropas estadunidenses que estaban peleando en Afganistán fueron removidas para pelear en el teatro de guerra iraquí; mientras tanto, la seguridad afgana había quedado en manos de los señores de la guerra y de los servicios de inteligencia paquistaníes –los cuales irónicamente apoyaban al talibán.

Desde agosto Obama se ha encontrado nuevamente –como con Irán, Siria y Crimea poco antes– en una especie de dilema hamletiano: usar o no la fuerza militar en Irak. Optó por usarla y ahora que planea intensificar los ataques a las bases de las fuerzas del Estado Islámico ha pretendido echar mano de uno de los pilares de su doctrina: el multilateralismo y el uso de la fuerza como último recurso. Los elementos para que esta nueva acción militar (como le han llamado en Estados Unidos para evitar el uso la palabra ‹‹guerra››) sea legítima ya están puestos sobre la mesa, pues incluso el propio gobierno iraquí ha pedido apoyo internacional para combatir al Estado Islámico. El problema, sin embargo, radica en que no todas las potencias y socios tradicionales de Estados Unidos parecen estar dispuestos a participar en esta coalición ad hoc porque seguramente saben que se trata, una vez más, de una guerra sin fin y con posibles efectos colaterales a largo plazo. Además, se ha hablado de incluir ataques en contra del EI en territorio sirio, cuestión que torna aún más difícil la decisión ya que ello involucraría un enfrentamiento con Bashar al Assad. Y finalmente, pero no menos importante, algunos países no desean poner en riesgo la vida de los rehenes que el EI tiene en sus manos.

Por su parte, las críticas a Obama abundan. Se critica tanto su actuar como su posible inacción. Por un lado se recuerda que durante su candidatura Obama criticó las guerras que él mismo tildó de ‹‹absurdas››, como la de Irak, y se dice que precisamente hoy revivirá esa guerra absurda. La pregunta es si defender a las víctimas del EI sea igualmente absurdo que bombardear inexistentes depósitos de armas químicas que la CIA decía que existían en manos de Hussein. Por otro lado, hay quienes sugieren que no bastará con los ataques aéreos que Obama ordenó llevar a cabo, sino que invariablemente será necesaria una operación militar terrestre. Sin embargo, de seguir con esta sugerencia, nadie logra definir una estrategia de entrada y salida, incluyendo los qués y los cómos de la debida reconstrucción de posguerra –pues fue precisamente la ausencia de una estrategia similar lo que hoy tiene de cabeza a Irak.

Obama parece encontrarse atrapado y solo con los fantasmas de la guerra que le heredó su predecesor. Esos mismos fantasmas que él, cuando todavía era candidato presidencial, creyó poder eliminar. Su actuar frente a este complejo y grave asunto estará basado tanto en su responsabilidad humanitaria como en la responsabilidad estadunidense  como policía del mundo. Sin embargo, en el fondo muy probablemente sepa que una solución para la cuestión del extremismo y el terrorismo islámicos se aprecia lejana. Tanto el terror sembrado por Bush como las propias condiciones de hacinamiento de diversas poblaciones árabes en el mundo continúan alimentando la lógica de la guerra contra el terrorismo y la de quienes defienden la jihad. Es un círculo vicioso que va más allá de las manos de Obama, pero que por ahora no sólo aprisionó a Irak, sino al propio Obama, ya que quizá cuando en el futuro se recuerde la política exterior del actual presidente estadunidense, lo primero que llegará a la mente del ideario colectivo será Iraquistán.

Apostilla: las tropas estadunidenses se retirarán de Afganistán a finales de este año. ¿Otro déjà vu?

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Frania Duarte (Ciudad de México, 1989) es licenciada en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha colaborado en el Centro de Investigaciones Sobre América del Norte (CISAN) y la California State University, Northridge. Es asociada joven del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI).

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