Crema de vainilla: la experiencia erótica sin eufemismos

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Mariana Oliver

 

En el número 128 del suplemento «Letra S» de La Jornada, apareció un artículo titulado «Mujeres que aman a otras mujeres. Así me pasó a mí», donde Artemisa Téllez afirmaba: «Enamorarse de una mujer es algo extraño, loco, revelador, inquietante y maravilloso».[i] Con esta premisa como punto de partida, un par de años más tarde la autora escribió Crema de vainilla (Voces en tinta, 2014), su primera nouvelle y su cuarta publicación individual.[ii]

Las relaciones entre mujeres y la diversidad de vínculos que establecen entre ellas han sido temas centrales en la obra de Artemisa Téllez, de ahí que los espacios que construye estén poblados casi en su totalidad de personajes femeninos. Crema de vainilla continúa con esa línea y, con una narración desprovista de eufemismos, explora una de las posibilidades de la experiencia erótica a través del vínculo entre Irene y Lala, dos chicas que se conocen en la universidad y establecen una relación que adquiere diversos matices a lo largo del relato.

Como la narración se articula desde la voz de Irene, su protagonista, el texto se desarrolla con soltura y su lenguaje es sencillo. La autora no buscó construir recovecos lingüísticos, sino crear un ambiente que evocara la intimidad de una charla, de ahí el uso frecuente del tono confesional. Irene se arroja al descubrimiento de sí misma tras la fascinación que siente por Lala, abandona su cuerpo al servicio de ésta con la única consigna de llevarlo al extremo, oscilando en los límites donde el placer y el dolor se tocan.

Para la protagonista el exceso se vuelve menester ‒ya sea alcohol, comida, sexo o autolesión‒, es el único modo en que puede tomar conciencia de su cuerpo. No es de extrañar entonces que Crema de vainilla sea una narración centrada en lo corporal, ni que las descripciones se dirijan casi en su totalidad a los sentidos; la presencia de los fluidos corporales es recurrente y el olor a vainilla se vuelve un guiño que busca completar el abanico sensorial propuesto por la autora.

Ya que Crema de vainilla se enfoca en el vínculo entre Lala e Irene, refiere sólo de manera tangencial ‒y con una irreverencia que se agradece‒ al cliché de las lesbianas gregarias que salen de la ciudad el fin de semana y escuchan la misma música: «Como siempre, resultaba que todas eran parejas o ex parejas unas de las otras, que eran fotógrafas o escritoras». Sin embargo, esta atención, tan dirigida a la relación física de sus protagonistas, también podría considerarse una limitante en el desarrollo de los personajes, pues eclipsa el resto de sus características.

Entre los aciertos más sobresalientes de Crema de vainilla se encuentran las once ilustraciones que Betsy Romero realizó expresamente para la nouvelle, la primera corresponde a la portada (que muestra el rostro de Lala con sus enormes ojos verdes) y las diez restantes están intercaladas en la narración. Debo destacar que, acorde a la tradición de los libros eróticos ilustrados, la autora siempre pensó en incluir material gráfico para consumar la narración.

Los ancestros de Crema de vainilla no están tan distantes. El primer libro moderno ilustrado en castellano con contenido erótico fue publicado en 1812  y era la traducción de la novela de Jean-Baptiste Boyer titulada Teresa Filósofa (no es coincidencia que el fin de la Inquisición en España se haya dado justo a principios del siglo XIX; antes del texto de Boyer, los libros eróticos ilustrados que circulaban en España provenían de Francia y circulaban de manera ilegal).

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Quien lea Crema de vainilla esperando encontrar una versión edulcorada del amor o una repetición más de los lugares comunes que alimentan los estereotipos sobre lesbianas se llevará una decepción. A la autora no le interesa construir la imagen de lesbianas ejemplares ‒como si eso existiera‒; la relación entre Lala e Irene excede categorías fijas y discurre más allá de lo que se escribe usualmente sobre el sexo y el amor entre mujeres.

NOTAS

[i] El artículo que refiero puede consultarse en el siguiente vínculo: http://www.jornada.unam.mx/2007/03/01/ls-mepaso.html.

[ii] A Crema de vainilla preceden dos poemarios (Versos cautivos, 2001, Cuerpo de mi soledad, 2010), un libro de cuentos (Un encuentro y otros, 2005) y una compilación de relatos (La pluma del deseo, 2011) que se gestaron durante el Taller Permanente de Cuento Erótico para Mujeres, que la escritora dirige desde hace nueve años.

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Mariana López Oliver (Ciudad de México, 1986) estudió Lengua y Literaturas Modernas Alemanas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente trabaja en la tesis titulada Representaciones femeninas del romanticismo alemán: de la mujer pasiva a la mujer que actúa. Es miembro del consejo editorial de Cuadrivio.

Revista cultural

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