Memorias de una ex-profesora

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Blanca Alicia Vargas Govea

 

Se escribe mucho sobre las inquietudes de los estudiantes en el aula, sobre sus compañeros, profesores y materias. Qué hacer y qué no hacer el primer día de clases es un asunto que al inicio de cada ciclo escolar se convierte en tema recurrente de artículos de revistas para adolescentes y universitarios. En este texto comparto algunas inquietudes de mis días como profesora.

De agosto del 2012 a diciembre del 2014, impartí clases a nivel profesional y fue una experiencia de ésas que, además de ojeras, te enseñan muchas cosas aplicables fuera del aula. Durante la semana impartía cierto número de horas de clase a distintos grupos. Se dice fácil «algunas horas» pero lo que hay atrás de ese tiempo es lo interesante. Hay quien piensa que todo el trabajo del profesor es pararse y explicar un tema. Lo que no saben es que por cada hora de estar con los alumnos, el tiempo invertido en la preparación de la clase se calcula dependiendo del material y  del nivel de experiencia en el tema. Además, siempre hay algo nuevo que agregar aun cuando seas experto. También hay que tomar en cuenta el perfil de alumnos que toman la clase. Basta con que un alumno sea curioso extremo para que tengas que ampliar tu caudal de conocimiento con el fin de tener respuesta a lo que pueda surgir. Otro aspecto importante es la hora, pues si la clase es a las dos o tres de la tarde lo más seguro es que todos, incluyendo el profesor, se estén durmiendo. Sí, el docente también muere de sueño a esa hora. Es muy distinto un grupo de alumnos con sueño por la mañana que por la tarde, ya que es más seguro que temprano el sueño se les quite, mientras que por la tarde no hay garantía.

Uno de los días más emocionantes es el primer día de clases y no nada más por parte de los alumnos. Se da por hecho que para el profesor esos inicios son algo normal pero eso es falso. El profesor tiene sus propias interrogantes y expectativas: ¿cuántos alumnos serán?, ¿ya los conozco?, ¿qué trayectoria tienen?, ¿habrá empatía?, ¿llevarían ya materias parecidas?, ¿cantarán en clase?, y cosas parecidas. Y si ya se conoce a los estudiantes de un grupo también surgen preguntas cosas como ¿ya me habrán puesto apodo? En este aspecto es mejor no indagar. Hay una línea sutil que hay que respetar y los apodos son parte de ello. Una también fue estudiante y el hecho de usar un apodo para nombrar a un profesor no necesariamente es una falta de respeto.

En la misma línea del respeto se ubican las redes sociales, ya que nunca pero nunca debes buscar lo que los alumnos dicen de ti. Si de verdad es importante, ellos mismos te lo dirán. Lo que los estudiantes platiquen es asunto de ellos y el hecho de espiarlos convierte al profesor en un acechador. Por otra parte, si los alumnos no se atreven a decirte lo que no les gusta de tu clase habría que pensar porqué no sienten confianza.

El tamaño del grupo es otro factor de inquietud. Si hay muchos alumnos, uno de los primeros retos es aprenderse los nombres. A nadie le gusta ser confundido por lo que aunque parezca un hecho trivial, saber los nombres es muy importante. Por alguna extraña razón siempre hubo alguien de cada semestre cuyo nombre confundía. Es realmente penoso llamar a alguien con otro nombre. Si el grupo es de pocos alumnos el ambiente suele ser más tranquilo aunque no por ello es menos retador. Al contrario, al haber pocos estudiantes los temas se vuelven personalizados. Cada duda puede ser aclarada con amplitud por lo que es necesario prepararse.

Una vez que empiezas a conocer al grupo las cosas avanzan mejor, pero hay un evento que marca el ambiente que prevalecerá el resto del semestre: el primer examen. Es en ese primer examen en el que realmente se llegarán a conocer. Y no hay marcha atrás. Cualquier injusticia y exceso de bondad o maldad que cometas se pagará en el resto del semestre. Es necesario tener métricas de todo, no dejar nada sin valor, sin ser tomado en cuenta, ya sea para bien o para mal. Todo se perdona menos que un esfuerzo no sea contabilizado. Llevar tal registro es buena evidencia tanto para quienes obtienen calificaciones excelentes como para quienes no hacen nada y reprueban. La evidencia ahí está y no hay pretextos.

Sí, el profesor también siente nervios. Seguramente hay quienes han llegado a dominar esas emociones, pero yo no llegué a tales niveles. Fue para mí un placer haber conocido a un conjunto de estudiantes que independientemente de sus calificaciones tenían la característica de ser buenas personas. Me divertí mucho. Y siempre recordaré ese primer semestre en el cual todos los alumnos, bueno, eran como cinco, tenían esa pose de Clint Eastwood que me hacía pensar que ya sabían todo lo que les iba a enseñar.

Así que si eres estudiante y es tu primer día de clase lo mejor que puedes hacer es saludar a tu profesor y sonreír sinceramente. Ambos lo agradecerán.

 

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Blanca Alicia Vargas Govea. De formación académica, le gustan las aplicaciones a la vida real. En épocas medievales hizo cosas sobre aprendizaje automático para robots móviles. Consumidora ávida de información y buscadora incesante. Actualmente es profesora en el ITESM Campus Cuernavaca y consultora en temas de aprendizaje automático y análisis de datos.

Revista cultural

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